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Relatos Ardientes

La isla donde una madre dejó de ser solo madre

El puerto deportivo de Santa Margherita despertaba bajo una luz dorada cuando Renata Vianello terminó de ajustarse el collar de perlas sobre el vestido de lino blanco. Llevaba meses planeando aquel viaje: celebrar el cumpleaños de su hijo navegando entre las islas más recónditas del Tirreno, lejos de Turín, de los abogados y de la fortuna que administraba sola desde que enviudó.

—Adriano, el capitán nos espera —llamó hacia la escalera de mármol.

—Bajo enseguida, mamá —respondió una voz grave desde el piso de arriba.

Cuando él apareció, Renata sintió la punzada de siempre. Su hijo cumplía veintiún años y ya no quedaba rastro del niño que correteaba por los jardines de la villa. Era alto, de hombros anchos forjados en la piscina, con el mismo pelo oscuro de ella y una mirada que a veces la incomodaba sin que supiera por qué.

—Hermoso como siempre —dijo ella, rozándole la mejilla—. Tu padre estaría orgulloso del hombre en que te has convertido.

Una sombra cruzó los ojos del joven. Aún extrañaba al hombre que había sido el centro de su mundo hasta que un infarto lo arrancó cinco años atrás.

En el muelle privado, junto al yate que ella había bautizado «La Reina del Tirreno», un hombre fornido revisaba los cabos. Nikos llevaba más de una década al servicio de la familia: un marinero griego curtido por la sal, de manos enormes y silencios largos, cuya lealtad hacia Renata nunca había necesitado palabras.

—Señora Vianello, joven Adriano —saludó con una inclinación—. El barco está listo para zarpar.

—Confío en que nos lleves a los mejores rincones, Nikos —respondió ella.

—Será un placer —dijo el griego, y sus ojos se demoraron en la figura de Renata un instante más de lo necesario, bajando desde el escote hasta las caderas con un descaro apenas contenido. Ella fingió no notarlo, pero un cosquilleo tibio se le instaló entre los muslos.

La travesía empezó con la perfección que había imaginado. El yate se deslizaba sobre un agua cristalina mientras Adriano exploraba cada rincón de la cubierta, entusiasmado, y Nikos manejaba el timón con la destreza de quien nació en el mar. Hablaron de Cerdeña, de las playas vírgenes que pensaban visitar, del futuro del muchacho, que pronto empezaría sus estudios.

—Estudiarás administración, como tu padre —decidió Renata.

—También me interesa el arte —replicó él con esa suave rebeldía que empezaba a definirlo.

—El mar enseña que los caminos rara vez son rectos —intervino Nikos desde el timón—. A veces la mejor ruta es la que uno traza por su cuenta.

***

La cena se sirvió al atardecer, con la costa italiana desvaneciéndose en el horizonte. Renata había cambiado el lino del día por un traje de noche azul marino que realzaba su piel canela. Adriano no podía dejar de mirarla, y cuando ella se inclinaba a servirse vino, sus ojos caían sin disimulo sobre la curva pesada de sus tetas apretadas contra la tela.

—Te ves preciosa, mamá —dijo en un momento en que el griego se había retirado a revisar los instrumentos.

—Gracias, mi amor.

—No es cortesía, es verdad —insistió él, y su voz tenía un tono más bajo del habitual—. A veces te miro y me cuesta creer que seas mi madre. Pareces más bien…

Se interrumpió, como si hubiera dicho demasiado. Renata sintió un calor que le trepó por el cuello y no supo a qué atribuirlo, aunque sí notó cómo se le endurecían los pezones bajo el vestido.

Más tarde, cuando Adriano se rindió al sueño vencido por el ouzo que Nikos había servido para brindar, Renata salió a cubierta. Encontró al griego junto a la consola, su silueta recortada contra la luz tenue.

—¿No descansas? —preguntó ella.

—Pronto. Quería asegurarme de que todo estuviera en orden. —Se giró hacia ella—. Renata.

Usó su nombre de pila, algo que casi nunca hacía. El sonido le recorrió la espalda como una corriente y le bajó directo al coño.

—Es tarde —murmuró ella, sin moverse.

—Lo sé —dijo él, y dio un paso—. Sé que no debería. Pero después de tantos años…

El aire se cargó de palabras nunca dichas. La mano del griego encontró la de ella en la penumbra, y el contacto bastó para que las rodillas de Renata flaquearan. Cuando él inclinó la cabeza y sus labios se rozaron, algo que llevaba años dormido en ella despertó de golpe. Sintió la lengua caliente de Nikos abrirse paso, invadirle la boca con un hambre de macho contenido durante una década, y ella respondió chupándosela sin decoro, agarrándole la nuca para que no se apartara.

—Ven a mi camarote —susurró, tomando la decisión que lo cambiaría todo.

Apenas se cerró la puerta, Nikos la empujó contra la madera y la besó sin la timidez del primer roce. Le mordió el labio, le lamió el cuello, le apretó las tetas por encima de la tela hasta arrancarle un jadeo. Ella le arrancó los botones de la camisa a manotazos, recorriendo con las palmas el torso macizo, cubierto de vello oscuro, la fuerza contenida bajo la piel curtida por la sal. Él bajó el cierre del vestido azul con una lentitud deliberada, y la tela cayó al suelo del camarote dejándola en ropa interior negra de encaje.

—Eres aún más hermosa que en mis recuerdos —dijo con voz ronca, y le arrancó el sostén de un tirón. Las tetas de Renata quedaron libres, pesadas, con los pezones oscuros erguidos como si suplicaran. Nikos se agachó y se metió uno en la boca, chupándolo con fuerza, mordisqueándolo hasta que ella gimió alto y le agarró la cabeza para pegárselo más.

—Dios mío, Nikos —jadeó ella—. Sí, así, no pares…

Él siguió bajando, arrodillado ante ella, y le arrancó la tanga a mordiscos. Cuando su lengua encontró el coño mojado de Renata, ella tuvo que taparse la boca con el puño para no gritar. El griego la lamió de arriba abajo, saboreando la humedad que se le escapaba a chorros, hundiendo la lengua entre los labios hinchados, chupándole el clítoris hasta que las piernas de ella temblaron. Le metió dos dedos gruesos y comenzó a moverlos dentro con la palma hacia arriba, buscándole el punto exacto.

—Me voy a correr —gimió Renata, agarrada del pelo de él—. Nikos, me voy a…

El orgasmo la partió en dos. Chorreó sobre la lengua del griego, que la lamió sin apartarse hasta que el último temblor la abandonó. Después la levantó en brazos y la tiró sobre la cama, boca arriba, con las piernas todavía tembleques y abiertas.

—Llevo diez años queriendo hacerte esto —gruñó él mientras se bajaba el pantalón. Su polla saltó libre, gruesa, oscura, con el glande brillante y la vena marcada latiendo. Renata se relamió sin poder evitarlo, y él lo notó.

—Chúpala —ordenó, avanzando hasta ponerle la punta en los labios—. Chupa la polla que se te iba a meter esta noche igual.

Renata obedeció como si nunca hubiera hecho otra cosa. Abrió la boca y se la tragó, ahogándose un poco por el grosor, dejando que él le agarrara la cabeza y se la follara con embestidas cortas. La saliva le chorreaba por la barbilla; los ojos se le llenaron de lágrimas por el esfuerzo, pero no se apartó. Al contrario, le agarró los huevos con una mano y se los apretó suavemente, y sintió cómo el griego se estremecía entero.

—Basta o me corro en tu boca —jadeó él, y la tumbó de nuevo. Le abrió las piernas con las rodillas y se guio la polla con la mano hasta la entrada del coño empapado—. Y quiero correrme dentro.

La penetró de una sola embestida larga y honda, hasta el fondo. Renata arqueó la espalda con un grito ahogado, sintiendo cómo esa verga gruesa la abría, la rellenaba centímetro a centímetro. Él se quedó quieto un momento, dejándola sentir el ancho, y después empezó a follarla con embestidas lentas y brutales, cada una arrancándole un gemido nuevo.

—Más fuerte —suplicó ella, aferrada a su espalda—. Rómpeme, no me hagas caso, fóllame como llevas diez años queriendo.

Nikos gruñó y la tomó de las caderas para embestirla más hondo. El sonido de sus muslos golpeando contra el culo de ella llenaba el camarote, mezclado con los gemidos de Renata y el chapoteo húmedo de su coño ensartado. Le mordió el cuello, le chupó los pezones, le agarró las tetas mientras la penetraba sin parar. Ella cinco años de soledad se le escapaban a la vez en cada embestida.

—Ponme a cuatro patas —jadeó, ya sin freno—. Quiero que me la metas por atrás.

Él la giró, le pegó una nalgada que resonó, y volvió a hundirse en ella desde detrás. Renata bajó la cabeza contra la almohada y se dejó follar, sintiendo cómo esa polla gruesa entraba y salía de su coño chorreante, cómo los dedos ásperos del griego le apretaban las caderas para clavarla más. Le pasó una mano por delante y le buscó el clítoris, frotándoselo en círculos mientras la embestía.

—Córrete otra vez —le ordenó al oído—. Córrete en mi polla.

Y ella se corrió, con un aullido ahogado en la almohada, apretando el coño alrededor de él con espasmos que le sacaron a Nikos el orgasmo. El griego se hundió hasta el fondo y descargó dentro con un rugido, llenándola de semen caliente, embistiendo sin ritmo hasta la última sacudida. Cuando se retiró, un hilo espeso le bajó por el muslo a Renata, y ella lo recogió con dos dedos y se lo llevó a la boca sin pensarlo.

—Llevaba años esperando esto —confesó Nikos contra su sien, tirado a su lado, todavía jadeando.

—Lo sé —respondió ella—. Siempre lo supe.

Esto está mal, pensó mientras él se vestía en silencio. Pero su cuerpo, por primera vez en mucho tiempo, no le creía. Sentía el coño palpitando, todavía lleno, y la certeza de que aquello iba a repetirse.

***

La mañana amaneció despejada, pero hacia el mediodía el cielo empezó a cambiar. Unas nubes pequeñas crecieron en el horizonte, el viento arreció y las olas, antes mansas, se volvieron montañas.

—¿Es seguro continuar? —preguntó Renata, la aprensión trepándole por el pecho.

—He navegado en peores condiciones —respondió Nikos, aunque su rostro se tensaba por momentos.

No fue suficiente. En cuestión de una hora el cielo se volvió negro y el yate quedó a merced de una furia que lo zarandeaba como a un juguete. Una ola monstruosa se alzó sobre ellos como un edificio a punto de derrumbarse.

—¡Agárrense! —alcanzó a gritar el griego antes del impacto.

El barco volcó. Renata sintió el agua fría tragándosela, la oscuridad, los pulmones ardiendo. Cuando creía que era el final, una mano enorme la sujetó del brazo y la arrastró a la superficie.

—¡Adriano! —gritó, escupiendo agua—. ¡Dónde está mi hijo!

Un chapoteo a su lado reveló al muchacho, aterrorizado pero vivo. Nikos los unió a ambos en un nudo de brazos contra la inmensidad del mar.

—¡No se suelten! —ordenó—. ¡Hay tierra! ¡Naden con las olas!

Nadaron durante horas, hasta que el agotamiento se volvió un dolor sordo. Cuando ya no les quedaban fuerzas, sus pies tocaron arena. Se arrastraron a la orilla de una isla desconocida y cayeron sobre la playa, temblando, llorando de puro alivio. Estaban vivos. Los tres.

***

Los primeros días fueron pura supervivencia. Nikos, con su instinto marinero, demostró ser invaluable: levantó un refugio con ramas, encontró un arroyo de agua dulce, pescó con herramientas improvisadas, identificó frutos comestibles. Renata y Adriano, la aristócrata y su hijo mimado, descubrieron en sí mismos una resistencia que ignoraban poseer.

—Nunca pensé que sabría hacer esto —dijo ella una tarde, mientras tejía una red con fibras vegetales junto al griego.

—La adversidad revela lo que escondemos —respondió él.

A medida que las semanas pasaban sin rastro de rescate, la isla dejó de sentirse como una cárcel. Renata notaba los cambios en su propia piel, ahora bronceada y marcada por pequeños arañazos, en sus manos antes suaves y ahora ásperas. Se sentía, por extraño que pareciera, más viva de lo que se había sentido en años. Y notaba también cómo Adriano se transformaba: el muchacho urbano se volvía un hombre ágil y seguro, cuyo cuerpo se afinaba con el trabajo diario y cuya mirada empezaba a posarse en ella con una intensidad que prefería no nombrar. Lo pescaba mirándole el culo cuando se agachaba en el arroyo, o los pezones marcados bajo los jirones de ropa mojada, y algo dentro de ella se removía cada vez.

Una noche, apiñados en la cueva que les servía de refugio, Renata tuvo un sueño que no se parecía a ningún otro. Se veía a sí misma desde afuera, más salvaje, más libre, entregada a Nikos sobre la roca desnuda, sin pudor ni culpa, con el griego follándosela desde atrás mientras ella gemía como una perra. Y una voz que era la suya pero más grave le susurraba al oído: aquí no hay reglas, no hay tabúes, solo lo que siempre quisiste y no te atreviste a admitir. Despertó sobresaltada, con el corazón desbocado y el coño chorreando, la humedad pegajosa entre los muslos avergonzándola.

No pudo volver a dormir. Salió de la cueva y caminó hasta el arroyo, donde se sentó sobre una roca con los pies en el agua fría. Necesitaba pensar.

—¿No puedes dormir? —La voz de Nikos la sobresaltó.

—Me asustaste —dijo ella.

Él se sentó a su lado, lo bastante cerca para que ella sintiera su calor. Renata habló sin mirarlo:

—Esta isla me está cambiando. Sueño cosas que no debería. Siento cosas que no debería.

—Esta isla despierta lo que el mundo civilizado mantiene dormido —dijo él con voz casi hipnótica—. Aquí no hay convenciones, Renata. No hay máscaras. Solo instinto. Solo necesidad.

Le tomó la cara con sus manos ásperas. El beso, esta vez, no tuvo nada de tímido. Fue hambriento, reclamante, lengua contra lengua, con un gruñido gutural que le vibró a ella en la boca. No había cama ni sábanas de seda, solo la hierba húmeda y el cielo estrellado como testigo, pero a ninguno de los dos le importó.

—Te deseo desde el primer día —gruñó él mientras le arrancaba los jirones de tela empapados de rocío. Las tetas de Renata quedaron al aire, y él se abalanzó sobre ellas, chupándoselas, mordisqueándole los pezones hasta hacerla gritar. Le abrió las piernas con las rodillas y le hundió tres dedos en el coño de golpe, sin preámbulo.

—Ya estás empapada, zorra —gruñó, satisfecho, moviendo los dedos dentro con brutalidad—. Estás así desde que te miré en el yate.

—Sí —jadeó ella, arqueándose contra la mano de él—. Sí, cógeme ya. No aguanto más.

Él se sacó los dedos, chorreantes de flujo, y se los metió a Renata en la boca. Ella los chupó, saboreándose, mientras Nikos se bajaba lo poco que le quedaba de ropa y sacaba la polla dura, gruesa, latiendo. La agarró de las caderas y se la clavó de una sola embestida.

—¡Ah, Dios! —gritó ella contra el silencio de la isla, y le clavó las uñas en la espalda.

La tomó con una rudeza que le arrancó gemido tras gemido. Renata enredó las piernas en su cintura, lo atrajo más adentro, sintiendo cómo esa verga la abría hasta el fondo, cómo los huevos de él le golpeaban el culo con cada embestida. La hierba le raspaba la espalda, el sudor del griego le caía en la cara, y ella pedía más, más fuerte, más hondo.

—Mira lo bien que te la meto —gruñó él con la boca pegada a su oído—. Mira cómo te empapas. Esto es lo que necesitabas, ¿verdad? Que te follaran como una hembra en celo.

—Sí —sollozó ella, perdida—. Sí, así, no pares, Nikos, méteme la polla hasta el fondo.

El griego la levantó sin salir de ella, se sentó sobre la roca y la puso a horcajadas. Renata empezó a montarlo, subiendo y bajando sobre esa verga gruesa, las tetas bamboleándose ante la cara de él, que las agarraba y las mordía. Se apoyó con las manos en los hombros de Nikos y aceleró el ritmo, cabalgándolo como si la vida se le fuera en ello, sintiendo cómo el orgasmo se le acumulaba en el vientre.

—Me voy a correr —jadeó—. Me voy a correr en tu polla otra vez, Nikos.

—Córrete —ordenó él, apretándole el culo con las dos manos y clavándola aún más profundo—. Córrete encima mío, quiero sentirlo.

Renata se derrumbó sobre él con un grito ahogado, temblando entera, los espasmos del coño ordeñándole la polla al griego. Él resistió unos segundos más, embistiéndola desde abajo con brutalidad, y después se derramó dentro de ella con un rugido sordo, llenándola de nuevo. Los dos quedaron tendidos sobre la hierba, la polla de Nikos todavía enterrada en el coño de Renata, el semen escurriéndoseles por los muslos.

—¿Y Adriano? —murmuró ella, atrapada de nuevo por la culpa.

—Duerme —dijo Nikos—. Pero lo has visto, Renata. La forma en que te mira. Es un hombre ahora, con sus propias necesidades. Y tú eres la mujer más importante de su mundo. ¿Nunca te has preguntado con qué se hace la paja pensando?

Ella no respondió. Pero esa noche, mientras volvían a la cueva, las palabras del griego se le quedaron clavadas como una astilla. Y no pudo evitar mirar el bulto marcado bajo los harapos de su hijo dormido.

***

La tormenta volvió tres noches después. No tan violenta como la que los había arrojado allí, pero lo bastante fuerte para mantenerlos despiertos, apiñados en la cueva mientras la lluvia caía en cortinas densas. Renata en el medio, como siempre: Nikos a su espalda, Adriano frente a ella.

—Tengo miedo —confesó el muchacho, y su voz sonó de pronto muy joven—. ¿Y si nunca salimos de aquí?

—Nikos nos sacará. Te lo prometo —dijo ella, y lo abrazó.

Pero el abrazo fue distinto a cualquier otro. El cuerpo joven y firme de su hijo contra el suyo despertó en ella algo que no era maternal, algo que la recorrió de golpe y le erizó la piel. Sintió sin querer la polla dura de Adriano apretándose contra su vientre, y se odió por sentirlo y, al mismo tiempo, fue incapaz de detenerlo. Al contrario: se apretó un poco más, y notó cómo él gemía bajito, sin poder contenerse.

Adriano no se durmió. Su mano empezó a moverse, recorriendo la espalda de su madre con una timidez que se transformaba en audacia. Bajó hasta el nacimiento del culo, se demoró allí, siguió hasta agarrarle una nalga y apretarla con un temblor.

—Mamá —susurró, la voz más grave—. Te he estado mirando. Eres… hermosa. Sé que está mal. Sé que no debería sentir esto. Pero no puedo evitarlo. Se me pone dura solo con verte.

—Adriano, no… —empezó ella, y su propia voz le sonó débil, sin convicción.

A su espalda, Nikos se movió apenas. No la apartó, no intervino: solo dejó que su calor fuera una especie de permiso silencioso. Le puso una mano en la cadera y se la apretó, empujándola muy suavemente contra el cuerpo de su hijo. Renata sintió que el mundo entero se reducía a esa cueva, a esa tormenta, a la línea que estaba a punto de cruzar.

—Mi amor… —murmuró, y la palabra fue una rendición.

Él entendió. Sus labios encontraron los de ella, vacilantes primero, después hambrientos. Fue un beso que no tenía nada de filial, con lengua, con dientes, con el gemido ahogado de un chico que llevaba meses fantaseando con eso. Las manos del muchacho se volvieron atrevidas, buscándole los pechos por debajo de los jirones de ropa, apretándoselos, pellizcándole los pezones con torpeza.

—Así no, mi amor, más suave —le enseñó ella con un jadeo, guiándole la mano—. Así, muéveme el pezón entre los dedos… ah, sí, así.

A su espalda, las manos del griego se sumaron a la exploración, subiéndole la ropa hasta la cintura, dejándole el culo desnudo. Nikos se lo acarició, se lo abrió con las dos manos y presionó su polla ya dura contra la raja. Renata sintió una liberación que jamás había conocido, una entrega total a un deseo que desafiaba toda convención.

—Los dos —jadeó, perdida ya—. Por favor. Los dos a la vez.

Adriano se arrodilló junto a ella, temblando de nervios y de excitación, y se bajó los harapos. Su polla saltó libre, más delgada que la de Nikos pero larga, con la punta hinchada y morada, chorreando ya líquido preseminal.

—Mamá… —gimió el chico—. Nunca… nunca me la ha chupado nadie.

—Ven, mi amor —susurró ella, tirada de lado en la cueva, abriendo la boca—. Deja que mamá te enseñe.

Le agarró la polla con una mano, apretándosela suavemente, y le lamió primero la punta, saboreando esa gota salada. Adriano gimió alto, temblando entero. Ella se la envolvió con los labios y empezó a bajar despacio, tragándosela centímetro a centímetro, sintiendo cómo el chico se estremecía. Con la lengua le rodeaba el glande, le recorría la vena inflada, le lamía la punta antes de volver a hundirla en su boca. Los ojos de Adriano estaban clavados en su madre, incrédulos, viéndola chupársela como una experta.

—Ah, mamá, Dios… —gimió—. Se siente… se siente increíble.

A su espalda, Nikos se le pegó, guiándole la polla al coño empapado.

—Mírala, chico —le dijo el griego a Adriano con voz ronca—. Mira cómo se le abre la boca para tu polla. Y ahora mira cómo se le abre el coño para la mía.

Y le clavó la verga hasta el fondo. Renata gimió con la boca llena, y el sonido vibró alrededor de la polla de su hijo, arrancándole otro jadeo. Nikos empezó a embestirla desde atrás, con embestidas largas y potentes que la empujaban hacia adelante, hundiéndole a Adriano la polla en la garganta con cada golpe.

—Así, mamá —gimió el joven, los dedos enredados en su pelo—. Justo así, chúpamela, no pares, por favor.

—Más fuerte —pidió ella en cuanto pudo respirar, con la voz ronca, la saliva chorreándole por la barbilla—. Los dos. No paren. Fóllenme.

Afuera la tormenta rugía, pero dentro de la cueva se había abierto otro mundo, hecho solo de piel, de calor y de instinto. Los tres cuerpos se movían en una sincronía que no necesitaba palabras. Renata sentía cómo la verga gruesa del griego la abría por detrás mientras la de su hijo se le hundía en la boca por delante, y era un vértigo que no había sentido nunca. Le acariciaba los huevos a Adriano con una mano, le apretaba el culo a Nikos con la otra, y se dejaba usar entre los dos.

—Me voy a correr —jadeó Adriano de pronto, retirándose un instante—. Mamá, me voy a correr en tu boca.

—Hazlo, mi amor —susurró ella, mirándolo a los ojos—. Córrete en mi boca. Mamá se lo va a tragar todo.

Volvió a metérsela hasta el fondo y aceleró, chupándosela con avidez, gimiendo alrededor de él mientras Nikos la seguía embistiendo por detrás. Adriano estalló con un grito ahogado, y ella sintió los chorros calientes de semen inundándole la boca, uno tras otro, espesos. Tragó sin apartarse, tragó cada gota, y el orgasmo la atravesó casi al mismo tiempo, sacudiéndola entera, ordeñándole la polla al griego con espasmos.

Pero Nikos no se corrió. Se retiró de golpe y la giró, poniéndola a cuatro patas en el suelo de la cueva. Adriano, todavía jadeante pero con la polla otra vez despertándose por lo que estaba viendo, se deslizó debajo de su madre, y su boca buscó los pechos que le colgaban. Se los chupó con hambre, mordisqueándole los pezones, mientras el griego se guiaba la polla al coño empapado y volvía a hundirse.

—Ahora tú, muchacho —jadeó Nikos, follándola desde atrás con embestidas brutales—. Ella tiene otro agujero. Ábrelo con tu polla.

Adriano se deslizó, aturdido, y quedó de espaldas debajo de su madre. Su polla, otra vez dura, apuntaba directo hacia arriba, hacia el coño ya ocupado por el griego. Renata entendió lo que le pedían y bajó las caderas, empalándose sobre las dos vergas a la vez. Sintió al chico entrando en su coño junto con Nikos, los dos apretados dentro, y el placer fue tan brutal que casi se desmayó.

—¡Dios mío! —gritó—. ¡Los dos! ¡Los dos a la vez! ¡Me van a partir!

Los dos hombres empezaron a moverse, uno desde arriba, el otro desde abajo, encontrándose dentro del coño de ella, frotándose las pollas entre sí a través de esa carne apretada. Renata se sintió llena, desbordada, partida entre los dos hombres que lo eran todo para ella. Era el paraíso y el vértigo a la vez. Cada embestida le sacaba un grito, cada roce le encendía una descarga nueva.

—Llénenme —suplicó, la cordura disuelta en placer—. Llénenme los dos, córranse dentro, quiero sentirlos.

Adriano fue el primero en explotar, incapaz de aguantar aquella presión. Se corrió con un aullido, embistiendo hacia arriba, descargando dentro de su madre en chorros calientes. La sensación del semen inundándola desató a Nikos, que se hundió hasta el fondo y se vació también con un rugido, sumando su corrida a la del joven. Renata gritó, sacudida por un orgasmo que le duró y le duró, sintiendo cómo las dos descargas la llenaban a la vez, cómo el semen mezclado empezaba a chorrearle por los muslos.

Cuando llegaron al final, fue una liberación colectiva que los fundió de una forma nueva. Quedaron entrelazados sobre el suelo de la cueva, las respiraciones agitadas calmándose poco a poco, mientras la tormenta se apagaba afuera como si la naturaleza respetara su intimidad. Renata sentía el semen de los dos escurriéndosele fuera, y no le importó.

—Mamá… no sé qué decir —murmuró Adriano, con el rostro iluminado por una mezcla de asombro y miedo.

—No digas nada, mi amor —respondió ella, acariciándole la mejilla—. Solo siente.

Nikos le tomó la mano desde el otro lado. —Estamos juntos. Eso es lo único que importa.

***

A la mañana siguiente, el sol entraba dorado por la boca de la cueva. Renata despertó primero, con el cuerpo dolorido, el coño todavía palpitando y una calma extraña asentada en el pecho. Por un instante la culpa intentó volver, eco de su vida anterior, de las reglas que la habían gobernado siempre. Pero se desvaneció enseguida, reemplazada por una aceptación que no necesitaba justificarse.

—¿Arrepentimientos? —preguntó Nikos cuando ella salió a recibir el día.

—No —dijo ella—. Sorpresa. De lo natural que se siente. De lo correcto.

Durante los días siguientes terminaron la balsa que el griego había planeado: troncos resistentes atados con cuerdas de liana, una vela remendada con jirones de la ropa que el mar les había perdonado. Y por las noches, y por las tardes, y a veces al mediodía junto al arroyo, los tres seguían fundiéndose. Renata aprendió a montar a su hijo mientras Nikos le abría el culo con la lengua; aprendió a arrodillarse frente a los dos y a chupárselas por turnos hasta que se corrían sobre sus tetas; aprendió que ya no había ningún hueco que no fuera de ellos. Pero a medida que la estructura se completaba, una pregunta empezó a pesar sobre ellos. ¿Querían de verdad regresar a un mundo donde lo suyo sería imposible, donde tendrían que esconder lo que eran?

—Tengo una villa en una isla pequeña de Grecia —dijo Renata la última noche, con una certeza que la sorprendió—. Aislada. Nadie nos molestaría allí. Podríamos vivir los tres. Como una familia. Como somos ahora.

—¿Funcionaría? —preguntó Adriano, aferrándose a la posibilidad con la urgencia de su juventud.

—Haremos que funcione —respondió Nikos—. Lo que sea necesario para proteger lo que tenemos.

***

Zarparon al amanecer. La isla se fue encogiendo a sus espaldas hasta volverse una línea oscura, y Renata no sintió tristeza, sino gratitud: aquel lugar los había despojado de sus máscaras y les había devuelto la verdad de quiénes eran.

El mar, sin embargo, no les perdonó la travesía. El primer día la brisa los empujó con calma, pero el sol del Tirreno pronto se convirtió en una bola de fuego sin tregua. La sed se volvió tortura; las llagas aparecieron en sus manos y espaldas, castigadas por la madera, la sal y el sol. La segunda noche, helada, se apiñaron temblando más por el miedo que por el frío.

—Mírame —ordenó Nikos cuando Renata empezaba a desfallecer, sosteniéndole el rostro—. Te prometí que te sacaría de allí. No vamos a morir aquí.

Fue Adriano quien la vio al tercer amanecer: una línea delgada y oscura recortándose contra el cielo naranja.

—¿Es… tierra? —susurró, sin atreverse a creerlo.

—Por todos los dioses, sí —jadeó el griego, poniéndose de pie sobre la balsa inestable—. ¡Es tierra!

Las últimas horas fueron una lucha contra su propio cuerpo, cada ajuste de la vela un esfuerzo sobrehumano. Cuando la balsa por fin tocó fondo a pocos metros de la orilla, se arrojaron al agua y dejaron que las olas los empujaran. Arrastraron sus cuerpos destrozados hasta la arena y allí se quedaron, llorando y riendo a la vez, con el sabor de la sal y de la victoria en los labios.

El primero en encontrarlos fue un pescador anciano, de piel curtida y rostro surcado de arrugas, que se acercó con una red al hombro.

—Mio Dio —murmuró—. ¿De dónde han salido?

Los llevó a su casa de piedra, les dio agua a sorbos y luego un caldo caliente. Estaban en Ponza, les explicó, en una costa donde rara vez llegaban náufragos. En cuanto Renata pronunció su apellido, el mundo exterior irrumpió en su pequeña burbuja: las autoridades, un médico, un helicóptero esperando en un campo cercano para devolverlos a la civilización.

Mientras aguardaban, los tres se sentaron juntos en el porche, sin hablar, sintiéndose el uno al otro. Adriano buscó la mano de su madre.

—¿Qué hacemos ahora, mamá?

Renata lo miró, luego a Nikos, y una sonrisa pequeña y genuina se dibujó en sus labios.

—Lo que planeamos. La villa en Grecia. Nosotros tres. Un comienzo nuevo.

El griego apretó su mano. —Sobrevivimos al mar. Sobreviviremos a todo lo demás.

Y mientras el helicóptero levantaba vuelo sobre el agua que casi los había matado, Renata sintió una paz profunda. Fuera lo que fuera lo que les esperara, lo enfrentarían juntos. Como una familia. La suya, la que nadie más entendería, la que solo a ellos pertenecía.

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Comentarios(9)

Kanabis

que relato mas intenso, me dejo sin palabras

IslaSecreta99

Por favor que haya segunda parte!! quede con ganas de saber que pasa despues entre ellos

SoniaNoche

Me encanto la tension del relato, se siente muy real sin ser burdo. Sigue asi!!

Maxi_PBA

tremendo!!! uno de los mejores que lei en este sitio, en serio

CristinaCba

La situacion de supervivencia le da un contexto muy interesante al relato. Enhorabuena, muy bien escrito

Facu_B

se hizo cortoooo, queria mas jajaja

RolandoMza

Excelente narrativa. Se nota que le pusieron cuidado a la ambientacion y los detalles. Muy recomendable

MartinaRos

Uff que historia!! me tuvo pegada de principio a fin, espero que haya continuacion

gus_noche22

Muy bueno, la verdad que sorprende. Saludos desde Córdoba

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