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Relatos Ardientes

La mañana en que todo cambió entre mi padre y yo

Desperté antes del amanecer con las sábanas pegadas al cuerpo. Había tenido un sueño erótico —uno de esos que uno no decide tener y que dejan una humedad inconveniente entre las piernas—, y aunque no llegué a masturbarme, la inquietud me acompañó al abrir los ojos: pezones tensos, respiración entrecortada, una sensación de calor que no tenía nada que ver con el clima tropical.

Me quedé mirando el techo un rato. Afuera se escuchaba el mar, ese murmullo constante que en los últimos días había desplazado todos los ruidos habituales. Éramos solo tres en varios kilómetros de playa: mi padre, mi madre y yo. Un colega de mamá nos había prestado la cabaña por dos semanas —un lugar completamente aislado en la costa caribeña, con la vegetación espesa detrás y el agua turquesa adelante, sin vecinos, sin señal de celular, sin nada que no fuera sol, calor y silencio.

Esa sensación de aislamiento era una de las cosas que más había disfrutado desde que llegamos. Nuestra familia siempre había funcionado así: más como un grupo de personas que se eligen que como una jerarquía. Mis padres se habían casado muy jóvenes, y cuando yo crecí la dinámica cambió naturalmente hacia algo más horizontal. No tenía hermanos. Era, en cierta manera, la tercera voz en una conversación que ya llevaba años.

Permanecí en la cama pensando en el sueño. Intenté recordarlo con detalle pero solo conservaba sensaciones: calor, una mano en mi espalda, el peso de un cuerpo sobre el mío. Lo suficiente para que mi cuerpo siguiera agitado.

Tenía veintiún años y seguía siendo virgen, no por principios religiosos ni por miedo, sino porque ninguna situación me había convencido del todo. Había habido hombres, besos, manos que me tocaban en lugares que me gustaban. Varias veces había llegado al orgasmo con bocas ajenas. Pero la penetración era otra cosa —implicaba entregar algo que me parecía valioso, y hasta ese momento nadie me había parecido lo suficientemente valioso para recibirlo.

Me consideraba hermosa, y lo decía sin falsa modestia. Era esbelta, morena, con el pelo largo y oscuro que caía en ondas naturales hasta la mitad de la espalda. Mis pechos eran firmes y bien proporcionados, mis caderas amplias sin exageración. Lo que más me gustaba de mi propio cuerpo era la zona que nadie había poseído del todo: esa parte de mí que seguía siendo completamente mía.

Me levanté finalmente, fui al baño, y cuando bajé las escaleras en ropa interior y la blusa casi transparente que usaba de pijama, escuché ruido en la cocina. Papá, claro. Siempre se despertaba con el sol, incluso en vacaciones. Mamá era exactamente lo opuesto: durante el año se levantaba antes que todos para dejar todo listo, así que en vacaciones nos negábamos a molestarla hasta que le diera la gana aparecer, a veces pasado el mediodía.

Lo encontré de espaldas frente a la estufa, descalzo, con solo un short de tela delgada. La espalda ancha, la cintura desnuda, el pelo algo revuelto por el sueño. Se dio vuelta cuando me escuchó llegar y sonrió.

—Buenos días. ¿Dormiste bien?

—Más o menos —respondí, y me acerqué para darle un beso en la mejilla.

Su olor me llegó de golpe. Era el olor de siempre —el mismo que conocía desde niña—, pero esa mañana había algo distinto en él. O quizás yo era distinta, todavía con los sentidos revueltos por el sueño.

Me quedé a su lado mirando la olla sobre el fuego. Él puso una mano en mi cintura sin pensarlo, como siempre hacía. Yo hice lo mismo. Éramos así: en nuestra familia el contacto físico era natural, no se justificaba ni se cuestionaba.

—Vigilando los frijoles —explicó—. Ya hice café y corté fruta. Solo faltás vos para desayunar; tu madre todavía tiene para rato.

Asentí. Recliné la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos. El calor de su cuerpo, el ritmo lento de su respiración, la presión de su mano en mi cintura. Todo eso junto me relajó y me tensó al mismo tiempo.

Papá me besó en la frente. Fue un beso largo, con los labios húmedos. Suspiré.

Es solo papá, me dije. Es lo de siempre.

Pero no era lo de siempre. Mis ojos seguían cerrados y yo era consciente de cada punto de contacto entre nuestros cuerpos: su mano en mi cintura, mi mano en la suya, mi mejilla contra su hombro desnudo, el calor constante que irradiaba su piel. Sin pensarlo, tomé su mano y la desplacé hacia mi vientre. Sus dedos respondieron solos, una caricia lenta sobre la tela.

Me estremecí.

Giré la cabeza para verlo de perfil. La barba de varios días, el pelo algo largo, el perfil que había mirado toda mi vida. En ese momento, por alguna razón que no supe explicarme, me pareció distinto. No era mi padre en ese instante. Era un hombre.

Su mano libre subió hasta mi rostro y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, muy despacio. No me aparté. El beso en la frente se repitió, más prolongado. Yo levanté la mano libre hasta su pecho —los músculos firmes, el vello suave— y lo sentí respirar más hondo bajo mi palma.

Apagó la estufa en silencio.

Cuando su mano volvió, me tomó con suavidad de la barbilla y orientó mi cara hacia arriba. Seguía con los ojos cerrados. Sentí su aliento antes de su boca: cálido, cercano, esperando. Fui yo la que acortó la distancia. Mis labios encontraron los suyos y se quedaron un instante quietos, y luego él suspiró y el beso se abrió.

Su lengua entró en mi boca con cuidado, como preguntando. Mi respuesta fue aferrarme a su cintura con las dos manos y acercar el cuerpo al suyo. Sentí sus brazos rodeándome, la presión de su torso contra mis pechos, los pezones duros rozando la tela fina de la blusa.

Nos besamos un tiempo largo. Las manos fueron encontrando camino por sí solas: las de él por mi espalda, las mías por su pecho, su nuca, la línea de su mandíbula cubierta de barba. El beso se fue haciendo más urgente, más hondo, y yo dejé de pensar en cualquier cosa que no fuera el calor de su boca y la presión de sus brazos.

Me desabroché la blusa yo misma y la dejé caer al suelo. Él me miró. Sus ojos recorrieron mis pechos, mi vientre, y el calor de esa mirada me encendió más que cualquier caricia anterior. Apoyó la frente en la mía.

—No sé si... —empezó.

—Yo sí —lo interrumpí.

Tomé sus manos y las coloqué sobre mis pechos. Sus palmas eran grandes y cálidas. Cuando cerró los dedos, un sonido salió de mi garganta sin que yo lo decidiera.

Bajó la cabeza y puso la boca en uno de mis pezones. Lo lamió despacio, lo mordió con suavidad, y yo enredé los dedos en su pelo y los cerré. Cada movimiento de su lengua generaba una contracción en el centro de mi cuerpo, una humedad que ya saturaba la ropa interior y me bajaba por la cara interna de los muslos.

Cuando mis manos encontraron el elástico de su short, él me ayudó. Hice lo mismo con los míos. Nos quedamos desnudos en la cocina, con el sonido del mar filtrándose por la ventana y la luz blanca de la mañana entrando de costado.

Lo vi entero por primera vez. La erección era evidente y algo en mí —algo que había estado esperando toda la mañana sin saberlo— se contrajo de deseo.

Me levantó sin esfuerzo y me sentó en la mesa. Me quedé boca arriba con las piernas abiertas y lo vi estudiarme con una atención que me hacía sentir hermosa y expuesta al mismo tiempo. Sus manos recorrieron la cara interna de mis muslos, muy despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando sus dedos me tocaron, cerré los ojos y empujé las caderas hacia él. Me exploró con cuidado, leyendo cada reacción, ajustando la presión según lo que encontraba. El primer orgasmo fue corto y violento, y me aferré al borde de la mesa mientras lo atravesaba.

Entonces bajó la cabeza entre mis piernas.

No era la primera vez que una boca estaba ahí. Pero era la primera vez que sentía que el otro prestaba esa clase de atención, como si mi placer fuera el único objetivo. Cada movimiento parecía calibrado para lo que yo necesitaba en ese instante exacto. Le tomé el pelo con las dos manos. Llegué dos veces más antes de que levantara la cabeza y me mirara.

—¿Querés seguir? —preguntó.

La pregunta era innecesaria.

—Sí —respondí.

Se acercó. Sentí la presión en la entrada y me tensé apenas, pero no era miedo. Era anticipación pura. Se detuvo, me miró, y empujó muy despacio.

No hubo dolor. Solo la sensación de llenarse, de que algo encajaba donde antes había vacío. Cerré los ojos y respiré hondo. Él se quedó quieto un momento, completamente adentro, la frente apoyada en la mía, esperando que yo me adaptara.

—¿Bien? —murmuró.

—Sí —respondí, y envolví sus caderas con las piernas para acercarlo más.

Cuando empezó a moverse, el mundo se redujo a eso: la presión y el ritmo, el calor de su cuerpo sobre el mío, su boca en mi cuello y luego en mi boca. Me vine antes de que él llegara al borde, y sentí mis propias contracciones empujándolo. Cuando llegó, lo hizo adentro, y el calor de eso me provocó otro temblor largo y suave que tardó en calmarse.

Nos quedamos quietos durante un tiempo que no supe medir. Él con la frente apoyada en mi hombro, yo con las manos en su espalda, los dos escuchando el mar afuera como si fuera la primera vez que lo oíamos.

***

Papá fue el primero en moverse. Se levantó, me ayudó a sentarme en el borde de la mesa, y se quedó de pie frente a mí sin saber bien qué hacer con las manos. Lo miré.

—¿Te arrepentís? —le pregunté.

Tardó en responder.

—No —dijo al fin—. ¿Y vos?

Revisé internamente todo lo que acababa de pasar, buscando algo que se pareciera al arrepentimiento. No encontré nada.

—No. Para nada.

Silencio. Afuera el mar seguía igual, indiferente a todo.

—Era virgen —le dije—. Quería que lo supieras.

Él cerró los ojos un momento.

—Lo intuí. Lo siento.

—No lo sientas. Fue exactamente como quería que fuera. Si no lo hubiera querido, no hubiera pasado.

Papá me tomó la mano y la sostuvo entre las suyas. No dijo nada por un rato.

—¿Y tu madre? —preguntó al fin.

—¿Qué pasa con mamá?

—Si se entera...

—No lo sé —dije—. Pero si alguien puede entenderlo, es ella. Yo siempre sentí que lleva algo adentro que nunca termina de expresar. Algo que va más allá de lo que cualquiera de los tres se ha atrevido a decir en voz alta.

—¿Qué querés decir exactamente?

—Que a lo mejor solo necesita que alguien se lo proponga.

—Yo no voy a hacer eso.

—No. Yo sí.

Me bajé de la mesa. Las piernas me temblaban apenas. Encontré el short en el suelo y me lo puse; la blusa estaba demasiado abierta para usarla, así que la dejé donde había caído. Papá me miró sin decir nada.

—Esperame acá —le dije.

Subí las escaleras despacio, con el ruido del mar siguiéndome y sin tener del todo claro qué iba a decir cuando llegara arriba. Solo sabía que lo que había empezado esa mañana en la cocina, entre el olor a café y los frijoles en la estufa, no había terminado todavía.

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Comentarios (8)

GustoDeLeer

Increible relato, me dejo sin palabras. Que bien escrito!!!

Alejandro_77

Me quede con ganas de saber como sigue. Por favor una segunda parte!

ReaderNocturno

Que manera de escribir, se siente real y muy intenso a la vez. Uno de los mejores que lei en este sitio, sin dudas.

matiasok

buenisimo!!

Nico_Bs

Me recordo a algo que viví hace años. Esa mezcla de confusion y atraccion que describís es muy real, gracias por compartirlo.

Sofi_R

¿Va a haber segunda parte? El final me dejo con ganas de mas.

NicolasR87

Lo que mas me gusto es como describís las emociones, no solo los hechos. Se nota que escribís con sentimiento real.

Peluca88

tremendo, sigue escribiendo por favor jaja

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