Mi hermano hizo lo que mi marido nunca pudo
El problema no era la menopausia. Mariana lo sabía aunque se mintiera todas las mañanas frente al espejo. Tenía cuarenta y dos años, un cuerpo que aún le servía y una rabia sorda que le crecía en el pecho desde hacía meses. Todo le molestaba: las peleas con Andrés, los comentarios de su madre, los chicos llegando tarde, su propia voz al pedir que bajaran la música.
Aquella tarde, después de una discusión absurda con Andrés sobre algo que ya ni recordaba, agarró el teléfono y llamó a Celeste, su cuñada y mejor amiga desde la infancia.
—Salgamos a tomar algo. Necesito respirar.
Celeste no pidió explicaciones. A las ocho ya estaban en una mesa al fondo de un bar chico cerca del río, con dos copas de vino blanco y la luz justa para hablar de cosas serias sin mirarse del todo.
—Te conozco hace treinta años, Mari. Esto no es una pelea con Andrés.
—Es todo y no es nada.
—Empezá por algo.
Mariana removió el vino con el dedo y soltó el aire como si llevara cargando ese aire desde marzo.
—Hace casi un año que no me toca. Y cuando me tocaba, tampoco.
Celeste no se sorprendió. Tomó un sorbo, dejó la copa y la miró con esa franqueza que solo tienen las amigas viejas.
—¿Tampoco cómo?
—Tampoco lo suficiente. Andrés siempre fue rápido. Se me metía adentro, daba cuatro sacudidas y se acababa gimiendo contra mi hombro. Yo me quedaba a mitad de camino, con el coño hinchado, esperando una segunda vuelta que no llegaba nunca. Un día dejé de esperar.
—¿Y ahora qué?
—Ahora estoy de un humor podrido todo el día. Y de noche peor. Me duermo con las piernas apretadas, Celes. Como una nena de quince.
Mariana se animó a preguntar lo que llevaba meses queriendo preguntar.
—¿Y con Damián? ¿Cómo te va a vos?
—¿La verdad la verdad?
—La verdad.
—Tu hermano es una bestia, Mari. Soy yo la que termina escapándose.
Mariana soltó una risa que no era del todo risa.
—¿Tanto así?
—Cada vez que se prende, terminamos a las tres de la mañana y yo no sé ni dónde estoy. Me hace acabar tres, cuatro veces. Cuando yo ya no doy más, él sigue duro como si recién empezara. Hay noches en que rezo para que se quede dormido antes.
—No te creo.
—Que sí. Y eso que llevamos quince años. Te lo digo de verdad: la tiene grande, Mari. Grande y gruesa. La primera vez que se la vi pensé «esto no me entra». Y me entró. Y sigue entrando. Y todavía hoy hay noches en que me la clava hasta el fondo y me hace ver estrellas.
Mariana se quedó callada un rato largo. Sintió, por primera vez en muchísimo tiempo, un calor entre las piernas que no tenía nada que ver con el vino. Notó cómo se le humedecía la bombacha ahí mismo, en la silla del bar, apretando los muslos por debajo de la mesa. Celeste seguía hablando, ajena al efecto de cada palabra: contaba detalles, posiciones, la forma en que Damián la agarraba del pelo, la forma en que la miraba desde abajo cuando ella estaba arriba, cómo le pedía que le chupara la verga entera antes de metérsela, cómo le abría el culo con los pulgares para mirárselo mientras se la cogía en cuatro. Mariana asentía y pedía más, como si fuera información operativa, como si necesitara saber.
—¿Y nunca tenés miedo de que se busque a otra?
—Todo el tiempo. A veces pienso que soy poco para él.
Mariana le apretó la mano por encima de la mesa y no dijo nada. No podía decir nada. Tenía el coño empapado y una idea metiéndosele entre las costillas que no iba a poder sacarse más.
***
Volvió a casa con la cabeza llena de imágenes que no debía tener. Se acostó al lado de Andrés y, por puro orgullo herido, decidió hacer las paces. Se le puso encima, le bajó el calzoncillo, le tomó la polla blanda en la mano y se la chupó hasta que se le paró, tratando de imaginar que era otra. Andrés aceptó con la torpeza de siempre. La montó dos minutos, la embistió tres o cuatro veces con esos golpes cortos de siempre y se corrió gimiendo contra su oreja antes de que ella empezara siquiera a sentir algo. Diez minutos después él dormía con la boca abierta y ella estaba más despierta y más caliente que antes, mirando el techo con el semen de su marido escurriéndosele entre los muslos y las ganas intactas.
Mi propio hermano. Es una locura.
Lo pensó así, en voz baja dentro de la cabeza, y se sorprendió de no espantarse. Metió la mano debajo del camisón y se tocó, despacio, con dos dedos en el clítoris y los ojos cerrados, mordiéndose el labio para no despertar a Andrés. Se imaginó a Damián arriba, la polla dura de su hermano abriéndola en dos, la voz grave contra la oreja diciéndole guarradas. Acabó bajito, con un espasmo largo, y se durmió con los dedos todavía metidos entre las piernas.
La idea volvió esa noche, y al día siguiente, y al siguiente. Volvía cuando se duchaba, cuando se enjabonaba los pechos despacio y se quedaba mirándose al espejo del baño, evaluando el cuerpo que tantos años de dieta y gimnasio le habían conservado: las tetas todavía firmes, los pezones grandes y oscuros, el vientre plano, el culo redondo y alto. Volvía en la oficina, mientras leía correos sin entender qué decían, cruzando y descruzando las piernas debajo del escritorio. Volvía siempre con la voz de Celeste de fondo, contando con orgullo de esposa cosas que no debían contarse.
Una tarde, después de tres días raros, entró con vergüenza a un sex-shop del centro y le pidió a la chica del mostrador un consolador. Le pidió el más grande que tuvieran. Le inventó que era un regalo de despedida de soltera. La chica le sonrió como si las hubiera escuchado todas y le pasó por encima del mostrador uno grueso, largo, de silicona color piel, con venas marcadas. Mariana lo agarró y sintió el peso en la mano. «Este es», pensó. Se llevó la bolsa apretada contra el pecho hasta el auto.
Esa noche, mientras Andrés veía un partido en el living y el más chico jugaba en la computadora, se encerró en el baño de arriba. Se desnudó frente al espejo, se miró de frente y de perfil, se tocó las tetas, se pellizcó los pezones hasta que se le pararon duros y rosados. Se sentó al borde del inodoro con las piernas bien abiertas. Se escupió en los dedos, se los pasó por el coño ya empapado y se metió la punta del juguete despacio, mordiéndose la mano libre para no hacer ruido. La goma le entró con un chasquido húmedo. Empujó más. Más. Sintió cómo se le abría por dentro, cómo se le acomodaba adentro esa cosa gruesa que no era la de su marido, y empezó a moverla despacio, entrando y saliendo, con la otra mano frotándose el clítoris en círculos apretados.
Intentó pensar en un compañero del trabajo, en un actor, en cualquiera. No funcionó. Lo único que la hacía empujar más fuerte era imaginar que esa goma era la verga de Damián, que ese aliento contra su cuello era el aliento de Damián, que las manos que la apretaban de las caderas eran las de su hermano. Se metió el consolador hasta el fondo, se mordió la palma de la mano y empezó a cogerse ella misma con fuerza, sacando y clavando, sacando y clavando, oyendo el ruido líquido del coño en cada embestida. «Dami, Dami, Dami», susurró, y le dio vergüenza haberlo dicho aún estando sola. Acabó casi gritando entre los dientes, agarrada a la cortina de la ducha, con el juguete adentro y las piernas temblándole, mientras se le escapaba un chorrito de flujo entre los muslos. Se quedó temblando un rato largo en el piso frío, todavía con las piernas abiertas, mirando el consolador brilloso apoyado sobre las baldosas.
***
Pasaron tres semanas así. Tres semanas de juguete, de baño cerrado, de mirar a Damián en cada cena familiar con la cara que ponen las mujeres que esconden un secreto enorme. Damián siempre había sido cariñoso con ella. La abrazaba al saludarla, le ponía la mano en la cintura para sacarse una foto, le revolvía el pelo como cuando eran chicos. Ahora cada uno de esos roces era una corriente que le bajaba derecho al sexo. Se le mojaba la bombacha en pleno almuerzo familiar. Hubo una cena de domingo en la casa de su madre en la que Mariana tuvo que ir al baño dos veces a mojarse la cara con agua fría y a meterse dos dedos rápidos para bajar la presión, apoyada contra el lavatorio, mordiéndose el labio.
Y entonces llegó la llamada.
—Mari, te quería pedir un favor enorme. Me voy una semana a Cabo Polonio con una amiga, y Damián recién arrancó en el laburo nuevo. No va a poder con la gata. Vos sabés cómo es, no le cambia el agua ni a palos. ¿Podés pasar vos un par de veces y darle de comer?
—Por supuesto, Celes. Andá tranquila.
Cortó y se quedó parada en el medio del living, con el teléfono todavía en la mano y un calor subiéndole desde la nuca. Una semana sola con su hermano. Una semana sin Celeste en la casa. Tenía las llaves y tenía la excusa. Lo demás era cuestión de animarse.
***
El lunes a la tarde, después del trabajo, Mariana se encerró en el baño una hora. Se duchó, se afeitó el sexo entero, cosa que no hacía hacía años — Celeste le había mencionado al pasar, una vez, que era una de las debilidades de Damián —, se puso lencería negra que Andrés ni se había enterado de que existía: un corpiño con encaje que le levantaba las tetas y una tanguita mínima que apenas le tapaba el coño recién rasurado. Encima, un vestido corto con una blusa blanca escotada. Se miró en el espejo, se acomodó el pelo y se dijo en voz baja:
—Si me echa, me echa.
Pero no creía que la fuera a echar.
Damián abrió la puerta con la camisa del trabajo todavía puesta y la corbata floja. La miró de arriba a abajo y se rió.
—¿Adónde vas tan producida, hermanita?
—A darle de comer a la gata de mi cuñada favorita.
—Pasá, pasá. No te quedes en la puerta.
Le sirvieron a la gata juntos, entre risas, y después él la convidó con una cerveza en el living. Se sentaron en el sillón largo. Mariana se acomodó de costado, cruzó las piernas hacia él y dejó que la blusa se le abriera un botón más de lo necesario. Damián hablaba del trabajo nuevo, de su jefe insoportable, del tráfico. Ella escuchaba a medias, fijándose en cómo los ojos de su hermano bajaban una y otra vez al escote y volvían a subir, fingiendo que no.
—Estás muy linda hoy, Mari. Te digo en serio. Mi cuñado es un afortunado.
—No sé si se da cuenta.
—Algo le pasa.
—Algo me pasa. A mí.
Damián la miró más despacio. Mariana respiró hondo.
—Hace casi un año que no me toca, Dami. Y antes tampoco era para tirar cohetes.
—¿Hablás en serio?
—¿Por qué te mentiría?
Él se quedó callado. Dejó la cerveza sobre la mesa. Mariana siguió, porque si se frenaba se le iba a escapar el coraje.
—Tu mujer me cuenta cosas, ¿sabés? Cosas tuyas. Cómo sos en la cama. Cómo la dejás. Lo que le hacés. Me contó cómo la agarrás del pelo. Me contó que la hacés acabar tres, cuatro veces. Me contó cómo la tenés.
—Mari, no…
—Y yo me la paso pensando en eso. Todo el día. Me toco pensando en vos, Dami. Me compré un consolador y lo uso pensando en vos. Te juro que ya no puedo más.
Damián se pasó la mano por la cara. Mariana vio sin querer cómo el pantalón le tiraba de un lado, cómo se le marcaba la verga contra la tela. No lo señaló. Tampoco hacía falta.
—Mari, somos hermanos.
—Ya sé.
—Vos lo sabés.
—Sé todo. Sé que no se debe. Sé que no se hace. Sé que mañana voy a tener que vivir con esto. Mirame igual y decime que no me deseás. Mirame la boca y decime que no querés metérmela.
Damián la miró. Mariana se puso de pie despacio, sin apuro, y se desabrochó uno por uno los botones de la blusa frente a él. La blusa cayó al piso. Se bajó el cierre del vestido a un costado y dejó que se le resbalara hasta los tobillos. Quedó parada con el corpiño negro y la tanguita, con el pelo cayéndole sobre un hombro, con el pecho subiendo y bajando rápido.
—Por favor, Mari…
—No me digas «por favor» como si me estuvieras pidiendo que pare. Pedímelo en serio o callate.
Damián se quedó callado. Mariana caminó los dos pasos que los separaban, le agarró la corbata floja con la mano izquierda y lo tiró suavemente hacia adelante. Él se levantó como movido por un hilo. Le pasó las manos por la cintura, después por el culo, apretándolo entero con las dos manos, y, después de mirarla un segundo más, la besó. La besó con lengua, hondo, sucio, como si llevara meses queriendo hacerlo, como si la palabra «hermana» no existiera, como si fuera la única mujer del mundo en ese living.
Mariana bajó la mano y le apretó la verga por encima del pantalón. Estaba dura, gruesa, larga contra la palma. Sintió, contra la cadera y ahora contra los dedos, lo que Celeste le había descrito durante meses. No era literatura. Era cierto. Le bajó el cierre ahí mismo, le metió la mano dentro del calzoncillo y se la sacó afuera. La sostuvo en la mano, la miró, se le escapó un jadeo. Era más grande que la del consolador. Era más grande que cualquier verga que hubiera tenido en la vida.
—Es enorme, Dami.
—Vení —dijo él contra su boca.
—Llevame.
***
Fueron dejando ropa por el pasillo. La camisa de él contra una silla. Los pantalones y el calzoncillo tirados a un costado. El corpiño negro cerca de la puerta del dormitorio. La tanguita ya arrancada en el marco de la puerta, porque Damián se la bajó de un tirón sin cuidado y la dejó tirada. Cayeron sobre la cama matrimonial — la cama de Celeste, la cama de tantas noches contadas en bares — y Mariana ni siquiera se permitió pensar en eso. Pensar era el lujo de las mujeres tranquilas y ella no era tranquila esa tarde.
Damián la besó en el cuello, le bajó por el medio del pecho, le agarró las tetas con las dos manos y le chupó los pezones uno por uno, primero suave, después mordiéndolos, tirándoselos con los dientes hasta sacarle el primer gemido sincero del año. Mariana le clavó las uñas en la espalda.
—Chupámelas fuerte. Así. Así.
Bajó por el vientre, le lamió el ombligo, le besó las caderas. Le abrió las piernas con la rodilla y se acomodó en el medio, con la boca apoyada contra el interior del muslo, con la barba de tres días raspándole la piel adentro.
—¿De verdad querés esto?
—Te lo estoy suplicando, Dami. Chupame el coño. Chupámelo, por favor.
Bajó la boca hasta el sexo recién afeitado y se quedó ahí. Le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, despacio, saboreándola. Después le abrió los labios del coño con los pulgares y le hundió la lengua adentro, cogiéndosela con la boca. Mariana arqueó la espalda y gimió sin taparse. Damián le chupó el clítoris, se lo apretó entre los labios, se lo lamió en círculos, después fuerte, después despacio de nuevo, alternando la lengua y dos dedos que le entraban y salían del coño empapado. Mariana terminó arqueada contra el colchón con una mano apretándole el pelo y la otra apretándose una teta, moviéndole la cabeza contra el coño sin ninguna vergüenza.
—Ahí, ahí, ahí, no pares. Chupámelo. No pares, hijo de puta, no pares…
Acabó la primera vez sin avisar, casi enojada, agarrándolo del pelo como si quisiera castigarlo por haber tardado tantos años en estar ahí. Sintió el orgasmo estallarle desde el clítoris y correrle por las piernas, mientras Damián seguía lamiéndole todo lo que salía sin soltarla. Cuando por fin le levantó la cara, tenía la boca brillosa y una sonrisa que le partió al medio.
—Ni acabé y ya sos otra.
—Vení. Vení arriba. Metémela ya.
Damián subió, se acomodó entre sus piernas y se agarró la verga con la mano. Le pasó la punta por los labios del coño de arriba a abajo, mojándose bien, restregándosela contra el clítoris hasta que Mariana empujó las caderas hacia él, buscándolo.
—Metémela ya, Dami. Por favor. Metémela toda.
La miró a los ojos antes de entrar. Le dio tiempo a arrepentirse. Mariana le clavó los talones en la espalda baja y lo empujó hacia adentro ella misma. Lo sintió entrar de una sola vez, lleno, profundo, sin pedir permiso, abriéndola en dos, tocándole el fondo. Soltó un gemido largo que se le escapó desde un lugar que tenía cerrado hacía años. Se sintió partida, llena, cogida por primera vez de verdad en años.
—Ay Dios mío. Ay Dios mío, Dami. Sos enorme.
—Así. Así. Por favor no pares.
—No voy a parar.
La agarró de las caderas y la cogió despacio primero, como si quisiera medirla, ver cuánto aguantaba. Le sacaba la verga entera y se la volvía a meter de a poco, mirándola a la cara mientras entraba. Mariana se veía la panza subir cada vez que él le metía la verga hasta el fondo. Después fuerte. Más fuerte. La cama empezó a golpear contra la pared con un ritmo seco. Damián le agarró las dos manos, se las sostuvo contra la almohada por encima de la cabeza y se puso a cogérsela en serio, con embestidas largas y hondas que le hacían rebotar las tetas contra el pecho de él.
—Mirá cómo entra. Mirá. Mirá cómo te entra, hermanita.
—Sí, sí, así, cogeme, cogeme fuerte, no me tengas lástima.
Después brutal. La agarró de los tobillos, se los puso sobre los hombros, la dobló casi en dos y le clavó la verga hasta el fondo, golpeándola con la pelvis en cada embestida. El sonido del coño empapado tragándose esa polla llenaba la habitación. Mariana lloraba de placer, con el pelo pegado a la frente, con la boca abierta.
Cuando ella creyó que ya no podía más, él salió, la dio vuelta de un tirón, le levantó la cintura, le puso las rodillas separadas y la tomó por detrás, con una mano firme en la nuca apretándole la cara contra la almohada y la otra apretándole un pecho, agarrándole el pezón entre los dedos. Le metió la verga entera de una sola vez, hasta el fondo, y Mariana pegó un grito ahogado contra la funda.
—Así te la coge tu marido, ¿Mari? ¿Te la coge así?
—No. No, así no. Nunca así. Nunca me cogieron así.
—Decime cómo la querés.
—Toda. La quiero toda. Rompeme.
Damián la cogió por atrás sin piedad, con las manos en las caderas, tirándola contra su verga cada vez que empujaba. Le pasó el pulgar por la boca, se lo humedeció y le acarició con él la entrada del culo, sin meterlo, apenas apretando, y a Mariana se le escapó un gemido nuevo. Le agarró el pelo, se lo enrolló en el puño, tiró para atrás y le siguió metiendo la verga hasta que Mariana acabó por segunda vez con la boca contra la almohada, temblando entera, con el coño apretándole la polla en espasmos. Y por tercera, minutos después, sin entender ya en qué posición estaba, sin saber dónde terminaba ella y dónde empezaba la cama. Damián la había puesto boca arriba otra vez, le había abierto las piernas en cruz, y la cogía mirándola a los ojos, agachándose cada tanto a chuparle un pezón o a besarla en la boca con esa boca que todavía le sabía a coño.
Damián seguía duro. Seguía. Y seguía.
—Es verdad lo que decía tu mujer —dijo ella entre dientes, riéndose y llorando un poco al mismo tiempo.
—Callate.
Se puso arriba de él. Se acomodó con la verga entre los labios del coño y se la clavó ella misma, bajando despacio hasta que se sentó entera sobre él. Ahí se quedó un segundo, temblando, sintiendo cómo la llenaba. Después empezó a cabalgarlo, con las manos apoyadas en el pecho de él, moviéndose de arriba abajo, dejando que las tetas se le sacudieran a la vista. Damián le agarró las tetas, se las apretó, se las chupó desde abajo. Le agarró el culo con las dos manos, le abrió las nalgas, la ayudó a moverse.
—Así. Así, hermanita. Cogeme vos.
La cogió un rato más así, sin apuro, y al final, cuando lo escuchó respirar más rápido contra su oreja — la había puesto otra vez de espaldas, encima de ella, empujando fuerte —, ella misma echó las caderas hacia arriba para que terminara adentro. Le dijo «adentro, dale, adentro, acabá adentro, quiero sentirlo» como si fuera la cosa más natural del mundo. Damián gimió largo, le clavó los dedos en la cadera, dio tres, cuatro embestidas más, hondas, brutales, y se vació en ella con una sacudida que la hizo acabar una vez más, agarrada al respaldo de la cama, con las piernas temblando. Mariana sintió los chorros calientes llenándola por dentro, sintió cómo la verga latía adentro de ella descargándose, sintió por primera vez en la vida lo que era que un hombre la llenara de semen de verdad.
Se cayeron de costado, abrazados, respirando como animales que acaban de escaparse de algo. Damián todavía adentro. Ella no dejó que saliera todavía.
***
Estuvieron así, en silencio, mucho tiempo. Damián le acariciaba la espalda con la punta de los dedos. Mariana bajó la mano y le apoyó la palma sobre la verga, ya afuera, y notaba que, después de todo eso, seguía teniendo cierta dureza, cierto tamaño que Andrés, en el mejor de sus días, jamás había alcanzado. Se la acarició despacio, entera, desde la base hasta la punta, y se sorprendió de cómo empezaba a responderle otra vez debajo de la mano.
—¿En qué pensás? —preguntó él.
—En que no me arrepiento. Y en que me acabás de arruinar para cualquier otra polla.
—No deberías estar diciéndome eso.
—Ya sé. Y vos tampoco deberías estar escuchándome.
Damián se rió bajito contra su pelo. Mariana bajó la cara, le pasó la lengua por el pecho, siguió bajando, y sin decir nada le agarró la verga y se la metió en la boca. Se la chupó entera, saboreando el gusto mezclado de los dos, mirándolo desde abajo con los ojos brillosos. Damián le agarró la cabeza y le dejó hacer, gimiendo bajito. Mariana miró el reloj del velador y se dio cuenta de la hora, con la polla de su hermano todavía en la boca.
—Me tengo que ir.
—No te vayas.
—Me tengo que ir, Dami. En serio.
Él la besó otra vez, lento, con el gusto de él en la boca de ella, y antes de que ella pudiera levantarse del todo ya la tenía debajo de nuevo, con las piernas abiertas y la verga otra vez adentro. Lo hicieron una segunda vez, más corto, más tranquilo, pero con el mismo hambre. La cogió de costado, con una pierna de ella levantada sobre su cadera, entrando y saliendo con calma, besándola en la boca mientras la cogía. Mariana acabó una vez más, callada, apretándole el brazo, y sintió cómo él se corría por segunda vez adentro de ella, con un jadeo largo contra su cuello.
Cuando Mariana finalmente se vistió, en la puerta, con el pelo hecho un desastre, la blusa mal abrochada y el semen de su hermano escurriéndosele por dentro de los muslos, Damián la sostuvo de la muñeca un segundo más de la cuenta.
—Mañana también hay que darle de comer a la gata.
—Lo sé.
—Vení temprano.
—Voy a venir temprano.
Subió al auto y manejó hasta su casa sintiendo un pequeño dolor entre las piernas, y el coño todavía lleno, que era lo más cercano a la felicidad que recordaba desde hacía años. Andrés estaba dormido en el sillón con la tele prendida. Pasó al lado sin despertarlo, se metió en la ducha y se quedó mucho rato debajo del agua, mirándose el semen de Damián caerle por dentro de los muslos, sonriendo sola, contando las horas que faltaban para volver a esa cama.