Lo que pasó con mi primo en aquel último verano
Me llamo Mariana y lo que voy a contar pasó el verano que cumplí diecinueve años. Tenía un primo de mi misma edad —se llamaba Esteban— que veraneaba con nosotros desde que éramos pequeños en la casa que mis abuelos tenían en Punta del Arroyo, a dos cuadras del mar. Dormíamos en cuartos contiguos, separados por una pared delgada, y muchas noches nos quedábamos hablando hasta que el cielo empezaba a aclarar. Él era mi mejor amigo. Yo, supongo, era lo mismo para él.
Hasta esa tarde nunca había pasado nada entre nosotros. Ni un roce extraño, ni una mirada que durara más de la cuenta. Por eso me sorprendió tanto lo que sentí cuando volvimos de la playa y él se dejó caer boca abajo en su cama con cara de derrotado, todavía con el bañador húmedo y la piel ardiendo de sol.
—Estás hecho polvo —le dije asomada al marco de la puerta—. ¿Quieres que te haga un masaje?
—Por favor —contestó sin levantar la cabeza—. No sabes cuánto te lo agradecería.
Me senté en el borde de la cama y empecé por los hombros. Esteban llevaba toda la vida nadando, y desde el último invierno había tomado la costumbre del gimnasio. Bajo mis dedos había una espalda tensa, ancha, con una línea que se hundía por el centro hasta perderse en la cintura del bañador. Olía a sal y a crema solar. Le hundí los pulgares cerca de los omóplatos y soltó un suspiro largo.
—Date la vuelta —le dije sin pensar—. Te masajeo los abdominales también.
Se dio la vuelta. Y ahí fue cuando empezó todo, aunque yo todavía no lo sabía.
Le pasé las manos por el estómago, duro como una tabla. Bajé un poco más, hacia las caderas, todavía dentro del territorio inocente de un masaje cualquiera. Y entonces lo vi. El bulto bajo el bañador mojado, inconfundible, levantado, marcando con toda claridad la forma de una polla larga y gruesa apretada contra la tela. Esteban tenía los ojos cerrados, fingiendo no darse cuenta. O quizás dormido. Nunca supe cuál de las dos.
Me quedé un instante con la mano apoyada en su cadera, mirando ese bulto, sin atreverme a respirar. Pensé en tocarlo. Pensé en bajarle el bañador de un tirón y ver de una vez qué escondía ahí abajo mi primo, en cuántas veces había imaginado tocarle algo así a alguien, y nunca a él, justamente a él, que era de la familia, que era mi primo, que era casi un hermano. Retiré la mano. Le dije que se durmiera un rato y salí del cuarto sin mirar atrás.
Esa noche no pude pegar un ojo. Y la siguiente tampoco. Y todas las que vinieron después, hasta que terminó agosto, fueron iguales: yo mordiendo la almohada, con dos dedos hundidos en el coño imaginando esa cadera, ese bulto, esa boca suya con la que tantas veces me había reído sin mirarla de verdad. Me corría bajo la sábana pensando en él y a los diez minutos ya estaba otra vez mojada, otra vez frotándome, otra vez apretando los dientes para no gemir. Cada noche me prometía olvidarme. Cada mañana, cuando bajaba a desayunar y lo veía despeinado y con cara de sueño, sabía que no iba a olvidarme de nada.
***
Quedaba poco más de una semana para volver a la ciudad cuando decidí que algo tenía que pasar o me iba a volver loca. No tenía un plan. Solamente sabía que si no actuaba, me iba a pasar la vida pensando en aquel día de la playa.
Nos fuimos a dormir como siempre, pasada la medianoche. Yo me quedé despierta mirando el techo, escuchando los grillos del jardín y el viento contra la persiana. Cerca de las cuatro me levanté. Crucé descalza el pasillo, abrí la puerta de su cuarto con cuidado y entré.
Esteban dormía boca arriba, con la sábana enredada en las piernas. Llevaba solo los calzoncillos, y bajo el algodón blanco se marcaba a medio hinchar la polla, cruzada de lado, gorda incluso en reposo. Nunca había usado pijama desde pequeño. Me acerqué a la cama y me acosté a su lado en el silencio más absoluto que había vivido jamás. Sentía mi propio corazón golpeando contra el colchón y el coño ya empapado antes de haberlo tocado.
Bajé la mano. La metí debajo del elástico de la tela, despacio, y encontré lo que sin saber estaba buscando: su verga completamente dura, caliente, palpitando como si tuviera vida propia, con la punta ya húmeda de una gota espesa que le mojó los dedos apenas la rocé. Estaba soñando algo, seguro. Cerré los dedos a su alrededor y la apreté para medirla entera: gruesa, dura, con la vena de abajo latiéndome contra la palma. Empecé a moverla despacio, subiendo y bajando el prepucio, sintiendo cómo la cabeza se le descubría hinchada y resbalosa.
Se despertó de golpe. Abrió los ojos, me miró, me reconoció, y por un segundo el mundo se detuvo. No habló. Solo acercó su boca a la mía y me besó como si llevara meses guardando ese beso.
Nos besamos en silencio, despacio al principio y luego con una urgencia que no había sentido nunca con nadie. Nuestras lenguas se buscaban dentro de la boca, se enredaban, se chupaban. Mi mano seguía sobre él, apretando y aflojando, masturbándolo con más ritmo, sintiendo cómo cada tanto le daba un latigazo entero y la polla se le ponía todavía más dura.
—¿Te gusta? —le susurré contra los labios.
—Me estás volviendo loco —contestó—. No pares, joder, no pares.
—Quiero que tú también me toques.
No hizo falta repetirlo. Esteban deslizó la mano por debajo de mi short de dormir, apartó la tela de la ropa interior y me acarició por encima del coño, resbalando en lo mojado que ya lo tenía. Se le escapó un gemido bajo al descubrir el charco que había ahí. Recorrió los labios con dos dedos, los abrió, encontró el clítoris y empezó a dibujar círculos lentos que me hicieron abrir la boca sin sonido. Después metió un dedo, despacio, y yo levanté la cadera sola, como si no me obedeciera. Metió el segundo. Los curvó hacia dentro. Estaba mojada de un modo en que no lo había estado nunca, se oía —se oía de verdad— el ruidito húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mí en la oscuridad del cuarto.
—Estás empapada —murmuró—. Dios, Mariana, estás empapada.
—Es por ti —le dije—. Hace semanas que estoy así por ti.
Bajé mi cara hasta su regazo. Le tiré del elástico de los calzoncillos y le liberé la polla de un tirón: saltó dura contra su vientre, brillante en la penumbra. Me la quedé mirando un segundo antes de agacharme y metérmela en la boca. Nunca había mamado una en mi vida, pero le pasé la lengua por toda la vena de abajo, desde los huevos hasta la punta, y le sentí el temblor en los muslos. Se la chupé despacio, aprendiendo, cerrando los labios alrededor del glande, ayudándome con la mano en la base. Esteban me hundió los dedos en el pelo, sin empujar, solo sosteniendo, mientras se le escapaba el aire por la nariz.
—¿Quieres hacerlo? —me preguntó al oído cuando lo solté para respirar.
Me quedé callada un segundo. Tenía la respiración entrecortada, la boca llena del gusto de él.
—Nunca lo hice —le dije bajito—. Soy virgen, Esteban.
Sonrió. Una sonrisa de alivio, más que de sorpresa.
—Yo también —contestó—. Y no se me ocurre nadie con quien quisiera más dejar de serlo.
***
Se puso encima de mí con un cuidado que no esperaba en alguien de su tamaño. Me terminó de quitar el short y las bragas, me abrió las piernas con las rodillas y se quedó un momento mirándome el coño abierto, mojado, brillando bajo el poco reflejo que entraba por la persiana. Se pasó la polla por encima, restregando la punta contra el clítoris, mojándose entero con lo que le dejaba encima. Yo bajé la mano, lo tomé y lo conduje hasta donde quería sentirlo, hasta la entrada, empujándolo un poco para que se decidiera.
Entró poco a poco, deteniéndose cada vez que mi respiración se cortaba. Le clavé las uñas en el hombro. Aguanté. Sentí cómo abría camino dentro de mí, lentísimo, cómo me ensanchaba centímetro a centímetro, la carne cediendo y quemándome al mismo tiempo, hasta que estuvo del todo, hasta que noté los huevos contra el culo y su vientre contra el mío.
Solté un quejido más fuerte de la cuenta. Esteban me tapó la boca con la mano libre y los dos nos quedamos quietos, los ojos muy abiertos, escuchando si alguien se había despertado en el resto de la casa. No se movió nada. Solo el ventilador del techo girando despacio, y su polla latiendo dentro de mí como un segundo pulso.
Empezamos a movernos. Encontrar el ritmo nos costó un poco al principio —los dos éramos torpes, los dos estábamos asustados—, pero después fue como si los cuerpos se acomodaran solos. Él salía casi entero y volvía a entrar despacio, sintiéndolo todo, y yo iba abriéndome más cada embestida. Me subió las rodillas contra el pecho y desde ese ángulo entró más hondo, tocándome algo dentro que me hizo morder la almohada. Lo miré a los ojos. Me besó la garganta. Yo le mordí el lóbulo de la oreja para no gritar.
—Más fuerte —le pedí al oído—. Fóllame más fuerte, no te voy a romper.
Se enderezó, me agarró de las caderas y empezó a empujarme con ganas, chocando pelvis contra pelvis, el ruido de la carne mojada rompiendo el silencio del cuarto. Cambiamos: me hizo darme la vuelta, me puso a cuatro patas, me agarró de la nuca contra la almohada y me la metió por atrás así, viéndome el culo levantado, sujetándome de la cintura mientras me bombeaba con la respiración deshecha.
—Mariana —dijo bajito—. Mariana, me voy a correr.
Yo estaba a punto, también. Pero me acordé de una conversación tonta con mis amigas, de algo que ellas comentaban entre risas, y sin pensarlo demasiado lo aparté un poco, salí de debajo suyo y le hice ponerse a horcajadas sobre mi torso.
Le puse la polla entre los pechos, los apreté con mis manos formando una funda tibia alrededor de la verga bien mojada de mis jugos, y le susurré que se moviera. Esteban se mordió el labio para no hacer ruido. Empezó a empujar, sus caderas contra mi piel, la polla asomando cerca de mi boca a cada embate. Saqué la lengua. Le lamí la punta cada vez que aparecía. Chupé, probé el gusto salado y amargo. Le miré la cara descompuesta de placer mientras me follaba las tetas y le sonreí con la boca abierta, esperando.
—Córrete encima de mí —le susurré—. Toda, córrete toda encima.
Y cuando se corrió —fuerte, con un temblor que le recorrió toda la espalda— soltó un chorro largo y espeso, otro, y otro más. Una parte me alcanzó los labios y me entró en la boca, otra la mejilla, otra el cuello, otra me quedó goteando entre las tetas todavía apretadas. Tragué lo que me había caído en la lengua. Con dos dedos junté un poco de lo que me chorreaba por el pecho y me lo llevé también a la boca, mirándolo a los ojos.
Me reí callada. Él se rio también, todavía temblando arriba mío. Los dos parecíamos dos chicos descubriendo algo que no estaba en ningún manual.
Yo todavía no había terminado y él se dio cuenta. Bajó por mi cuerpo, dejándome besos en el estómago, en el ombligo, en los huesos de la cadera. Me separó las piernas con las manos, se acomodó entre ellas y, sin preguntar, sin avisar, hundió la cara entre mis muslos y me clavó la lengua en el coño.
Era la primera vez que alguien me hacía eso. La sensación me agarró tan de sorpresa que arqueé la espalda y me tapé la boca con las dos manos para no despertar la casa entera. La lengua de mi primo se movía con una paciencia que parecía mentira. Me abrió los labios con los pulgares, me chupó entero, me lamió de abajo arriba pasando por la entrada mojada hasta el clítoris. Subía, bajaba, dibujaba círculos, me lo atrapaba entre los labios y lo succionaba despacio, se detenía cuando mi respiración se aceleraba demasiado y volvía a empezar más despacio. Me metió dos dedos otra vez mientras me chupaba, curvándolos, moviéndolos contra un punto que me estaba enloqueciendo por dentro.
—No pares —le supliqué apretando los dientes—. Ahí, ahí, no pares.
Cuando terminé, terminé como nunca antes. Como si algo dentro de mí se rompiera y se volviera a armar al mismo tiempo. Se me cerró el coño alrededor de sus dedos, se me sacudieron los muslos, la cadera se me levantó sola de la cama y no supe si estaba gritando por dentro o por fuera. Me quedé temblando contra el colchón durante varios minutos, todavía con espasmos pequeños, con Esteban abrazado a mi cintura y su cara húmeda contra mi vientre.
Después me besó muy suave, sin urgencia —yo me probé en sus labios—, y yo me levanté, recogí mi ropa del piso y volví descalza por el pasillo a mi propio cuarto, con el semen todavía seco en el cuello y los muslos pegajosos. Me dormí enseguida. Dormí mejor que en todo el verano.
***
Lo hicimos todas las noches hasta que terminó agosto. A veces en su cuarto, a veces en el mío, siempre con la luz apagada y la mano lista para tapar bocas. Aprendimos juntos. Aprendí a mamársela hasta el fondo sin arcadas, a montarlo despacio mirándolo a los ojos, a pedirle que me la metiera de todas las formas que se me iban ocurriendo. Nos equivocamos juntos. Nos reímos juntos cuando algo no salía como queríamos.
Yo creía que el verano siguiente sería igual. Volvería al mar, lo encontraría en la casa de los abuelos y empezaríamos donde lo habíamos dejado. Pero la vida no se ordena por ganas. En enero, Esteban empezó a salir con una chica de la universidad. En julio se casaron, antes de cumplir los veintidós. Una boda pequeña, civil, con una comida en el patio.
Yo fui, claro. Le di los dos besos de rigor, le dije «felicidades» como cualquier prima, y él me sonrió de una manera que solo entendíamos los dos. Una sonrisa que decía gracias, y perdóname, y me acuerdo, todo al mismo tiempo.
De aquel verano me queda eso: el recuerdo y, a veces, en las noches en que la cama me pesa demasiado, una mano debajo de las sábanas que se mueve sola, dos dedos hundidos en el coño pensando en un pasillo oscuro, una puerta que se abre sin ruido y un primo durmiendo boca arriba en calzoncillos con la polla marcada bajo el algodón.