La modelo que mi tía trajo a cenar a casa
El desayuno de ese sábado no se pareció a ningún otro. Algo flotaba en el aire del comedor, una corriente eléctrica que mi tía Renata sostenía con esa media sonrisa suya de gata satisfecha. Bebió un sorbo largo de café, miró a Damián y después clavó los ojos en mí.
—Esta noche tenemos invitada —dijo, posando la taza con un clic seco—. Yasmín vuelve a la capital. Va a cenar con nosotros.
Damián levantó la vista del periódico con interés evidente. A mí el nombre me sonaba de las carpetas viejas de la agencia: Yasmín, veintinueve años, la modelo favorita de mi tía antes de que se mudara a desfilar pasarelas en Milán y Ámsterdam.
—Quiero que las dos se arreglen —añadió Renata, recorriéndome con la mirada por encima de la bata de seda—. Camila, ponte algo que resalte ese trasero que tanto le gusta a tu tío. Yasmín aprecia la belleza... en todas sus formas.
Pasé el resto del día con un nudo eléctrico en el estómago. Cuando llegó la tarde elegí un vestido de seda granate, tan corto que apenas me cubría las nalgas, con un escote en el que mis pezones se marcaban contra la tela. Era una provocación deliberada y me encantaba serlo.
Sonó el timbre a las ocho y media. El corazón se me aceleró antes de abrir la puerta. Cuando lo hice, ahí estaba ella. Yasmín era como la recordaba de las fotos, solo que mejor. Cabello corto a la altura de la nuca, ojos enormes y una piel aperlada que justificaba su nombre. Pero lo que me dejó muda fueron las piernas: torneadas por años de pilates, larguísimas, sostenidas por un trasero tan firme y redondo que parecía esculpido a mano.
—Pero qué pequeña joya escondiste, Renata —ronroneó Yasmín, dejando que su mirada bajara sin disimulo por mi escote hasta mis muslos.
Nos sentamos a la mesa. La cena fue una batalla campal de insinuaciones. Damián servía vino sin despegar los ojos de la forma en que la tela del vestido de Yasmín se tensaba sobre sus muslos. Yo intentaba comer y no podía.
—Camila estudia psicología, Yasmín —dijo Damián con una voz cargada de doble sentido—. Le interesan los instintos. Lo que la gente se calla por vergüenza.
Yasmín soltó una risa juguetona y estiró la pierna debajo de la mesa. Sentí el tacón subiendo despacio por mi pantorrilla, buscando el calor de mis muslos.
—A mí también me interesan los instintos —dijo, clavando sus ojos en los míos—. Sobre todo en chicas jóvenes a las que nadie les ha enseñado todavía cuánto pueden disfrutar. ¿Verdad, Camila?
Me puse roja del color del vestido. Renata, sentada al lado de Yasmín, estiró la mano y empezó a acariciarle el hombro, bajando con calma hasta el nacimiento del pecho.
—Camila aprende rápido —añadió mi tía, con una mirada que nos envolvía a las tres—. Especialmente cuando se trata de pedir lo que necesita. ¿No es así, amor?
Damián soltó una carcajada ronca. Bebió vino mientras su otra mano, oculta bajo el mantel, se acomodaba algo entre las piernas.
—Me dijeron que tienes piel de terciopelo —siguió Yasmín, ignorando completamente el plato—. Me encantaría comprobar si eres tan suave por dentro como pareces por fuera. Me gustan las chicas que saben ser un poquito perras cuando nadie mira.
—Ella no se esconde, Yasmín —intervino Damián, devorando el escote de la modelo—. Es nuestra niña de cara angelical.
El aire estaba tan denso que me costaba respirarlo. El pie de Yasmín no había dejado de moverse entre mis muslos. Me rozaba el clítoris a través de la tela fina de la ropa interior, y yo apretaba los puños sobre la servilleta para no gemir. Mis pezones se frotaban contra el interior del vestido. Lo único que quería era que la cena se terminara.
—Tienes unos pechos hermosos, Camila —murmuró Yasmín, inclinándose hacia delante para mostrarme su propio escote—. Turgentes. Como si pidieran a gritos unos labios que los muerdan.
Renata sonrió.
—Creo que el postre lo tomamos arriba —dijo, mirando primero a Damián, después a Yasmín y finalmente a mí—. Hay suficiente Camila para los tres. Y Yasmín tiene mucho que enseñarte.
***
—No tan rápido con el postre —ronroneó Yasmín, deteniéndonos en el pasillo—. Traje regalos de Ámsterdam. Creo que nos van a ayudar a que Camila entienda algunas cosas.
De un bolso de terciopelo negro sacó arneses de cuero, varios juguetes de silicona y un par de bolas chinas pesadas. Los dejó sobre la mesa de cristal de la entrada, donde brillaron bajo la luz prometiendo una noche larguísima.
Subimos a la habitación principal y, antes de llegar a la cama, todo estalló. Renata, cuya elegancia se había desmoronado en cuanto cruzamos el umbral, acorraló a Yasmín contra la pared. Damián, con esa calma de depredador que siempre tenía, se sentó en el sillón lateral y empezó a desabrocharse la camisa sin prisa, con los ojos fijos en las tres.
—Enséñale, Yasmín —ordenó mi tío con voz grave—. Muéstrale a mi sobrina cómo se devoran dos mujeres.
Yasmín no se hizo rogar. Agarró a Renata por la nuca y la besó con violencia, metiéndole la lengua hasta el fondo. Sus manos, expertas, bajaron al trasero de mi tía y lo apretaron con fuerza. Renata gimió contra su boca y separó las piernas para que la modelo restregara su pelvis contra la suya por encima de la seda.
Yo estaba parada al lado de la cama, temblando, con los pechos subiendo y bajando contra la tela del vestido. Damián ya tenía el torso desnudo. Sus manos bajaron a la bragueta y liberaron una erección gruesa y palpitante.
—Acércate, Camila —susurró Yasmín separándose un instante de los labios de Renata—. Mira cómo se pone tu tía cuando una lengua le recorre el clítoris.
Yasmín se arrodilló frente a mi tía y le bajó la ropa interior de encaje con un movimiento experto. El olor a perfume mezclado con sexo inundó el cuarto. Hundió la cara entre las piernas de Renata, lamiendo con devoción cada pliegue. Mi tía arqueó la espalda contra la pared, aferrada a los hombros de la modelo, gritando un placer que yo nunca le había escuchado.
Cuando Renata estaba a punto de venirse, Yasmín se separó y se giró hacia mí. Sus ojos enormes brillaban con una malicia limpia.
—Ahora tú, mi niña de cara angelical —dijo, tirando de mí para arrodillarme frente a ella—. Tienes un cuerpo que pide ser usado.
Me quitó el vestido granate de un tirón, dejándome desnuda bajo la mirada de Damián, que ya se acariciaba en el sillón observándonos. Yasmín agarró mis pechos con las dos manos y pellizcó mis pezones hasta sacarme un chillido a medias entre el dolor y la excitación.
—Qué redonditas las tienes, Camila —exclamó, dándome un azote sonoro que me dejó la piel encendida—. Te voy a poner tan caliente que vas a suplicarle a tu tío que te llene.
Me empujó sobre la alfombra y enterró la cabeza entre mis muslos. Su lengua era de fuego. Trazaba círculos frenéticos sobre mi clítoris mientras dos dedos se hundían en mí. Yo me retorcía, gritaba, sentía cómo le empapaba la cara entera.
—¡Mírala, Damián! —gritó Yasmín, levantando la vista húmeda—. ¡Mira cómo chorrea esta perrita! ¡Está lista para que se la rompas!
Damián se levantó del sillón, ya completamente desnudo, con la verga apuntando al techo. Se acercó y Renata, recuperada, gateó hacia él para empezar a lamerle la base mientras Yasmín seguía con la boca pegada a mi sexo.
—A cuatro patas, Camila —ordenó Damián con autoridad—. Quiero verte el trasero levantado mientras Yasmín te besa.
Obedecí como la perrita en la que me estaba convirtiendo. Me puse en posición, ofreciéndole mi sexo abierto y empapado. Damián se acomodó detrás, agarrándome de las caderas con una fuerza que me arrancó un gemido antes incluso de empezar.
—Vas a ser de los tres esta noche —dijo, antes de empujar hasta el fondo.
El impacto me dejó viendo estrellas. Yasmín aprovechó para besarme profundamente, compartiendo mi propio sabor con mi saliva, mientras Renata, ya con uno de los juguetes pequeños de la bolsa, me lo apoyaba en el ano con una presión apenas insinuada. Estaba siendo poseída por todos los flancos. Mi cuerpo recibía una descarga de placer que ningún libro de psicología iba a explicarme nunca.
—¡Cógeme, tío, cógeme! —aullaba yo, perdida en el ritmo brutal mientras las manos de las dos mujeres me recorrían la piel.
***
Hicimos una pausa de unos minutos en la que las tres bebimos agua sentadas en el borde de la cama. Damián fue al baño. Yasmín aprovechó para sacar de la bolsa lo que ella llamaba sus tesoros: tres arneses de cuero negro con dildos de un realismo perturbador, cada uno con un pequeño depósito en la base.
—Tienen un truco —dijo con una sonrisa depredadora, mostrándome el mecanismo—. La parte interna estimula a quien lo lleva mientras se usa el arnés. Y el depósito guarda un líquido tibio que se descarga cuando una quiere. La idea es que el final se sienta lo más parecido posible al de verdad.
Me quedé paralizada, todavía con los pechos subiendo y bajando por la excitación anterior. Yasmín se colocó el suyo con la agilidad de quien lo había hecho muchas veces. Al ajustarse las correas sobre las nalgas firmes, el falso pene quedó erguido, venoso, amenazante.
No perdió el tiempo. Agarró a mi tía por la cintura y la lanzó sobre la cama.
—Mira bien, Camila —ordenó—. Mira cómo voy a coger a tu tía hasta que olvide su nombre.
Renata se puso a cuatro patas, ofreciendo el trasero ya empapado. Yasmín se colocó detrás y la penetró con un empuje seco. El grito de mi tía fue largo, desgarradoramente placentero. La modelo comenzó a embestirla con un ritmo constante, las caderas chocando contra las de Renata con un sonido húmedo.
—¡Sí, Yasmín, así, no pares! —gemía mi tía con los ojos en blanco.
Cuando Renata estaba al borde, Yasmín activó el mecanismo del arnés. Un calor líquido se vertió dentro de mi tía, y ella se arqueó hasta desplomarse sobre las sábanas, convulsionando en un orgasmo larguísimo.
—Tu turno, Renata —dijo Yasmín, lanzándole el segundo arnés—. Vamos a mostrarle a esta nena lo que es una fiesta entre mujeres en serio.
Mi tía, recuperada por la adrenalina, se colocó el suyo. Ahora tenía a las dos mujeres más imponentes de mi vida armadas con miembros artificiales, rodeándome como lobas. Damián volvió del baño, se sentó en el borde de la cama y me sujetó las muñecas por encima de la cabeza para que no me moviera.
—Boca arriba, Camila —instruyó Yasmín—. Yo me encargo de tu boca y de tu sexo. Renata, tú del otro lado.
Me obligaron a arquearme. Sentí un poco de lubricante deslizándose entre mis nalgas, y después la presión cuidadosa del juguete de mi tía contra el ano.
—Relájate, perrita —susurró ella al oído—. Vas a ser la más entregada de la casa.
Con un empuje coordinado, mucho más lento de lo que esperaba, Renata invadió un orificio mientras Yasmín se hundía en el otro. El dolor inicial duró un segundo y se evaporó bajo una ola de placer eléctrico que me hizo aullar. Estaba siendo atravesada por las dos mujeres al mismo tiempo, mientras Damián me obligaba a girar la cara para tomarlo en la boca.
—¡Eso es, Camila, gime como eres! —gritaba Yasmín mientras aceleraba el ritmo.
Sentí los dos arneses empezar a calentarse al unísono. El mecanismo estaba a punto de soltar lo que tenía guardado.
—¡Ahora! —gritaron las dos a la vez.
Dos chorros tibios me inundaron al mismo tiempo. La presión interna era desproporcionada y deliciosa. Mi clítoris estalló bajo la mano libre de Yasmín mientras todo mi cuerpo se contraía con una fuerza salvaje. Me convertí en algo que ya no tenía nombre. Algo compartido, atravesado, colmado, mientras los tres adultos celebraban mi rendición total bajo la luz amarilla de la lámpara.
***
Cuando todo terminó y Yasmín y Renata se quitaron los arneses, Damián, que nos había mirado con una erección imposible, no aguantó más. Agarró a Yasmín del cabello corto y la lanzó sobre el borde de la cama.
—Ahora tú, como en los viejos tiempos —gruñó—. A ver si esas piernas de modelo aguantan a un hombre.
Yasmín, lejos de intimidarse, soltó una carcajada y se puso a cuatro patas, ofreciendo el trasero firme. Damián no perdió el tiempo. Se posicionó detrás y la penetró con un empuje brutal. El sonido del impacto fue un latigazo. Yasmín arqueó la espalda y clavó las uñas en las sábanas.
—¡Así, Damián, como siempre te gustó! —gritaba ella, mientras sus nalgas chocaban contra la pelvis de mi tío.
Renata, que no se quedaba al margen, se arrodilló al lado y le acercó la boca. Damián, en un alarde de potencia, sacó la verga de Yasmín, empapada, y se la metió a mi tía con una sola embestida. Después volvió a Yasmín. Después otra vez a Renata. Era una coreografía sin pausa.
Yo los miraba hipnotizada, tocándome despacio los pezones, asombrada por la energía animal de mi tío.
Finalmente, Damián llegó a su límite. Agarró a Yasmín por la cintura, la sentó sobre sus muslos y empezó un ritmo casi violento.
—¡Me vengo, Yasmín! ¡Abre la boca! —rugió.
La sacó de su interior en el último segundo. Su pene palpitaba con fuerza, y un chorro potente le estalló a Yasmín en el rostro, llenándole la boca y cubriendo esa piel aperlada de blanco. Ella lo recibió con los ojos cerrados, saboreando cada gota con un deleite que me hizo estremecer.
Después se giró hacia mí. Sus ojos estaban nublados.
—Es tu turno de probar a tu tío, Camila —susurró con voz ronca.
Sin darme tiempo a reaccionar, me agarró la cara con las dos manos y me besó profundo. Sentí pasar el sabor amargo y cálido del semen de Damián de su boca a la mía. Fue una sensación eléctrica. Nuestras lenguas se entrelazaron, compartiendo la esencia del hombre que nos acababa de poseer a todas.
Tragué despacio, mientras Renata nos abrazaba por detrás y Damián nos observaba con el orgullo de alguien que sabe que ha conquistado a sus tres reinas del pecado.
La noche todavía era joven. Yo, la sobrina de cara angelical, ya no quería que se terminara nunca.