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Relatos Ardientes

Lo que mi tío descubrió de mí esa noche de lluvia

Había llovido sin que nos diéramos cuenta. Cuando mi tío y yo salimos del cine y cruzamos la plaza, descubrimos que durante la película había caído un diluvio y que media ciudad estaba inundada. Era de noche y el tránsito no avanzaba. Decenas de luces rojas se encendían frente a nosotros cada pocos metros, y el coro de bocinas habría vuelto loco hasta al hombre más paciente.

—Carajo —lo escuché murmurar mientras golpeaba el volante con la palma.

A mí el embotellamiento no me importaba, porque iba sumido en mis propias cavilaciones. Al terminar la función había aprovechado la privacidad del baño para revisar el teléfono. Mateo me había escrito. Decía que no dejaba de pensar en mí, que no podía esperar para tenerme entre sus brazos. Después de comprobar que el cubículo estaba bien cerrado, apoyé el teléfono sobre la cisterna, me bajé el pantalón y empecé a tocarme mientras releía sus mensajes.

En un récord de cinco minutos me había metido tres dedos y masajeado hasta llegar a un orgasmo silencioso, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Al terminar le respondí a mi futuro novio que lo amaba, que yo también quería estar con él. No le conté que acababa de masturbarme en un baño público; eso podía esperar. Cuando salí, mi tío me miró con extrañeza.

—Estás todo rojo —me dijo.

—Sí, todo bien —respondí.

Llegar a su departamento nos llevó el doble de tiempo que el viaje de ida, pero los dos festejamos haber sorteado el caos. Al entrar, mi tío fue directo a la habitación donde yo iba a dormir, y entonces hizo el descubrimiento. Cuando me asomé, él estaba parado junto a la cama con cara de fastidio.

—Está empapada —dijo.

Cerró la ventana, que había quedado abierta, y empezó a retirar las sábanas. Una segunda inspección confirmó lo evidente: el agua había calado el colchón entero y era imposible que yo durmiera ahí.

—Lo siento de verdad —insistió—. No pensé que pudiera pasar esto.

Le dije que no se preocupara, que podía pasar la noche en el sillón sin problema. Él no quiso escucharlo: yo iba a usar su cama y él dormiría afuera. La «sugerencia» tenía pinta de orden, y no me molesté en discutir.

—¿Pizza para cenar? —preguntó, dando el asunto por cerrado.

***

Una hora después tocaron a la puerta y recibimos la cena. La pizza vino acompañada de cervezas. Antes de pasarme la primera lata, mi tío me observó un instante, como calculando.

—Ya eres mayor, ¿no? —preguntó.

Me reí y le confirmé que sí, que ya tenía la edad.

—Bueno, pero no le vayas a contar a tus padres, ¿eh?

—Lo prometo —dije.

Cenamos frente al televisor. Mi tío Aníbal tenía una docena de cervezas en la heladera y, después de un par de horas, no quedaba ninguna. En ese rato me habló del director de la película que habíamos visto, y su entusiasmo logró mantener mi atención a pesar de que yo no podía dejar de pensar en la escena de Clara y Marchetti. Le prometí que vería más films de ese director, y la verdad es que pensaba cumplir. A mí el cine no me apasionaba como a él, pero nunca sabía decirle que no. Aníbal siempre había sido bueno conmigo, y a mí siempre me había gustado estar con él. Lo quería. Y además, esa tarde algo nuevo había empezado a crecer dentro de mí.

—¿Le vas a contar a tus viejos? —preguntó mientras sacaba una botella de uno de sus escondites.

—¡No, señor! —respondí, divertido.

Hasta ese día mis experiencias con el alcohol no pasaban de unas cervezas con amigos, pero esa noche me agarré mi primera borrachera. La libertad que daba la ebriedad era algo completamente nuevo y emocionante. Estaba contento. Cuando la botella estaba por terminarse, mi tío dijo que era hora de dormir. Yo me sentía mareado, feliz y, sobre todo, caliente.

Mi mente saltaba de un lado a otro: Mateo, Marchetti, Clara. Pero lo más extraño era cuando saltaba hacia mi tío. Por un instante lo imaginé besándome. Me sentí envuelto en sus brazos, sentí su calor, un calor protector y al mismo tiempo erótico. Caminé hacia la habitación y me acosté en su cama. Le dije que era una cama grande y que esa noche iba a pasar frío. Él respondió, desde lejos, que estaría bien.

Después vi a Marchetti y a Clara otra vez, fundidos. El detective entraba y salía de ella por detrás. ¡Lo sabía, la había tomado como a su hembra! Mi tío y yo habíamos discutido esa escena, pero él solo me habló de cuestiones cinematográficas. Yo quería decirle que ella simplemente estaba ocupando su lugar en el mundo, que tenía que ser penetrada porque era lo que su cuerpo pedía. ¿O ya se lo había dicho?

***

Desperté unas horas más tarde. La habitación estaba oscura y apenas distinguía la pared frente a mí. El reloj de la mesa de luz marcaba poco más de las tres de la mañana en números rojos. Tenía que orinar. Al levantarme descubrí que solo llevaba puesta la remera: el pantalón y la ropa interior habían desaparecido. Pensé en encender la luz para buscarlos, pero advertí que mi tío estaba del otro lado de la cama, y no quería que me viera semidesnudo si la luz lo despertaba. ¿Estaría dormido?

Fui al baño y me dispuse a orinar. Mientras lo hacía intenté reconstruir la noche, pero solo me llegaban pedazos inconexos. Sentí una punzada de inquietud. ¿Le habré dicho algo indebido a mi tío?

Al salir me quedé inmóvil. Aníbal había encendido la lamparita de la mesa de luz, y su figura era la de un dios antiguo: recostado, casi desnudo, apenas un calzoncillo cubriéndole el sexo. Tragué saliva. Mi remera me tapaba la entrepierna, pero dejaba a la vista mis muslos. Quise cubrírmelos por vergüenza de que me mirara así, y sin embargo no lo hice.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, solo tenía que orinar.

Me observó un momento largo y volvió a apagar la luz.

—Acuéstate —dijo desde la oscuridad.

—Sí.

***

Era una noche fría y afuera había vuelto a llover. Al meterme entre las cobijas sentí el calor del cuerpo de mi tío, y casi sin pensarlo me acerqué buscando refugio. Entonces lo sentimos los dos. Él extendió un brazo y yo me acurruqué contra su pecho. Nos deseábamos. Me rodeó con fuerza y apoyé las manos sobre su torso, viril, fornido, cubierto de vello. Encontré sus pezones y los rocé con los dedos.

Nuestras piernas se buscaron y se frotaron despacio. La respiración de los dos se aceleró. Podía sentir el aire caliente que exhalaba sobre mi cara, y supe que estaba conteniendo los jadeos. Nuestros rostros quedaron tan cerca que quise unir mi boca a la suya. Sentí cómo se endurecía bajo la tela y quise liberarlo, dejar suelta a esa serpiente que acechaba entre sus piernas. Temblaba de frío y de excitación, pero ya no podía detenerme. Llevé una mano al calzoncillo y tiré. Su sexo saltó como un resorte y me golpeó el vientre. Solté un gemido corto y nos besamos.

El beso fue hondo, sin freno. Nos habíamos encontrado. No era la primera vez que yo besaba a un hombre, pero jamás imaginé que besar a mi tío iba a sentirse así de bien. Era nuestra primera muestra de deseo sin reprimir, y me entregué entero. Lo tomé con la mano y empecé a correr la piel; en pocos segundos sentí la humedad de sus fluidos y lo escuché gemir.

—Sí… no pares —me pidió.

No pensaba parar. Después de masturbarlo un rato, separé un poco las piernas y acomodé su miembro entre mis muslos. Él no perdió un instante y empezó a frotarse ahí. Le rodeé el cuello con los brazos y nos besamos de nuevo. Sus manos recorrían mis piernas, subían por mis nalgas y terminaban metiéndose bajo la remera para acariciarme la espalda. Me lamía el cuello, los labios, y volvía a besarme.

—Date vuelta… —pidió después.

Obedecí y me acosté de costado, dándole la espalda. Aníbal se pegó detrás de mí y volvió a deslizarse entre mis muslos, esta vez besándome la nuca y jugando con mis pezones. Empecé a gemir; sus caricias se sentían demasiado bien. Se frotaba cada vez más arriba, y en poco tiempo mi entrada quedó completamente húmeda. De a poco, antes de meterse entre mis piernas, empezó a apoyar la punta contra mi ano y a presionar apenas.

Yo sabía lo que buscaba, y también entendía por qué no se animaba. Hasta ese punto, lo nuestro no había pasado de un juego que ambos podríamos fingir olvidar, un secreto fácil de guardar. Pero si él entraba en mí, todo iba a cambiar. Por un momento pensé en lo que significaba: algo prohibido, algo que nadie aceptaría jamás si llegara a saberse. Y enseguida pensé que ninguno de ellos estaba ahí, que ninguno podía entender lo que sentíamos, la belleza de ese instante, y que ninguno tenía por qué enterarse de nada. Mi cuerpo lo deseaba. Por toda la habitación se escuchaba el sonido obsceno de su sexo resbalando contra el mío. Entendí que no tenía sentido negarme, y entonces di el paso que él no podía dar.

—Métemela —susurré.

Afuera seguía lloviendo, pero en la habitación reinaban el calor y las ganas. Aníbal se quedó quieto un segundo, asegurándose.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—Sí.

Me acostó boca abajo y se sentó a horcajadas sobre mis piernas. Acomodó la punta en mi entrada y empezó a empujar. Su fuerza se impuso pronto a mi resistencia, y de un momento a otro me convirtió en mujer. Entró hasta el fondo y yo ahogué un grito contra las almohadas.

—¡Aníbal!

Él gruñó de placer y empezó a hacerme el amor. Su miembro estaba caliente, duro, y entraba y salía despacio. Yo sentía dolor, pero la sensación de ser penetrado me hacía sentir que por fin había alcanzado algo que debí haber alcanzado años atrás, y era feliz. Su habitación se había transformado en el nido de una pareja, y la cama en el altar donde se rendía culto al placer. Nuestros gemidos llenaron el cuarto. Yo gemía, él gruñía.

—Voy a terminar… adentro —anunció de golpe.

—¡Sí! —respondí entre jadeos.

Nos tomamos de las manos para llegar juntos al momento más importante de mi transformación. Y entonces me llenó por dentro. Hundí la cara entre las almohadas y grité de placer y de emoción.

***

Aníbal se quedó largo rato encima de mí después de terminar. Me acariciaba el cuerpo y me besaba la nuca, cuidando a su hembra… o al menos eso pensé. Cuando se puso de pie y me incorporé, su semen empezó a escurrir. Llevé una mano hacia atrás, recogí un poco y me lo acerqué a la cara. El olor era embriagante. Me metí los dedos en la boca y no los saqué hasta dejarlos limpios.

—¿Qué acabamos de hacer? —preguntó el muy tonto.

Yo no respondí. No hacía falta. Lo único que sabía, con una certeza que jamás había tenido antes, era quién era yo de verdad, y que esa noche de lluvia apenas había sido el principio.

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Comentarios (1)

TomásV

Buenísimo!! quede con ganas de más, por favor seguí contando.

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