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Relatos Ardientes

Mi sobrina trans pasó su primera noche en mi casa

Nuestra educación nos marca más de lo que admitimos. Mi familia es de las tradicionales hasta el aburrimiento: misa los domingos, apariencias cuidadas, conversaciones que nunca rozan nada incómodo. Gente decente, según ellos. Gente que vive con miedo a lo que dirán los vecinos, según yo.

Me llamo Andrés, tengo cuarenta y cinco años y vivo en Salamanca, aunque crecí en Zaragoza. Tengo una hermana dos años menor, Marta, divorciada y con tres hijos. Mi padre fue director de banco toda su vida y mi madre se dedicó a la casa, como correspondía a una mujer «de bien».

Digo que Marta tuvo tres hijos, pero en realidad ahora tiene dos varones y una chica. El menor, al que bautizaron Hugo, hoy es Nadia: una joven de sonrisa deslumbrante y mirada profunda que decidió, hace cuatro años, ser quien siempre fue por dentro.

Para mis padres, que el benjamín de sus nietos sea una muchacha transexual fue un trauma del que todavía no se han recuperado. Ya llevaban mal sus gestos delicados de niño, y que fuera homosexual les parecía un castigo divino. Lo de la transición estuvo a punto de mandar a mi padre a la tumba. Confieso que verlo me divirtió. También me divirtió ver la cara de mi hermana cuando su entonces marido apoyó sin fisuras la decisión de su hija. Ese fue, en el fondo, el motivo de que ella pidiera el divorcio y le diera la espalda a su propia criatura.

Con mi excuñado, en cambio, mantengo una relación estupenda. Hace unos meses me llamó aprovechando un viaje de trabajo y quedamos a cenar.

Me pareció una idea perfecta. Así podría preguntarle por Nadia, de quien, por parte de su madre, no llegaba ninguna noticia.

Quedamos en la zona de vinos del casco viejo. Empezamos hablando de las navidades, de amistades comunes, de su negocio de distribución de material odontológico, que no terminaba de arrancar. Pero el tema que de verdad le pesaba era su hija. Me contó cuánto había sufrido ella por el rechazo de su madre, y lo difícil que había sido sacarla de aquel pozo de abandono. Por eso lo alegraba tanto que Nadia hubiera decidido hacer un máster.

—Y lo va a hacer aquí, en Salamanca —me dijo, mirándome con una sonrisa de complicidad—. No estará sola del todo. Te tiene a ti.

—Para lo que necesite —respondí, y lo dije en serio.

El asunto quedó ahí. Seguimos bebiendo vino, mirando a las chicas que pasaban y concluyendo, con resignación, que ya no teníamos edad para llamar su atención.

***

Pasaron unas semanas. Una tarde sonó el móvil.

—¿Diga?

—Hola, tío. Soy Nadia.

Su voz me impresionó. Suave, fluida, extremadamente femenina.

—¡Hola, cielo! Me alegra oírte.

—Yo también, y mucho. Quería pedirte un favor.

—Dime.

—Le he dicho a papá que ya tengo dónde vivir para el máster, pero no es verdad. No me apetece compartir piso con desconocidos, y un colegio mayor es carísimo. ¿Me dejarías quedarme en tu casa unos días, hasta que encuentre algo? Sé que es un trastorno, sobre todo para ti, que vives solo.

La idea, sinceramente, no me hacía ninguna gracia. Hacía casi veinte años que no convivía con nadie, y no era una experiencia que quisiera repetir. Pero aquella voz me venció.

—Por supuesto, reina. No le diré nada a tu padre, y puedes quedarte tanto como quieras.

—¡Gracias! ¡Sabía que no me dejarías tirada! No sabes lo que significa para mí. Sabré compensártelo.

—¿Cuándo llegas?

—El máster empieza después de Semana Santa. Tengo muchísimas ganas de verte. No nos vemos desde antes de mi operación. Estoy bastante distinta.

—Que no te hayas dignado a visitar a tu tío en diez años no significa que no siguiera tu vida de cerca, mala sobrina —bromeé—. Pero ya nos pondremos al día.

Colgué de buen humor. Su frescura y su descaro dejaban entrever a alguien que lleva la alegría puesta.

***

Dediqué los días previos a adecentar la habitación de invitados y a chatear con ella para ir resolviendo papeleos del máster. El día de su llegada fui a buscarla a la estación a las ocho de la tarde.

Recorrí el andén con la mirada sin reconocer a nadie, hasta que una muchacha menuda, de pelo negro como el azabache y subida a unos tacones imposibles, soltó dos pesadas maletas para lanzarse a mis brazos.

—¡Tío! —gritó—. ¡Qué ganas tenía de verte!

—Mi vida, yo también. No te habría reconocido. Estás fantástica.

—Gracias, zalamero, pero no es para tanto.

El abrazo me dio la oportunidad de notar el cuerpo que escondía la gabardina. Unas piernas largas y firmes, un trasero respingón, el vientre plano y, más arriba, dos pechos redondos cuyos pezones se marcaban bajo la tela. Unos labios carnosos y unos ojos enormes me miraban con diversión bajo la melena oscura.

—Venga, a casa. Ha sido un viaje largo, querrás descansar.

—¿Descansar? Ni hablar. Dejamos las maletas y nos vamos a tomar algo. Para dormir hay muchos días.

Y así lo hicimos. Recorrimos un bar tras otro, charlando, riendo, mientras ella acaparaba la mirada de todos los hombres de cada local. Las horas volaron. Cuando nos echaron del último pub, decidimos seguir la fiesta en casa.

***

Para entonces, los dos íbamos más que alegres.

—¿La última, Nadia? —pregunté sirviendo dos copas.

—Naaa, se dice la penúltima.

—Por supuesto. Oye, me he fijado en que te tiraban los trastos en cada garito.

—Bah. Niñatos que solo quieren descargar. Paso de tíos así. Para irme a la cama con alguien, prefiero que disfrutemos los dos.

—Mujer, no todos serán iguales.

—¿Los de esta noche? Todos, sin excepción. No han apartado la vista de mis tetas. Ninguno me ha mirado a los ojos. Si lo hubieran hecho, me habrían visto la nuez. Y eso me dice todo lo que necesito saber.

—¿Y por qué eres tan exigente? Si solo te apetece un buen rato…

—¿Cómo sois tan simples, Andrés? Para follar tengo a quien quiera. Pero busco algo que vaya más allá. Un hombre que me valore, que me escuche. No creo en el amor de las películas, pero sí en que hay quien puede darte cariño de verdad y, a la vez, sexo salvaje.

—Vaya. Eso sí que es tenerlo claro.

—¿Y tú? —rió entre los vapores del alcohol—. No sé por qué, pero me da que duermes acompañado a menudo.

—No me puedo quejar. Tengo mis amigas. Aunque a alguno de sus maridos no le sentaría bien que mi «novia» se viniera a vivir conmigo.

—Menudo tío tengo —se carcajeó—. Seguro que las dejas agotadas.

Su manera de hablar me encendió.

—No tengo quejas. De hecho, disfruto más cuando ellas disfrutan que con lo mío.

—Va a resultar que eres un hombre de verdad. Dime, ¿qué es lo que más te gusta?

—¿Sinceramente? —dudé.

—Entre nosotros, sinceridad.

—El oral y el anal. Hacerlo, claro.

Nadia me miró sonriendo mientras apuraba su copa.

—¿Qué miras con esa cara, sobrinita?

—Nada. Te imaginaba desnudo, solo eso. ¿Quieres preguntarme algo?

—Sí. ¿Qué es lo que más te gusta a ti? —me senté a su lado y la miré a los ojos.

—Que me follen. Que entren en mí con firmeza, sin miedo. También me gusta mamarla y que me la mamen. —Hizo una pausa al verme sonreír—. ¿Quieres vérmela?

—Claro, si no te incomoda.

—Qué va. Eres mi tío. Tú me protegerás de todo, ¿verdad?

Se levantó la falda y bajó la ropa interior. Surgió un sexo sorprendente: de longitud normal pero muy grueso, depilado por completo, duro como el acero. Lo comprobé al rodearlo con la mano por la base.

—Es grande —murmuré sin dejar de mirarla a los ojos, mientras empezaba a acariciarla.

—¿Te gusta? —susurró ella, entrecerrando los párpados.

—Mucho. ¿Sabes que es la primera que toco que no sea la mía?

—¿De verdad? —preguntó con la respiración entrecortada.

—Sí. Y además, la primera que…

No pude reprimirme. Me incliné y empecé a chuparla con ansia. Era la primera vez en mi vida, pero por los gemidos y los temblores de su cuerpo deduje que no lo hacía nada mal.

—Joder… hacía años que nadie lo hacía así. Sigue, no pares.

Fui desnudándola poco a poco, y ella a mí. En cuanto liberó mi sexo, se lo llevó a la boca y chupó con avidez.

—Tío, tú también vienes bien armado. Lo vamos a pasar muy bien los dos.

Después de un sesenta y nueve de campeonato, me miró a los ojos.

—¿Confías en mí?

—Claro. ¿Por qué?

—Quiero darte todo el placer que puedas soportar. Y no solo esta noche. Quiero que seas mi amante, y yo la tuya.

—Me parece bien… aunque no sé muy bien qué propones.

—Espera.

Se levantó y volvió de su cuarto con un frasco de aceite. Se arrodilló detrás de mí, me sujetó por las caderas y me colocó en la posición que quería.

—Vas a disfrutar como esas amiguitas tuyas jamás te han hecho disfrutar.

Empezó a jugar con la lengua. Nunca me habían hecho algo así, y me gustó. Me gustó muchísimo. Me hizo abrirme mientras con una mano me masturbaba y con la otra se tocaba ella. Aceitó la entrada y deslizó un dedo para asegurarse de que todo quedara bien lubricado.

—Todos creen que hay que dilatar mucho antes. Se equivocan. Con buena lubricación, basta. No hay nada tan intenso como estrenar un culo virgen como el tuyo, querido tío.

En lugar de asustarme, noté cómo mi sexo daba un respingo. Sentí la punta de su miembro contra mí, y entró de un solo empuje. No con violencia, sino con firmeza: sin prisa pero sin detenerse.

Apreté los dientes, aunque no era exactamente dolor. Me sentía lleno, a rebosar, una sensación que no había experimentado nunca y que me fascinaba.

—Uhhh —resoplé.

—¡Sí! Qué apretado lo tienes. Qué bien estreno yo esto.

—Sigue —jadeé—. No pares.

Empezó a moverse con brío, acompasada, llegando hasta lo más hondo entre suspiros y palabras subidas de tono que me encendían todavía más.

En un momento dado soltó una risita.

—Si mi amiga Carla me viera…

—¿Qué?

—Nada. Siempre me restriega sus conquistas. Que si este, que si aquel.

—Espera. —Me incoporé, cogí su móvil, me tumbé boca arriba sobre la mesa del comedor y puse la cámara en modo vídeo—. Graba y mándaselo a esa fanfarrona.

—¿En serio? ¿Harías eso por mí? —preguntó, incrédula.

—Claro que sí. Aunque cuando te folle yo a ti, también habrá vídeo.

—Por supuesto —exclamó, radiante.

Volvió a entrar en mí y me masturbó sin tregua mientras lo grababa todo.

—Más, dame fuerte.

—Uff, qué apretado… me voy a correr —dijo, sacándola para terminar fuera.

—¿Qué haces?

—Es que me corro, tío.

—Si te corres, métela hasta el fondo. ¿Te crees que vas a estrenarme y acabar fuera? De eso nada. Y no dejes de grabar.

Volvió a hundirse con fuerza, y los pocos minutos que faltaban fueron salvajes, hasta el orgasmo más apoteósico que recuerdo.

—¡Me corro! ¡Como nunca!

Mientras notaba el calor de su placer dentro de mí, yo solté el mío empapándole los pechos, el vientre y los brazos. Casi enseguida se retiró y caímos rendidos al suelo, donde nos quedamos dormidos al instante.

***

Despertamos al amanecer, abrazados, sonriendo como dos idiotas. Nadia le envió el vídeo a su amiga, cosa que celebré. Después nos metimos en la ducha, entre caricias y besos.

—¿Deberíamos contárselo a papá? —pregunté, fingiendo seriedad.

—¿El qué?

—Que en tu primera noche en Salamanca le has estrenado el culo a tu tío. No creo que se lo tomara muy bien.

—No, idiota. Que me vengo a vivir contigo, si te parece bien.

—Me parece bien. Creo que va a ser muy interesante.

Sellamos nuestra nueva relación enviándole a Carla una foto de lo que vino después. Pero esa, y todo lo que esa convivencia trajo consigo, es otra historia que ya os contaré.

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Comentarios (1)

MatiasC77

jajaja no me lo esperaba asi, tremendo relato!!

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