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Relatos Ardientes

El secreto prohibido de Renata en la fiesta familiar

El sol de la tarde caía tibio sobre el patio amplio de la casa, en las afueras del barrio. El olor a carne en la parrilla se mezclaba con el humo y con una canción norteña que salía de un altavoz viejo. Era el cumpleaños de Andrés, y toda la familia se había reunido para celebrarlo: Hugo y Patricia, los padres; Don Tomás y Doña Elvira, los abuelos; Marcos y Sandra, los tíos; Raúl, el hermano de Patricia; y Doña Beatriz, la otra abuela. Las mesas de plástico se hundían bajo los platos de guacamole y las cervezas frías. Todos charlaban, pero el ambiente cambió en el instante en que Renata apareció por la puerta trasera.

Renata Caderas, como la llamaban en todo el barrio, entró cargando una bandeja con vasos y refrescos. Era una mujer joven, pero su cuerpo parecía hecho a propósito para volver locos a hombres y mujeres por igual. Bajo la blusa blanca, ligera y pegada al sudor de la tarde, los pechos firmes subían y bajaban con cada respiración, con los pezones marcándose duros contra la tela. Lo que de verdad robaba el aliento, sin embargo, eran sus caderas: anchas, redondas, con una curva que parecía desafiar la gravedad. El short de mezclilla se le clavaba en la piel, se le metía entre las nalgas y marcaba el bulto de su coño por delante. Y cada paso hacía que todo en ella se moviera con un balanceo lento, como si tuviera vida propia.

Hugo fue el primero en verla. Volteaba la carne con las pinzas, pero se quedó con la mano en el aire.

—Ahí viene Renata —murmuró sin apartar la vista, la voz ya un poco ronca—. Cada vez que la veo me parece más imponente. Ese culo es un pecado.

Patricia, su esposa, giró la cabeza y sonrió con esa media sonrisa que se le escapaba cuando algo la encendía por dentro.

—Siempre fue así. Desde jovencita el barrio entero se la queda mirando, y hoy no es la excepción. Mírala… con ese short tan apretado no deja nada a la imaginación. Se le marca hasta el coño.

Don Tomás estaba sentado en su mecedora, bajo la sombra del árbol grande. Tenía sus años, pero sus ojos seguían siendo los de un hombre que sabe apreciar un buen cuerpo. Se acomodó en el asiento y se removió disimulando el bulto que se le empezaba a formar en el pantalón.

—Esa muchacha camina como si supiera exactamente lo que provoca. ¿Tú no opinas lo mismo, Elvira?

Doña Elvira, a su lado, se abanicaba con una servilleta de papel.

—Claro que sí, Tomás. Da gusto y da pecado a la vez. Una mujer así no pasa desapercibida ni queriendo. Si yo fuera hombre, ya la tendría montada en la mesa.

Marcos y Sandra estaban junto a la hielera. Marcos soltó un silbido bajo cuando Renata pasó cerca.

—Sobrina, ven un segundo. ¿Me alcanzas una cerveza?

Sandra rio bajito y le dio un codazo a su marido, aunque sus propios ojos también seguían el movimiento de las caderas de la chica.

—No seas tan obvio, Marcos… aunque tienes razón. Está más guapa que la última vez. Y ese culo me lo comería yo misma.

Raúl, el tío materno, no dijo nada en voz alta, pero su mirada era tan intensa que Renata la sintió como una caricia tibia en la nuca. Se acomodó la polla dentro del pantalón sin ningún disimulo. Doña Beatriz, que solía ser la más callada, murmuró lo justo para que todos la escucharan:

—Esa niña sabe perfectamente el efecto que tiene. Mírenla… camina como si el patio entero fuera suyo. Y como si cada polla de aquí fuera de ella.

Renata dejó la bandeja sobre la mesa con un movimiento lento. Al inclinarse para acomodar los vasos, el short se le subió un poco más y dejó al descubierto la parte baja de la espalda, el nacimiento de las nalgas y el hilo blanco de la tanga metiéndose entre ellas. El silencio duró apenas un segundo, pero todos lo notaron. Ella se enderezó despacio, sabiendo exactamente dónde estaban clavadas las miradas, y sintió ese calor familiar entre las piernas, el que siempre le llegaba cuando se sabía deseada. El coño le empezó a mojarse, y notó cómo la tela del short se le humedecía en la entrepierna.

Hugo se acercó con la excusa de ayudarla. Se paró detrás de ella y dejó que su cuerpo rozara apenas el de su hija, apretando el bulto duro de su polla contra el culo de Renata.

—Gracias por traer todo esto. Te luces, como siempre.

Patricia se colocó al otro lado y le pasó una mano por la cintura, bajando hasta la curva de la cadera, apretando la carne con los dedos.

—Le encanta que la miremos, ¿verdad? Se le nota en cómo se mueve. Se le nota en cómo se le pone el coño.

Andrés, el festejado, abría regalos un poco más allá. Levantó la vista y se quedó con la boca entreabierta al ver a su hermana. No dijo nada, pero la cara se le puso roja y cruzó las piernas para disimular la polla que se le empinaba dolorosa dentro del pantalón.

Renata sonrió para sí misma. Sabía que no era una invitada más. Era el centro de la tarde, el motivo por el que las miradas se desviaban de la parrilla y las cervezas. Y la reunión apenas comenzaba.

***

La carne ya humeaba sobre la mesa larga cuando Renata entró a la cocina con una pila de platos sucios. El short se le había pegado todavía más con el calor, marcándole los labios del coño por delante. Hugo y Patricia la siguieron casi al mismo tiempo, con la excusa de ayudar a recoger.

Hugo empujó la puerta tras de sí y se acercó por detrás mientras ella dejaba los platos en el fregadero. Su cuerpo se pegó al de ella sin disimulo, la polla dura clavándose entre las nalgas de la hija a través de la tela.

—Quédate quieta un momento —murmuró, respirándole en la nuca—. ¿Sabes lo que provocas cuando te mueves así? Mira cómo tengo la polla por tu culpa.

Renata se quedó con las manos sobre el fregadero. En lugar de apartarse, empujó apenas hacia atrás, restregando el culo contra el bulto duro de su padre.

—Papá… con todos ahí afuera —dijo bajito, sin convicción, mientras sentía la polla de él encajarse justo en la raja de su culo.

Patricia se apoyó en la encimera y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, con una sonrisa cargada. Con la otra mano se metió los dedos por debajo de la falda y se tocó por encima de las bragas.

—Tranquila, hija. Solo queremos que disfrutes tu tarde. Estás colorada… mírate. Yo también tengo el coño empapado de verte.

—Y a ti se te nota lo mismo —respondió Renata, mirando a su madre directo a los ojos, con la respiración ya entrecortada y el culo todavía apretado contra la verga de su padre.

Hugo le pasó una mano por el vientre y bajó despacio, metiéndosela dentro del short. Los dedos toparon con la tela empapada de la tanga y la apartó a un lado. Encontró los labios de su hija hinchados, mojados, y hundió el dedo medio hasta el nudillo. Renata soltó un jadeo bajo, mordiéndose el labio para no gritar.

—Papá… ahí no, joder… —susurró, aunque abrió más las piernas para él.

—Estás hecha una perra, hija —gruñó Hugo en su oído, sacando el dedo brillante y llevándoselo a la boca—. Sabes a gloria.

Patricia se acercó y le pasó la lengua a su marido por los labios, chupándole el sabor del coño de su propia hija. Después agarró a Renata por la nuca y le plantó un beso en la boca, uno hondo, con lengua, transfiriéndole su propio sabor. Las tres respiraciones se habían vuelto pesadas en el aire cerrado de la cocina. Por un instante nadie se movió, como si todos midieran hasta dónde estaban dispuestos a llegar. Renata fue la que rompió el momento. Se separó despacio, con las piernas todavía temblando, recogió un vaso limpio y salió de la cocina con las mejillas encendidas, dejando a sus padres mirándose en silencio con las manos aún metidas debajo de la ropa del otro.

Subió las escaleras de la casa vieja con pasos lentos. Necesitaba un momento lejos de las miradas, aunque una parte de ella las extrañaba ya. Llegó al pasillo del segundo piso y se dirigió a su antigua habitación, la que todavía conservaba algunos de sus muebles y su ropa de cuando vivía ahí.

Empujó la puerta entreabierta y se detuvo en seco.

***

Andrés estaba sentado en la orilla de la cama, con los pantalones bajados hasta los tobillos y la polla dura apuntando al techo. En una mano apretaba una tanga suya, olisqueándola; con la otra se agarraba la verga y se meneaba de arriba abajo con puño firme, los ojos cerrados, la boca entreabierta soltando jadeos ahogados. La cabeza rosada de la polla brillaba mojada del líquido preseminal que se le escurría. La cara le ardía de vergüenza y de deseo a partes iguales.

Renata se quedó parada en la entrada, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía al verlo. La polla del hermano era gruesa, más de lo que se había imaginado, con las venas marcadas y los huevos hinchados debajo. No dijo nada al principio. Solo cerró la puerta tras ella, despacio, sin echar el seguro.

—Andrés… —susurró al fin, la voz más ronca de lo que pretendía—. ¿Desde cuándo eres tan cochino, hermanito? ¿Te haces pajas con mis bragas?

Andrés abrió los ojos de golpe. Intentó taparse la polla con las manos, balbucear una disculpa.

—Renata… perdón, yo… es que tu olor me vuelve loco. Llevo meses así. Me corro todas las noches pensando en ti. No aguanto más.

Ella sonrió con esa sonrisa lenta y peligrosa que el barrio entero conocía. Es el día de su cumpleaños, pensó. Tal vez merezca un regalo de verdad. Se acercó a la cama sin prisa, sintiendo cómo el corazón le golpeaba el pecho y cómo el coño le chorreaba dentro del short.

—No te disculpes —dijo, sentándose a su lado—. Si tanto lo querías, solo tenías que mirarme bien. Como hacen todos. Aparta esas manos, déjame ver bien esa polla que tienes.

Andrés obedeció y le mostró la verga entera, roja y dura, palpitándole en el vientre. Renata alargó la mano y se la agarró. Estaba caliente, gruesa, le costaba cerrar los dedos alrededor. La apretó un par de veces y sacó una gota espesa de la punta.

—Joder, hermanito… la tienes buena de verdad —murmuró, y se agachó sin dejarle contestar.

Le pasó la lengua por toda la longitud, de los huevos a la punta, en un lametón largo y despacio. Andrés dejó escapar un gemido ahogado y le echó la mano al pelo. Renata abrió la boca y se lo tragó hasta la mitad. Los labios se cerraron alrededor de la polla del hermano y empezó a subir y bajar la cabeza, mamándosela con hambre. Con la mano libre le sopesaba los huevos, apretándoselos suave. Los ruidos húmedos de su boca chupando llenaron el cuarto.

—Renata… mierda, mierda… así no aguanto —jadeó Andrés, mirándose a la hermana tragándole la verga.

Ella sacó la polla de su boca con un chasquido y se relamió los labios brillantes de saliva.

—Ni se te ocurra correrte todavía, hermanito. La fiesta acaba de empezar.

Le apartó la mano y lo besó. Fue un beso lento, hambriento, de los que borran cualquier idea de marcha atrás, con el sabor de su propia polla todavía en la lengua de Renata. Andrés la atrajo por la cintura, hundiendo los dedos en la carne suave de sus caderas, y ella lo dejó hacer. Se puso de pie un momento, se bajó el short y la tanga de una sola vez, quedando desnuda de la cintura para abajo, y se subió a horcajadas sobre él, montándose despacio sobre sus piernas.

—Feliz cumpleaños, hermanito —murmuró contra su boca—. Este año el regalo soy yo.

Mientras se besaban, la puerta de la habitación se abrió apenas. Hugo y Patricia se asomaron primero; detrás llegaron los demás, atraídos por el silencio sospechoso de la casa. Se quedaron pegados a la pared del fondo, respirando pesado, sin atreverse a interrumpir. Solo miraban. Marcos se llevó la mano al bulto del pantalón y se lo apretó sin disimulo. Doña Elvira se abanicaba más rápido, con los ojos brillantes fijos en el culo de su nieta. Raúl se sacó la polla del pantalón directamente, sin importarle nada, y empezó a meneársela despacio.

Renata sintió las miradas en la espalda y, lejos de detenerla, la encendieron más. Giró apenas la cabeza, los descubrió a todos y sonrió. Que miraran. Eso era, al final, lo que mejor sabía hacer: ser el centro.

Se levantó la blusa por encima de la cabeza y la dejó caer al suelo. Se quedó desnuda del todo, con los pechos firmes brincándole al respirar, los pezones erguidos, oscuros. Andrés la recorría con las manos como si no terminara de creérselo, subiendo desde la cintura hasta las tetas, apretándoselas, agachando la cabeza para meterse un pezón en la boca y chuparlo con fuerza. Renata soltó un gemido y le apretó la nuca contra su pecho.

—Hermana… eres perfecta —jadeó Andrés cuando soltó la teta—. No sé ni por dónde empezar.

—Empieza por dentro —respondió ella, agarrándole la polla y colocándosela en la entrada del coño empapado—. Ábreme bien, hermanito.

Se dejó caer despacio, tragándose la verga entera de un solo movimiento. Los dos gimieron a la vez. Renata sintió cómo su hermano la llenaba hasta el fondo, cómo la punta le tocaba algo dentro que la hizo temblar. Se quedó quieta un instante, con la polla enterrada hasta los huevos, saboreándolo.

—Joder, qué caliente estás por dentro —gruñó Andrés, con las manos clavadas en las caderas anchas de su hermana.

—Y tú qué grande la tienes, cabrón… mira cómo me abres.

Empezó a moverse. Primero despacio, subiendo y bajando el culo con círculos amplios, dejándose ver por todos. La polla del hermano entraba y salía cubierta de sus jugos, brillante, y hacía un ruido pegajoso cada vez que ella se dejaba caer del todo. Los pechos le rebotaban al ritmo, y el pelo largo le caía por la espalda mojada de sudor.

Don Tomás murmuró algo desde la pared, la voz gruesa, y se le escapó la mano dentro del pantalón. Doña Elvira le apretó el brazo, los ojos fijos en la escena, y con la otra mano se metió los dedos debajo del vestido. Patricia se mordía el labio; se había subido la falda hasta la cintura y Hugo tenía dos dedos metidos hasta el fondo en el coño de su mujer, follándoselos con fuerza mientras miraban a sus hijos. El morbo en la habitación era espeso, casi se podía tocar. Se olía el sexo, se oían las respiraciones pesadas y el chapoteo húmedo del coño de Renata devorando la polla de su hermano.

—Mírenme bien —jadeó Renata, sin dirigirse a nadie en particular—. Esto es lo que provoco. Miren cómo me la meto entera.

Se echó hacia atrás y apoyó las manos en los muslos de Andrés, abriendo bien las piernas para que todos vieran cómo la verga del hermano se le hundía en el coño. Andrés le agarró las tetas por detrás, apretándoselas mientras la embestía desde abajo, follándosela cada vez más rápido. Los huevos chocaban contra el culo de Renata a cada estocada, haciendo un ruido carnoso que llenaba el cuarto.

—Así, hermano… más fuerte, dame duro —le pidió, mordiéndose el labio—. Rómpeme el coño delante de todos.

Andrés no aguantó mucho más. La agarró por las caderas y la volteó, tumbándola boca abajo sobre la cama. Renata levantó el culo, ofreciéndoselo, mirando por encima del hombro a la familia pegada a la pared. Andrés se colocó detrás y volvió a metérsela de una embestida, esta vez a fondo, con las nalgas anchas de su hermana golpeándole el vientre. La agarró del pelo y le follaba el coño como un animal, con las venas del cuello marcándose.

—Toma, hermana, toma… —jadeaba a cada estocada.

Renata gritaba contra la almohada, con los dedos apretando las sábanas. El culo le temblaba con cada golpe. Un orgasmo le fue subiendo desde los pies hasta reventarle en la boca del estómago, y soltó un chillido largo mientras el coño se le apretaba alrededor de la polla del hermano, chorreando jugos por los muslos.

—Me corro, joder, me corro… —gemía sin parar.

Andrés tembló entero, agarrándole las caderas con las dos manos. Sacó la polla de un tirón, se la meneó dos veces y le descargó un chorro espeso de semen sobre las nalgas, sobre la espalda baja, sobre el hoyuelo de la cintura. Luego se la volvió a meter y siguió empujando hasta vaciarse por dentro del coño, gruñendo. Renata se quedó jadeando, boca abajo, con el culo lleno de la corrida del hermano.

Cuando todo terminó, se quedó sobre él un instante, la frente apoyada en la suya, los dos respirando como si hubieran corrido kilómetros. Sintió cómo el semen le empezaba a chorrear por dentro del muslo.

—Este fue tu regalo de cumpleaños, hermanito —dijo en voz baja, con una sonrisa cansada—. Mi mejor regalo.

La familia, contra la pared, no decía nada. Solo respiraciones agitadas y miradas brillantes. Raúl acabó de correrse en la mano en silencio, con la polla todavía chorreando. Patricia gimió bajito con los dedos de Hugo dentro y le mordió el hombro para no gritar. Renata se pasó dos dedos por entre las piernas, recogió un poco del semen que se le escapaba y se los llevó a la boca, chupándoselos despacio delante de todos. Recogió la blusa del suelo, se la puso sin prisa dejando la parte de abajo desnuda un rato más, y los miró a todos uno por uno, como quien cierra un telón.

***

Bajaron las escaleras por separado, con unos minutos de diferencia, como si nada hubiera pasado. Cuando Renata apareció por la puerta trasera, el patio seguía igual: la parrilla humeando, las cervezas sobre la mesa, la música norteña sonando bajo. Pero el ambiente cambió en cuanto ella caminó hacia la mesa. Tenía las mejillas encendidas y el pelo apenas revuelto, y caminaba con una calma nueva, de mujer bien follada.

Hugo dejó la cerveza y la miró de arriba abajo con una sonrisa cargada.

—Vaya… Renata regresó. Te ves distinta, hija. Se te nota que te dejaron el coño contento.

Patricia se acercó y le pasó la mano por la cintura, bajando hasta apretarle la cadera. Con un movimiento discreto le metió los dedos por debajo del short y los sacó brillantes de semen mezclado con jugo.

—Le diste un buen regalo a tu hermano, ¿verdad? —le susurró al oído, chupándose los dedos—. La próxima vez, todos queremos nuestro turno. Yo la primera.

Renata no respondió con palabras. Solo caminó lento hacia la hielera, meneando las caderas más de lo necesario, sintiendo todas las miradas seguirla como manos invisibles y notando el semen del hermano bajarle por el muslo por dentro del short.

Don Tomás se acomodó en la mecedora y soltó una risa baja, todavía con la polla medio dura dentro del pantalón.

—Esa muchacha sabe lo que vale. Mañana el barrio entero seguirá hablando de ella, pero nosotros ya sabemos lo que sabemos. Yo pienso probar ese coño antes de morirme, os lo digo.

Doña Beatriz, con la voz baja pero clara, murmuró:

—Hoy le tocó a Andrés. Algo me dice que no será la última vez. Y algo me dice que a ninguno de los que estamos aquí se nos va a escapar.

Andrés bajó unos minutos después, con la cara todavía roja y la mirada esquiva. Se sentó en su lugar sin decir nada, pero no podía evitar mirar a su hermana cada vez que ella se movía. La polla se le volvía a poner dura solo con verla. Renata se paró frente a él un momento y se inclinó para recoger una botella vacía del suelo, dejando que el short se le subiera apenas y le enseñara al hermano un hilo brillante de semen todavía escurriéndole por el muslo.

—¿Ya estás contento con tu regalo, hermano? —preguntó en voz baja, solo para él.

Andrés tragó saliva mirándole el muslo.

—Más que contento, Renata. Quiero repetirlo pronto. Esta misma noche, si me dejas.

La familia soltó risas bajas y comentarios cargados. Hugo levantó su cerveza como si brindara.

—Por el cumpleaños de Andrés… y por Renata, que siempre sabe cómo hacer que una reunión familiar sea inolvidable. Y por todas las que vienen.

Renata sintió un nuevo calor entre las piernas. Se sentó al lado de su hermano, cruzó las piernas apretando los muslos para sentir cómo el semen se le repartía por dentro, y sonrió para sí misma. La noche cayó sobre el patio, las cervezas siguieron corriendo y las conversaciones volvieron a ser normales en la superficie. Pero debajo de todo, el morbo seguía vivo, latiendo como un secreto compartido. Bajo la mesa, sintió la mano de su padre subiéndole por el muslo, y del otro lado la mano de su tío Raúl haciendo lo mismo.

Miró a su alrededor, sintiendo las miradas clavadas en su cuerpo y las manos empezando a colarse por debajo del short otra vez, y pensó que la reunión apenas terminaba. Todavía tenía mucho que dar. Y todos en esa casa lo sabían.

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Comentarios(8)

Oscura_lectora

increible!!! quede pegada de principio a fin, no pude soltar el celular

RobertoMdq

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina todo esto

Mariela_77

Me gusto como construye el personaje de Renata, se siente real. Muy bien escrito, diferente a lo que suelo leer en esta categoria

lectorzuela88

La tension que se va armando antes de que pase todo... tremendo. No pude dejar de leer hasta el final

Nachito_Baires

fuego puro, excelente relato

SilencioYDeseo

Lo que mas me gusto es que no es un relato burdo, hay desarrollo y suspenso antes de llegar al punto. Eso lo diferencia de muchos en esta categoria. Felicitaciones

Perlita_Noc

Se hizo cortisimo!!! quiero mas jajaja

CelinaRosario

El titulo ya te atrapa y el relato te sorprende igual. Muy buen trabajo, esperando mas

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