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Relatos Ardientes

Mi madrastra es más joven que yo y no me soporta

Volví a casa de mi padre tras un año recorriendo el sudeste asiático con la mochila al hombro. Lo último que esperaba al cruzar el jardín a las once de la mañana, con la resaca rasgándome las sienes y la garganta arruinada de haber gritado toda la noche con mis amigos de siempre, era encontrar a dos desconocidas en bikini grabándose junto a la piscina.

Una era Camila, la nueva mujer de mi padre. La conocía de tres días, los justos para saber que tenía veinticinco años, tres operaciones encima y un canal de redes sociales donde aconsejaba a chicas de su edad sobre cremas, dietas y vacaciones en Bali. Mi padre, Hugo, la había sacado de un local de Marbella seis meses antes y se había casado con ella en Las Vegas. Yo cumplía treinta y tres en junio. La diferencia entre nosotros era de ocho años. Y ella era mi madrastra.

La otra chica era su amiga Brenda, idéntica en estructura y en mentalidad. Sostenía el móvil con las uñas larguísimas y reía con una risa que rebotaba en los muros de hormigón de la casa que mi padre había mandado construir cuando todavía vivía mi madre.

—¡Qué buenas estamos, Cami! —decía Brenda sin apartar los ojos de la pantalla.

—¡Eso ni lo dudes! —contestaba mi madrastra, repasándose el flequillo con un dedo.

Como Narciso asomado al estanque, ellas no admiraban su belleza en el agua clara de un lago, sino en la pantalla pulida de un móvil de mil quinientos euros. Y yo aparecía justo detrás, en plano, descalzo, sin camiseta, con los vaqueros raídos a la altura de la cadera y una botella de cerveza en la mano derecha.

El sol me golpeó como una bofetada al salir de la cueva del dormitorio. Levanté el botellín y me lo puse en la frente, intentando que el vidrio frío me devolviera algo parecido a la cordura.

—¿Y ese? —oí a Brenda al otro lado del jardín.

—Es su hijo —contestó Camila sin volverse, con un asco que la cámara captó perfectamente.

—¡Ey, tú! Sí, tú —insistió Brenda, levantando el móvil—. ¿Te importaría apartarte? Nos estropeas el plano.

—Por supuesto que no —gruñí con la voz hecha trizas—. Esta es mi casa.

Caminé hasta la tumbona que quedaba a la sombra y me dejé caer como un saco. Una pierna colgando, la otra estirada, los pies negros de tierra del jardín. Cerré los ojos. La cerveza, helada, descendió por mi garganta y me devolvió por un instante a una versión menos miserable de mí mismo.

—Vaya gilipollas —oí decir a Brenda sin molestarse en bajar la voz—. Con lo monas que quedábamos, Cami. Mira la casa, mira la piscina. Y ese tío ahí tirado como un perro.

Abrí un ojo. Camila la miró con ese gesto de censura suave que se les enseña a las niñas bien.

—No le hagas caso. Métete en el agua, vamos.

Se metieron. Brenda chilló por el frío y Camila se rio. El agua estaba helada a esa hora de la mañana, y la entrada brusca les erizó la piel de los hombros como si fueran de gallina. Vi, sin querer ver, cómo sus pezones se marcaban a través de las telas finas de los bikinis. El de mi madrastra era rojo. El de la amiga, azul eléctrico. Ninguna de las dos se cubrió. Al contrario: se acomodaron contra el bordillo y le devolvieron el frente al móvil.

Me reí por dentro. Sabía perfectamente lo que estaban haciendo. Ese vídeo iba a ser viral antes del mediodía. Dos pibones con los pezones marcados, una piscina de diseño y una casa de cristal y hormigón al fondo. Era oro. Lo sabían, lo querían, y lo monetizarían como si fueran ellas las que hubieran trabajado treinta años para tener todo aquello.

Mi padre se mataba en obras a quinientos kilómetros de allí, cerrando una promoción de chalés en la sierra. Y la chica que firmaba con su apellido enseñaba teta gratis para las diez mil seguidoras de instituto de su mejor amiga.

Sé amable con él, Cami, por favor, le había dicho mi padre la noche antes de irse. Lo había oído desde el pasillo. Es mi hijo y lleva un año sin pisar la casa.

Pero la amistad con Brenda no iba precisamente por ese camino.

—Perdona, guapetón —volvió a soltar la amiga desde el agua—. ¿Vas a estar mucho tiempo ahí parado?

Camila tiró del hombro de Brenda. La amiga se rio con esa risa de niña pija que se cree muy ingeniosa. Yo le di otro trago a la cerveza y, cuando el aire del estómago me subió, lo solté en un eructo limpio, sin disimulo, que reverberó contra el muro de la casa.

—Qué cerdo —escupió Brenda.

—Brenda, basta —susurró Camila, y por un momento creí que iba a poner orden de verdad. Pero la amiga no estaba para órdenes.

—¡Qué pena, chica! Con esta piscina y esta casa, y tener al ogro detrás. No nos sale ni un plano decente.

Algo se me rompió ahí dentro. No por mí. Por la forma en que mi padre se levantaba todas las mañanas a las cinco para que dos chiquillas de mierda pudieran tratar mi casa como decorado de fondo. Me levanté. Caminé hasta el borde de la piscina, justo enfrente de ellas. Llevé la mano al cinturón y empecé a desabrocharlo.

—No te atreverás, Iván —dijo Camila, y por primera vez sentí algo distinto en su voz: miedo de verdad.

—¿A qué? —respondí.

Solté la hebilla. Bajé la cremallera. Brenda se llevó la mano a la boca, incapaz de creerlo. Saqué la verga al sol delante de mi madrastra y su amiga, sin pudor, sin teatro, como si estuviera frente al retrete de un bar de carretera.

—¿Eso es todo, guapo? —se atrevió a soltar Brenda, recuperando un asomo de bravuconada—. Pensé que tendrías algo más digno ahí dentro.

No contesté. Me concentré un segundo, sostuve la mirada de Camila, y la meada salió en arco, gruesa, larga, amarillenta por la noche de excesos. Cayó al agua a un metro de ellas. Rompió la superficie de la piscina y se diluyó en remolinos.

—¡Cerdo! ¡Asqueroso! ¡Repugnante! —chilló Brenda, retrocediendo de espaldas como si la persiguiera una serpiente.

—¡Iván, cómo te atreves! —Camila se aferraba al bordillo, los ojos abiertos como si me viera por primera vez—. ¡Ahora mismo llamo a tu padre!

—Llámalo —dije, y me reí. Me reí de verdad, doblándome hacia adelante con la verga aún fuera, escurriendo las últimas gotas—. Llámalo. Cuéntale qué hacíais en bikini con los pezones marcados grabando para los nenes de quince años de tu amiga.

Las dos salieron del agua como ratas mojadas. Brenda agarró su toalla y se envolvió en ella con dedos temblorosos.

—Avísame cuando este adefesio se largue de tu casa —le soltó a Camila sin mirarme—. Yo no vuelvo. No vuelvo, ¿me oyes?

Brenda desapareció rumbo al recibidor. La puerta del coche se cerró un minuto después, el motor arrancó y los neumáticos chirriaron contra la grava del camino.

Y nos quedamos solos.

***

Camila se acercó envuelta en su toalla, los pies dejando huellas húmedas en las losas. Yo ya me había guardado todo y volvía a abrocharme el cinturón sin prisa. La vi venir con esa furia de la gente que no sabe gritar, que en lugar de gritar se acerca despacio y deja que la rabia le tense la mandíbula.

—No podías aguantarte, ¿verdad? —dijo en un susurro ronco que apenas le salía—. Tenías que provocar de la única forma posible para que se marchara.

—Es mi casa —repetí—. Y no voy a tolerar que dos putitas como vosotras me la conviertan en plató.

La palabra le cruzó la cara como un latigazo. Levantó la mano y me dio una bofetada que rebotó en los muros de hormigón y volvió duplicada. Me ardió la mandíbula. Apreté los puños y respiré. A las niñas, besitos, Iván, me decía mi madre cuando era pequeño. Apreté más fuerte. No iba a devolvérsela.

—¿Quién te crees que eres? —escupí en cambio—. Por dejarte operar las tetas por mi padre y abrirte de piernas tres veces por semana no eres nadie aquí. Nadie, ¿me oyes? Y a tu amiguita le dices que mientras yo esté en esta casa no vuelve a pisarla.

Levantó la mano otra vez. Esta vez se la intercepté en el aire. La sujeté por la muñeca, no fuerte, lo justo para detenerla, y se desestabilizó hasta casi caer sobre mí. La agarré por los hombros para mantenerla en pie y la dejé suspendida ahí, a un palmo de mi cara, respirando entrecortada, con los ojos enormes.

Y entonces, durante medio segundo, algo se torció.

La sentí. Sentí la toalla áspera entre los dos, contra mi pecho desnudo. Sentí el agua fría de su pelo goteándome en el antebrazo. Sentí el olor de su crema solar, y debajo, más débil, el olor del champú caro que usaba mi padre. Y sentí cómo a ella se le aflojaba la mandíbula y se quedaba mirándome con una expresión que ya no era de rabia ni de miedo, sino de pura y absoluta confusión.

La toalla resbaló un dedo. Sus tetas operadas quedaron aplastadas contra mi pecho, los pezones duros del agua fría clavándoseme en la piel a través de la tela mojada del bikini. Bajé la vista. Ella la bajó también. Y las dos vimos al mismo tiempo el bulto que se me estaba armando dentro de los vaqueros, apretado contra su vientre plano, contra la cinturilla mojada del bikini rojo.

Tenía veinticinco años. Yo tenía treinta y tres. Era la mujer de mi padre. Y por medio segundo, los tres datos dejaron de existir al mismo tiempo.

—Suéltame —susurró.

Pero no se apartó. Al contrario: sus caderas hicieron un movimiento minúsculo, casi involuntario, un roce contra mi bragueta que le arrancó a ella misma un jadeo por lo bajo.

Le solté los hombros. Le bajé una mano por la espalda, por la piel mojada, hasta encontrarle la curva del culo por debajo del borde de la toalla. Se lo apreté. Duro. Ella cerró los ojos y dejó escapar el aire por la boca entreabierta.

—Esto no está pasando —murmuró, más para sí misma que para mí.

—Está pasando, Cami —le contesté al oído, y le mordí el lóbulo—. Está pasando porque llevas seis meses casada con un tío que podría ser tu padre y porque acabas de ver que su hijo la tiene el doble de gruesa que él.

Le tiré de la toalla y cayó al suelo entre nosotros. El bikini rojo, mojado, se le pegaba a las tetas grandes y firmes, al triángulo de tela entre las piernas. Le pasé la mano por delante, le rocé el coño por encima del bikini con dos dedos. Estaba empapado, y no era agua de la piscina. Era su propio flujo, caliente, mezclado con el frío del cloro.

—Mírate —le dije—. Chorreando por el hijo del marido.

—Cállate —jadeó ella, pero abrió las piernas un centímetro para que le llegara mejor.

Le corrí el triángulo del bikini de un tirón. Su coño era rosado, depilado a láser, gordo, con los labios exteriores hinchados y el clítoris asomando ya sin necesidad de buscarlo. Le metí el dedo corazón hasta el nudillo. Estaba estrechísima y me apretaba como un guante caliente. Ella se dobló hacia adelante y me clavó las uñas larguísimas en los hombros.

—Joder, Iván —gimió—. Joder, joder, joder.

—¿Así te folla mi padre? —le susurré, entrándole y saliéndole con el dedo, buscándole el punto de arriba con la yema—. ¿Te mete el dedo hasta acá y te lo curva? ¿O te mete solo la polla vieja y ya está?

—No hables de él —jadeó ella, y me tapó la boca con la suya.

Su lengua me entró hasta el fondo. Sabía a menta, a agua de piscina, y por debajo, a algo animal, a hambre acumulada de seis meses de casada con un cincuentón. Le añadí un segundo dedo al coño. Le añadí un tercero. Sus caderas se me montaban solas encima de la mano, buscándome, jodiéndome los dedos como si fueran ya una polla.

—Chúpamela —le dije contra los labios—. Ahora mismo. Aquí, al lado de la piscina donde acabas de grabar el vídeo para tus nenas de instituto.

Se dejó caer de rodillas sin decir una palabra. Le temblaban las manos cuando me desabrochó el cinturón por segunda vez esa mañana, y esta vez sin público. Me bajó los vaqueros hasta las rodillas. La polla me saltó fuera, dura, gruesa, con la vena hinchada de arriba a abajo. Ella se la quedó mirando un segundo con la boca abierta.

—Es más grande de lo que parecía —murmuró.

—Métetela.

Abrió la boca y me la envolvió con los labios. Empezó por la punta, lamiendo la cabeza en círculos, chupándomela como si fuera un caramelo. Después se la fue tragando de a poco, centímetro a centímetro, hasta que el glande le tocó el fondo de la garganta y le hizo una arcada. La retiró, escupió una hilera de baba sobre la vena, y se la volvió a meter entera.

—Así, guarra —le dije, agarrándola del pelo mojado y marcándole el ritmo—. Cómemela toda. Toda.

Me la comía con hambre, con las mejillas hundidas de la succión, mirándome hacia arriba con esos ojos delineados que se le corrían del agua. Un hilo de baba y precum le colgaba de la barbilla y le caía entre las tetas apretadas. Con una mano me agarraba la base de la verga y me la retorcía suave. Con la otra se metía dos dedos en su propio coño y se los sacaba brillantes.

La levanté por las axilas. La di la vuelta. La empujé contra la tumbona en la que yo había estado tirado hacía cinco minutos. Ella se apoyó en el respaldo, con el culo hacia mí, arqueada, ofreciéndomelo. Le arranqué la parte de abajo del bikini de un tirón y la tela cedió por la costura. —¿La quieres? —le pregunté, restregándole el glande arriba y abajo por los labios del coño, mojándome de sus jugos.

—Sí —jadeó ella.

—Dilo bien.

—Fóllame, Iván. Fóllame ya.

Se la metí de un solo empujón. Entera. Hasta los huevos. Ella soltó un grito ahogado y se le arquearon los omóplatos. Estaba caliente, apretada, con las paredes contrayéndosele alrededor de la polla como si me quisiera absorber hasta la próstata.

—Joder qué rica estás —gruñí, agarrándola de la cintura con las dos manos—. Joder, Cami, qué coño tienes.

Empecé a moverme. Despacio al principio, entrando entero y sacando entero para verle la verga brillante de sus jugos deslizarse dentro y fuera. Después más fuerte. Cada empujón le sacudía las tetas contra la tela del bikini rojo, cada empujón le arrancaba un gemido nuevo que rebotaba contra los muros de hormigón. Mi padre había mandado construir esos muros. Ahora los muros escuchaban cómo su mujer se me venía en la polla al hijo.

—Más fuerte —jadeó ella, agarrándose al respaldo de la tumbona con los nudillos blancos—. Rómpeme, Iván. Rómpeme el coño.

La agarré del pelo mojado, tiré hacia atrás para que la cabeza se le fuera hacia arriba, y empecé a bombeársela como un martillo. El sonido de mis huevos golpeándole el clítoris se mezcló con el zumbido de la depuradora y con sus gemidos cada vez más agudos. Le pasé la otra mano por delante, le apreté una teta operada por dentro del bikini, le pellizqué el pezón entre dos dedos hasta hacerla gritar.

—Así te folla mi padre, ¿eh? —le gruñí al oído, sin dejar de embestirla—. ¿Así te la mete el viejo?

—No —gimió ella, ida—. No, no, no. Él no me la mete así. Él no me la mete nunca así.

—Dilo.

—Tú me la metes mejor. Tú, tú, tú.

Le saqué la polla. La di la vuelta otra vez, la senté en el borde de la tumbona, le abrí las piernas de par en par y se la volví a meter de frente para verle la cara. Ella se aferró a mis hombros, se agarró con las piernas alrededor de mi cintura, y se puso a saltarme encima de la polla con una rabia que no le había visto antes.

—Mírame —le exigí—. Mírame mientras te folla el hijo del marido.

Abrió los ojos. Los tenía llenos de agua, no sé si de lágrimas o de piscina, y las pestañas negras se le pegaban contra los pómulos. Me sostuvo la mirada. No la apartó ni un segundo. Y en esa mirada, en el fondo, había un rencor muy antiguo hacia mi padre que no era mío pero que yo estaba pagando en su nombre, empujón a empujón.

—Me corro —jadeó de pronto, apretando los muslos alrededor de mis caderas—. Iván, me corro, me corro.

—Córrete en mi polla.

Se corrió con un grito largo, ahogado contra mi hombro, mordiéndome la piel. El coño se le cerró alrededor de la verga con espasmos regulares, uno detrás de otro, ordeñándome. Sus jugos me chorrearon por los huevos y por dentro de los vaqueros bajados hasta las rodillas. Cuando terminó, se dejó caer contra mi pecho, blanda, deshecha, respirando por la boca como si acabara de correr una maratón.

Yo no había acabado.

La levanté de la tumbona todavía envainada en mi polla, la caminé dos pasos y la apoyé contra el borde de la piscina, con los codos sobre el bordillo y el culo hacia mí. Le agarré las caderas con las dos manos. Y me la follé como no me había follado nunca a nadie: bruto, sin ritmo, buscándome el fondo, buscándomelo yo, hasta que sentí que la corrida me subía desde las plantas de los pies.

—Me corro —gruñí.

—Dentro no —jadeó ella entre convulsiones—. Dentro no, por favor, dentro no.

Le saqué la polla en el último segundo. Le pegué el glande contra el hoyuelo bajo de la espalda y solté el primer chorro ahí, gordo, blanco, contra su piel bronceada. El segundo le cayó en el culo. El tercero le resbaló entre los cachetes hasta el propio coño abierto. Los últimos, más flojos, le quedaron pegados en las lumbares y por debajo del bikini rojo, mezclados con el agua de la piscina.

Me quedé unos segundos sujetándola, con la mano apoyada en su espalda, viéndole el semen resbalar por la curva del culo hasta caer en el borde de las losas. Ella respiraba, apoyada en el bordillo, con la cabeza colgando y el pelo mojado goteándole en los antebrazos.

La solté de golpe, como si quemara.

—Nunca le he pegado a una mujer —murmuré sin saber muy bien por qué lo decía en ese momento, retrocediendo un paso—. Y a mi padre nunca le había hecho algo así.

Ella se dio la vuelta despacio. Los pezones se le seguían marcando por dentro del bikini rojo, ahora empapado de sudor y de todo lo demás. Los labios entreabiertos. La respiración todavía pesada. Una gota de semen le bajaba por el costado, lenta, y se perdía en la cinturilla rota del bikini.

—Suéltame —dijo, aunque yo ya la había soltado hacía rato.

Lo dijo en un hilo de voz. Sin convicción. Como si estuviera completando una frase que tenía preparada en la cabeza antes de que ocurriera lo que acababa de ocurrir.

Después dio media vuelta, agarró la toalla del suelo, se la enrolló como pudo alrededor del cuerpo destrozado y se fue corriendo hacia la casa. La oí subir las escaleras. La oí cerrar la puerta del dormitorio. La oí echar el pestillo, el único pestillo de la planta de arriba, el único cerrojo que separaba el cuarto matrimonial del resto del mundo.

Me quedé solo junto a la piscina contaminada.

***

Volví a la tumbona. Recogí la cerveza, que ya estaba caliente, y le di un trago largo y amargo. El amargor del lúpulo se mezcló con el amargor de lo que acababa de pasar. Sentí el sol pegándome en la cara y los párpados pesados. Me bajé un poco más por el respaldo de la hamaca, con los vaqueros todavía manchados de sus jugos y la polla blanda contra el muslo.

¿Cómo voy a pasar el fin de semana con él después de esto?, imaginé que se preguntaba arriba, contra la almohada de mi padre, con el semen del hijo todavía secándose entre los cachetes. Lo imaginé porque yo me preguntaba exactamente lo mismo, pero con los papeles cambiados.

Cerré los ojos y dejé que el zumbido de la depuradora hiciera su trabajo. Un murmullo monótono, mecánico, casi cariñoso. Pensé en su muñeca. Todavía podía sentirla en la palma de la mano, el tendón fino, el pulso disparado. Pensé en su olor a crema solar. Pensé en cómo se había abierto de piernas para el hijo del marido sin oponer más resistencia que un «dentro no» dicho en el último medio segundo. Pensé en cómo, mientras se corría en mi polla, me había clavado los ojos y no los había apartado.

Pensé en lo que mi padre nunca podría saber. Y lo que yo tampoco iba a contarle a nadie. Y en cómo, sin embargo, los dos lo sabíamos ya, ella y yo, separados por una puerta con pestillo y por el aire de un agosto demasiado caliente.

Y me dormí. Sin querer, sin proponérmelo, con la cerveza caliente entre las piernas y el sol entrando por debajo del toldo. Dormí dos horas profundas, sin sueños, o con un único sueño que se me borró antes de despertarme y del que solo me quedó una vibración en el estómago y una polla medio dura contra la bragueta.

Cuando abrí los ojos, el agua de la piscina ya estaba limpia otra vez. La depuradora había hecho su trabajo. Pero el problema no estaba en el agua. El problema iba a estar encerrado el resto del fin de semana tras el único pestillo de la planta de arriba, con el bikini rojo secándose en la barandilla del balcón y una marca de mordisco en el hombro que no iba a poder explicarle a mi padre. Y los dos lo sabíamos.

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Comentarios(8)

Juancho_BA

buenisimo!!! me tenia en vilo hasta el final

Tomas_Pca

Por favor seguí con la historia, se quedó cortísimo. Quiero saber cómo termina

Diegote84

La dinámica entre los dos esta muy bien lograda. Se siente la tensión desde el principio, eso es lo que engancha.

Rosita_noc

jajaja la madrastra pidiéndole cosas al que es mayor que ella... muy bueno

FernandoCba

Buen relato, tiene morbo pero sin ser burdo. Sigue escribiendo que se te da bien

ValentinaR

¿Vas a subir segunda parte? quedé con muchas ganas de saber cómo sigue

CuentoFan99

Me recordó a una situación parecida que viví hace años, aunque no tan extrema jaja. Cuando el conflicto y la atracción se mezclan es una locura. Muy bien narrado, felicitaciones.

Naty_lectora

increible, se hizo corto!!!

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