La noche que me encerré en un hotel con mi prima
Empezó con una solicitud de amistad que casi no acepto. Era media tarde de un martes, yo perdía el tiempo en el celular después de almorzar, y el nombre que me apareció en notificaciones no me decía nada. El apellido sí: era el mismo de mi padre por la rama materna, así que algo de cuerda familiar tenía. Acepté sin pensarlo demasiado.
Cuando entré al perfil, recordé. Era Marisela, hija de una prima de mi viejo, alguien a quien había visto dos o tres veces en la vida, todas siendo niños. En las fotos estaba muy distinta a como la recordaba. Había subido bastantes kilos, llevaba el pelo largo y rizado, y tenía ese aire de mujer madura que se sabe deseable. A mí siempre me gustaron así: rellenitas, con curvas marcadas, sin esa fragilidad de las flacas. Pero no pensé nada raro. Solo le mandé un saludo y le pregunté cómo andaba la familia.
Vivíamos en la misma ciudad, Buenos Aires, aunque a horas de distancia por culpa del tránsito. En cualquier capital normal lo nuestro hubiera sido un viaje de media hora. Acá, con los embotellamientos del Riachuelo y la General Paz a las seis de la tarde, era un calvario de dos horas largas. Por eso nunca se me había ocurrido proponerle vernos.
Pero hablábamos. Casi todos los días. Lo nuestro empezó como una conversación familiar, anécdotas de tíos, cuál había muerto, cuál se había mudado al exterior, y al cabo de un mes ya nos contábamos cosas íntimas. Una noche me confesó que su matrimonio había terminado mal, que el padre de sus hijos era un tipo violento del que se separó después de aguantarlo demasiado tiempo. Me contó que sus hijos ya estaban grandes, que el menor, que vivía con ella, tenía catorce años, y que después del divorcio había aprendido a disfrutar de los hombres sin culpa.
—Tengo tres parejas a la vez —me escribió una noche, con una carcajada al final—. Ninguno sabe del otro y a mí me da igual. Soy fogosa, primo. Soy fogosa y vieja, mala combinación.
Le dije que no era ninguna mala combinación. Le dije que eso era ser libre. Yo también andaba por la vida de caliente, aunque no le conté nada de mis líos: ni la aventura que había tenido con la madre de mi mujer hacía dos años, ni la chica del bar de Almagro que me esperaba un viernes al mes en su monoambiente. Esas cosas no se cuentan.
Pero las charlas con Marisela siempre derrapaban hacia lo mismo. Yo le preguntaba algo inocente y ella me contestaba con un comentario sucio. Yo le respondía con otro igual de sucio, y al rato estábamos escribiéndonos cosas que ni a mi mujer le decía. Me la imaginaba. Había visto sus fotos cien veces. Mediría poco más de un metro sesenta, era de pechos grandes y de un trasero enorme. Tenía la piel canela, el pelo casi negro, y unos ojos almendrados que se le achicaban cuando reía.
Yo creo que ella también me deseaba. No me lo dijo nunca con todas las letras, pero algo le pasaba. Cuando le contaba un sueño, me preguntaba si había aparecido ella. Cuando le mandaba una foto mía con saco y corbata, me decía que me veía mejor sin nada.
***
La oportunidad la dio el destino, o mejor dicho, una tía abuela que cumplía noventa años. La fiesta era a dos cuadras de la casa de Marisela, en el living de la abuela Eulalia. Mi mujer no quería ir. Estaba cansada, los chicos venían con gripe, y prefirió pasar el fin de semana en lo de su madre. Me dijo que fuera solo, que disfrutara, que no me esperara despierta.
Llegué al cumpleaños sin demasiadas expectativas, mintiéndome a mí mismo. La verdad es que el corazón me golpeaba fuerte mientras subía la escalera del edificio. Cuando crucé la puerta y vi a Marisela en persona por primera vez, supe que había hecho bien en ir. Era todo lo que prometían las fotos y un poco más. Llevaba un vestido negro, ajustado, que le marcaba cada curva. Cuando me vio, gritó mi nombre, vino corriendo y me abrazó con un abrazo de cuerpo entero, de los que apretan los pechos contra uno y dejan la cara muy cerca de la otra cara.
—Por fin, primo —me dijo al oído—. Ya era hora.
La fiesta fue larga, ruidosa, con primos que no veía desde la adolescencia, tíos que me hablaban del pasado, abuelos que tomaban más vino del que podían sostener. Bailamos varias veces. Cumbias, chacareras, una que otra balada. Las baladas las saqué yo. Le ponía la mano en la cintura, ella me la apretaba contra su cadera, y yo le rozaba el costado del pecho con el antebrazo mientras nos movíamos. En una vuelta se me escapó la mano y le tomé media nalga. Marisela no se corrió. Me miró, se mordió el labio, y siguió bailando.
—Cuidado, primo —me dijo después, sin sonar molesta para nada.
Yo me cuidé de no tomar mucho. Quería estar lúcido. Pasaron las horas, el alcohol fue dejando víctimas en los sillones, y mis hermanos cayeron rendidos en los cuartos del fondo de la abuela. A las cuatro de la mañana ya quedaba poca gente y yo no tenía dónde dormir.
—¿Hay algún hotel cerca? —le pregunté a Marisela mientras juntábamos las copas vacías de la mesa.
—Quedate en mi casa —me contestó—. Tengo un sillón cama.
—No, no quiero molestar. Y están tus hijos.
—Mis hijos están en lo del padre este fin de semana.
La miré. Ella me sostuvo la mirada.
—Mejor un hotel —insistí—. Vine medio mareado. No vaya a ser que me confunda en la madrugada.
—¿Que te confundas con qué?
—No, nada, nada.
Ella sonrió de una manera que no le había visto en ninguna foto. Me dijo que me acompañaba a buscar un hospedaje porque no era seguro que anduviera solo a esa hora por el barrio. Salimos. Yo había visto un hotel a media cuadra al llegar, pero ella me llevó por otro lado, hacia uno más alejado, escondido en una callecita interna donde no había mirones.
—¿No es más cerca aquel? —pregunté señalando el otro.
—Ese es muy a la vista —me respondió, y me agarró del codo—. Por acá nadie te ve.
Llegamos a la puerta. Era uno de esos lugares con luz de neón roja, recepción de vidrio y un señor que ni levantaba la vista del partido. Antes de tocar el timbre, agarré coraje y le solté la propuesta sin diplomacia.
—No te vuelvas sola, prima. Quedate. Tomamos un par de cervezas y después te vas en remís.
Marisela lo pensó un par de segundos. Solo dos. Y dijo que sí.
***
La habitación era chica. Una cama de plaza y media, una mesita con dos sillas, un televisor viejo encima de un mueble despintado, un baño minúsculo. Pedí cuatro cervezas en recepción: dos para subir, dos para que nos las trajeran después. Cuando entramos, dejé la llave encima de la mesita y le tiré una cerveza.
—Te propongo un juego —le dije.
—¿Qué juego?
—Verdad o reto. Pero como no tengo cartas, vos elegís verdad o reto y el otro pregunta o manda.
Marisela se rió, una risa larga y sucia.
—Ay, primo, esto se está poniendo bueno.
Empezó ella. Me mandó decir verdad. Me preguntó a qué edad había perdido la virginidad. Le dije que a los diecinueve, con una vecina del primer piso. Ella quiso saber si me había gustado, y le dije que ya era mi turno.
—Reto —eligió.
—Tomate medio vaso de un saque.
—Eso no vale, es trampa.
—Vos elegiste reto.
Tomó. Se atragantó un poco, se rió, se secó los labios con la muñeca. Me tocaba a mí.
—Reto —dije.
—Quedate en calzoncillo.
Me reí, me paré, me saqué la camisa, los zapatos, los pantalones. Quedé en bóxer negro. Marisela me miró de arriba abajo sin disimular. Yo ya estaba medio duro y se notaba contra la tela. Ella no apartó la vista.
—Tu turno —le dije, sentándome de nuevo.
—Verdad.
—¿Estuviste con tipos mucho más jóvenes? Tipo veinticinco, veintiocho.
—Nunca menos de treinta y dos —contestó—. Pero podría ser.
Hizo una pausa.
—Tu turno. Verdad.
—¿Estuviste con mujeres mayores?
—Varias. De treinta, de cuarenta, de cuarenta y cinco. Las maduras saben lo que hacen.
—Buena respuesta —murmuró—. Reto.
—Date la vuelta y sacate todo menos la ropa interior.
Marisela se levantó despacio. Se giró. Empezó por el vestido, lo bajó por los hombros, lo dejó caer hasta los pies. Quedó con un conjunto de lencería negra que le cortaba las nalgas a la mitad y dejaba ver la piel. Cuando se dio vuelta para mirarme de frente, vi la mancha de humedad en la entrepierna del calzón. Ella la vio en mis ojos. No dijo nada.
Nos quedamos un rato así, mirándonos sin hablar, ella parada al borde de la cama, yo sentado en la silla con el bóxer levantado.
—Reto —dijo, rompiendo el silencio.
—Sacate el corpiño vos misma.
—Sacámelo vos.
Me levanté. La rodeé con los brazos. Le besé el cuello antes de desabrocharle el corpiño, y cuando lo solté, los pechos le cayeron pesados, llenos, con los pezones ya endurecidos. No la besé en la boca todavía. Volví a sentarme.
—Verdad o reto —le dije.
—Reto.
—Date vuelta e inclinate sobre la cama.
Lo hizo. Se inclinó despacio, con las palmas en el colchón, y me ofreció ese culo enorme, redondo, partido por la tira del calzón. Me arrodillé detrás. Le bajé la tira con los dientes. Empecé a lamer.
***
A partir de ahí no hubo más juego. Marisela se enderezó, se dio vuelta, se arrodilló frente a mí y me bajó el bóxer. Me la tomó con las dos manos y se la metió en la boca de un solo movimiento, hasta el fondo. Después me lamió desde la base hasta la punta, mordiéndome despacio, dándome unos pequeños tirones con los labios que me hacían temblar las piernas.
—Vas a saber lo que es una mujer madura —me dijo, levantando la vista.
—Mostrame.
Me empujó hacia atrás, hacia la cama. Caí sentado, después de espaldas. Marisela se subió encima, me lamió el cuello, los pezones, el ombligo, las ingles. Volvió a la boca y nos besamos por primera vez en serio, con lengua, con saliva, con esa rabia que tienen los besos que se vinieron postergando durante meses. La agarré del culo con las dos manos y se lo amasé hasta marcarle los dedos.
Se sentó encima de mí, se acomodó, y se la metió ella misma. Estaba mojada hasta el muslo. Empezó a moverse, lento al principio, después rápido, con un ritmo de mujer que sabe exactamente lo que quiere. Hablaba. Marisela no se callaba.
—Qué rico, primo. Qué bien la tenés.
—Me encanta tu pija.
—Vení más seguido por acá, corazón.
—Mirá lo que hacés conmigo, mirá.
Se vino la primera vez sentada arriba, mordiéndose el labio para no gritar fuerte. Le di vuelta, la puse de espaldas en el colchón, le abrí las piernas, le bajé la cara. Le pasé la lengua despacio al principio, después con más fuerza, marcando círculos donde sentía que se le tensaba el cuerpo. Marisela me apretó la cabeza con las manos, me trabó las piernas en los hombros y empezó a gritar.
—Ay, primo, ay. Así. No pares.
Se vino una segunda vez con la lengua. Cuando levanté la cara, tenía los ojos cerrados y respiraba como si hubiera corrido una cuadra.
—Ponete en cuatro —le dije—. Quiero verte ese culo.
Se dio vuelta. Apoyó las rodillas y los codos. Yo me acomodé detrás, le agarré las caderas y se la puse de un envión. Marisela ahogó un grito contra la almohada.
—Qué hijo de puta —murmuró—. De saber que ibas a coger así te sacaba de la fiesta a las once.
—Te dije que era caliente.
—Sí, pero no te imaginé tan caliente.
Le di duro un buen rato. Ella se vino una tercera vez antes de que yo cambiara de orificio. Cuando se la pasé al otro agujero, ya tenía la otra mano en el clítoris, y para mi sorpresa estaba bien dilatada, como esperándome. Entró sin esfuerzo.
—Ya te habías demorado —me dijo—. Sabía que me la ibas a meter por ahí.
—¿Y por qué sabías?
—Porque sos primo mío y los primos cogen así.
Me reí. Le di más fuerte. Marisela se tocaba sola mientras yo le entraba y salía, y al rato gritó por última vez, fuerte, sin contenerse. Yo aguanté hasta que ella terminó y entonces aceleré las últimas estocadas hasta vaciarme dentro.
Caímos los dos boca abajo, sudados, sin aliento. Nos quedamos así un rato largo, hasta que el aire acondicionado del hotel nos enfrió la espalda y nos tapamos con la sábana fina.
***
Nos despertamos a las seis. Marisela tenía que volver a su casa antes de que algún vecino la viera saliendo de un hotel un domingo a la mañana. Pero antes de vestirnos nos metimos en la ducha, y bajo el agua tibia se la volví a poner, esta vez por atrás, parados, ella apoyada contra los azulejos. Fue corto. Ella me pidió que terminara afuera, en el pecho, dijo que lo quería como recuerdo.
Cuando salimos del baño y nos vestimos, le agarré la cara con las dos manos y le pregunté si íbamos a volver a vernos.
—Claro, primo —me contestó, acomodándose el pelo frente al espejo—. Tranquilo, soy discreta. Si te di hasta el culo, no voy a contar nada.
Salió primero. Yo me quedé otros diez minutos en la habitación, terminando la cerveza tibia que había sobrado y mirando el techo. Cuando bajé, el conserje seguía con el partido, ahora era otro partido, y ni levantó la vista.
Caminé hasta la avenida. Ya había sol. Pensé en mi mujer, en mis hijos, en la cara de mi tía abuela cuando soplara las velas el año que viene. Pensé en Marisela. Pensé que la próxima vez no iba a haber juego de verdad o reto. Pensé que la próxima vez iba a ser directo.
Pedí un remís. Me senté en el asiento de atrás y le mandé un mensaje:
—Cuándo.
Me contestó antes de que el remís doblara la esquina.
—Cuando quieras, primo.