Mi hermana me citó cuando su esposo viajó
Había leído muchos relatos de incesto en internet, casi siempre con la sospecha de que eran fantasías mal escritas, ejercicios de imaginación adolescente. Hasta que esa Semana Santa, en la costa de Sinaloa, dejé de ser lector para convertirme en protagonista.
Soy el cuarto de cinco hermanos. Tres mujeres y dos varones. Todos casados, todos con hijos. La mayor, Carolina, ronda los cincuenta y, como las otras dos, conserva un cuerpo que muchas a su edad ya envidiarían. En mi familia las mujeres siempre presumieron buena genética: caderas firmes, piernas largas, espaldas todavía marcadas por el ejercicio.
Cada año, en abril, organizamos una reunión grande. Cuñados, sobrinos, amigos pegados a la familia, los abuelos. Casi cuarenta personas reservando un hotel entero. Aquel año tocó Mazatlán y, sin saberlo, fue la última vez que miré a Carolina como solo a una hermana.
***
La noche del jueves hizo un calor de venirse abajo. Mi mujer cayó dormida temprano, abrazada al niño, y yo bajé a la alberca buscando aire. Desde el pasillo escuché risas: tres voces que reconocí enseguida. Carolina, Marisol y Daniela jugaban en el agua, con la luz del fondo dándoles esa silueta de muchachas que ya no eran.
El velador del hotel se acercó con su trapo al hombro y, sin saber que hablaba conmigo, comentó:
—Están bien buenas esas chilangas, ¿eh?
No le contesté nada. Tenía razón.
Carolina me vio primero y me llamó al agua con un grito. Yo no pensaba meterme, pero entre las tres me empezaron a salpicar y, con el pantalón empapado, no me quedó alternativa. Bajé los escalones y me uní a ellas.
Hablamos de lo que se habla en familia: cuñados que caen mal, sobrinos que ya están en la edad rebelde, los achaques de mis padres. Marisol se recargó en mi hombro y, casi sin querer, me rozó la pierna con el pie. No retiró el contacto. Carolina, frente a mí, se reía con la cabeza echada hacia atrás. La luz del fondo de la alberca le marcaba el escote.
—Vámonos al mar —propuso Daniela—. La alberca está aburrida.
***
El mar estaba tibio y oscuro. Las tres se metieron riendo y empezamos un juego tonto: empujarnos contra las olas, sostenernos para que la corriente no se llevara al otro. Cada empujón terminaba en abrazo, en risa, en cuerpos rozándose por accidente. Y cada accidente me iba endureciendo bajo el agua.
Por suerte, la oscuridad y el nivel del agua me cubrían la traición.
En una de esas olas grandes que llegan sin avisar, fingí perder el equilibrio y caí contra Carolina. Le pasé la mano por el pecho como si me agarrara para no irme al fondo. Ella no dijo nada. Esperé un golpe, una broma, un alejamiento. Nada. Solo una mirada que duró un segundo más de lo necesario.
Entendí enseguida.
La segunda ola fue mejor. Esta vez le rocé la cintura, deslicé los dedos por la tela del traje, descansé la palma justo debajo del seno. Carolina seguía sin reaccionar, como si esperara la próxima ola. A la tercera fue ella la que me tocó: un manotazo accidental que terminó dentro del bañador. Me agarró sin pudor y descubrió lo que yo intentaba esconder.
—Estás loco —me susurró, pero sin soltarme.
Marisol y Daniela, ajenas al asunto, decidieron salirse. Estaban con frío y querían volver al hotel. Nos despedimos con un «ahorita los alcanzamos» que nadie cuestionó.
Carolina y yo nos sentamos en la arena, justo donde no llegaba la última lengua de espuma. Hablamos como si nada hubiera pasado: del trabajo, de la salud de mi padre, de un viaje pendiente. Pero teníamos los hombros pegados y las miradas se buscaban de reojo.
La miré bien. Carolina mide poco más de un metro sesenta, tiene los ojos grandes, la nariz delgada y respingada, la barbilla marcada. Le decían de joven que parecía del bajío por los rasgos. Ágil, atlética, con la única huella visible de dos partos en una pequeña curva del vientre. Llevaba un traje de baño verde fosforescente con vetas amarillas, escote profundo y espalda al aire. Cuando se recogió el pelo mojado, los pechos se le proyectaron al frente. Lucía espléndida.
Pensé en mi cuñado y en la suerte que tenía sin saberlo. Tuve que cambiar de postura otra vez.
—Otra vez te pasa lo mismo —dijo riéndose, mirándome el regazo.
Me jaló de la mano. La seguí sin discutir. Caminamos por la playa hacia la zona más oscura, donde el hotel terminaba en una hilera de palapas vacías. Los empleados ya habían recogido. Solo quedaban un par de bombillas amarillas, lejanas, sobre la arena.
Me rodeó la cintura con el brazo. Apoyé la mano en su hombro desnudo y sentí el granito de sal seco en la piel. Llegamos a una palapa apartada y, sin decirnos nada, nos besamos.
Su boca era dulce, todavía con sabor a mar. La lengua entró buscando la mía con una urgencia que no tenía nada de fraternal. La pegué contra el poste y le metí la rodilla entre las piernas. Mi erección, ya sin agua que la disimulara, le presionó la cadera.
Aparté con la mano la pierna del traje y saqué el sexo. Lo empujé contra ella, no del todo, solo lo suficiente para que sintiera que iba en serio. Carolina dejó de besarme.
—Hasta ahí, hasta ahí —dijo en voz baja.
No la solté. Bajé la boca a su cuello. Ella inclinó la cabeza, y vi en su cara un gesto que no era de protesta, era de esfuerzo por contenerse.
—Jóvenes —dijo una voz ronca a tres metros—, aquí no se puede estar.
El velador. Otro distinto al de la alberca. Nos separamos de un salto. Me acomodé el bañador con la rapidez que solo da el susto y caminamos hacia las luces del hotel intentando parecer dignos.
***
De regreso, en cada hueco oscuro nos dimos un beso, una caricia, un apretón. Pasamos por la pista de baile del hotel, todavía con gente, y nos sentamos a tomar una cerveza. Necesitábamos calmar el pulso.
—¿Qué hacemos? —pregunté, jugando con la etiqueta de la botella.
—No lo sé.
Le conté entonces, como si fueran reflexiones mías y no de cualquiera de los foros que leía, que somos adultos, que entre dos adultos no hay nada prohibido si nadie sale lastimado, que esto que sentíamos llevaba años latente sin que nos diéramos cuenta. Carolina escuchaba en silencio.
—Si tu mujer se entera, todo esto se va al carajo —dijo al final.
—Tu marido tampoco se va a enterar.
Apareció justo entonces. Salió a buscarla, se sentó con nosotros y compartimos otra cerveza. Compartió conmigo, sin saberlo, los besos que su esposa todavía traía en la boca. Cuando se la llevó del brazo, ella alcanzó a mirarme por encima del hombro con un mensaje claro: esto no se acababa aquí.
***
Antes de dejar Mazatlán acordamos vernos en su casa. Su marido, ingeniero, viajaba esa semana al norte por una obra y se llevaba al hijo mayor con la excusa de meterle el bicho de la construcción en la cabeza. Tenía la casa para ella sola hasta el viernes.
El miércoles me afeité con una calma de novio primerizo. Elegí la camisa que ella me había dicho una vez que me quedaba bien. Le mentí a mi mujer sobre una junta larga. Antes de llegar pasé por la farmacia y compré condones con un nudo en el estómago, como si todos los empleados supieran a dónde iba.
Llegué a la una de la tarde. La calle estaba sola, ese silencio de barrio residencial entre semana. Carolina abrió la puerta antes de que tocara: me había estado esperando por la mirilla.
Estaba hermosa de una forma que no le había visto antes. Pantalón negro entallado, blusa blanca de algodón con un solo hombro descubierto, el pelo recogido hacia atrás todavía húmedo, maquillaje discreto, perfume caro. Llevaba zapatillas de tacón blanco y, lo noté enseguida, no traía medias. Aquella tarde no era mi hermana. Era una hembra esperando a un amante.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó.
—No, gracias.
Lo que quiero es desnudarte.
La tomé de la mano y la levanté del sillón. Los tacones le daban casi mi estatura. La besé despacio, sin la urgencia del mar, con la calma de quien sabe que tiene la tarde por delante. Cerró los ojos y me ofreció la boca.
Le pasé la lengua por los dientes, por el paladar. Ella se dejaba llevar como si me conociera de siempre. La abracé y mi sexo, ya duro, le encontró la cadera. Me rodeó el cuello con los brazos y subió una pierna a mi espalda. Bajé los besos al cuello, a las orejas, a la nuca, donde el perfume era más intenso. Le aparté el pelo y chupé.
Mi mano derecha encontró el pecho izquierdo bajo la blusa. No traía sostén. La piel firme, el pezón ya endurecido. Quería grabarlo todo: la temperatura de su cuerpo, el sonido pequeño que hizo cuando le rocé el pezón con el pulgar.
La tumbé en el sillón y le bajé la blusa por un solo hombro. Saqué el pecho y le pasé la punta de la lengua por la areola. Su respiración cambió. Quise quitarle del todo la blusa pero ella negó con la cabeza, me tomó de la mano y me llevó al fondo de la casa.
***
El cuarto era el de la mucama, al fondo del patio. Ella corrió la cortina y me pidió con un gesto que la desnudara. Le quité la blusa, le bajé el pantalón. Las zapatillas las soltó con un movimiento de pie casi coreografiado. Quedó solo en pantaletas blancas.
Me quitó la camisa y el pantalón. Me miró de arriba abajo, sin disimulo, con una sonrisa pequeña en la comisura. La atraje hacia mí y la besé con más fuerza que en la palapa. Ella abrió las piernas y acomodó su sexo contra el mío, todavía con tela en medio. Nos movimos despacio, dándonos placer con el roce, intercambiando suspiros.
La acosté en el filo de la cama. Miró al techo un instante, como tomando aire antes de saltar. Le bajé las pantaletas. Estaba empapada. Entré de un solo movimiento, hasta el fondo, y soltó un quejido más profundo que cualquier otro que le hubiera escuchado a una mujer. Movió la cadera buscando acomodo y empezamos.
Levantó las rodillas, intentó incorporarse para abrazarme. La sostuve contra el colchón. Repetía «ya, ya, ya, ya» con voz cortada hasta que se quedó rígida un segundo y soltó un gemido pequeño, casi infantil. Sentí más humedad alrededor. Me concentré en darle otro y, unos minutos después, lo logré: esta vez no fue gemido sino gruñido, ronco, animal. Tenía el pelo desbaratado, la cara enrojecida, las ojeras marcadas.
Yo estaba a punto. Me acordé de la caja de condones que había dejado sobre la silla, en mi pantalón.
—Espera, me pongo un condón.
—Si es por enfermedad, ya es tarde —dijo riéndose, sin abrir los ojos—. Y por embarazo no te preocupes. Termina dentro.
Volví al ritmo. Le mordí los pezones, le anuncié que iba. Ella apretó. Las primeras contracciones llegaron tan fuertes que casi no me dejaban descargar. Tres, cuatro espasmos, y por fin sentí salir. Mi vientre golpeaba sus nalgas. Aumentaba el placer saber lo que estaba haciendo, con quién lo estaba haciendo.
—Yo también —murmuró—. Ay, ay, ay.
Nos quedamos abrazados de lado hasta que mi sexo salió por su propia cuenta. Nos miramos. Ella sonrió primero.
—¿Cómo estuve? —preguntó.
—Excelente. ¿Y yo?
—Maravilloso.
***
Eran casi las tres. Tenía que recoger a mi mujer para una comida en casa de mi otro hermano. Carolina me llevó a la regadera del cuarto de su hijo y nos bañamos uno al otro sin prisa. Le enjaboné el pelo, los pechos, la espalda, las piernas. Le lavé el sexo, del que todavía se escurría algo de mí. Ella me devolvió el favor con la misma calma, secándome después con la toalla, como si no acabáramos de cruzar la línea.
Otra erección apareció bajo el agua tibia. Los dos lo notamos al mismo tiempo y nos reímos. Ya no había tiempo. La besé en la frente y salí de su casa con la sensación de estar flotando.
Manejé hacia la mía pensando en lo extraño que era todo. Había leído tantos relatos parecidos y siempre los puse en duda. Y resultaba que llevaba toda la vida con una hembra al alcance de la mano, en mi propia familia, sin haberlo sabido. Me quedaba la duda de si esa tarde sería la única o el inicio de algo que ya no podríamos parar.
Por la forma en que Carolina me cerró la puerta, despacio y sin apartar la mirada, supe la respuesta.