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Relatos Ardientes

Volví temprano y mi cuñada estaba saliendo del baño

Renata es el nombre de mi cuñada, aunque desde niña todos en la familia le decimos Reny. Sus padres y los míos se conocen desde la juventud, y existe entre las dos familias un acuerdo informal que empezó como broma y terminó cumpliéndose. Cuando mi hermano Tomás cumplió seis años, el padre de Renata anunció medio en serio medio en chiste que ya había nacido la novia para él. Nadie creyó que aquello fuera a pasar de una anécdota repetida en cada cumpleaños. Dieciocho años después, mi hermano y Renata se casaron a los cuatro meses de noviazgo porque ella ya estaba embarazada.

El día que nació mi sobrina, Renata acababa de cumplir diecinueve años y yo tenía dieciocho recién estrenados. Cursaba el último semestre del bachillerato. Por los problemas económicos del primer empleo de mi hermano, mis padres les ofrecieron quedarse en casa el tiempo que hiciera falta. Y así, con mis padres trabajando todo el día y mi hermano fuera hasta la noche, Renata y yo terminábamos pasando muchas horas solos.

Entre las tareas de la facultad, los recados de mi madre y los cuidados de la bebé, nos quedaba siempre un rato corto para conversar en la cocina. Nos llevábamos bien desde siempre. De niños jugábamos juntos en el patio. En la adolescencia íbamos los cuatro al cine: ella, su hermana Sofía, mi hermano y yo. Sofía y yo casi fuimos novios un verano, por insistencia de Renata, pero nunca cuajó. Éramos amigos, no algo más, y los dos lo sabíamos.

Renata mide poco más de un metro sesenta. Tiene las tetas pequeñas, la cintura estrecha, las caderas anchas y el culo redondo pero discreto. Nunca fue de las que paran el tráfico. Tal vez por eso, y por conocerla desde antes de que tuviera dientes definitivos, jamás se me había ocurrido mirarla con otros ojos. Era la mujer de mi hermano, la madre de mi sobrina, y poco más. Hasta una mañana de octubre que se metió en mi cabeza y ya no pude sacarla.

Habían suspendido las clases en la facultad por una asamblea estudiantil. Llegué a casa antes de las once con una urgencia tremenda de orinar. Empujé la puerta del baño sin tocar, porque no oí el seguro ni nada que indicara que estuviera ocupado, y me encontré a Renata saliendo de la ducha. Desnuda. La piel todavía mojada. El pelo pegado a los hombros. Una toalla colgada del brazo, no del cuerpo.

Lo lógico era retroceder, cerrar la puerta y huir al otro baño. No lo hice. Me quedé clavado en el marco mirándola, y ella me miró igual, sin moverse, con los ojos muy abiertos. Le recorrí el cuerpo entero: las tetas chicas con los pezones oscuros y duros por el frío del aire, el vientre plano, el coño rasurado con una franjita corta de vello arriba, los muslos gruesos con gotas resbalándole hasta las rodillas. Y entonces pasó lo que llevaba aguantando desde hacía dos cuadras: me oriné encima. Sentí el calor bajándome por la pierna y vi la mancha extendiéndose en el pantalón.

A Renata le dio un ataque de risa. Una risa que rebotó en los azulejos hasta marearme.

—Espera, te traigo un pañal de la nena —dijo entre carcajadas, doblándose por la cintura, y al doblarse las tetas se le movieron y se me grabaron para siempre.

Salí del baño rojo de vergüenza, dejando un rastro absurdo por el pasillo. Me encerré en mi cuarto, me quité la ropa mojada, pasé al baño de arriba, me duché otra vez y me cambié. Mientras el agua me caía sobre la cabeza, lo único que veía era su cuerpo frente al espejo empañado: los pezones pequeños y oscuros, el triángulo de vello recortado, la curva del muslo, la raja del culo cuando se dio media vuelta buscando la toalla. La imagen no se iba. Se me puso la polla dura debajo del chorro de agua y no me la toqué porque me daba pánico correrme pensando en ella. Cuando terminé de secarme seguía empalmado, marcándome el pantalón deportivo sin disimulo posible.

Estaba de regreso en mi escritorio fingiendo concentrarme en un examen de cálculo cuando escuché el toque suave en la puerta. Renata entró con la bata de baño cerrada con una sola lazada, ya peinada y con un toque de rímel, todavía descalza. Cerró la puerta detrás suyo y se apoyó en mi cómoda.

—¿Te puedo preguntar algo? —dijo.

—Lo que quieras —contesté, cerrando el cuaderno como si eso pudiera disimular el bulto en el pantalón deportivo.

—¿Qué pasó hace rato?

—Llegué corriendo, no escuché que hubiera alguien adentro y, al verte así, me bloqueé. Por eso me oriné. Discúlpame.

—No es tu culpa, yo dejé el seguro abierto. Pero dime una cosa, en serio.

—Dime.

—¿Qué te pareció lo que viste?

Tragué saliva. Le sostuve la mirada sin saber qué hacer con las manos.

—Estás muy rica, Reny. En serio.

Cerró un poco los ojos, como si calibrara la respuesta.

—¿Lo dices por compromiso?

—No. Lo digo porque es lo que pienso. ¿Por qué la duda?

—Porque tu hermano me viene repitiendo desde hace meses que subí de peso, que ya no me arreglo, que ya no soy la misma mujer que era antes. Y empieza a dolerme más de lo que debería.

—Subiste, sí. Pero el cuerpo te asentó. Las tetas se te ven más llenas y el culo se te puso para morder. Si lo que te dice es que no le pones la verga dura, está mintiendo, o no te está mirando.

—¿Tú me mirarías?

Pasaron dos segundos largos. Su mano subió a la lazada de la bata.

—Reny —dije, con la voz menos firme de lo que pretendía—, no podemos estar hablando de esto.

—Yo creo que sí podemos. Porque lo que necesito saber, lo necesito saber ya. Sofía me contó hace unos días lo que tú y ella casi hicieron una noche en la playa. Con detalles. Y desde entonces no he podido sacarme la idea de la cabeza: qué se sentirá follar con alguien que no sea él. La única persona en la que pienso sin sentirme una traidora total eres tú.

Apoyé los codos en el escritorio y las manos en la cara.

—¿Por qué yo, Reny?

—Porque te conozco. Porque sé que mañana no me vas a humillar. Porque no me vas a mirar distinto en la mesa de la cena. Porque ya somos casi familia y porque, aunque no lo creas, tengo el coño mojado desde que entraste al baño y me viste. Llevo dos horas apretando las piernas.

Levanté la vista. Tenía la mandíbula apretada y los ojos muy serios. Y aunque mi cabeza repetía que todo aquello era un error monumental, todo lo demás decía lo contrario.

—Reny, esto puede destrozar a Tomás. Y a la familia entera.

—Por eso no se va a saber nunca. Una vez. Solo una vez. Y volvemos a ser cuñados.

Una vez. No respondí. No supe qué decir. Y ella tomó el silencio por consentimiento.

***

Soltó la lazada. La bata se abrió y resbaló por sus hombros hasta caer al piso. Quedó otra vez desnuda delante de mí, ahora sin la excusa del baño, y esta vez pude mirar todo con calma: las tetas chicas apuntando hacia adelante, los pezones parados y arrugados, el coño con esa franjita de vello y los labios ya hinchados, húmedos. Avanzó hasta donde estaba sentado, se acomodó sobre mis piernas con una rodilla a cada lado de la silla y me besó. Un beso largo, con lengua, sin prisa, como quien llevara tiempo planeando la jugada y no quisiera desperdiciarla. Me mordió el labio inferior y me lo chupó despacio antes de soltarlo.

Yo todavía dudaba. Tenía las manos a los costados, sin atreverme a tocarla. Fue ella quien me las tomó y me las puso en la cintura, en las caderas, en las tetas. Le apreté los pezones entre los dedos y ella gimió bajito, arqueándose contra mí. Sentí el calor de su coño desnudo apretándome la polla por encima de la tela del pantalón, y empezó a restregarse encima, moviendo la cadera adelante y atrás como si ya me la estuviera montando.

—Estás durísimo —susurró contra mi boca—. Se te siente todo.

Fue ella la que me bajó el pantalón deportivo de un tirón sin levantarse de mi regazo. La polla saltó dura contra mi vientre y ella la miró un segundo con la boca entreabierta. Bajó la mano, me la agarró entera con los dedos fríos y empezó a pajearme lento, subiendo y bajando la piel, apretando la punta con el pulgar. Se me escapó un gemido y ella sonrió sin dejar de mirarme.

—Qué rica la tienes —dijo—. Más gruesa que la de tu hermano.

Se dejó resbalar de mi regazo hasta quedar de rodillas entre mis piernas. Me apartó las manos de los muslos, se echó el pelo hacia atrás con un gesto rápido y se metió la polla en la boca de una sola vez, hasta el fondo. Sentí la punta chocarle en la garganta y aguantar. La sacó despacio, dejándome un hilo de saliva colgando del glande, y volvió a tragármela entera. Me la mamaba con la boca abierta, con ruido, mirándome a los ojos, ahuecando las mejillas para chuparla. Con una mano me la pajeaba en la base y con la otra se agarraba las bolas y me las apretaba suave.

—Reny, para o me voy a correr —le dije, agarrándola del pelo.

Sacó la polla de la boca con un plop y me la lamió desde las bolas hasta la punta.

—Todavía no —dijo—. Quiero sentirte al final adentro.

Me susurró al oído mientras se volvía a subir a mi regazo.

—Hazme tuya. Fóllame. Quiero saber cómo eres tú follando.

Esa frase fue el punto sin retorno. La cargué hasta la cama, la solté boca arriba y me tomé mi tiempo. Le besé el cuello, le chupé las tetas una por una, mordisqueándole los pezones hasta que se le pusieron duros como piedras. Le pasé la lengua por la curva debajo del ombligo, le mordí el interior de los muslos hasta que se arqueó y abrió las piernas del todo. Tenía el coño empapado, brillándole todo el vello recortado, los labios abiertos y colorados. Le bajé la lengua despacio, sin avisar, y la oí ahogar el primer grito mordiendo la almohada para que no se escuchara hasta la calle.

Le lamí toda la raja de abajo hacia arriba, lento, chupándole los labios uno a uno. Cuando le encontré el clítoris con la punta de la lengua, se le levantó la cadera de la cama. Me agarró la cabeza con las dos manos y me la apretó contra el coño sin dejarme respirar. Le metí dos dedos y empecé a moverlos adentro mientras le chupaba el clítoris duro, dando vueltas con la lengua.

—Despacio, despacio —repetía, pero las caderas le pedían lo contrario y me empujaba la cara contra el coño con más fuerza.

El primer orgasmo le llegó a los pocos minutos. Lo sentí porque las piernas le temblaron y se le cerraron sobre mi cabeza, apretándome las orejas. Lo sentí porque me apretó el coño con los dedos adentro y me chorreó en la mano. Lo sentí porque dijo mi nombre con una voz que no le había escuchado nunca, una voz ronca que no era de cuñada ni de cumpleaños familiar.

—Necesito sentirte adentro —pidió, jalándome hacia ella—. Apúrate, métemela ya, no aguanto más.

Me subí encima, le pasé la punta de la polla por toda la raja, mojándomela con su flujo, y se la metí despacio, midiendo, mirando cómo cerraba los ojos y abría la boca sin emitir sonido. La tenía tan mojada que la polla entró entera de una, sin resistencia, hasta que las bolas le chocaron contra el culo. Me quedé quieto un segundo adentro, sintiendo cómo me apretaba por dentro con espasmos que todavía le quedaban del orgasmo anterior.

—Dios, qué grande la tienes —jadeó—. Me estás partiendo.

Empecé a moverme y ella respondió con el ritmo, subiéndome la cadera al encuentro de cada embestida. No era una mujer apagada. Era una mujer en pausa. Le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las abrí hasta ponérselas casi contra los hombros, follándomela profundo, sintiendo cómo el pubis le chocaba contra el mío en cada bajada. Ella se agarraba las tetas y se pellizcaba los pezones sola, con los ojos cerrados y la boca abierta.

—Así, así, más fuerte, no pares —me pedía en voz baja para que no se escuchara—. Rómpeme el coño, dámela toda.

La saqué, la puse en cuatro sobre la cama y le volví a meter la polla por detrás. El culo redondo se le abría con cada embestida, se me marcaban los dedos en la carne blanca. Le agarré una nalga y le di una palmada. Renata gimió más fuerte y arqueó la espalda pidiendo más. Le di otra en la otra nalga, y otra, hasta que se le puso roja la piel.

—Métemela toda, cabrón, hasta el fondo —me decía apretando la almohada—. Fóllame como no me folla nunca.

Le agarré el pelo con una mano y con la otra le seguí apretando la cintura para clavármela hasta las bolas. Se corrió otra vez así, en cuatro, apretándome la polla por dentro con tanta fuerza que casi me arrastra con ella. Sentí el chorro caliente resbalándome por las bolas.

Se acomodó encima en algún momento, decidió ella el ángulo, decidió ella la velocidad, y yo me dejé llevar. Me montó con las manos apoyadas en mi pecho, subiendo y bajando el culo, con las tetas rebotándole delante de la cara. Se la agarré con la boca y me metí un pezón entre los labios y se lo chupé mientras ella se seguía dando bombazos encima. Cambió el ritmo, se puso a moverse en círculos, restregándose el clítoris contra mi pubis, mordiéndose el labio para no gritar.

Probamos lo que cabía en una mañana sin nadie más en casa. Ella de espaldas contra el cabezal, con las piernas alrededor de mi cintura. Ella de lado, con su muslo subido sobre el mío, sintiéndole el culo empujando contra mi cadera con cada embestida lenta. Otra vez la boca chupándomela mientras se pajeaba el coño con dos dedos. Otra vez ella encima. Le perdí la cuenta a sus corridas en algún punto entre el tercero y el cuarto.

Yo aguanté todo lo que pude, apretando los dientes, pensando en cualquier cosa para no acabar antes. Terminé cuando volvió a montarse encima y empezó a apretarme la polla por dentro a propósito, contrayendo el coño en cada bajada como si me estuviera ordeñando.

—Córrete adentro —me susurró con la voz quebrada, agarrándome la cara con las dos manos—. Lléname entero, quiero sentirte hasta el final.

Le clavé los dedos en las caderas y la bajé con fuerza contra mí. Me corrí adentro en chorros largos, sintiendo cómo se le apretaba el coño contra mi polla exprimiéndomela hasta la última gota. Ella se quedó quieta encima, con la polla todavía enterrada, respirándome en el cuello. Después se dejó caer despacio a un lado, con el semen chorreándole por el muslo hasta la sábana.

Quedamos los dos tirados sobre el cobertor revuelto, respirando como si hubiéramos corrido un kilómetro. Me besó en la comisura de los labios, casi con pudor, después de todo lo anterior.

—Vaya —dijo, pasándose un dedo entre las piernas y mirándose el semen mío en la yema—. No sabía que se podía sentir así.

—Yo tampoco esperaba esto, Reny.

—¿Vamos a poder volver a hacerlo alguna vez?

La miré. Tenía el pelo revuelto, las mejillas encendidas, una marca mía en el hombro que iba a tener que tapar con maquillaje hasta que se le fuera, y otra en la teta izquierda que también le iba a durar. Pensé en mi hermano, en mi sobrina, en las cenas familiares de los próximos veinte años. Pensé en lo fácil que sería decir que sí.

—No lo sé. Hoy fue hoy. Mañana ya veremos.

—Mañana ya veremos —repitió, sonriendo a medias.

Nos duchamos por separado, cada uno en un baño distinto, cambiamos las sábanas y guardamos su bata en mi armario para que no la viera nadie en el pasillo. Cuando volvió mi madre del trabajo, Renata estaba dándole de comer a la nena en la cocina y yo terminaba el examen de cálculo como si nada. Cruzamos miradas un segundo. No dijimos nada. Ese fue el primer pacto silencioso. Los siguientes vinieron solos, en otras tardes, en otras mañanas, con el mismo cuidado y la misma promesa de que sería la última.

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Comentarios(9)

LectorPorNoche

Que relato tan bueno... lo leí dos veces. Esperando la continuacion!!

nocheoscura99

Increible la tensión que se genera desde el principio, se siente que algo va a pasar y eso te engancha enseguida. Muy bien narrado.

CarlosG_BA

Me recordó a una situacion que viví hace tiempo, aunque sin tan buen final jaja. Está muy bien contado, se siente autentico.

DiegoRn

buenisimo!!!

Madrugador22

La incomodidad del protagonista está muy bien descripta. Me metí en la historia desde el primer parrafo.

SantiRosario22

¿Hay segunda parte? Quedé con ganas de saber más, por favor seguí.

lau_rosario

jaja tremendo el momento inicial, muy bien logrado. Sigue escribiendo!

Roxana_BA

Qué bien narrada la tension entre los dos. Esa mezcla de culpa y deseo es lo que hace interesante al relato. Muchas gracias por compartirlo, espero leer más.

MiguelStgo

De lo mejor que leí en esta categoria ultimamente. Felicitaciones!

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