Mi suegro me citó esa tarde y no estaba solo
Ricardo llamó el sábado a media mañana y solo dijo que pasara por su casa después de comer. No me dio detalles. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Yo me quedé mirando el teléfono unos segundos, intentando descifrar qué quería mi suegro esta vez.
Andrés, mi marido, estaba en una reunión de trabajo que se prolongaría hasta la noche. Los dos hijos del medio andaban de viaje. Y la víspera, Mariana —la mujer del menor— había montado una escena en la cena familiar que todavía me daba vueltas en la cabeza. No sabía si Ricardo me había llamado por eso o por otra cosa, pero algo dentro de mí ya estaba alerta.
Me decidí por un vestido azul oscuro, ajustado pero con un escote moderado. Quería verme bien sin pasarme. Me puse unas sandalias bajas y muy poco maquillaje. Si era una conversación familiar, no quería parecer fuera de lugar; si era otra cosa, ya lo descubriría por el camino.
El chalet de Ricardo está a las afueras, con jardín, piscina y una verja blanca que casi nunca cierra. Aparqué en la grava y caminé hasta la entrada. Toqué el timbre y, en lugar de mi suegro, me abrió Damián.
—Carolina —dijo, y se inclinó para darme un beso—. ¿Tú también vienes a la piscina?
Damián, el menor de los hermanos, llevaba unas bermudas claras y nada más. Tenía el pecho desnudo, ligeramente bronceado, con los hombros marcados de alguien que entrena en serio. Toda la familia cuidaba el físico, pero él era el único que lo enseñaba sin pudor. Sentí un pequeño calor subiéndome por el cuello.
—Eso parece —contesté, intentando sonar tranquila.
Desde la planta de arriba se oyó la voz de Ricardo.
—¡Ya bajo, chicos! Esperadme en el salón.
Damián me guió hasta el sofá grande, el de cuero color crema que mira al ventanal. Nos sentamos uno al lado del otro y empezamos a hablar de cualquier cosa: del calor, del partido del domingo, de un viaje al norte que su padre quería organizar. Yo lo miraba de reojo. Su pecho subía y bajaba con cada respiración, y de pronto me di cuenta de algo: durante los años que llevaba casada con su hermano, Damián siempre se sentaba al otro lado de la mesa. Siempre lejos. Siempre callado.
Quizá me ha estado evitando todo este tiempo.
Ricardo bajó al cabo de unos minutos, ya con un polo y unos pantalones cortos. Traía tres refrescos en una bandeja. Los dejó en la mesa baja y se sentó a mi otro lado, con los hombros casi rozando los míos. Quedé con un hombre a cada flanco, y la primera señal de que algo iba a pasar fue la mano que mi suegro me apoyó, sin previo aviso, sobre la rodilla.
Damián la miró. Se quedó en silencio un par de segundos antes de hablar.
—¿Qué haces, papá?
—Damiancito —contestó Ricardo con una sonrisa lenta—, la mujer de tu hermano mayor está demasiado buena para que la disfrute solo él. Y además es mucho más despierta de lo que parece. ¿No crees que deberíamos aprovecharla nosotros?
La mano de mi suegro empezó a subir. Despacio. Por el muslo. Damián no apartó la mirada.
—¿Y mi hermano? —preguntó al fin, con la voz un poco rota.
—Tu hermano está destinado a ser cornudo. Una mujer así nunca se queda con uno solo. Si otros se la van a follar, mejor que seamos nosotros. ¿Te crees que no me daba cuenta de cómo la mirabas cuando empezó a aparecer por casa? Pues hoy puedes hacer algo más que mirar.
Yo no había sabido nunca que Damián me hubiera mirado de esa forma. La idea, sin embargo, me revolvió por dentro. Su mano —dudosa, pero ya decidida— se posó en mi otro muslo, justo al borde del vestido. Ricardo aprovechó la pausa para tirar suavemente de la tela hacia arriba, y entre los dos me dejaron sin las bragas en menos de un minuto. El aire de la habitación me rozó la piel y noté cómo respiraba más rápido.
—Piensa la cantidad de veces que has soñado con tocarla así —le dijo Ricardo a su hijo—. Pues hazlo.
Damián obedeció. Sus dedos eran inseguros al principio, casi temblorosos, pero pronto encontraron el ritmo. Mientras tanto, mi suegro se levantó, se quitó el pantalón corto y los calzoncillos y volvió a sentarse desnudo de cintura para abajo. Llevó una de mis manos hacia su polla, ya dura.
—Venga, niño —le dijo a Damián—, cuántas veces te habrás corrido pensando en ella. Hoy no necesitas la mano: la tienes a ella.
Mi cuñado se quitó las bermudas. No llevaba nada debajo. Yo entendí lo que mi suegro quería y empecé a masturbarles a los dos al mismo tiempo, una con cada mano. Damián miraba mi muñeca como si no terminara de creer lo que estaba pasando.
—¿De verdad me deseabas cuando empecé a salir con tu hermano? —le pregunté en voz baja, sin parar.
—Sí —dijo, y tragó saliva—. Mucho.
Solté la polla de Ricardo. Me incliné hacia Damián y lo besé. Fue un beso lento al principio y después no tan lento. Su mano libre me cogió la nuca. La de mi suegro se metió entre mis piernas y empezó a acariciarme.
—¿Veis lo que os estabais perdiendo por una lealtad mal entendida? —murmuró Ricardo.
Cuando me separé de Damián, la polla de mi suegro estaba durísima. Y yo entendí algo más: en esta casa, quien mandaba era él. Me puse a cuatro patas sobre el sofá, bajé la cara hasta su entrepierna y empecé a chupársela. Damián, detrás de mí, soltó algo entre un suspiro y una risa.
—Menudo culo tienes, cuñada.
—Damián —dijo Ricardo sin apartar los ojos de mí—, tienes el coño que llevas años deseando justo a tu altura. ¿De verdad vas a desperdiciar la ocasión?
Damián se levantó. Lo oí trastear con un sobre.
—Primero el condón —ordenó mi suegro—. No queremos sorpresas que luego nadie sepa de quién son.
Lo escuché rasgar el envoltorio. Sentí el látex frío rozarme antes de que se abriera paso. Cuando entró, di un grito ahogado y dejé un instante la boca de Ricardo, que me sujetó la nuca para que volviera a su polla. Damián me follaba con un ímpetu que nunca le había imaginado. Era como si llevara años imaginándose ese movimiento exacto.
—¿Verdad que es muy acogedora? —dijo mi suegro.
—Es… —Damián tomó aire—. Es mejor que cualquier fantasía que me haya hecho. Mejor que ninguna chica de la oficina.
—Si te lo digo antes —respondió Ricardo, riéndose—. Es de las mejores comepollas que han pasado por esta casa.
Hablaban de mí como si no estuviera, y a la vez todo lo hacían por mí. No sé cómo explicar esa contradicción, pero me ponía cada vez más. Estuvimos así un rato hasta que Ricardo cambió de plan.
—Cambiemos. Mi polla ya está harta de boca y quiere otra cosa.
—¿Nos cambiamos de sitio? —preguntó Damián, jadeando.
—No. Yo no me muevo. Ella se sube encima.
***
Damián salió de mí. Subí a horcajadas sobre Ricardo, abrí las piernas y me dejé caer despacio. Me empezó a recorrer una corriente eléctrica desde el pubis hasta la nuca. Damián se subió al sofá apoyado contra la pared, una pierna en el respaldo, y me ofreció su polla a la altura de la boca. La acepté sin pensarlo.
—Papá, tienes razón. Chupa increíble. Mejor que todas las que he probado.
—Tantos años buscando fuera lo que teníamos en casa —dijo Ricardo, casi triste.
Esa frase me hizo pensar, fugazmente, en si mi suegro y mis cuñados se acostaban con sus secretarias. Fue solo un instante. Volví a concentrarme en lo que tenía delante y debajo. Quería dejarlos secos. Quería que esa tarde fuera mía.
Ricardo se corrió primero, dentro de mí, sin condón. Damián lo miró desde arriba, ofendido.
—Yo me he tenido que poner uno y tú la follas a pelo.
—Soy viejo —contestó su padre, sonriendo—. Y si por casualidad esta zorra se queda preñada, el niño será de la familia igualmente.
Se levantó. Se limpió con mi tanga, que había caído en el suelo. Yo seguí con Damián hasta que él también acabó, en mi boca, en una oleada larga que me obligó a tragar varias veces antes de poder respirar.
—Cuñada —jadeó—, esta vez papá tiene razón. Haces unas mamadas de premio.
***
Pensé que ahí terminaba la cosa, pero no. Se dieron cinco minutos de pausa, agua, algún comentario hiriente sobre mi marido. Cuando volví a coger las dos pollas, una con cada mano, las dos respondieron. Ricardo me observaba con una mezcla de orgullo y descaro.
—Tu cuñada quiere más marcha, Damián.
—Lo que yo quiero ahora —dijo él— es su culo.
—Por mí, ningún problema —contesté, y sonreí.
Me puse a cuatro patas en la alfombra. Damián se colocó detrás. Esta vez se puso el condón solo, sin que su padre tuviera que recordárselo, y entró despacio. Mi cuerpo lo recibió mejor de lo que esperaba. Empezó a moverse con un vigor distinto al de antes, algo más hambriento, como si llevara años imaginándose precisamente esa postura.
—¿Has visto qué culo tiene tu cuñada? —dijo Ricardo, observando—. Si no estuviera con el cabrón de tu hermano, podrías dársela así todos los días.
Mientras Damián seguía dentro de mí, la polla de mi suegro reaccionó otra vez. Se acercó. Me ofreció su miembro a la altura de la cara, agachándose. Lo acepté. Pasé de un agujero al otro como si llevara haciéndolo toda la tarde.
Y entonces se me ocurrió la idea. Me acordé de Mariana, de lo que había visto la noche anterior, y decidí copiarla.
—Mis amores —dije, separándome un momento—. Ahora soy yo la que pide algo. Ricardo, túmbate en el suelo.
Mi suegro obedeció con una sonrisa de niño. Cuando lo tuve bien duro, me senté encima a horcajadas, con la polla dentro del coño otra vez, y miré a Damián por encima del hombro.
—Damián —imité el tono de su padre, con un poco de ironía—, métesela a tu cuñada por el culo.
—¿Ves cómo ahora es ella la que te lo pide? —se rio Ricardo desde abajo.
—Para mí es un honor, querida cuñada —respondió Damián.
Y se subió detrás de mí. Las dos pollas, padre e hijo, separadas por apenas unos centímetros de carne. Me llené entera. Empecé a moverme con cuidado para no perder ninguna de las dos, y aquello fue distinto a todo lo anterior. Era una intensidad que no sabía que existiera.
—Niño mío —dijo Ricardo entre jadeos—, ¿ves lo que podemos hacer juntos? Apártate de tus hermanos. Especialmente del cornudo. Únete a mí.
—Si así puedo seguir follándome a mi cuñada —contestó Damián, sin dejar de moverse—, te juro lealtad.
—Así me gusta —murmuró su padre.
En ese momento entendí también la otra parte del juego. Ricardo no solo me estaba compartiendo. Estaba enfrentando a sus hijos. Cada secreto era una grieta más en la confianza entre los hermanos. Cuanto más cómplice fuera Damián conmigo, menos defendería a Andrés. Pero saber eso no me detuvo. Al contrario.
—Otra vez me corres, zorra —dijo Ricardo, y noté el calor inundándome por dentro.
Damián tardó un poco más. Cuando lo hizo, salió de mí, se quitó el condón y me ofreció la polla a la boca para que terminara yo el trabajo. Lo hice con calma, hasta dejarlo limpio.
***
Nos lavamos. Me vestí. Me coloqué el pelo delante del espejo del recibidor. Cuando salí del chalet, la verja seguía abierta y el sol todavía estaba alto. Mi marido me llamó al móvil cuando estaba metiendo la llave en el contacto.
—¿Dónde andas, cariño?
—De vuelta a casa —dije—. Tu padre me había pedido un favor.
—¿Todo bien?
Sonreí en el espejo retrovisor.
—Todo bien.