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Relatos Ardientes

La mañana que seduje a mi madre en la cocina

La decisión la tomé la noche anterior, mientras escuchaba el ruido del coche de mi padre alejándose por el camino de tierra. Salía de viaje antes del amanecer. Era mi oportunidad.

Desde aquella mañana en que él y yo cruzamos la línea que ningún padre e hija debería cruzar, yo había cambiado. Me moví por la casa con un secreto demasiado grande para guardarlo sola, y ese secreto me empujaba hacia ella: hacia mi madre. No era locura. Lo había pensado muchas veces. Si podía amar a mi padre de esa manera sin que el mundo se derrumbara, ¿por qué no a ella?

Bajé a la cocina con la bata de verano, la de tela casi transparente que usaba para ir a la playa. Eran las ocho y media. La casa olía a café recién hecho y a tierra húmeda de la madrugada.

Ella estaba de espaldas, frente a la estufa, moviendo algo en una sartén. Llevaba una camisola corta de algodón y un pantalón fino de dormir. El pelo, oscuro y largo, recogido con descuido en la nuca. Me detuve en el umbral. El corazón me latía con fuerza. Me dije: si doy un paso más, ya no hay vuelta atrás.

Di el paso.

Me acerqué en silencio y puse la mano en su cintura. Ella no se sobresaltó.

—Buenos días —dijo sin girarse—. ¿No dormiste bien?

—Dormí perfecto —respondí—. Solo quería estar cerca de ti.

Recliné la cabeza en su hombro. Ella pasó el cucharón a la mano izquierda y me rodeó la cintura con la derecha. Ese gesto tan cotidiano, tan lleno de cariño, me aceleró la respiración.

—Preparo carne con chile —dijo—. Para cuando llegue tu padre esta tarde.

Mi mano trazó un círculo lento en su costado. Ella lo sintió pero no lo nombró. Yo respiraba más rápido. Lo sabía. Ella también lo notó.

—¿Estás bien? —preguntó, y esta vez sí se giró para mirarme—. Tienes la respiración muy agitada.

—Estoy perfectamente —dije—. Es que... el olor de tu cuerpo recién levantado. Hace que quiera respirar más hondo.

Sonrió, un poco confundida, pero no se apartó. Su mano seguía en mi cintura.

Permanecimos así un momento. La sartén chisporroteó. Afuera, un pájaro cantó dos veces. Yo sentía el calor de su piel bajo la camisola, la curva suave de sus costillas bajo mis dedos. No podía seguir esperando.

La besé en la mejilla. Despacio. Con los labios abiertos. Un beso que duró más de lo que un beso entre madre e hija debería durar.

Ella se tensó, pero no se alejó.

La besé de nuevo, esta vez más cerca de la comisura. La punta de mi lengua rozó levemente su piel.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó en voz baja.

—Quiero besarte —dije—. Como se besa a alguien a quien amas de verdad.

***

Apagó el fuego. Se sentó en una silla con las manos en el regazo, mirándome como si no me reconociera del todo. Me senté enfrente. Le tomé las manos.

—Sé que esto te asusta —dije—. A mí también me asustó al principio. Pero llevo mucho tiempo pensándolo. El amor no se vuelve malo por cruzar una frontera que otros pusieron ahí. ¿Qué cambia si te beso en la boca en lugar de en la mejilla?

—Cambia todo —dijo, pero su voz temblaba.

—¿Por qué?

—Porque soy tu madre.

—Y yo soy tu hija. También soy una mujer que te quiere. ¿Por qué una cosa cancela la otra?

Me miraba con los ojos muy abiertos. Sus dedos apretaban los míos sin darse cuenta.

—Nunca lo había pensado así —murmuró.

—Lo sé. A mí me costó tiempo también. Pero cuando lo acepté, todo fue más claro. El amor no hace daño. Lo que daña es negarlo.

Hubo un silencio largo. Ella bajó la vista. Sus pulgares se movían sobre los míos, un gesto involuntario que yo leí como duda, no como rechazo.

—Me da miedo —dijo al fin.

—¿Qué es lo que te da miedo?

—Lo que podría sentir.

La miré. Algo se abrió en mi pecho.

—Entonces ya lo estás sintiendo —dije.

No contestó. Pero su respiración lo hizo por ella: corta, más rápida que antes, con un leve rubor en las mejillas que no era del calor de la cocina.

Me incliné hacia adelante y la besé en los labios. Despacio. Con suavidad. Solo un instante.

Ella no se movió.

La besé de nuevo, esta vez abriendo un poco más la boca. Sentí sus labios ceder apenas, una fracción de segundo, como si algo en ella cediera también. Después se apartó.

—No sé si puedo —dijo.

—Ya lo hiciste —respondí.

Volvió a mirarme. En sus ojos había miedo, sí, pero también algo más: ese deseo que no sabe todavía cómo llamarse, que yo había reconocido en mí misma aquella primera mañana con mi padre.

La tomé de la cara con las dos manos y la besé de verdad. Con la lengua. Con los labios abiertos. Con todo lo que llevaba semanas guardando.

Por un momento se quedó inmóvil. Luego sus manos subieron hasta mis hombros. Y me devolvió el beso.

***

Fue torpe al principio, como todas las primeras veces. Sus manos no sabían dónde ir. Las mías tampoco. Pero el calor era real, y la urgencia también.

La llevé de la mano hasta el borde de la mesa y la ayudé a sentarse. Ella dejó que lo hiciera. Tenía los ojos brillantes, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando más rápido que antes.

—¿Estás segura? —pregunté.

—No —dijo—. Pero sigue.

Le quité la camisola. Ella levantó los brazos para ayudarme. Quedó con el torso desnudo, sin cubrirse, mirándome directamente. Tenía los pechos grandes y suaves, los pezones oscuros ya duros. Eran hermosos.

—Déjame mirarte —murmuré.

Me dejó. Eso también era intimidad: quedarse quieta y dejarse ver.

Le besé el cuello, el hombro, la clavícula. Ella inclinó la cabeza hacia atrás. Cuando le pasé el pulgar por los pezones, contuvo el aliento. Los tomé entre los labios uno a uno, sin apurar, sintiendo cómo su respiración se iba haciendo más irregular.

—Aquí —dije, y le llevé la mano a mi pecho.

Ella entendió. Sus dedos encontraron mis pezones a través de la bata fina y los apretó, suave al principio, después con más confianza. La bata cayó al suelo. Quedé desnuda frente a ella.

—Eres muy bonita —dijo en voz baja, casi sin darse cuenta de que lo decía.

La besé en la boca. Luego bajé despacio por su cuello, su pecho, su vientre, dejando que mis labios marcaran el camino. Ella me puso los dedos en el pelo y los cerró, apenas, como si quisiera retenerme ahí.

Le bajé el pantalón. Ella levantó las caderas para ayudarme. Debajo no llevaba nada.

Me arrodillé frente a ella en el suelo de la cocina.

***

La miré desde abajo: su vientre suave, sus muslos, el vello oscuro. Era diferente a todo lo que había conocido hasta ese momento. No mejor ni peor, sino diferente. Más cercano.

Puse las manos en sus rodillas y las abrí con cuidado. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y apoyó las palmas en el borde de la mesa.

Fui despacio, con atención. Aprendí su cuerpo leyendo sus reacciones: un suspiro contenido, una contracción en los muslos, la forma en que sus dedos se cerraban sobre la madera. Cuando encontré lo que la hacía temblar, me quedé ahí.

El primer orgasmo llegó sin aviso. Un temblor que le recorrió los muslos y un sonido que salió de su garganta sin que ella pudiera controlarlo. Sus dedos me apretaron el pelo.

—Para —dijo, con voz rota.

Seguí un poco más. Solo lo suficiente para que el segundo llegara antes de que el primero terminara del todo.

Cuando me incorporé, ella tenía los ojos húmedos y las mejillas encendidas. La ayudé a bajar de la mesa. Sus piernas no estaban del todo firmes. La recosté sobre la bata que había caído al suelo y me tendí a su lado.

—Nunca —dijo, cuando pudo hablar—. Nunca había sentido algo así.

—Con tiempo mejora —respondí.

Nos reímos las dos. Fue la primera vez que nos reíamos en toda esa mañana, y algo se relajó entre nosotras.

Ella se incorporó y me miró con una expresión nueva: más suelta, más curiosa. Puso la mano en mi cara.

—Ahora yo —dijo.

***

Fue menos hábil que yo al principio, más insegura de sus movimientos. Pero lo que le faltaba en experiencia lo ponía en atención. Me miraba mientras lo hacía, buscando en mi cara la señal de que iba bien, y esa mirada —esa vigilancia constante y cargada de cariño— me excitó más que cualquier otra cosa.

Tuve dos orgasmos seguidos. El segundo me sorprendió incluso a mí.

Después nos quedamos en el suelo, entrelazadas, sin hablar. El sol entraba ya por la ventana de la cocina y dibujaba un rectángulo de luz en las baldosas. La sartén seguía en el fuego, apagada. El café se había enfriado del todo.

Escuché su respiración pausarse, encontrar un ritmo tranquilo. Sus dedos trazaban distraidamente círculos en mi hombro.

—¿Y tu padre? —dijo al fin.

—Llega esta tarde —respondí.

Silencio.

—Tengo que contarte algo —dije.

Ella levantó la cabeza y me miró.

—Tu padre y yo... llevamos algunas semanas. Fue aquí, al principio de este viaje. No fue planeado. Simplemente pasó.

Lo procesó despacio. Vi el momento exacto en que lo entendió: los ojos un poco más abiertos, la boca que se abrió y volvió a cerrarse.

—¿Desde cuándo?

—Desde la primera semana. Tú dormías. Él estaba en la cocina y yo bajé a beber agua y...

—No sigas —dijo. Pero no se apartó de mí.

—¿Te molesta?

Exhaló despacio por la nariz. Pensé que se iba a incorporar, que se iba a alejar, que todo lo que habíamos construido esa mañana se rompería en ese instante. Pero se quedó quieta. Cerró los ojos. Después se rió: una risa corta, casi incrédula.

—Debería molestarme —dijo—. Pero estoy demasiado presente en este momento para sentir otra cosa. Estoy aquí, contigo, en este suelo, y no puedo pensar en nada que no sea esto.

La besé en la frente. Ella apoyó la cabeza en mi hombro.

—¿Qué hacemos? —murmuró.

—Por ahora, nada —dije—. Cuando llegue, ya veremos.

Fuera, el viento movió las ramas. El olor del guiso sin terminar se mezclaba con el calor de nuestros cuerpos. Era una mezcla absurda y perfecta, igual que todo lo que había pasado esa mañana.

—Tengo que terminar de cocinar —dijo mi madre, sin moverse.

—Sí —respondí, también sin moverme.

Nos quedamos así un rato más, en el suelo de la cocina, con el sol ya alto y la casa en silencio, esperando que la tarde llegara con todo lo que traía consigo.

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Comentarios (6)

Maxi_2077

tremendo relato!! de los mejores que lei ultimamente

curioso_lector99

Por favor que haya continuacion, quede con ganas de mas

Dario_cba

se nota que sabes escribir, la tension que construis desde el principio es increible. Muy logrado.

Luzma_UY

jaja me mato el detalle de la camisola, esos pequeños toques hacen todo mas real

LoboNorte83

muy bueno, me lo lei dos veces

ElPulpo_Reader

Buen relato, tiene buen ritmo y no se hace largo. Espero que sigas escribiendo.

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