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Relatos Ardientes

El verano prohibido con mi madre y mi hermana

Volví al departamento de la playa a los cinco días, antes de lo previsto. El proyecto se cerró rápido y me alegré de poder escaparme, aunque la razón real de mi apuro no era el trabajo: era todo lo que había dejado sin resolver cuando me fui. Un embrollo nuevo, extraño, que no tenía nombre todavía.

Al llegar esa tarde, a eso de las seis, no había nadie. Les había avisado de mis planes pero la casa estaba vacía y silenciosa. Deshice el bolso, me di una ducha larga y empecé a preparar algo de comer. Tenía las manos ocupadas y la cabeza dando vueltas.

Escuché la puerta cuando ya casi oscurecía. Era Elena, mi madre, y Valeria, mi hermana, que llegaban de la playa con el pelo húmedo de mar, la piel oscurecida por días de sol, y esa energía cansada y liviana que deja el agua salada. Se alegraron de verme, preguntaron por el viaje, dijeron que Rodrigo, el marido de Valeria, estaba aparcando el auto y que ya entraba.

Se fueron a bañar. Rodrigo entró al poco rato, mucho más bronceado que cuando lo había visto la última vez. Sacó dos cervezas de la heladera, me ofreció una y se sentó en la silla de enfrente mientras yo seguía con la cena. Hablamos de trivialidades. De vez en cuando bajaba la mirada hacia su entrepierna y se la acariciaba por encima del short.

Me está buscando. Decidí hacerme el distraído y seguí pelando.

—Me quemé aquí —dijo de pronto, señalando hacia abajo—. La playa nudista. Cinco días sin protección.

Y sin más rodeos se sacó el short y quedó desnudo en la cocina. Tenía razón: el color de la quemadura era evidente. Lo decía con una naturalidad que me desconcertó, acariciándose despacio mientras yo seguía cortando.

Entonces entró Valeria, recién salida de la ducha, sin una prenda encima. Le agarró la pija a su marido como quien saluda.

—¿Y mamá qué dice a todo esto? —pregunté, sin saber muy bien qué cara poner.

En ese instante apareció mi madre en el umbral de la cocina. Sin ropa, sin sandalias, con una sonrisa de oreja a oreja. Cruzó la cocina ayudándome a poner la mesa, iba y venía, y yo no podía dejar de mirar. Sus pechos grandes y completamente bronceados. La curva de sus caderas. Y cuando se alejaba, esa cadencia al caminar que hacía que todo su cuerpo contara una historia propia, su cintura angosta, sus nalgas carnosas, y ese detalle que siempre me había llamado la atención desde la primera vez que la había visto desnuda: cuando caminaba, su ano quedaba ligeramente a la vista con cada paso, oscilante, como reclamando atención sin pedirla.

Cenamos los cuatro. Una pasta, vino tinto, conversación tranquila. Hablamos del futuro de Valeria y Rodrigo, de los planes de mi madre para la estadía. En esa mesa se decidió que Elena se quedaría seis meses conmigo mientras tramitaba la residencia. Yo quería que se quedara. Pero no podía dejar de pensar en lo que eso significaba: los dos solos, las noches largas, el territorio sin nombre que habíamos empezado a pisar juntos.

Después de cenar se fueron a dormir. Yo me instalé en el sofá de la sala, como siempre en estas reuniones. Apagué la tele y me quedé en la penumbra.

A medianoche empezaron los ruidos del cuarto de Valeria y Rodrigo. Gemidos, palabras cortadas, el ritmo acompasado que atraviesa las paredes cuando la pared no alcanza. Me revolví en el sofá. Intenté pensar en otra cosa. No pude. Me quedé escuchando, la mano bajando sola.

Con los ojos cerrados me imaginaba a Valeria, sus pechos pequeños, esa conchita depilada que había estado mirando durante toda la cena. Llevaba horas conteniendo algo que no tenía nombre claro.

No sé cuánto tiempo llevaba así cuando noté que alguien estaba parado junto al sofá. Abrí los ojos. Era mi madre, desnuda como toda la noche, con la mano izquierda apoyada suavemente entre sus propios muslos.

—¿Te ayudo con eso? —preguntó en voz baja, mirando lo que yo ya no podía esconder.

Aparté la mano. Ella se arrodilló junto al sofá sin apuro y tomó lo que yo había dejado libre. Lo hizo con una calma que parecía calculada: primero con los dedos, explorando, sin urgencia. Luego pasó la lengua por el glande, de un lado al otro, y yo me hundí en el respaldo del sofá y cerré los ojos.

Cuando finalmente abrió la boca y me tomó entero, lo hizo despacio, dejándome sentir cada centímetro de su boca cerrándose alrededor. Con la otra mano me acariciaba los huevos. Soltaba, recorría con la lengua hasta la base, volvía a la punta. Una y otra vez, sin prisa, mientras los gemidos del otro cuarto seguían como música de fondo.

Le avisé cuando ya no podía más. Me miró a los ojos, asintió, y no se movió. Recibió todo lo que yo tenía sin perder la calma, sin apartar los ojos de los míos. Cuando terminé, me limpió los últimos restos con los labios, se puso de pie, me rozó la mejilla con los dedos y se fue a su cuarto sin decir una palabra.

***

A la mañana siguiente fuimos a la playa. Me desnudé también, por primera vez en mucho tiempo. La arena blanca, el sol fuerte del mediodía, Valeria corriendo hacia el agua con Rodrigo. Mi madre y yo nos quedamos en las toallas. Nos ayudamos a ponernos bloqueador. Me tomé mi tiempo con su espalda.

Cuando los chicos se alejaron lo suficiente, le dije:

—¿Puedo preguntarte algo muy íntimo?

—Entre nosotros nunca hubo ni habrá secretos —respondió.

—Anoche, cuando terminaste... yo quería hacerte lo mismo y me dijiste que no.

—Que estaba satisfecha.

—Eso. ¿Por qué?

Se giró ligeramente hacia mí y se quedó mirando el mar un momento antes de hablar.

—Porque esto empezó tres días antes de que volvieras.

Habíamos regresado de la playa nudista los tres juntos, me contó. Rodrigo y Valeria se metieron al baño. Ella se había quedado en la sala todavía bastante excitada por el ambiente y el sol, y sin pensarlo demasiado había empezado a tocarse. Rodrigo salió del baño y la encontró así. Detrás de él, Valeria.

—Tu hermana se agachó y le empezó a hacer una mamada a su marido delante de mí. Así, directamente, para que yo mirara. Rodrigo me decía que siguiera. Y yo seguí.

Valeria los dejó a ellos y vino hacia mí. Me besó despacio en los labios mientras yo seguía con la mano entre mis propias piernas. Rodrigo llegó por detrás y me soltó el corpiño de la bikini. Uno tenía mis pechos, la otra me besaba con la lengua adentro de mi boca, y yo no recordaba la última vez que me había sentido así de llena de algo que no podía nombrar.

Valeria fue bajando por mi cuerpo. Se arrodilló frente a mí, me retiró los dedos con cuidado y me recorrió entera con la boca. Nunca una mujer me había hecho eso. Y esa mujer era mi hija. Estaba sentada en ese sillón mirando el techo y pensando que eso cambiaba muy pocas cosas.

Rodrigo puso su pija a centímetros de mi boca y yo la tomé. Despacio primero, con más ganas después. Mientras Valeria me llevaba al primer orgasmo de esa tarde.

Después me hicieron ponerme de pie. Sentaron a Rodrigo en el sillón y Valeria me depositó sobre él. Me penetró con facilidad. Valeria se arrodilló frente a nosotros y añadió su boca al centro de todo. No sé cuánto estuvimos. Dos orgasmos más. Rodrigo avisó que se corría y Valeria sacó la pija a tiempo y se la metió en la boca para que terminara ahí.

—Esto pasó otra vez la noche anterior —concluyó mi madre—. Por eso anoche, con vos, era suficiente con eso.

Cuando Elena terminó de contarme todo, yo tenía las manos planas sobre la toalla y el sol clavado en la espalda y un problema evidente que tuve que resolver metiéndome al agua.

Valeria y Rodrigo me vieron llegar al mar y se miraron. Mi hermana sonrió.

—Esta noche es la última —me dijo—. Algo tendremos que hacer.

***

Esa noche, después de cenar desnudos y bañarnos, Valeria me tomó de la mano en medio de la sala.

—Vení —me dijo—. Esta es nuestra última noche con vos. Acuéstate aquí en la alfombra.

Me acosté. Ella se puso encima de mí al revés, su cara junto a mi cadera, la mía frente a sus ojos. Empezó a acariciarme despacio con la boca hasta que respondí. Yo hice lo mismo: la recorrí con la lengua, sus labios ya húmedos, el calor de adentro. La tenía a centímetros de la cara y no pensé en ninguna etiqueta.

Sentí otras manos entre mis piernas. Rodrigo, de rodillas junto a nosotros, añadía su boca también de vez en cuando. Entre los dos me pusieron duro como piedra en cuestión de minutos.

Mi madre apareció por detrás de Valeria. La vi arrodillarse y añadir su lengua en algún lugar que yo no alcanzaba a ver bien, pero que hizo que Valeria se arqueara sobre mí y soltara un gemido largo contra mi pija.

Luego alguien se colocó sobre mí. Algo estrecho, más resistente que todo lo anterior. Bajé la vista lo que pude con Valeria encima y vi que era Rodrigo, que se abría despacio con los ojos entrecerrados. Un poco de presión, un poco de resistencia, luego cada vez menos. Mi madre le lamía la pija mientras él bajaba sobre mí.

Cuando estuvo a la mitad, giró la cabeza y me miró con una sonrisa tranquila. Yo empujé hasta el fondo.

El aire le salió de golpe en un gemido largo y grave. Empezó a moverse arriba y abajo, y yo sentía cómo se le contraía todo alrededor de cada movimiento, y cómo terminó eyaculando sobre el pecho de mi madre con un sonido que atravesó toda la sala.

Rodrigo se bajó. Valeria fue a buscar una esponja y me limpió. Mi madre me acarició mientras esperábamos. Cuando Valeria terminó, se puso en cuatro frente al sillón y me miró por encima del hombro.

—Ahora yo —dijo.

Le tomé las caderas. Le pregunté en voz baja qué quería.

—Por donde quieras —respondió—. Esta noche soy tuya.

Entré en ella por delante, lentamente, sintiendo cómo me cerraba con ese calor que me obligó a detenerme un segundo para no perder el control. Empecé a moverme. Mi madre estaba a mi lado, sus manos en mi espalda, sus palabras en voz baja animándome a seguir. Cerré los ojos.

Los gemidos de Valeria contra el sillón. El calor que crecía. Las manos de mi madre. Yo llegando al límite con los ojos cerrados, a punto de—

***

Un golpe seco en el suelo me abrió los ojos de golpe.

El helicóptero aterrizaba. Por la ventanilla, una pista en medio de vegetación verde e infinita. El piloto anunció por el intercomunicador: Ruanda, escala técnica, cuarenta minutos.

Tardé un momento en ubicarme. El asiento. El cinturón apretado. El maletín entre los pies. El frío del aire acondicionado que no había sentido durante toda la escena anterior.

En el bolsillo interior del saco, la invitación doblada en cuatro. La boda de mi hermana Valeria. Para eso era el viaje.

Iba a su casamiento.

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Comentarios (5)

Torrebruno

excelente relato!!!

DiegoBsAs

Por favor una segunda parte, quede enganchado y necesito saber que paso despues

cordobes_noc

Me recordo a unas vacaciones hace años aunque sin llegar a tanto jaja. Muy bien escrito, de los mejores que lei por aca ultimamente. Saludos

CuriosoNocturno

hay continuacion? no puede terminar asi jaja

Pipe_2021

Increible, se siente como algo que pudo pasar de verdad. Eso es lo que mas me gusta de este tipo de relatos

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