Lo que pasó con mi hermana en el lavadero
El día siguiente a la cena de Año Nuevo se anunciaba largo. Después de envolver los últimos regalos para mi hermana Carolina y mis dos sobrinas, salí de casa con el coche cargado y un café tibio en el portavasos. Tenía por delante ciento ochenta kilómetros de ruta, casi todos por caminos rurales sin gasolineras decentes.
Carolina vive con su familia en un pueblo pequeño de la provincia, rodeado de campos y silos de cereal. Cuando llegué, las nenas se me colgaron del cuello antes incluso de que apagara el motor. Mi cuñado salió al porche con una cerveza en la mano y mi hermana asomó desde la cocina, secándose las manos en un repasador.
—Pensé que ibas a venir mañana —dijo, y me miró un segundo de más.
Pasamos el día como si nada. Asado, sobremesa, las nenas jugando con los regalos en el living. Mi cuñado se fue temprano a la siesta. Carolina y yo nos quedamos en la galería tomando vino blanco, hablando de cosas que ya no recuerdo, esquivando otras que sí.
Carolina tiene cuarenta y un años. Lleva el pelo castaño hasta los hombros y casi siempre lo ata atrás con un pañuelo. Es de contextura mediana, de piernas largas y una manera de reírse echando la cabeza atrás que la hace parecer mucho más joven. Yo había fantaseado con ella desde antes de saber que esas cosas tenían un nombre, pero nunca había habido un gesto, una palabra, un roce que cruzara el umbral. Era un secreto que cargaba con una mezcla de culpa y resignación, como quien sabe que ciertas puertas no se abren.
Cuando empezó a caer la tarde y se acercó la hora de volver, le dije que iba a parar en la ruta a cargar nafta y a pasar el coche por el lavadero del pueblo, que estaba lleno de polvo del camino.
—Esperá —dijo ella, levantándose—. Necesito comprar leche y panificados para mañana. Voy con vos hasta el almacén.
Mi cuñado seguía durmiendo. Las nenas estaban viendo dibujos. Carolina agarró las llaves y la cartera y subió al asiento del acompañante con un movimiento rápido.
El almacén y el lavadero estaban en la misma esquina, a tres cuadras de su casa. No iba a llevarnos más de veinte minutos. Eso me dije.
Cuando se acomodó en el asiento, la falda verde claro que llevaba se le subió un poco. Vi sus piernas envueltas en medias verde oscuro, lisas, ajustadas al muslo. Aparté la vista enseguida, pero no lo suficientemente rápido. Cuando levanté los ojos, los suyos ya estaban en mí. Ojos marrones, grandes, con una expresión que no supe leer y que prefería no leer.
Sentí la sangre bombeándome en el cuello. Encendí el motor para ocupar las manos en algo.
—Hace calor adentro —dije, y bajé la ventanilla un poco.
—Sí —contestó ella—. Hace calor.
***
El camino al almacén lo hicimos hablando de cualquier cosa. De los regalos, del tiempo, de la abuela que ya no se acordaba de los nombres. Carolina hablaba más rápido de lo habitual, soltando risas demasiado fuertes para los chistes que estaba contando. Yo manejaba mirando al frente, calculando el largo de cada cuadra, agarrando el volante con más fuerza de la necesaria.
Cuando llegamos, ella bajó a hacer su mandado y yo me acerqué al surtidor de la estación de servicio que estaba al lado. Mientras llenaba el tanque, la veía a través de la ventana del local. Ella miraba hacia afuera, hacia mí, entre los estantes de revistas, y volvía a girar la cabeza cuando se daba cuenta de que la había descubierto. Volvió al coche con una bolsa de tela colgando del hombro y un brillo en los ojos que antes no estaba.
—Compré también una lata de cerveza —dijo, mostrándomela—. Una sola. Hace mucho que no tomo en pleno día.
Olí su aliento cuando se inclinó para acomodar la bolsa atrás. Le había mentido a su lata: ya había bebido algo más, antes de salir, mientras yo no la veía. El alcohol siempre nos había puesto extraños a los dos, sobre todo a ella, que se ponía más sincera de lo que convenía.
Avancé los cien metros hasta el lavadero automático. Era uno de esos viejos, con cepillos giratorios, sin gente atendiendo, solo una máquina con teclado donde se carga el código.
Bajé, marqué el lavado largo, volví al asiento. La luz roja se encendió. Avanzamos despacio sobre los rieles hasta el centro del túnel. El motor en punto muerto, las manos quietas sobre las rodillas.
El primer chorro de agua golpeó el parabrisas con un ruido seco. Después vino el siguiente, y el siguiente. El coche entero empezó a vibrar como si estuviéramos adentro de un tren.
***
Carolina miró por su ventanilla, miró por la mía, miró el techo. Después me miró a mí. Su mano estaba apoyada en el muslo, sobre la falda, y los dedos se movían apenas, como si tocaran un piano invisible.
—Hacía mucho que no estábamos solos —dijo, en voz baja.
—Sí —contesté.
No pude decir nada más. Sentía la garganta cerrada. Bajé la vista a la palanca de cambios para no mirarla.
Entonces los cepillos cayeron sobre el coche. Primero el del techo, después los laterales. En segundos, los vidrios quedaron cubiertos de espuma blanca y de ese ruido pastoso de las cerdas raspando la chapa. El mundo de afuera desapareció. Ya no había estación de servicio, ni almacén, ni pueblo, ni nadie que pudiera vernos.
Carolina pasó el brazo por encima del respaldo de mi asiento y se inclinó hacia mí. Sentí su pelo rozarme la mejilla antes de que sus labios encontraran los míos.
El primer beso fue corto, casi una pregunta. Después vino el segundo, que ya no preguntaba nada. Ella tenía la boca tibia, con un fondo dulce de cerveza, y empujó la lengua entre mis labios con una decisión que no le había escuchado nunca en la voz.
—No deberíamos —murmuré contra su boca.
—Ya sé —contestó—. Ya sé que no.
Y siguió.
Veintinueve años llevábamos siendo hermanos. Veintinueve años de cuidarnos, de pelearnos por estupideces, de no decirnos esto.
Apoyé la mano sobre su muslo. La media verde estaba caliente bajo la palma, suave de un modo que no esperaba. Subí los dedos despacio, esperando que me detuviera, dándole tiempo a frenarme. No me frenó. Al contrario: separó las piernas apenas y me guio hacia adentro de la falda con la otra mano.
Cuando mis dedos llegaron al borde de la ropa interior, ya estaba mojada. Carolina tomó aire entre dientes y me apretó la nuca, profundizando el beso. La ropa interior era fina, de algodón, sencilla. La aparté hacia un costado y la toqué directo. Ella dejó escapar un sonido bajo, más cerca de un quejido sorprendido que de un gemido.
—Despacio —dijo—. Despacio, por favor.
***
Le hice caso. Moví los dedos en círculos lentos, sintiendo cómo se abría, cómo iba cediendo. Ella tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. Cuando empecé a meter un dedo, me agarró la muñeca con fuerza, me sacó la mano y se la llevó a la suya. La giró, hizo un círculo en el aire con mis dedos, y me los metió en la boca. Después me besó otra vez, mezclando el sabor de ella con el sabor de los dos.
—Probate —me pidió—. Quiero que sepas a qué.
Le hice caso en eso también.
El ruido del lavadero seguía afuera, regular, monótono. Una pared de espuma y cerdas que nos protegía del mundo. Adentro del coche, en cambio, todo era respiración corta, ropa moviéndose, cuero del asiento crujiendo.
Carolina bajó la mano hasta el cierre de mi pantalón y lo aflojó. No preguntó nada. Sus dedos eran rápidos, prácticos, como si lo hubiera ensayado mentalmente cien veces. Cuando quedé libre del pantalón, ella se inclinó sobre mi regazo sin esperar invitación.
El primer contacto de su boca fue suave, casi tímido. Después fue subiendo en intensidad. La sentía bajar despacio, con los labios apretados, y subir con la lengua trabajando alrededor. Tenía una mano apoyada en mi muslo, la otra envolviéndome en la base. Cerró los ojos, concentrada. Yo la miraba desde arriba, viendo su pelo desordenado, viendo la silueta de su cabeza moviéndose, sin poder creer del todo lo que estaba pasando.
Pasé los dedos por debajo de su falda otra vez. Estaba arrodillada de costado en el asiento, con las piernas medio dobladas, y me dejó hacer. Volví a tocarla, esta vez con más insistencia, deslizando un dedo dentro y después dos. Ella gimió alrededor mío, y la vibración me recorrió entero.
No duré lo que hubiera querido. La mezcla del calor, del ruido del lavadero, de saber que era ella, fue demasiado. Cuando sintió que estaba por terminar, me clavó las uñas suavemente en el muslo, una señal clara: no te muevas. Y se quedó. Tragó todo, sin apartarse, mientras yo me arqueaba contra el respaldo y enterraba los dedos en ella hasta sentirla cerrarse, rítmica, alrededor de mi mano.
***
Quedamos así unos segundos, sin movernos. El lavadero entró en el ciclo de enjuague final. Chorros de agua limpia barrían la espuma de los vidrios. Pronto íbamos a poder volver a ver afuera. Pronto íbamos a tener que volver al mundo.
Carolina se incorporó, se pasó el dorso de la mano por la boca y se acomodó el pelo detrás de las orejas. Después, sin decir nada, se sacó la falda. Solo la falda. Las medias verde oscuro le quedaron puestas, ajustadas al muslo, con una franja de piel desnuda asomando arriba.
—Todavía no terminamos —dijo, con la voz un poco ronca.
Yo ya estaba duro otra vez.
Pasó por encima de la palanca de cambios con una agilidad que me hizo sonreír sin querer y se sentó a horcajadas sobre mí. La ropa interior la había dejado en algún rincón del asiento. Apoyó las manos en mis hombros, buscó el ángulo y bajó despacio. La sentí abrirse alrededor mío en un solo movimiento largo.
—Mariano —susurró, usando mi nombre por primera vez en toda la tarde—. Mariano, mirame.
La miré. Tenía los ojos llenos de algo que no era solo deseo, algo más viejo, más complicado. La agarré de la cintura y empecé a moverme con ella. Encontramos un ritmo enseguida, como si llevara años practicado en silencio. Ella subía y bajaba apoyando la frente contra la mía, respirando contra mi boca, sin soltarme la nuca.
El último ciclo del lavadero terminó. Se encendió una luz amarilla afuera, indicando el secado. El soplador pasó por encima del coche con un rugido sordo. El parabrisas todavía mantenía un velo de gotas que dispersaba la luz en mil reflejos sobre la cara de Carolina.
No paramos. Nos miramos a los ojos y aceleramos el ritmo, porque sabíamos que no había más tiempo. Cuando se encendió la luz verde de salida, los dos terminamos casi al mismo segundo, con un temblor que nos dejó pegados, frente con frente, sin aire.
***
Nos vestimos en silencio, todavía con los músculos flojos. Carolina se acomodó la falda, se pasó las manos por las medias, se pintó los labios mirando el espejito retrovisor. No nos dijimos nada hasta que avancé, salí del túnel y enfilé hacia su casa.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy mejor que en años —contestó—. Y no me preguntes más, que me arrepiento.
Manejé las tres cuadras escuchando solamente el motor. Frente a su portón, paré el coche pero no apagué.
—¿Y ahora? —dije.
Carolina me miró. Tenía la cara tranquila, como si nada hubiera pasado, salvo por algo nuevo en los ojos que iba a tardar en irse.
—Ahora cargás el último tramo de nafta y te volvés a tu casa —dijo—. Y la próxima vez que vengas para Año Nuevo, vamos a buscar leche otra vez.
Bajó del coche, agarró su bolsa, me dio un beso en la mejilla como si fuera cualquier domingo de cualquier año, y entró en la casa sin mirar atrás.
Yo me quedé un rato con las manos en el volante. Después arranqué, salí a la ruta, y me hice los ciento ochenta kilómetros de vuelta en silencio, sintiendo todavía el sabor de ella en la boca y el peso de algo que ya no se podía deshacer.