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Relatos Ardientes

Lo que mi mujer hizo con su hermano esa noche

Hacía meses que no nos quedábamos a solas en una casa ajena. El trabajo, los chicos y la rutina nos habían bajado el ritmo. Después de una semana de vacaciones en una playa del Caribe con los tres pequeños, decidimos cortar el regreso en la ciudad de Mauricio, el único hermano de Camila, que vive solo desde su divorcio.

Nos recibió como si llevara meses esperándonos. Tenía la casa enorme, dos pisos, jardín atrás y una sala con bar de madera oscura. Esa noche nos llevó a un italiano del centro, de manteles blancos y mesero tartamudo. Comimos pasta, tomamos un Chianti que costaba lo que mi mujer paga en el supermercado de toda una semana, y volvimos a la casa con los chicos medio dormidos en el asiento trasero.

—Acuéstenlos arriba —dijo Mauricio—. Yo bajo el whisky.

Mi cuñado tiene treinta y siete años, siete más que Camila, y la trata como si todavía fuera la nena que le tiraba de la cola al subirse a la mesa. Le dice cabrona, le da nalgadas en broma, la abraza por sorpresa. Hace cinco meses se divorció de Marisol y desde entonces vive en piloto automático: oficina, gimnasio, cerveza, soledad. No es feo, no es pobre, no es callado. Pero todavía no encontró con quién.

Cuando bajé, ya tenía dos vasos servidos. Yo prefiero la cerveza, así que pedí esperar al delivery que él mismo había llamado. Ellos brindaron. Camila bebía despacio, riendo de cualquier cosa que él le contaba: el imbécil que le subarrendaba la cochera, la nueva secretaria de la oficina, el compañero al que le habían robado el coche en el estacionamiento.

—¿Te dije que ahora salgo a correr? —preguntó él.

—Mentira.

—Te lo juro. Tres veces a la semana. La soltería me obliga.

—La soltería te obliga a buscar una novia, Mauricio.

—Eso lo dejo para después.

Tomamos casi dos horas. Cuando subimos a acostarnos, él iba adelante por la escalera y mi mujer detrás. Yo cerraba la fila con dos cervezas en la mano. A mitad de los escalones, Mauricio se giró, metió la mano entre las piernas de Camila y pegó un grito. Ella saltó como si la hubieran electrocutado y los tres terminamos riéndonos en el descanso.

—Eres un animal —le dijo ella, acomodándose el vestido.

—Y tú una llorona.

La habitación que nos asignó tenía dos camas matrimoniales. Los chicos se durmieron en una; nosotros, en la otra. Antes de irse al pasillo, él se asomó por la puerta y soltó:

—No se pongan a hacer cochinadas, eh. Que las paredes son finas.

—Si hacemos algo, te avisamos —contesté.

—Andan ebrios los dos.

—El ebrio eres tú —dijo Camila.

Él volvió sobre sus pasos, la agarró de los hombros y la tiró sobre la cama. Le hizo cosquillas hasta que ella le pegó con la almohada. Yo me reía sentado en la otra esquina del cuarto, con la cerveza tibia en la mano. Cuando salió, todavía se oía su risa rebotando por la escalera.

Bajé al rato a buscar más cervezas del refrigerador. Al pasar por su recámara, escuché desde adentro:

—Acuéstese cabrona, vaya a darle su cogida a su marido.

Hablaba solo. Pensaba que era Camila quien subía la escalera. Le conté lo que había escuchado.

—Está mareadito el pobre —dijo ella.

—Pobre nada. Te andaba toqueteando los pechos cuando te tiró en la cama.

—Así juega siempre conmigo.

—Juega o aprovecha.

—No empieces.

Pero algo se había soltado entre nosotros con esa frase. Lo notamos los dos. Apagamos la lámpara grande, dejamos la del velador, y empezamos a desnudarnos despacio, mirándonos. Ella me bajó los calzoncillos con los dientes. Yo le pasé la lengua por el cuello, por el hombro, por la cintura. Hacía mucho que no estábamos así de calientes en una casa que no era nuestra.

Estábamos en pleno sesenta y nueve cuando alguien tocó la puerta. Dos golpes suaves. Tres.

—Camila, Camila.

Ella se zafó, agarró la bata del pie de la cama y salió. Yo me quedé sentado, en pelotas, escuchando un murmullo en el pasillo. Cuando volvió, me dijo:

—Mauricio no se puede dormir. Quiere que bajemos a tomarnos un trago.

—¿Ahora?

—Ahora.

Bajamos. Yo me puse el pantalón sin calzoncillos; ella, una bata corta y nada más. Sentados en el sillón, mi cuñado seguía con el vaso en la mano, los ojos rojos, el cabello revuelto.

—¿Qué estaban haciendo? Huelen a sexo, cabrones.

—Estás enfermo —dijo Camila, sentándose en la mesita ratona.

—No se hagan los pendejos. Estaban cogiendo, ¿verdad cuñado?

—Vete a dormir, Mauricio —insistió ella.

—Ven y siéntate aquí.

Le tendió los brazos. Camila se rió, le dijo que estaba loco, pero se sentó sobre sus piernas. Él la rodeó por la cintura.

—Ni calzones tienes, cabrona. Te conozco.

Ella se puso colorada y se rió otra vez. Yo no decía nada. Solo miraba.

***

Tardamos hora y media en convencerlo de que se acostara. Lo subimos los dos, uno de cada lado, con las piernas pesadas y los ojos casi cerrados. Lo dejamos caer de espaldas sobre la cama, todavía con los zapatos, todavía con el cinturón. La habitación tenía un velador pequeño, encendido. La puerta quedó entornada.

Camila empezó a quitarle los zapatos. Yo me quedé parado, mirando. Cuando le sacó los calcetines, él ya respiraba hondo, profundo, sin moverse.

—Lo subimos del todo —le dije.

Lo acomodamos sobre la cama. Ella le soltó el cinturón, le bajó la cremallera, y entonces los dos lo vimos al mismo tiempo: el bulto debajo de la tela del calzoncillo. Grueso, marcado, vivo aunque su dueño durmiera a pierna suelta.

Camila se quedó quieta. Yo también. Nos miramos. Una sonrisa se le coló en los labios. Yo me acerqué por detrás, le pegué la verga ya dura contra las nalgas y le pasé la mano por debajo de la bata. Estaba mojada. Mucho.

—Mira lo grande que está —susurró ella, sin quitarle la vista a su hermano.

—Tócalo.

—No.

—Sí.

Le tomé la mano, se la llevé hasta la tela del calzoncillo y le hice pasar los dedos por encima del bulto. Mauricio no se movió. Camila respiró fuerte y dejó la mano ahí, rozándolo con las yemas, suave, midiendo el peligro. La verga creció todavía un poco más bajo la tela.

—Pobrecito —dijo ella en voz muy baja.

Le guiñé un ojo. Ella sonrió. Y entonces metió la mano dentro del calzoncillo y la sacó con la verga de su hermano agarrada por la base, como se agarra una herramienta nueva.

Era la primera vez que la veía así. Yo le había contado fantasías parecidas a lo largo de los años, pero ella siempre se había reído, había dicho que ni en pedo, que su hermano no, que cualquiera menos él. Y ahora estaba ahí, con esa verga en la mano, y me hacía la señal con la cabeza para que yo me retirara.

Le pasé la lengua por la nuca antes de salir. Le dejé la bata levantada hasta los hombros, las nalgas y la concha al aire. Caminé hasta el pasillo y dejé la puerta entornada lo justo para verla a ella, arrodillada en la cama, con la verga de su hermano entre las dos manos.

Empezó a masturbarlo despacio. Mauricio no se despertaba: la borrachera lo tenía hundido. Ella movía la mano de arriba a abajo con una calma que me asombraba. Desde el pasillo se oía el chasquido pegajoso del líquido transparente que él largaba, abundante, brillante con la luz del velador. Yo me bajé el pantalón y empecé a tocarme contra la pared.

—Muéstramela —le dije por lo bajo.

Camila se apartó un poco y sostuvo la verga desde la base, levantándola hacia la luz. Era grande. Más grande que la mía, más que la de mi hermano Esteban, más que la de mi compadre Rodrigo. Tenía una vena gruesa subiendo por el costado y una manchita pálida casi en la base, como un lunar en forma de coma. La cabeza, hinchada y violeta, le brillaba.

—Mámasela —dije.

Ella me miró desde la cama y soltó una risa muda. Negó con la cabeza. Yo asentí. Lo hizo.

Se inclinó sin moverse demasiado, como para no despertarlo, y le pasó la lengua por la cabeza, una vez, dos, tres. Después la besó. Después se la metió en la boca poco a poco, con cuidado, midiendo cuánto le entraba antes de tocarse el paladar. Le faltaban centímetros, pero los compensaba con la mano, que no le dejaba de subir y bajar.

Yo no podía parar. Me masturbaba apoyado contra el marco de la puerta, en silencio, mirando a mi mujer mamarle la verga al hermano. La respiración de Mauricio se hizo más densa. Levantaba la cadera apenas, como un reflejo, sin terminar de salir del sueño. Estaba a punto.

Camila también lo notó. Sacó la verga de la boca un instante, le acomodó la cabeza, volvió a metérsela hasta donde le entraba. Y entonces él se vino. Largo, abundante, en oleadas. Ella se tragó casi todo. Algo le escurrió por la comisura, le bajó por el mentón y le cayó en la mano. No se inmutó. Lo siguió chupando hasta que la verga dejó de sacudirse, hasta que las últimas gotas le salieron en un hilito que ella recogió con la lengua.

Se quedó así un rato más, lamiéndolo despacio. Después le acomodó la verga otra vez dentro del calzoncillo, le subió la cremallera y le tiró encima la sábana. Apagó el velador y caminó hasta la puerta.

***

Apenas cerró del otro lado, la abracé. La empujé contra la pared del pasillo y la besé en la boca con todo. Tenía gusto a sal, a leche, a su hermano. Ella me devolvió el beso metiendo la lengua hasta el fondo, casi con rabia, como si quisiera limpiarse esa boca en la mía.

—Estás loca —le dije.

—Tú me lo pediste.

—Estás loca igual.

—Cógeme acá. Ya. No aguanto.

No llegamos a la habitación. La incliné contra el barandal de la escalera, le levanté la bata hasta la cintura y se la metí de un solo empujón. La concha le chorreaba. Empujé fuerte, con la mano izquierda apretándole el pecho y la derecha entre sus piernas. Ella mordía la madera del barandal para no gritar.

Cuando me vine, me vine entero, descargando con tanta fuerza que sentí que se me iba el alma por la verga. Ella se vino dos veces antes que yo, mordiéndome el dedo, susurrándome al oído lo grande que era la verga de Mauricio, lo bien que olía, lo rica que le había parecido.

Volvimos a la habitación tambaleándonos. Los chicos seguían dormidos. Yo la puse en cuatro sobre la cama, le mojé el culito con su propia humedad, le metí dos dedos, después tres, hasta que entró la cabeza de mi verga. La penetré despacio, recordando la primera vez que probé esto con ella en un hotel de Bariloche, y me descargué adentro, mientras le sobaba el clítoris con dos dedos. Tuvo otro orgasmo, este más largo, más callado.

Nos quedamos abrazados hasta que se nos enfrió el sudor.

***

A la mañana siguiente, fue Mauricio el que nos despertó. Ya estaba bañado, vestido, con cara de funcionado a la mitad. Bajamos a almorzar. En el coche, mientras los chicos peleaban por el asiento del medio, él bajó la voz:

—Oigan… ¿qué pasó anoche?

—¿Qué pasó de qué? —dijo Camila, con la cara más inocente que le he visto.

—¿Quién me desvistió?

—Te ayudamos a subir a la cama —contesté yo—. Tú te terminaste de desvestir solo. Camila te tiró una sábana encima.

—¿Y nada más?

—¿Qué más íbamos a hacerte? —dijo ella.

Él se quedó callado. Se rascó la nuca, miró por la ventanilla. No volvió a preguntar.

Esa noche, ya en nuestra casa, después de bañar a los chicos y meterlos en la cama, nos volvimos a desnudar. Cogimos tres veces, de dos a las cinco de la madrugada. Hablamos mucho mientras lo hacíamos: del tamaño de la verga de Mauricio, de la cantidad de leche que había soltado, del momento exacto en el que ella se la había metido en la boca. Yo le pregunté si lo haría otra vez. Me dijo que con él dormido, sí. Le pregunté si lo haría con él despierto.

—No sé —contestó—. Depende de quién esté mirando.

Después se vino sobre mi cara, mientras yo le chupaba el clítoris, y nos dormimos con la luz del velador prendida. La próxima vez que vayamos a verlo, no sé cómo va a terminar la noche. Pero sé que vamos a llevar más whisky.

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Comentarios (5)

PERTINAXVILLA

increible relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Noctambula_27

Que final... quedan tantas preguntas sin responder. Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo

DiegoAR

Este genero no es el mio pero lo lei de un tiron, bien escrito y la tension va creciendo perfecto

MartinaRos

Me recordo a algo que lei hace años pero esto esta mucho mejor contado. La forma en que manejas los silencios le da mucha credibilidad

Willy_MZA

tremendo!!! 10 puntos

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