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Relatos Ardientes

Mi tía no sabía que yo había vuelto antes a la casa

La casa estaba sobre las dunas, justo donde el camino de tierra terminaba y empezaba la arena. El dueño de la empresa donde trabajaba mi primo Diego se la había prestado por una semana, y mi tía Carmela aceptó la oferta sin pensarlo dos veces. Llevaba meses pidiéndole a alguien que la sacara de la ciudad.

Yo tenía veintidós años recién cumplidos y no había planeado venir, pero a último momento Diego cayó con problemas de estómago y mi tía me llamó la noche anterior.

—Acompáñame, sobrino. No quiero ir sola con Diego, y la casa está pagada de todas formas.

Le dije que sí antes de que terminara la frase. Llevaba años fingiendo que no me daba cuenta de cómo me miraba.

El primer día fue tranquilo. Desempacamos, compramos provisiones en el almacén del pueblo y cenamos los tres en la galería con vista al mar. Diego se durmió temprano, agotado por el viaje, y mi tía se quedó conmigo afuera tomando vino tinto en vasos de plástico, hablando de cosas que no importaban. Tenía una manera de cruzar las piernas en el banco de madera que me obligaba a mirar el horizonte para no quedarme mirándola a ella.

Esa noche dormí mal. Me masturbé pensando en cómo le quedaría puesto el bikini que había visto colgado en su maleta. Imaginé sus pechos, sus caderas anchas, la sombra entre sus muslos. Llevaba haciéndolo desde la adolescencia, pero el hecho de tenerla durmiendo a tres metros de mi puerta lo volvía insoportable.

***

Al día siguiente, a media mañana, bajamos los tres a la playa. Mi tía salió del vestidor con un bikini azul cobalto y yo tuve que disimular tragando agua de la botella. La tela apenas le contenía los pechos. La parte de abajo era una tanga estrecha que dejaba todo el costado de las caderas al descubierto.

Diego ni siquiera levantó la vista del celular. Yo llevé la sombrilla y las toallas detrás de ella, mirando cómo cada hombre que cruzábamos giraba la cabeza al pasar. A mi tía le gustaba. Lo notabas en cómo caminaba, en cómo se acomodaba un mechón detrás de la oreja cuando sentía la mirada ajena.

Estuvimos en el agua un rato. Diego se cansó pronto y se fue a tirarse bajo la sombrilla con auriculares. Yo me quedé flotando cerca de mi tía mientras ella se dejaba mecer por las olas, los ojos cerrados, el pelo mojado pegado al cuello.

—Hace años que no me sentía así de bien —me dijo sin abrir los ojos.

—Te lo mereces.

Sonrió sin contestar. Una ola le levantó el pecho del bikini un segundo y volvió a caer en su sitio. Crucé los brazos sobre el flotador y disimulé como pude lo que se me había puesto debajo del traje de baño.

Esa noche volví a masturbarme con la imagen del bikini azul subiéndose con cada ola.

***

La tercera tarde fui a comprar un helado al chiringuito de la punta. Caminé descalzo por la orilla, esquivando algas y conchillas, y cuando llegué a la barra los vi.

Mi tía estaba sentada en un banco alto, con los codos sobre la madera, riéndose con un tipo al que yo no había visto nunca. Tendría unos cuarenta, espalda ancha, la piel quemada de quien vive ahí todo el año. Le hablaba al oído y le rozaba el brazo cuando contaba algo. Mi tía no apartaba el brazo.

Pedí mi helado y me quedé en el otro extremo, fingiendo mirar el menú. El tipo se llamaba Néstor, lo escuché cuando ella lo dijo. Le acariciaba la mano sobre la barra, despacio, como si estuviera midiendo cuánto cedía.

Volví al agua. Cuando salí, mi tía ya no estaba en el chiringuito. Le pregunté a Diego.

—Se volvió a la casa. Le dio dolor de cabeza.

—Voy a ver cómo está.

—¿Te espero o te vas?

—Vuelve tú.

Caminé por el sendero de tierra mordiéndome la lengua para no decir nada en voz alta. Quería convencerme de que estaba sacando conclusiones precipitadas, pero algo en cómo Néstor le hablaba me decía que no.

Llegué a la casa por la puerta de atrás, sin hacer ruido. Las llaves de mi tía estaban tiradas sobre la mesa de la cocina junto a un vaso de agua a medio terminar. Y había unas zapatillas masculinas en el recibidor que no eran mías ni de Diego.

Avancé descalzo por el pasillo.

***

La puerta del cuarto principal estaba apenas entornada. Lo suficiente para que el aire corriera, no tanto como para cerrar. Me apoyé contra el marco del pasillo y miré.

Mi tía estaba boca arriba en la cama, con la parte de arriba del bikini desatada y caída a un costado. Néstor le sostenía un pecho con una mano y se lo lamía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La otra mano se le perdía entre los muslos.

—Así, así, no pares —decía mi tía con la voz quebrada.

Tendría que haberme ido. Lo sabía.

Pero no podía moverme. Llevaba seis años imaginando esa boca abierta y ahora la tenía a tres metros, suspirando por otro.

Néstor le bajó la tanga sin desatarla, tirándole por el costado del muslo. Mi tía levantó la cadera para ayudarlo. Tenía el pubis depilado y una marca de bronceado clarísima dibujándole el contorno del bikini. Néstor se inclinó y le pasó la lengua de abajo hacia arriba con calma, una sola vez.

Mi tía soltó un gemido que le salió desde el estómago.

—Néstor, por favor.

—¿Por favor qué? —dijo él levantando la cabeza.

—Dame lo otro. Ya.

Él se sentó sobre los talones y se bajó el short. Era grande. No descomunal, pero grande. Mi tía se incorporó sobre los codos y estiró la mano hacia su verga sin pedir permiso.

—Quiero probarla primero —dijo, y se la llevó a la boca.

Yo había pensado en mi tía haciendo eso muchas veces, pero verla de verdad fue otra cosa. Se la metía hasta la mitad y la sacaba despacio, con los ojos cerrados, como si estuviera concentrada en grabarse el sabor. Néstor le sostenía el pelo con una mano para no perderse la imagen.

—Date la vuelta —le dijo después de un rato—. Quiero verte de espaldas.

Mi tía obedeció. Apoyó las rodillas en el colchón y arqueó la espalda. Néstor le acarició las nalgas con las dos manos antes de poner la verga contra ella y empujar. Mi tía gimió fuerte, sin reservarse.

—Carajo, qué bien la metes.

—Aguanta, recién empiezo.

Empezó a moverse, primero despacio, después más rápido. La cama crujía contra la pared. Mi tía agarraba la sábana con los puños cerrados y le pedía que no se detuviera, mezclando el nombre de él con palabras que yo nunca le había oído decir. En un momento giró la cabeza hacia la puerta y por un segundo creí que me había visto. No me había visto. Tenía los ojos vidriosos, en otra parte.

—Dime que eres mía —le pedía Néstor.

—Soy tuya, soy lo que quieras, pero no pares.

Yo estaba duro contra la madera del marco. Tenía la mano metida en el bermudas sin darme cuenta de cuándo había empezado.

Mi tía acabó primero. Lo hizo gritando, mordiéndose el antebrazo para no gritar más fuerte. Néstor aguantó dos o tres embestidas más y le sacó la verga justo a tiempo para acabar sobre la espalda baja, sobre las nalgas, sobre la curva de la cadera.

Quedaron quietos un minuto entero, respirando como si hubieran corrido kilómetros.

Yo retrocedí por el pasillo en puntas de pie, me metí en mi cuarto y cerré la puerta sin hacer ruido. Me quedé sentado en el borde de la cama, escuchando.

***

Néstor se fue media hora después. Lo escuché despedirse en voz baja en el pasillo, escuché la puerta de calle cerrarse, el motor de un auto alejándose. Esperé un minuto más y crucé hacia el cuarto principal sin pensar lo que iba a hacer.

Mi tía estaba de costado, todavía desnuda, con una sábana liviana cubriéndola hasta la cintura. Tenía los ojos cerrados pero no estaba dormida. Lo supe porque cuando entré, su mano subió a buscar la sábana sobre el pecho.

—Diego volvió antes —dije.

Abrió los ojos.

—¿Qué?

—No vino. Vine yo. Y vi.

Se sentó en la cama tan rápido que la sábana se le cayó hasta la cintura. Intentó cubrirse con un cojín pero ya era tarde. Me miró sin decir nada, midiendo qué le iba a costar mi silencio.

—No le voy a decir nada a tu novio —le dije—. Pero no voy a quedarme afuera.

Tragó saliva. Bajó la vista a mis bermudas y entendió.

—Sobrino…

—Tía.

Hubo un silencio largo. El reloj del comedor sonó dos veces.

—Cierra la puerta.

La cerré. Me senté en el borde de la cama, despacio, como si me costara. Mi tía estiró la mano y me bajó los bermudas sin levantarse del todo. Tenía la cara enrojecida, no de vergüenza, de algo más.

—Ven acá.

Me incliné y la besé por primera vez en mi vida. Sabía a sal, a vino tinto, a otro. No me importó. Me devolvió el beso con la lengua entera, sin cuidarse, como si llevara el mismo tiempo esperándolo que yo.

Me la chupó arrodillada en el colchón, con las dos manos, igual que se la había chupado a Néstor pero mirándome a los ojos, sin cerrarlos ni un segundo. No duré mucho de esa manera. La hice levantarse antes de que fuera tarde.

—Date la vuelta como hace un rato.

Sonrió de costado.

—¿Me estabas mirando todo el tiempo?

—Date la vuelta.

Se dio la vuelta. Apoyó las rodillas en el colchón y arqueó la espalda como hacía un rato para él. Le agarré las caderas y entré despacio. Estaba tan mojada que no costó nada. Mi tía soltó un gemido distinto al de antes, más grave, más mío.

—Carajo, sobrino, qué bien la tienes.

—Me la imaginé así mil veces.

—Lo sabía.

Le aguanté lo que pude. Cuando sentí que no daba más le saqué la verga, la di vuelta y me corrí en su boca. Tragó sin pestañear, mirándome, igual que había mirado a Néstor.

***

Diego volvió media hora después, contento porque había conocido a unas chicas en la playa que lo habían invitado a cenar al día siguiente. Mi tía estaba duchada, con el pelo mojado y un vestido suelto, preparando café en la cocina como si hubiera estado durmiendo la siesta. Yo estaba en el sillón con un libro abierto sobre las piernas que ni siquiera había empezado a leer.

—¿Cómo sigues? —le preguntó Diego.

—Mejor, gracias. Una siestita y como nueva.

Me miró sobre el hombro de su hijo y me sonrió con la boca cerrada.

Las cuatro noches que quedaban de vacaciones, esperé a que Diego se durmiera y crucé el pasillo descalzo. Mi tía me esperaba con la puerta entornada, la misma puerta entornada por donde la había visto la primera vez. La cogimos en todas las posiciones que yo había imaginado en seis años y en algunas que ella me enseñó.

Néstor no volvió a aparecer. Mi tía me dijo, la última noche, que tampoco lo necesitaba.

Yo le creí.

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Comentarios (5)

Alex1706

buenisimo!!! que forma de crear tension desde el primer parrafo, me engancho de verdad

NocheSola_87

Por favor que haya segunda parte, no puede terminar ahi jaja

LectoR_casual

Me gusto como esta narrado, tiene suspenso y se siente creible. Muy bien escrito.

EstNocturno

De los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo, tremendo

Tomas_84

la entrada es perfecta, te atrapa desde el primer momento

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