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Relatos Ardientes

Mi hermano llegó sin avisar y nada volvió a ser igual

Carolina y yo llevábamos dos años en una dinámica que ningún manual de pareja contempla. La descubrimos casi por accidente, una madrugada de verano que todavía recordamos con cariño, y desde entonces no dejamos de explorar. Los encuentros con mi hermano Esteban se habían vuelto frecuentes, casi una rutina: cada quince días, o lo veíamos a él, o a Rodrigo, mi compadre de toda la vida.

Lo que voy a contar pasó un viernes cualquiera, sin plan previo, sin mensajes de antemano. Mi hermano apareció en la puerta a las nueve de la noche con cara de perro mojado y una botella de vino bajo el brazo.

—Pasaba por acá —dijo, encogiéndose de hombros.

No le creí ni una sílaba. Esteban vive a treinta minutos en auto, en otro barrio. Después supimos que había discutido con su mujer y no quería volver temprano. Tampoco preguntamos. Lo hicimos pasar, descorchamos la botella y, después de la segunda copa, Carolina ya tenía esa mirada que conozco demasiado bien.

Habíamos cambiado la decoración del cuarto unos meses atrás. Dos espejos: uno vertical en la puerta del placar, otro horizontal sobre la pared lateral, justo a la altura de la cama. La idea había sido nuestra, mía y de Carolina, y al principio era solo un juego entre los dos. Pero esa noche Esteban iba a estrenarlos.

—Se la bañaron —murmuró cuando entró al cuarto y vio el reflejo doble.

Carolina no le dio tiempo a más. Se arrodilló frente a él, le bajó el pantalón con calma y empezó a chupársela mirándome. Era su forma de incluirme desde el primer minuto: sabía que verla así me dejaba sin aire. Yo me senté en el sillón del rincón, me bajé el cierre y me toqué despacio, sin apuro, mientras la veía abrir la boca y tragárselo entero hasta la base.

Después de un rato, ella se acostó de espaldas en la cama y Esteban se acomodó encima. La penetró sin preámbulos, con una urgencia que solo había visto la primera vez que estuvimos juntos los tres. Yo me bajé del sillón y me acerqué por los pies de la cama, con las rodillas apoyadas en el colchón, hasta tener su entrepierna a la altura de mi cara.

Las pelotas de mi hermano me rozaban la frente cada vez que empujaba. Era una sensación que nunca había experimentado. La respiración se me aceleró y empecé a besar lo poco que quedaba expuesto del sexo de Carolina, lo que la verga de Esteban no estaba ocupando. Sin pensarlo, mi mano libre subió hacia las nalgas de mi hermano y empezó a acariciarlas.

¿Qué estoy haciendo?

Pero no me detuve. Noté que cuando él casi sacaba la verga, dejaba las nalgas paradas y separadas, ofrecidas. Como si esperara la mano. Como si supiera lo que iba a venir antes que yo.

Mojé el dedo medio con mi propio líquido y se lo pasé despacio por el ano. Ningún gesto de rechazo. Al contrario: alargó el momento, se quedó dentro de Carolina sin moverse, esperando. Empujé un poco. Entró el primer tramo del dedo y mi hermano apretó, no para echarme, sino para sentirlo mejor.

Carolina empezó a gemir alto. Iba a terminar. Esteban aceleró, juntó la pelvis con la de ella y descargó todo adentro mientras yo seguía con el dedo metido. Lo apretaba como si quisiera arrancármelo.

***

Cuando él se retiró, me sonrió con una picardía que no le conocía.

—Vení —me dijo Carolina, y me pidió que la lamiera.

Me acomodé sobre ella en sesenta y nueve, yo arriba, ella debajo. Apenas empecé a saborearla, sentí las manos de Esteban en mis nalgas. Hizo lo mismo que yo le había hecho a él: me acarició despacio, separó, me mojó el ano con saliva. Y entonces noté otra mano, la de Carolina, que después de masajearme las pelotas se sumó a la de mi hermano.

Era la primera vez que dos personas me tocaban ahí al mismo tiempo. Yo había probado a solas alguna vez, con una vergüenza enorme, y siempre terminaba antes de tiempo. Esa noche pasó lo mismo: un dedo de Esteban entró, no más allá de la primera falange, y yo exploté en la boca de mi esposa sin haberme tocado.

Cuando recuperamos el aliento, Carolina se rió bajito.

—Qué calladitos se lo tenían —dijo—. Lo vi todo por el espejo.

Esteban la miró de costado.

—¿A vos te cogieron alguna vez por ahí? —preguntó, señalándole las nalgas.

—Nunca —contestó ella, y giró hacia mí—. Lo intentamos hace mil, pero me dolió y lo dejamos.

—Yo les enseño —dijo mi hermano—. Les va a gustar.

Le pregunté si a él alguna vez. Se quedó pensando, se sirvió otro trago y empezó a contar. Hubo un año, en la facultad, que compartió departamento con nuestro primo Mateo en Rosario. Mateo estaba en el último año de la secundaria, él en segundo de Ingeniería. Un departamentito chico, dos camas. Después la familia de Mateo se mudó a Mendoza y no se volvieron a ver tanto.

—En ese año —dijo Esteban, sin levantar la vista del vaso— pasó de todo. Él me cogía y yo a él. Aprendí cosas que no sabía que existían.

Carolina abrió grande los ojos. Yo también. Mi hermano mayor, el que nunca contaba nada de su vida íntima, acababa de soltar una bomba sin pedir permiso.

***

La excitación nos volvió rápido, empujada por el alcohol y por la confesión. Carolina se puso de pie entre los dos, que estábamos sentados al borde de la cama, y empezamos a besarla y acariciarla a cuatro manos. Las palmas se nos iban a las nalgas casi sin querer.

—Me gustaría conocer a Mateo —dijo Carolina, en broma—. ¿Qué tal la tiene?

Esteban le mordió una nalga.

—Olvidate. A vos no te compartimos. ¿Verdad que no? —me preguntó, mirándome.

No le contesté. Le tenía la vista clavada en lo que estaba haciendo. Le había abierto las nalgas a Carolina con los pulgares y le estaba ensalivando el ano con paciencia, con dedicación de alumno aplicado. Le pidió que se acostara de costado y que doblara las rodillas para dejar el acceso libre.

Le metió un dedo. Después dos. Después tres. Carolina respiraba entrecortado, mitad nervios, mitad ganas. Él la miraba con la concentración de un cirujano.

—Empinate —le dijo.

Carolina obedeció. Se puso en cuatro y sus nalgas quedaron expuestas, abiertas, ofreciéndose al espejo lateral que le devolvía la imagen completa. Esteban siguió preparándola y yo me sumé. Le metimos los dedos al mismo tiempo, alternando, sin dejar de mojarlos. Las dos vergas, la de él y la mía, ya estaban duras otra vez y soltando líquido. Lo usamos para lubricarla.

Yo nunca había imaginado estar con mi hermano ensanchando el culo de mi mujer. Y, sin embargo, ahí estaba. Y no me parecía raro. Me parecía la consecuencia natural de algo que llevaba meses construyéndose.

Comparé las dos vergas con disimulo. La de Esteban era más gruesa que la mía, sensiblemente. Si entraba primero él, Carolina iba a sufrir. Tomé el sexo de mi hermano con la mano, lo froté contra el ano de mi esposa para mojarlo bien, y después me lubriqué yo. Esteban entendió sin que se lo dijera y se hizo a un lado.

—Dale vos primero —murmuró—. Después yo.

Me acomodé detrás de Carolina. Pasé la cabeza por el surco de las nalgas un par de veces para repartir el lubricante, apoyé la punta y empujé despacio.

—Suave —decía Esteban a mi lado, masturbándose lento—. Ahí, parate un momento.

La cabeza entró. Sentí el calor, el cierre, la presión. Carolina aguantó la respiración. Esperé. Después seguí, milímetro a milímetro, retrocediendo y avanzando un poco más cada vez. Carolina dejó escapar una queja corta y me detuve. Le acaricié la espalda. Le pregunté si quería que parara. Negó con la cabeza y empujó hacia atrás, ella misma.

Avancé hasta enterrársela entera. Me quedé adentro un segundo, escuchando su respiración, y después empecé a moverme. Despacio al principio, más rápido después. Mi hermano me acariciaba las nalgas a mí mientras con la otra mano le frotaba el clítoris a Carolina. Era una coreografía improvisada y, sin embargo, perfecta. Aceleré. Me clavé hasta el fondo, le tomé las caderas con las dos manos y descargué adentro con un gemido largo.

***

Mi hermano tomó mi lugar casi sin esperar. La penetró de un solo movimiento y Carolina dejó escapar un grito, mitad dolor, mitad sorpresa. Su verga gruesa había desaparecido entera. La sacó casi del todo, dejándole el ano abierto, con restos de mi semen, y se la volvió a meter completa antes de que se cerrara. Repitió el movimiento varias veces, hipnotizado.

—Mirá esto —decía—. Mirá cómo se le abre.

Yo me acerqué a la cara de Carolina y la besé. Le señalé el espejo lateral para que se viera. Tenía las mejillas rojas, los ojos brillantes. Le acaricié el sexo, le froté el clítoris, pero no terminaba así. Me deslicé debajo de ella, mi cara contra su entrepierna, y empecé a chuparla mientras veía a centímetros la verga de Esteban entrando y saliendo.

Carolina empujó hacia atrás para sentirlo más adentro y, con mi boca trabajándola arriba, terminó gritando. Esteban descargó al mismo tiempo, dentro de ella, y se desplomó de costado en la cama.

***

Descansamos los tres recostados, sudando, sin hablar. Carolina rompió el silencio.

—Quiero verlos a ustedes dos.

Esteban y yo nos miramos. Ya estábamos los dos un poco tomados, había pasado mucho desde la primera copa. Sonreí, encogí los hombros y me acerqué a él. Mi hermano, tal vez por ser seis años mayor, asumió el papel: me apoyó las manos en los hombros y empujó hacia abajo.

Sabía lo que quería. Me arrodillé frente a él. Tenía la verga que tantas veces había visto entrar en mi esposa, y ahora la tenía a la altura de la boca. La toqué con la mano, la acerqué a los labios y la besé. Me metí la cabeza primero. Vista desde abajo, parecía más grande todavía.

Empecé a chupársela despacio, después con más confianza. La sentí llegar al fondo de la garganta. Mi hermano me sostenía la cabeza con las dos manos, sin forzar, marcando un ritmo. La saqué un momento para respirar, la miré con detenimiento —era idéntica a la mía pero más gruesa— y volví a metérmela.

Carolina se arrodilló a mi lado y me besó la mejilla, después los labios. Aprovechaba para besar también las piernas y el vientre de Esteban. Cuando saqué la verga para descansar la mandíbula, ella la siguió chupando un rato. Mi hermano nos guiaba, alternando entre las dos bocas, y al final descargó casi sin avisar. Una parte cayó en mis labios, otra en los de Carolina. Le exprimimos la verga entre los dos hasta no dejarle nada.

Carolina y yo nos besamos, intercambiando lo que tenía cada uno en la boca. Después nos pusimos los tres de pie y los tres nos besamos. Era la primera vez que yo besaba a otro hombre en los labios. Sentía el sabor amargo, el calor del cuerpo de Esteban contra el mío, las manos de Carolina recorriéndonos a los dos.

—Falto yo —dije, y los dos se rieron.

Me tiré de espaldas en la cama y se acomodaron, uno a cada lado. Empezaron a recorrerme la verga con los labios, desde la base hasta la punta, y arriba se encontraban y se besaban. Mientras tanto, Carolina masturbaba a Esteban con la mano libre y él le metía los dedos a ella. Mi hermano me chupó tan bien que estuve a punto de terminar dos veces, y tuvo que soltarme y dejarle el lugar a Carolina para no pasarme antes de tiempo.

Cuando finalmente exploté, fue en la boca de Esteban. Y se la tragó toda.

***

Esa madrugada nos quedamos los tres apretados en la cama, con la luz del extractor del baño filtrándose por la puerta entreabierta. Antes de que Esteban se durmiera, le hicimos prometer una cosa: la próxima vez, Carolina nos iba a ver hacer un sesenta y nueve, y tal vez algo más. Y a cambio ella aceptaría el sándwich, las dos vergas al mismo tiempo, una arriba y otra abajo. Lo más difícil —perforarle el culo por primera vez— ya estaba hecho. Faltaba solo lo otro.

En las semanas siguientes, mientras esperábamos la siguiente visita, le di muchas veces a Carolina por ese agujero que le habíamos abierto entre los dos. Le gustaba. Una noche le pregunté, casi como un juego, en qué verga pensaba cuando se tocaba sola. Lo pensó un segundo y dijo:

—La de Rodrigo.

—¿Por qué?

—Por morena, gruesa, con la cabeza grande. Tal vez porque me la metió menos veces y la tengo más fresca en la cabeza.

—¿Te la aguantarías ahí atrás?

Se rió.

—Después de las dos de ustedes, aguanto cualquiera.

Apagué la luz pensando que ya no había forma de dar marcha atrás, y que tampoco quería darla.

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Comentarios (5)

Bailarina88

Que arranque!!!! me atrapo desde la primera linea

RenatoFdz

Buenisimo, se hizo cortisimo. Necesito la segunda parte ya

NocturnaR

Leerlo de noche fue una idea muy buena jajaja. Me gusto como describis la tension, muy bien escrito

Tomi_87

Tremendo giro, no me lo esperaba. Me recordo un poco a una situacion que yo vivi hace años aunque obviamente muy distinta jajaja

Fabian_77

increible!!!

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