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Relatos Ardientes

Salí del coma gracias a las manos de mi madre

Me llamo Mateo y, hasta los veinticuatro, mi vida giraba alrededor de dos cosas: la moto y mi madre. Corría categorías de competición desde los diecisiete y, en octubre del año pasado, durante una sesión de entrenamientos en el circuito de Estoril, perdí la rueda delantera en la curva del Tobogán y golpeé de cabeza contra una valla de protección. El casco no me salvó del derrame cerebral. Ingresé en coma profundo y mi familia preparó lo peor.

Vivíamos los tres juntos en casa de mis abuelos: ellos, mi madre y yo. Ella se había divorciado de mi padre cuando yo tenía cuatro años y nunca volvió a salir con nadie. A sus cuarenta y seis seguía conservando una belleza discreta, sin maquillarse apenas, con ese aire de mujer que siempre fue cariñosa antes que vanidosa. Mis abuelos siempre dijeron que yo era el calco vivo de mi abuelo: alto, ancho de hombros y, según ellos repetían entre risas, generosamente armado. Eso último me lo confirmaban las chicas que pasaron por mi cama desde los dieciocho: ninguna se había tragado entera mi polla sin arcadas, y más de una había abierto los ojos de par en par la primera vez que se la metían.

El primer mes en el hospital lo pasé entre la vida y la muerte. Cuando la gravedad cedió, seguía sin recuperar la conciencia. Después llegaron los primeros despertares confusos, sin recuerdos, sin nombres, sin nada. Cuando abría los ojos veía a una señora que me hablaba con una ternura desbordada, que lloraba y me acariciaba la cara, y a una pareja de ancianos a su lado. No los reconocía. No reconocía nada.

De entre todo el personal del hospital, había una enfermera rubia que me trataba como si yo fuese su único paciente. Se llamaba Daniela y dedicaba más tiempo a mi aseo del que era razonable. Cada vez que pasaba la esponja por mi sexo lo hacía con una lentitud distinta, como si esa parte del cuerpo tuviera un protocolo aparte. Envolvía mi polla flácida con la esponja, apretaba muy suave, la deslizaba desde la base hasta el glande y volvía a bajar, arrastrando el agua tibia por los huevos. Cada pasada era una caricia disfrazada de higiene. Yo lo sentía todo lejos, amortiguado, pero algo en mí registraba aquellas manos.

Una noche, Daniela convenció a la señora que vivía pegada a mi cama de que se fuera a casa a descansar. Le dijo que ella se quedaba, que no había problema. Esa misma madrugada entreabrí los ojos y la encontré sentada al borde del colchón, con una mano debajo de mi sábana. Me había sacado la polla del pijama y me la trabajaba con paciencia, cerrando los dedos alrededor del tronco, subiendo y bajando la piel con un ritmo lento y obsceno. Con la otra mano se había desabrochado el uniforme y se había sacado una teta, blanca, redonda, con un pezón oscuro y erecto que se pellizcaba entre el pulgar y el índice. Después bajó esa misma mano y la hundió entre sus muslos, apartando la ropa interior, frotándose el coño mientras seguía masturbándome a mí. Escuchaba su respiración, cada vez más ronca, y el chapoteo húmedo de sus dedos entre las piernas. Yo no sentía deseo todavía, pero las caricias me llegaban tibias, agradables.

Volvió la noche siguiente. Y la siguiente. Empezó a explorarme con la boca. La primera vez que me lamió pasó la lengua plana por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, y se detuvo en el glande a chuparlo como si fuera un caramelo. Después abrió los labios y se metió toda mi polla en la boca, hasta que sentí la garganta cerrándose alrededor. Chupaba con hambre, salivando, sacándola con un hilo espeso colgando de la comisura. Algo en mi cabeza explotó en pequeñas chispas; sentí descargas que recorrían mi columna y, sin darme cuenta, mi cuerpo respondió por primera vez desde el accidente. La polla se me puso dura entre sus labios. Daniela levantó la cabeza, con el mentón brillante de saliva, y me sonrió al ver lo que estaba pasando. Yo cerré los ojos para que siguiera.

—Por fin —la oí susurrar.

Se quitó la ropa interior de un tirón, se subió a la cama y se sentó a horcajadas sobre mí. Me cogió la polla con una mano, se separó los labios del coño con la otra y se me clavó encima con un cuidado quirúrgico. La sentí calentísima, apretada, empapada. Se mordía los labios para no gritar mientras se hundía centímetro a centímetro. Cuando me tuvo dentro hasta el fondo, empezó a mecerse: subía y bajaba despacio, después más rápido, con los muslos temblando y las tetas rebotándole delante de mi cara. Se apretaba el coño con dos dedos mientras se follaba mi polla, marcando un ritmo cada vez más brutal, hasta que se le escapó un jadeo largo y sentí cómo se contraía alrededor de mí. Yo me corrí también, disparando dentro de ella en oleadas, y sentí algo que no sabía nombrar: como si una válvula se hubiera abierto en algún rincón profundo del cerebro. Daniela se levantó con mi semen escurriéndole por el interior del muslo, se limpió con una gasa, se vistió a toda velocidad y salió de la habitación sin mirarme.

***

No volví a verla. Después supe por qué. La habían descubierto otra noche, con otro paciente, masturbándolo. La expulsaron sin contemplaciones.

A partir de ahí algo había cambiado en mí. Empecé a despertarme con erecciones que dolían, tan rígidas que no podía pensar. La polla se me levantaba sola, empujando la sábana, y palpitaba con cada latido. La señora que se quedaba conmigo —una mujer agradable que insistía con paciencia infinita en que ella era mi madre— pasó a quedarse todas las noches. Me hablaba bajito, me acariciaba la frente, me contaba historias que yo no entendía. Me decía «Mateo, soy tu mamá», y yo no recordaba qué significaba esa palabra.

Una madrugada me desperté con el sexo dolorido y lancé un gemido. Ella encendió la lámpara, vio el bulto bajo la sábana y se llevó las manos a la boca.

—Dios mío, ¿te duele, cariño?

Asentí con la cabeza. Era todo lo que mi cuerpo conseguía coordinar. Ella vaciló, alargó la mano, me tocó por encima del pijama y la retiró asustada. Yo gemí otra vez, suplicando con los ojos. Algo le hizo decidirse: fue al baño, regresó con una toalla, me destapó y, al ver mi polla dura y goteando líquido preseminal por la punta, se le escapó un pequeño «Ay». La cogió con la mano derecha, cerró los dedos alrededor y empezó a moverla arriba y abajo, igual que había hecho Daniela las primeras veces. Al principio con torpeza, deteniéndose en el glande, apretando de más y luego de menos. Después encontró el ritmo. La piel subía y bajaba bajo su puño, y yo empezaba a jadear por la nariz. Con el pulgar me extendió la humedad de la punta por toda la cabeza, deslizándose entonces más fácil. Su respiración se aceleró al mismo tiempo que la mía. Cuando me corrí, salpicándole el dorso de la mano y la muñeca, ella se quedó mirándose los dedos manchados con una expresión que no supe leer. Me besó la frente y me dijo, con la voz quebrada:

—Duerme, mi amor. Mamá siempre va a estar contigo.

***

Los médicos decidieron continuar la rehabilitación en casa. Habilitaron una habitación en la planta baja, cerca de la cocina, y mi madre se trasladó conmigo. Dormía en una cama supletoria pegada a la mía. Mis abuelos rondaban por la casa, esperanzados por cualquier mejora.

La segunda noche en casa volví a despertar con una erección. Esta vez ella ni se cuestionó nada: me cogió con una mano y empezó a moverla con paciencia. Pero noté algo nuevo: su otra mano estaba metida entre sus piernas, escondida bajo el camisón. Se movían a la vez, las dos, en el mismo ritmo. Escuchaba el chasquido húmedo de sus dedos hundiéndose en su propio coño, y su respiración que se cortaba cada vez que se rozaba el clítoris. La mano que envolvía mi polla apretaba más fuerte a cada pasada, y bajaba a masajearme los huevos, apretándolos con delicadeza antes de volver a subir. Cuando terminé sobre la toalla, disparando cuatro, cinco chorros espesos que le mancharon los dedos y el antebrazo, ella dejó caer la cabeza sobre mi pecho y soltó un gemido pequeño, ahogado, mirando lo que tenía en la mano. Se llevó un dedo a la boca, casi sin darse cuenta, y lo chupó despacio.

Yo seguía sin hablar, pero algo dentro de mí estaba reconectando. Empezaba a coordinar movimientos, a anticipar reacciones. Mi cuerpo se levantaba con solo verla cruzar la habitación. Por las tardes, mientras ella leía sentada en el sillón junto a la cama, yo aprendí a observarla. Una tarde la vi abrirse el batín y dejar que una de sus manos subiera muy lentamente por el muslo. Los dedos llegaron hasta la ropa interior, la apartaron un segundo y volvieron a taparla, como si se hubiese asustado de sí misma. No sabía si quería que yo lo viera o no. Probablemente las dos cosas.

Esa misma tarde levanté la sábana sin querer, y ella alzó la mirada del libro, vio la carpa y se quedó muy quieta. Cerró el libro despacio, me destapó, acarició la punta con los dedos y dudó. Yo le sostuve la mirada. Por primera vez no había dudas en la mía.

Se desnudó sin decir nada. Lo hizo con la dignidad de quien ya no quiere mentirse. Tenía pechos firmes, redondos, con pezones que se le habían endurecido antes de quitarse el sujetador, y un coño casi lampiño, con los labios ligeramente hinchados y brillantes. Se subió a la cama, se agachó primero y me metió la polla en la boca. Sentí cómo su lengua recorría toda la longitud, cómo me chupaba la punta con succiones lentas, cómo se atragantaba un poco al intentar tragársela entera. La sacaba con un hilo de saliva, me lamía los huevos uno por uno, se los metía en la boca. Después subió, se colocó a horcajadas y, despacio, me condujo dentro de ella. Bajaba un poquito, paraba, volvía a bajar, mordiéndose el labio inferior. Cuando me sentó del todo y sintió mi polla golpeándole el fondo, se quedó inmóvil unos segundos, con los ojos cerrados, como si necesitara perdonarse.

Yo no podía moverme apenas, pero conseguí levantar las manos hasta sus pechos. Se los apreté, le rodé los pezones entre los dedos. Eso pareció romperle algo dentro. Abrió los ojos como platos, sonrió con una mezcla de sorpresa y de alivio, y empezó a moverse encima de mí con un ritmo cada vez más sostenido. Se aplastaba contra mi pelvis y subía casi hasta sacármela entera, para volver a hundírsela de golpe. Le veía las tetas botar delante, los muslos tensos, el vientre contraerse. Su coño estaba tan mojado que cada bajada hacía un ruido obsceno de succión. Empezó a jadear, a llamarme «mi amor» muy bajito. Se llevó una mano al clítoris y se lo frotó en círculos mientras seguía cabalgándome. Los dos terminamos a la vez: sentí cómo se cerraba alrededor de mi polla en espasmos, y yo descargué dentro de ella todo lo que llevaba semanas acumulando. Se desplomó sobre mi pecho, agitada, con la cara mojada, y mi semen empezó a escurrirle entre los muslos hasta manchar la sábana.

—Hijo mío —susurró—. Esto es irracional, es prohibido… pero hoy me has hecho la mujer más feliz del mundo.

Yo la miraba. Algo había vuelto a su sitio en mi cabeza. Mi boca se movió antes de que mi mente lo decidiera.

—Mamá. Tú me has curado.

Ella se apartó de un salto, tapándose con la sábana, los ojos llenos de lágrimas.

—Mateo… ¿Hablaste? ¿Me has llamado mamá?

—Recuerdo, mamá. Recuerdo todo. Como si me hubieran quitado un tapón.

Tardé en explicárselo. Le conté lo de Daniela en el hospital, lo de aquella noche en la que algo despertó por primera vez. Le confesé también que de pequeño la había espiado al salir de la ducha, que muchas noches me había dormido pensando en ella sin atreverme a confesármelo ni a mí mismo. Mientras yo hablaba, ella escuchaba sentada a mi lado, con una mano sobre mi pecho y la otra acariciando lentamente lo que aún seguía vivo entre mis piernas, deslizando el prepucio adelante y atrás con una calma nueva, la calma de quien ya se sabe dueña.

—A esa enfermera la expulsaron del hospital —me dijo en voz baja—. Una compañera la sorprendió en otra habitación. Pero ella te despertó algo, Mateo. Habrá que encontrarla y agradecérselo.

Después se inclinó sobre mí y me besó el pecho. Fue bajando con la boca, despacio, sin prisa. Se demoró en los pezones, los mordisqueó, siguió por el vientre y llegó otra vez a mi polla. La engulló entera, con una devoción que Daniela no había tenido. Chupaba desde la punta hasta la base, masajeándome los huevos con la mano, y de vez en cuando levantaba la mirada para asegurarse de que yo la veía. Me estaba mirando su hijo, y ella se lo estaba tragando, y algo en esa mirada le encendía todavía más.

Le pedí que se girara. Le quité las bragas y me acerqué a ella por primera vez en mi vida con la cabeza, no con el sexo. Le besé los labios de abajo con un cariño nuevo. Le abrí el coño con los pulgares, saqué la lengua y la pasé plana desde abajo hasta el clítoris. Ella se estremeció entera. Le chupé los labios, uno y otro, se los metí en la boca. Le hundí la lengua adentro, la meneé, la saqué para lamerle el capuchón y volver a bajar. Pensar que yo había salido por allí, hacía ya muchos años, me llevaba a una mezcla de vértigo y deseo que no había sentido nunca con ninguna chica. Le chupé el clítoris con succión constante mientras le metía dos dedos y los curvaba buscándole el punto de adentro. Ella se retorció, se mordió el dorso de la mano para no gritar. Cuando se corrió, sentí cómo se apretaba alrededor de mis dedos y cómo un chorro caliente me mojaba el mentón.

Yo me coloqué encima como pude, todavía algo torpe. Ella me guió otra vez, cogiéndome la polla y frotándose la punta contra los labios empapados antes de dejarme entrar. Esta vez todo fue más sereno, más largo, más nuestro. La embestí despacio, saliéndome casi entera para volver a metérsela hasta el fondo, mientras ella me clavaba los talones en el culo y me pedía en susurros que no parara. Le levanté una pierna sobre mi hombro para hundirme más. La follé de lado, la puse a cuatro patas un instante, volví a montarla de frente porque quería verle la cara. Cuando me corrí dentro, en un espasmo largo que me vació entero, perdí el conocimiento un par de segundos por la intensidad. Cuando abrí los ojos, ella me besaba con una ternura que me devolvía a la infancia y a algo nuevo al mismo tiempo, y sentía cómo mi semen se le escapaba del coño y le mojaba los muslos contra los míos.

***

A partir de aquella tarde mi recuperación fue tan rápida que los médicos no se la explicaban. Volví a hablar, a caminar, a comer solo. Mis abuelos, eufóricos, decidieron irse al fin a aquel viaje que llevaban años aplazando. Mi madre y yo nos quedamos solos en la casa.

Dormimos juntos cada noche desde entonces. Nos llamábamos «mi amor» a puerta cerrada y «mamá» y «hijo» en cuanto sonaba el timbre. Yo acompañaba a mis abuelos al supermercado los sábados, ella cocinaba, yo le servía vino, y por la noche cerrábamos la puerta de nuestro cuarto con una llave que nadie cuestionaba. Follábamos en la cocina antes del desayuno, con ella inclinada sobre la encimera y el camisón subido hasta la cintura. La sentaba en mi regazo mientras veíamos la televisión y me la sacaba solo lo justo para metérsela por debajo de la falda. Se me arrodillaba en la ducha y me chupaba la polla hasta que le llenaba la boca de semen que se tragaba entero.

Hasta que una tarde, en plena recuperación, le dije que estaba pensando en volver a la moto.

Se quedó callada toda la cena. Toda la noche. Después de cenar se metió en su habitación de antes, no en la nuestra, y cerró la puerta con pestillo. La llamé desde el pasillo, dos, tres veces. La cuarta me abrió.

—Escúchame bien, Mateo —me dijo, con los ojos rojos pero la voz firme—. Si vuelves a subirte a una moto, dejas de ser mi hijo. Y, lo que es peor para los dos, dejas de ser mi amante. No pienso volver a pasar por lo que pasé. Si quieres seguir conmigo, me juras que las motos se acabaron.

Se lo juré esa misma noche. Y lo he cumplido. La quería —la quiero— demasiado para perderla por una curva. Después del juramento se acostó conmigo y me hizo el amor con una calma de mujer enamorada, no de madre. Me montó despacio, mirándome a los ojos todo el rato, cabalgándome sin prisa hasta que los dos nos corrimos casi en silencio, con las frentes pegadas. Y yo me dormí contra su pecho, con su coño todavía goteándome sobre el muslo, pensando que aquel accidente, en realidad, había sido la mejor cosa que me había pasado en la vida.

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Comentarios(10)

Pablito_83

que relato!!! me quede sin palabras

NorbertoCba

Por favor una segunda parte, quede enganchado desde el primer parrafo

ClaraVientos

Que historia tan intensa, me tuvo con el corazon en la garganta de principio a fin. Muy bien narrado

MarcosT88

El giro que da la historia no me lo esperaba para nada. Muy bien logrado, enhorabuena

DiegoCba23

¿Va a tener continuacion? Espero que si porque quede con muchas ganas de saber como sigue todo

LorenaC_BA

Increible narracion, se siente muy real sin ser exagerado. Sigue subiendo mas!

Wolf1122

genial!!!

Tomasito_R

Me recordo a algo que yo vivi hace años y que no le conte a nadie. Gracias por ponerlo en palabras de esta forma, de verdad

RosaMP

Que manera de escribir, me llego al alma. Esperando el proximo con ansias

Ramiro_cba

se me hizo cortisimo, quiero mas jajaja

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