La tarde que mi hija decidió ocuparse de mí
Cuando Mariana y yo firmamos los papeles del divorcio, lo único que realmente me dolió fue pensar en Aitana. Mi hija y yo habíamos sido cómplices desde que ella tenía edad para caminar: las tardes en la plaza, las películas malas los domingos, los secretos que su madre nunca llegó a sospechar. Cuando le dije que su madre y yo nos separábamos, no lloró. Apretó los labios, asintió y me contestó que sabía desde hacía meses que esto iba a pasar.
Decidió quedarse con Mariana, y me pareció lo más sensato. Yo me mudé a un apartamento pequeño en el centro, con dos ambientes y una ventana que daba a una avenida ruidosa. Pensé que iban a pasar semanas hasta que Aitana viniera a verme; en cambio, apareció el martes siguiente con una caja de cartón llena de cosas para mi cocina: un juego de cuchillos nuevo, dos tazas, un mantel a cuadros que ella misma había elegido.
—No te voy a dejar vivir como un náufrago —me dijo, dejando la caja sobre la mesada—. Voy a venir seguido. Acostumbrate.
Tenía dieciocho años recién cumplidos. La miré poner las cosas en su sitio con un orden meticuloso que me recordaba al de su madre, y pensé por primera vez en mi vida que mi hija ya no era una niña.
Los meses pasaron, y Aitana cumplió su promesa. Venía dos o tres veces por semana, a veces solo a tomar café, otras a quedarse a cenar y dormir en el sofá. Terminó el secundario, hizo un curso de administración y consiguió un puesto en una agencia de viajes a seis cuadras de mi apartamento. A partir de entonces, los almuerzos se volvieron rutina. Tocaba el timbre a la una en punto, con la cartera al hombro y los tacones ya gastados de tanto caminar.
Yo, mientras tanto, intentaba reconstruirme. Salí con una compañera del trabajo, Camila, una mujer divorciada como yo, dos años más joven, que entendía bien lo que era empezar de cero. Le presenté a Aitana una tarde, en una cafetería neutral, pensando que era el modo correcto de hacer las cosas.
Aitana fue cortés. Sonrió en los momentos exactos. Pidió un té, no terminó la mitad. Cuando Camila se levantó para ir al baño, mi hija me miró con esa expresión que yo le conocía desde los ocho años, la que ponía cuando algo no le gustaba pero todavía no había decidido cómo pelearlo.
—No es para vos —me dijo en voz baja.
—Aitana…
—No lo es.
Esa misma semana empezaron las discusiones. Aitana llegaba al apartamento y, en lugar de saludar, preguntaba si había estado con ella. Encontraba excusas para mostrarme defectos de Camila: la forma en que se reía demasiado fuerte, las uñas pintadas de un color que «no le pegaba», un comentario sobre un compañero del trabajo que a mi hija le había parecido «raro».
—No estás viendo lo que yo veo —repetía—. Confiá en mí. Yo te conozco más que vos.
Aguanté tres semanas. Después, una noche, le dije a Camila que no podíamos seguir. Ella no preguntó por qué. Creo que ya lo sospechaba.
***
La verdad es que terminar con Camila no me destrozó. Lo que yo buscaba no era una pareja, no en ese momento. Lo que necesitaba era otra cosa, algo más simple y más sucio, alguien con quien no tener que conversar después.
Y ahí estaba el problema, porque yo no podía pensar con claridad cuando se trataba de mujeres. No desde que Aitana había empezado a vestirse como se vestía ahora. Faldas cortas que le subían cuando se sentaba en mi sofá. Camisas que se abrían un botón de más cuando se inclinaba para servirse vino. Esa colonia dulce, suave, que dejaba en mi almohada cuando dormía en mi cama y yo en el sofá porque alguno de los dos había bebido demasiado.
Lo admito. Una tarde, después de que ella se fuera, me encerré en el baño y me masturbé pensando en mi hija. Lo hice rápido, con vergüenza, y después me lavé las manos como si pudiera quitarme la imagen del cuerpo. Pero la imagen volvía. Volvió la semana siguiente, y la otra. Empecé a esperar el momento en que ella se iba para meterme al baño y dejar salir esa tensión que no sabía dónde más poner.
Necesitaba una amante. Una mujer con la que pudiera apagar todo eso. Una distracción.
Conocí a Lucía en un cumpleaños de un amigo del trabajo. Treinta y dos años, separada, ingeniera. Tenía una risa franca y una manera de mirarme que me hizo pensar que tal vez podía salvarme. Empezamos a vernos los viernes, y por primera vez en meses dormí toda la noche sin soñar con cosas que no debía soñar.
No le dije nada a Aitana. Pensé que esta vez podía manejarlo mejor.
Me equivoqué.
***
Era un domingo a media tarde. Lucía había venido a almorzar. Estábamos los dos parados junto a la ventana, terminando el café, y ella se puso en puntas de pie para darme un beso corto, casi un roce.
La puerta se abrió en ese momento.
Aitana tenía llave del apartamento. Nunca tocaba el timbre.
Entró con una bolsa del supermercado en una mano y se quedó parada en el medio del living, mirándonos. Lucía dio un paso atrás, instintivamente. Yo no me moví.
—Buenas tardes —dijo mi hija, con una voz extraña, demasiado tranquila—. No sabía que tenías compañía.
—Aitana, ella es Lucía.
—Encantada —dijo Lucía, intentando sonreír.
—Yo soy la hija. Vengo a dejar las compras.
Aitana caminó hasta la cocina, dejó la bolsa sobre la mesada con cuidado deliberado y volvió al living. Se paró entre Lucía y yo, miró a la otra mujer y dijo con la misma voz tranquila de antes:
—Mi papá ya tiene una persona que se ocupa de él. No hace falta que vuelvas.
Lucía me miró. Yo no supe qué decir.
Cinco minutos después estábamos solos.
Tomé a mi hija del brazo, no con fuerza pero sí con firmeza, y la llevé hasta el sofá. Le pedí que se sentara. Ella se sentó cruzando las piernas, y la falda se le subió hasta la mitad del muslo. No se la acomodó.
—No podés seguir haciendo esto —le dije—. No tenés derecho.
—¿No tengo derecho a qué?
—A decidir con quién salgo. A meterte en mi vida.
—Me meto en tu vida porque vos no sabés cuidarla solo.
—Aitana, soy un hombre adulto. Tengo necesidades. No podés esperar que viva como un monje porque a vos no te gusta ninguna mujer que conozco.
Hablé sin pensar. Cuando terminé de decirlo, me arrepentí, porque la palabra «necesidades» había salido más cargada de lo que yo quería. Aitana la escuchó y no dijo nada durante un rato largo. Se miró las rodillas. Después levantó la cabeza y me miró con una expresión que no le había visto nunca.
—¿Necesidades? —repitió.
—Sí.
—¿Qué clase de necesidades?
—No me hagas esto.
—Decímelo.
Suspiré. Me pasé la mano por la cara.
—Sexo, Aitana. Necesito tener sexo con alguien. Necesito a una mujer en mi cama. ¿Te alcanza?
No esperaba que sonriera. Pero sonrió. Una sonrisa breve, casi melancólica, como si hubiera estado esperando esa frase durante meses.
—Eso también podemos solucionarlo —dijo.
Tardé en entender lo que había dicho. Cuando lo entendí, la sangre se me fue del cuerpo.
—¿Qué?
Ella se levantó del sofá. Se acercó a mí, se inclinó y me dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. Sentí su perfume, el mismo de siempre, y otra cosa abajo, algo más cálido, más cercano.
—Vení conmigo al baño —dijo.
***
No sé exactamente cuándo decidí seguirla. Sé que mis piernas se movieron antes de que mi cabeza pudiera detenerlas. La puerta del baño se cerró detrás de nosotros y yo me quedé parado contra los azulejos fríos, con la espalda apoyada y las manos temblando.
Aitana se arrodilló frente a mí. No dijo nada. Me miró desde abajo, con los ojos abiertos, esperando que yo dijera que no.
No lo dije.
Sus manos me desabrocharon el cinturón con una calma que no parecía la suya, la de la chica que discutía conmigo por cualquier cosa, la que se irritaba si yo me servía mal el café. Bajó el pantalón hasta mis tobillos. Bajó el bóxer. Yo ya estaba duro, y me dio vergüenza, y la vergüenza me puso más duro todavía.
—Papá —murmuró, mirándome.
—Aitana, esto no…
—Shh.
Sus dedos eran tibios y suaves, como los recordaba de cuando éramos otra cosa, cuando me agarraba la mano cruzando la calle. Me rodeó con la mano cerrada. La sensación me hizo cerrar los ojos. Apoyé la cabeza contra los azulejos.
Después sentí su lengua.
Empezó por la punta, despacio, como probando un sabor que no conocía. Recorrió toda la extensión con la boca abierta, dejándome húmedo y sensible al aire del baño. Pasó la lengua por la base, subió de nuevo. Cada movimiento era preciso, sin apuro, como si lo hubiera ensayado mil veces en su cabeza.
Yo intenté pensar en algo, lo que fuera, una palabra, una imagen, cualquier cosa que me sacara del lugar en el que estaba. No pude.
Cuando se lo metió entero en la boca, gemí. Lo gemí sin querer, demasiado fuerte. Ella siguió, hundiéndome hasta el fondo de la garganta y subiendo otra vez, en un ritmo que parecía estudiado. Sus manos se aferraron a mis muslos. Sentí sus uñas a través de la tela del pantalón caído.
—Mirame —me dijo, soltándome un segundo.
Bajé la vista. Mi hija estaba arrodillada frente a mí, con mi sexo apoyado contra su mejilla, los ojos brillantes.
—Mirame todo el tiempo.
Obedecí.
Volvió a tomarme con la boca y yo la miré como me había pedido. Vi cada movimiento. Vi cómo se hundían sus mejillas cuando aspiraba, cómo cerraba los ojos cuando se acomodaba la respiración. Vi su mano libre subir hasta mi cadera y quedarse ahí, fijándome contra la pared para que no pudiera moverme.
Aguanté lo que pude. Sentí cómo todo se me acumulaba en la base de la espalda, cómo el aire del baño se me hacía espeso. Intenté avisarle. Abrí la boca y no me salió la voz. Aitana levantó la mirada en ese momento, y vi que ya lo sabía. Apretó más. Aceleró.
Terminé en su boca con un temblor que me hizo doblar las rodillas. Ella no se apartó. Me sostuvo hasta el último espasmo, con la boca quieta, recibiendo todo. Después tragó. La vi tragar, despacio, con los ojos cerrados, y pensé que iba a desmayarme contra los azulejos.
Sacó la lengua y se limpió un resto de la comisura del labio con un dedo.
Se puso de pie. Se acomodó el pelo en el espejo, como si nada. Me miró por el reflejo.
—Espero que ahora estés tranquilo —dijo—. Y espero que no la vuelvas a ver.
No le respondí. No pude.
Mi hija salió del baño caminando despacio. Escuché sus pasos en el pasillo, la puerta del apartamento abrirse y cerrarse. La cerradura. El ascensor a la distancia.
Me quedé parado contra los azulejos, con los pantalones todavía en los tobillos y las piernas temblando de una manera que no había temblado nunca.
Afuera, la avenida seguía haciendo el mismo ruido de siempre.