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Relatos Ardientes

Lo que descubrí detrás de la puerta de mis hermanas

Me llamo Marina y soy la quinta de seis hermanos. Acababa de cumplir diecinueve años cuando entendí del todo cómo funcionaba mi casa, aunque la sospecha llevaba meses creciéndome por dentro como una mala hierba que nadie quería arrancar.

Mi padre, Andrés, tenía cincuenta y dos años y había sido oficial del ejército toda su vida. En casa mandaba igual que en un cuartel: con la voz baja, las normas claras y la certeza absoluta de que nadie iba a contradecirle. No hacía falta que gritara. Bastaba con que mirara.

Mi madre, Pilar, vivía para complacerle. Era una mujer hermosa de cincuenta años que había parido seis hijos y que, a esas alturas, no concebía otra forma de existir que no fuera obedecer. Su sumisión no era resignación: era una entrega que parecía darle paz.

El mayor de todos, mi hermano Marcos, tenía veintisiete años y era el reflejo exacto de mi padre. Compartían el mismo modo de hablar, la misma sonrisa torcida cuando algo les divertía a costa de otro. Marcos estaba de acuerdo con cada norma que mi padre dictara, sobre todo con las que repartían poder a su favor.

Mi hermana mayor, Lorena, de veinticinco años, fue la más lista de las seis. Se echó un novio con dinero, se largó a estudiar a Berlín y se quedó a vivir allí antes de que nadie pudiera decirle nada. Siempre fue rebelde. Aprovechó la primera grieta y desapareció.

Después estábamos Carla, de veintitrés, y Daniela, de veintidós. Y por último Aurora, mi hermana pequeña, de dieciocho, con la que compartía cuarto y casi todo lo demás. Nos parecíamos tanto que de niñas la gente nos confundía.

***

La primera vez que sospeché que algo no encajaba fue una noche de invierno. Eran las dos de la madrugada y yo no lograba dormir. Desde el cuarto de mis padres llegaban suspiros, y al principio supuse que mi padre y mi madre estaban follando como de costumbre.

Desperté a Aurora con un dedo en los labios. Bajamos al pasillo descalzas, conteniendo la respiración, y nos asomamos por la rendija de la puerta entreabierta.

No eran dos.

Mi padre estaba de rodillas detrás de mi madre, con las manos hundidas en sus caderas, metiéndosela por el culo con embestidas lentas y profundas que le arrancaban a ella un gemido ronco cada vez que la empalaba hasta el fondo. Marcos, de pie frente a su cara, le tenía la polla enterrada hasta la garganta, agarrándola del pelo, marcándole el ritmo. Mi madre, ensartada por los dos, con la lengua fuera y los ojos idos, chupaba a su hijo mientras su marido le abría el ojete a base de vergazos.

—Trágala entera, Pilar, que para eso me pariste al mayor —le decía mi padre, dándole una nalgada que le dejó la huella de la mano marcada—. Y aprieta ese culo que te lo voy a llenar.

—Mamá, mira cómo me la mamas, joder, qué guarra eres —jadeaba Marcos, follándole la boca con las dos manos sujetándole la cabeza.

Mi madre no protestaba: gemía con la polla dentro, se sacaba la verga de la boca solo para escupirle encima y volvérsela a meter hasta las pelotas, mientras arqueaba la espalda para ofrecerle el culo a mi padre con más ganas. Se corrían dentro de ella los dos casi a la vez, uno por delante y otro por detrás, y ella se dejaba llenar con una sonrisa de placer que no le habíamos visto en la vida.

Aurora me apretó la mano tan fuerte que me hizo daño. Ninguna de las dos dijo nada. Volvimos a nuestro cuarto andando de puntillas, con el corazón golpeándonos las costillas y las bragas empapadas sin habérnoslo confesado todavía.

—¿Tú crees que papá ha estado con Carla y Daniela? —susurré en la oscuridad.

—No lo dudes —me contestó Aurora—. Y pronto nos tocará a nosotras.

Lo dijo sin miedo. Lo dijo casi con curiosidad, y esa noche, abrazadas en la misma cama como tantas otras veces, las dos descubrimos que la imagen no se nos iba de la cabeza por mucho que cerráramos los ojos. Sentí la mano de Aurora buscar la mía por debajo del camisón, y sin decirnos nada nos metimos los dedos hasta corrernos las dos en silencio, mordiéndonos los labios para no despertar a nadie.

***

Llevaba tiempo fijándome en un detalle que entonces cobró sentido. Carla y Daniela cerraban su dormitorio con llave casi cada noche. Yo siempre pensé que era cosa suya, que eran muy cariñosas la una con la otra. Después de lo que había visto, las sospechas tomaron otra forma.

A la mañana siguiente, a esa misma hora imposible, Aurora y yo nos levantamos y encontramos a mi madre durmiendo sola en su cama, con una mancha de semen todavía seca en el interior de los muslos. Ni rastro de mi padre ni de Marcos.

Fuimos hasta el cuarto de Carla y Daniela. Cerrado, como siempre. Pegamos la oreja a la madera y oímos, ahogados, gemidos que no dejaban lugar a dudas: el chapoteo húmedo de una polla entrando y saliendo de un coño empapado, el golpe rítmico de una cadera contra un culo, la voz de una de mis hermanas pidiendo más, más fuerte, más adentro, y la voz grave de Marcos respondiéndole que se la iba a llenar entera.

—Métemela toda, hermano, no seas cabrón —era la voz de Daniela, entrecortada.

—Cállate y abre las piernas, que Carla ya se la ha tragado —contestaba Marcos, y se oía el chasquido de una mano contra una nalga.

La llave puesta por dentro nos impedía ver nada. Estábamos las dos agachadas, inmóviles, cuando una mano se posó en mi hombro y casi grité.

—¿Qué hacéis ahí, mocosas? —era mi madre, en bata, sin saber qué cara poner.

—Tú calla, mamá —le solté—, que tú también lo disfrutas. Anoche te vimos con papá y con Marcos. Te vimos cómo te la mamabas y cómo te dejabas dar por el culo.

La desarmé en una frase. Bajó los ojos, suspiró y nos hizo un gesto para que la siguiéramos.

—Venid a la cocina. Os voy a contar algo.

***

Nos sentamos las tres alrededor de la mesa, todavía a oscuras, y mi madre empezó a hablar despacio, como quien suelta un peso que carga desde hace demasiado.

—Vuestro padre es un buen hombre —dijo—. Lo es, aunque no lo parezca con sus normas. Una noche, hace ya tiempo, me confesó que necesitaba más. Que una sola mujer no le bastaba para lo mucho que le pedía la polla. Me prometió que no lo buscaría fuera de casa, que lo que quería lo tenía aquí dentro. Y yo accedí.

—¿Accediste a qué? —preguntó Aurora, aunque las dos lo sabíamos.

—Primero quiso follarse a Lorena. Ya sabéis cómo es vuestra hermana mayor: dijo que no, y aprovechó para marcharse a Berlín y no volver. Me quedé destrozada. Y le prometí que sus otras hijas, ya mayores, entenderían sus deseos.

Hizo una pausa larga. Le temblaban las manos alrededor de la taza vacía.

—Desde hace cosa de un año, Carla y Daniela se lo folla a diario. Marcos también se las tira, a las dos, a veces juntas. Yo se las preparo, las lavo, les enseño a chupársela como a él le gusta. Sé que no está bien, sé lo que pensáis. Pero os juro que ellas disfrutan más que ninguna otra chica de su edad. Y yo solo os pido una cosa: que no salga de aquí.

—Mamá, eso es incesto —dije, y la palabra sonó dura en la cocina silenciosa—. No se puede hacer.

—Lo sé —contestó—. Por eso os lo pido. Si no queréis, no pasa nada. Vuestras hermanas y yo ya les bastamos para tragarles toda la leche que sueltan.

La miré y vi a una mujer entera entregada a un hombre, sin reservas, con una devoción que me daba rabia y ternura a partes iguales. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Quiero tanto a vuestro padre —murmuró— que sería capaz de cualquier cosa con tal de tenerlo contento. Aunque tenga que abrirle las piernas a mis hijas yo misma.

***

No sé en qué momento la conversación cambió de temperatura. Aurora se levantó y abrazó a mi madre por la espalda, y yo le tomé las manos por encima de la mesa. Nuestros besos empezaron siendo de consuelo, dulces, en la frente y las mejillas.

Pero mi madre estaba rota de emoción, y nosotras llevábamos toda la noche con la piel encendida por lo que habíamos visto. Sin decirlo, las tres lo entendimos a la vez. Aurora le abrió la bata por delante y le dejó las tetas al aire; mi madre no se resistió. Se las cogió con las dos manos, unos pechos grandes, blancos, con los pezones oscuros y ya duros de puro miedo o puro deseo, y se los llevó a la boca uno detrás de otro.

—Ay, hija —jadeó mi madre—, si tú también eres una guarra…

—De tal palo, mamá —le contestó Aurora, mordiéndole el pezón.

La llevamos de la mano hasta su cuarto. La desnudamos despacio, una por cada lado, recorriéndole el cuerpo con los labios como si fuera la primera vez que alguien la trataba con cuidado en lugar de con órdenes. Le besé la boca con lengua, sintiendo el sabor a semen seco que todavía le quedaba de la noche anterior, y me puse cachonda como una perra al pensar que era la corrida de mi padre y de mi hermano lo que estaba probando.

Aurora se le echó encima del coño, le abrió las piernas y le enterró la lengua entre los labios. Mi madre tenía el chumino jugoso, todavía hinchado del uso, y le corría un hilo blanco espeso por la raja. Aurora se lo bebió sin ascos, chupándole el clítoris a lametones largos mientras le metía dos dedos y buscaba ese sitio de dentro que la hacía retorcerse.

—Ay, hijas mías, qué bien lo hacéis, qué lengua tenéis las dos, madre mía —gemía mi madre, con las piernas abiertas de par en par y las manos hundidas en el pelo de Aurora, empujándole la cara contra su coño.

Yo me subí encima de su cara y le ofrecí el mío. Ella no dudó: me agarró de las nalgas, me pegó el coño a la boca y empezó a comérmelo con el hambre de una hija bien enseñada. Su lengua me entraba y me salía, me lamía el ojete y volvía al clítoris, y yo me movía sobre su cara mirando cómo Aurora la devoraba a ella por abajo.

—Sigue, mamá, sigue, no pares —le supliqué, agarrándome al cabecero.

Nos corrimos casi las tres a la vez. Aurora la penetraba con tres dedos y le chupaba el clítoris a golpes rápidos de lengua; mi madre gritaba con la boca pegada a mi coño y yo me deshacía encima de ella empapándole la cara. Cuando llegó al límite, no fue un grito sucio el que se le escapó, sino algo parecido al llanto. Lloraba de felicidad, repetía que nunca había sentido tanto cariño junto al placer, que sus hijas eran mejores amantes que su marido. Nos quedamos las tres dormidas a su lado, enredadas, empapadas, sin habernos dado cuenta de que amanecía.

***

Nos despertó la voz de mi padre. Estaba en el umbral, todavía con el uniforme de la noche, mirando las tres figuras desnudas sobre la cama con una sonrisa de incredulidad y un bulto ya crecido en la bragueta.

—Vaya, vaya. Qué regalo más inesperado para un hombre cansado —dijo, bajándose la cremallera sin dejar de mirarnos.

Mi madre se incorporó sin saber si tapar o disculparse. Yo, que todavía estaba medio dormida y mucho más despierta de lo que aparentaba, decidí seguir el juego a mi manera.

—Estarás agotado, papá —le dije, sin quitarle la vista a la polla que ya se había sacado.

—Ya, hija, pero una despedida de buenas noches no me la quita nadie. Mañana hacemos fiesta como Dios manda.

Llamó a Marcos, que apareció con esa sonrisa de cazador que tan poco me gustaba, y con la verga ya empalmada por debajo del pantalón del pijama. Aurora se ocupó de mi padre y yo de mi hermano. Me arrodillé delante de Marcos, le bajé el pantalón de un tirón y me encontré con una polla gruesa, dura, que le vibraba contra el estómago. La agarré con las dos manos, se la lamí de arriba abajo como si fuera un helado y me la metí en la boca hasta donde pude.

—Joder, Marina, qué lengua tienes… así, hermanita, chúpamela toda —jadeaba él, echando la cabeza hacia atrás.

Y, lo confieso, me hice la torpe a propósito: de vez en cuando le apretaba con los dientes un poco más de la cuenta, solo para verlo perder la compostura. Se la sacaba entera, le escupía en la punta y volvía a tragármela hasta la garganta, pero cada dos por tres le rozaba los cojones con las uñas un pelín demasiado fuerte.

—Cuidado, niña, eso duele —protestaba, con la cara roja.

—Perdona —le decía con cara de no haber roto nunca un plato, con los labios brillantes de saliva—. Tengo que aprender.

A mi lado, Aurora tenía a mi padre tumbado boca arriba y se le montaba encima a horcajadas. Le clavaba la polla en el coño de un golpe y empezaba a cabalgarlo despacio, con las tetas al aire y la cabeza echada hacia atrás.

—Ay, papá, qué gorda la tienes, si me llenas entera —gemía mi hermana pequeña, moviendo el culo en círculos sobre su verga.

—Móntamela bien, Aurora, que ya sabía yo que las pequeñas erais las más golosas —le contestaba mi padre, agarrándola de las caderas y empujándola hacia abajo.

Por dentro me moría de risa al ver al machito de la casa con cara de susto entre mis dientes. Cuando me cansé del jueguecito, le puse empeño de verdad: me tumbé de espaldas al borde de la cama y le dije que me follara la boca a fondo. Marcos no se hizo de rogar. Me metió la polla hasta el fondo de la garganta, con las pelotas golpeándome la nariz, y empezó a embestir a lo bruto hasta que se corrió con un rugido llenándome la boca de una leche caliente y espesa que apenas pude tragar. Me chorreó por la comisura y por el cuello.

A mi padre tampoco le costó demasiado: la idea de tener a sus dos hijas pequeñas lo desbordaba, y se corrió dentro de Aurora con una embestida seca, llenándole el coño hasta que se le salía por los bordes. Aurora se levantó goteando semen entre los muslos, y sin cortarse se la limpió con los dedos y se los chupó uno a uno.

***

El sábado, en el desayuno, con toda la familia alrededor de la mesa, mi padre dejó las normas claras como hacía siempre.

—A ver, hijas. Ya conocéis las reglas de esta casa. Ahora que todas sabéis lo que pasa entre estas paredes, hay una nueva: por casa, nada de ropa de más. Una camisa y poco más. Los coños siempre a la vista y disponibles. Y si os pedimos algo, no quiero ni un reproche. ¿Entendido?

Mis hermanas mayores ya iban vestidas tal como él ordenaba, acostumbradas, con las camisas abiertas y las tetas fuera. Aurora y yo, en cambio, nos miramos, y delante de todos hicimos un pequeño gesto de rebeldía, dejando caer al suelo lo que llevábamos con más mala leche de la necesaria.

—Ese genio se corrige —dijo mi padre sin levantar la voz—. Marcos, vamos a poner orden.

Lo que vino después fue intenso, descarado, y absolutamente entre los dos hombres y nosotras dos. Esta vez me tocó con mi padre. Me agarró del brazo, me tumbó sobre la mesa del comedor apartando los platos de un manotazo, y me abrió las piernas de par en par delante de todo el mundo. Yo fingía resistencia, forcejeaba un poco, pero estaba más encendida que en toda mi vida, y él se dio cuenta enseguida en cuanto le pasó dos dedos por el coño y los sacó chorreando.

—Mira la fierecilla —dijo, casi divertido, mostrándole a mi madre los dedos empapados—. Si está más mojada que un pozo. Si está deseándolo tanto como las demás.

—Cállate y demuéstrame por qué mandas tanto —le contesté, y le borré la sonrisa.

Se sacó la polla, gruesa, dura, con las venas hinchadas, y me la clavó de un solo golpe hasta el fondo. Grité del gusto y del dolor a la vez, porque me la metió entera de la primera embestida, y la sentí golpeándome contra el cuello del útero. Empezó a follarme sobre la mesa con embestidas cortas y brutales, agarrándome de las caderas, mientras mi madre y mis hermanas mayores miraban desde el sofá con las manos entre las piernas.

—Así, papá, más fuerte, rómpeme el coño de una vez —le grité, dejando de fingir del todo—. Que veas que tu hijita también sabe.

—Puta, más que puta, si lo llevas dentro —jadeaba él, dándome bofetadas en las tetas cada vez que me embestía.

Me sacó de la mesa, me puso a cuatro patas en el suelo y volvió a metérmela por detrás. A mi lado, Aurora estaba en la misma postura, con Marcos ensartándola sin piedad. Nos daban la vuelta a la vez, nos cambiaban de agujero como si nos estuvieran comparando. Mi padre me sacó la polla del coño y me apuntó al ojete; me escupió encima y me la metió por el culo despacio pero sin pausa hasta que la tuve entera dentro.

—Aguántala, hija, que este culo también va a aprender —me dijo pegado a mi oreja.

Lo cabalgué con el descaro de quien ya no tiene nada que esconder, ahora yo encima, moviendo la cadera en círculos con su polla enterrada en el culo, mientras me metía dos dedos en el coño delante de todo el mundo. Mi madre se había abierto de piernas en el sofá y Carla le chupaba el coño mientras Daniela le hundía la lengua a Marcos entre las nalgas. El morbo de la situación, la prohibición, mi padre llenándome el culo, mi hermana pequeña llenándose el coño al lado, todo se mezcló en un orgasmo bestia que me dejó temblando y aullando encima de él. Sentí el chorro caliente de su corrida inundándome por dentro, subiéndome hasta las tripas.

—¿Tú ya habías estado con alguien? —me preguntó mi padre, jadeando, todavía con la polla dentro y goteando semen.

—Pues claro. ¿Qué te creías, que era una estrecha? Me han follado más tíos de los que puedes contar, papá.

Se quedó sin palabras, entre el orgullo y el desconcierto, y a mí me dio una risa floja que no logré disimular mientras sentía cómo su leche me chorreaba por los muslos.

***

Los días siguientes fueron una locura. La casa entera giró alrededor de un secreto que ninguno pensaba contar. Follábamos por la mañana en la cocina antes del café, al mediodía en el salón, por la noche en la cama grande de mis padres, todos revueltos, sin saber ya de quién era la polla o la lengua que tenías dentro. Yo creo que mi padre, para aguantar el ritmo a sus años, se ayudaba con algo, porque era imposible que un hombre de cincuenta y dos estuviera siempre dispuesto, siempre empalmado, siempre listo para volver a metérsela a la primera hija que se le pusiera a mano.

Hasta que una mañana, sencillamente, no se levantó.

—Estará cansado —dijo Aurora.

Fui a despertarlo y no se movió. Lo llamé, lo toqué, lo zarandeé. Nada. Grité a mi madre, que llegó corriendo y se derrumbó al verlo. Marcos avisó a una ambulancia, pero cualquiera podía ver que ya era tarde.

El médico fue rotundo: un infarto. Mi padre, el hombre que había mandado sobre todos nosotros, se había ido mientras dormía, sin avisar, fiel a su costumbre de no dar explicaciones.

En el entierro aparecieron sus antiguos compañeros del ejército. Lo despidieron con honores, como a un hombre respetado y admirado. Ninguno de ellos podía imaginar de qué clase de casa venía aquel ataúd, ni que la viuda que lloraba discreta llevaba puesto todavía el olor de su marido entre las piernas.

***

Nos había dejado una fortuna. Tenía firmada una póliza de vida que cubría de sobra los caprichos que se nos antojaran. Marcos quiso ocupar su lugar, y durante un tiempo lo dejamos hacer.

Mi madre y él terminaron compartiendo cuarto, follando cada noche como marido y mujer. Mis hermanas y yo, en cambio, empezamos a buscar nuestra propia vida fuera. Echamos novios, salimos, estudiamos. Aunque, lo reconozco, al volver a casa todavía buscábamos a Marcos, nos poníamos a cuatro patas en su cama cuando llegábamos borrachas de madrugada, convertidas en adictas a una costumbre difícil de dejar atrás. La polla de mi hermano era la única con la que me corría sin esfuerzo.

Mi madre se compró una casa a las afueras de Valencia, con piscina, donde montábamos reuniones que ningún vecino habría entendido. Los domingos amanecíamos las cuatro hermanas desnudas alrededor de la piscina, con Marcos y algún novio pasando de un coño a otro, y mi madre en medio, dirigiendo la orgía con la misma naturalidad con la que antes servía la comida. Pronto metimos a nuestros novios en aquella vida nuestra, tan particular, y ninguno se quejó nunca de tener que compartir.

Ahora tengo veintidós años. Terminé la carrera de publicidad y hago las prácticas en una empresa de Málaga. Aquí conocí a un hombre maduro, encantador, del que me enamoré sin remedio. Y, casi sin darme cuenta, también de su hijo, con el que me acuesto cuando el padre está de viaje, y a veces con los dos a la vez cuando no lo está.

Me dio trabajo, me puso un piso, y soy lo que mi madre fue en su día: la mujer de un hombre al que complazco porque quiero, no porque me obliguen. Le abro el coño y el culo cuando me lo pide, y le trago la leche con la misma devoción con la que mi madre se la tragaba a mi padre. La diferencia, esta vez, la elijo yo.

En el próximo relato os contaré cómo es mi vida en esta ciudad de luz, con padre e hijo a la vez, follándome a los dos por turnos y a veces juntos. Pero esa es otra historia.

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Comentarios(7)

NicolasR_BA

que relato!!! me dejo pegado desde el principio hasta el final

Clara_Bsas

Espero que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues

DanteMH

Muy bien narrado, se nota que tenes mano para esto. Sigue subiendo!

carlosM_99

Me recordo a cosas de mi adolescencia que prefiero no contar jajaja. Muy bueno el relato.

SabrinaZ_lec

¿Y al final que paso? La tension que fuiste armando fue increible, quiero leer mas

RocioSalta23

El final me sorprendio totalmente, no me lo esperaba para nada. Muy bueno!!

GabiK_Lectora

tremendo, de los mejores que lei aca

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