La baja médica que terminó en la cama de mi hija
Me llamo Andrés, tengo cuarenta y siete años y, hasta hace poco, creía que mi vida estaba perfectamente ordenada. Casado con Cristina desde hacía más de veinte años, dos hijos ya mayores —Diego, de veinte, y Lucía, de diecinueve— y un trabajo que me devoraba sin que yo me diera cuenta.
Todo cambió de golpe. El estrés, los viajes constantes y un ritmo imposible me pasaron factura. Primero fue la tensión disparada, después un dolor en el pecho que me dejó blanco una tarde en plena reunión. El médico no se anduvo con rodeos.
—Dos meses de reposo absoluto —me dijo, mirándome por encima de las gafas—. O dos meses ahora, o algo mucho peor después. Usted elige.
Elegí los dos meses. Cristina y yo decidimos que lo mejor era alejarme de la rutina, así que me instalé solo en el apartamento que la familia tenía en la costa. Mayo y junio enteros para caminar por la playa, montar en bici al amanecer y, sobre todo, desconectar.
El resto de la familia se quedó en la ciudad por sus obligaciones. Cristina prometió pasarse cuando pudiera, y los chicos también. Mientras tanto, mi mujer se encargó de un detalle que entonces me pareció una simple precaución: contratar a una enfermera que supervisara mi medicación y mi recuperación.
***
La enfermera se llamaba Raquel. Rondaba mi edad, quizá un par de años menos, y tenía una de esas sonrisas que tranquilizan y desarman al mismo tiempo. Llegaba cada mañana sobre las nueve, con sus propias llaves, y se ocupaba de que no me faltara nada. Me tomaba la tensión, controlaba las pastillas, e incluso me preparaba el desayuno.
Enseguida congeniamos. Me contó que estaba separada, que tenía una hija ya adulta a la que había sacado adelante prácticamente sola, sin ninguna ayuda. Hablaba con una naturalidad que hacía que las horas pasaran sin sentirlas.
Llevábamos una semana de rutina. Yo solía salir a caminar temprano, así que muchas mañanas ella entraba en una casa vacía y me esperaba. Aquel día, en cambio, volví antes y la saludé desde la puerta.
—Hola, Raquel, me ducho rápido y desayunamos —le dije, ya quitándome las zapatillas.
Salí del baño con la toalla anudada a la cintura, todavía con el pelo mojado, y ella entró en la habitación con el tensiómetro en la mano.
—Andrés, necesito tomarte la tensión antes de que te acostumbres a desaparecer cada mañana —dijo con una sonrisa de reproche.
El problema era evidente. Llevaba demasiados días solo, demasiado tiempo sin follar, y bajo la toalla la polla se me había puesto dura como una piedra, imposible de disimular. Ella la vio. Por supuesto que la vio, marcada bajo la tela, palpitando.
—Lo siento —dije, medio en broma, medio rindiéndome—. No soy de piedra, y tú con ese uniforme no ayudas.
Raquel se rió, pero no se apartó. Al contrario. Llevaba un par de botones del uniforme sueltos, y no hizo nada por cerrarlos. Al agacharse un poco para dejar el tensiómetro en la cómoda, se le abrió aún más el escote y le vi el nacimiento de los pechos, sujetos por un sostén blanco que le apretaba la carne.
—El estrés es muy malo para tu corazón, Andrés —dijo, acercándose—. Tendré que arreglar esto enseguida.
Con una calma que me dejó sin aliento, me retiró la toalla de un tirón suave. La polla me saltó libre, dura, apuntándole a la cara. Ella soltó una risita ronca y me miró a los ojos sin apartar la vista.
—Vaya, vaya —murmuró, rodeándome la verga con la mano—. Y yo preocupada por tu tensión.
Empezó a masturbarme muy despacio, con la mano firme, pasándome el pulgar por la punta cada vez que llegaba arriba. Yo apreté los dientes. Llevaba semanas sin tocarme siquiera, y aquella mano de mujer experimentada era casi demasiado.
—Raquel, joder…
—Chsss. Déjame trabajar.
Se arrodilló delante de mí sin dejar de mirarme. Me abrió los muslos con las manos y, sin ningún preámbulo, se metió la polla entera en la boca. Sentí el calor de su lengua, el techo de su boca, cómo me la tragaba hasta el fondo. Se ahogó un segundo y volvió a subir, con los labios apretados alrededor del glande, y me la escupió llena de saliva antes de tragársela otra vez.
—Dios mío, cómo mamas —jadeé, hundiendo los dedos en su pelo.
Ella respondió chupándome con más ganas. Me sujetó los huevos con una mano mientras con la otra me la meneaba a la altura de la boca, coordinando la mamada con los movimientos de muñeca. Me subían y bajaban los cachetes en cámara lenta y yo miraba aquel espectáculo como quien ve un milagro.
Cuando noté que iba a correrme demasiado pronto, la levanté de los hombros y le arranqué el uniforme por encima de la cabeza. Debajo tenía un cuerpo maduro, generoso, con caderas anchas y unas tetas grandes que se le desparramaron cuando le desabroché el sujetador. Le mordí un pezón y ella me clavó las uñas en la nuca.
La tiré sobre la cama, le bajé las bragas de un tirón y le abrí las piernas de par en par. Tenía el coño empapado, brillante, y un olor a hembra caliente que me volvió loco. Me lancé sobre él con la boca. Le pasé la lengua entera por la raja, de abajo arriba, y le chupé el clítoris hasta que empezó a temblarle todo el cuerpo.
—Ay, Andrés, así… come mi coño, sigue…
Le metí dos dedos y los curvé buscándole el punto, sin dejar de chuparle el clítoris. Ella se agarraba a las sábanas y arqueaba las caderas contra mi cara. Cuando se corrió, gritó sin pudor, mojándome la barbilla. No le di tregua: me subí encima, le agarré las piernas y le clavé la polla de una sola embestida.
—Joder, cómo aprietas… —gruñí.
—Fóllame, Andrés, fóllame duro, llevo años sin una polla así…
La embestí hasta el fondo, con las manos hundidas en sus caderas, viendo cómo sus tetas rebotaban a cada golpe. Le di la vuelta y la puse a cuatro patas. Le agarré el pelo con una mano y con la otra el culo, y volví a metérsela por detrás. Aquella postura me permitía verla entera: la espalda arqueada, el culo abierto, mi verga entrando y saliendo empapada de sus jugos.
—Más fuerte, cabrón, más fuerte —jadeaba ella entre gruñidos.
La follé sin misericordia hasta que se corrió otra vez, con espasmos que le sacudían el vientre. Sólo entonces me permití acabar. Salí de golpe, la giré, y le eché toda la corrida sobre las tetas y el cuello, chorros gruesos que se le deslizaron entre los pechos. Ella se rió, se pasó los dedos por encima y se los llevó a la boca.
—Así está mucho mejor —murmuró después, recostada contra mi pecho, todavía con mi semen brillándole en la piel—. Es por tu salud.
Nos reímos los dos. Esa mañana descubrí que Raquel era mucho más de lo que su uniforme prometía: una mujer apasionada, sin pudores, que sabía exactamente lo que quería. Y resultó que lo que quería, durante unos días, era yo.
***
Pasamos tres días enredados. Follábamos por la mañana antes del desayuno, y a veces otra vez después de comer, sobre el sofá del salón o contra la encimera de la cocina. Hablaba con Cristina cada noche por teléfono, y ella notaba mi voz distinta, más relajada. «Te sienta bien la costa», me decía, y yo le daba la razón sin precisar el motivo. Hasta me anunció que los chicos vendrían a verme pronto.
Una mañana, mientras desayunábamos, Raquel soltó algo que no esperaba.
—Oye, Andrés, si algún día no puedo venir, vendrá mi hija en mi lugar.
—¿Tu hija? —pregunté, sorprendido.
—Quiere ser enfermera, como yo. Le viene bien la práctica —dijo, y había un brillo en sus ojos que no supe interpretar—. Ya verás como te cae bien.
No supe qué responder. Le di mi aprobación con una sonrisa, sin imaginar lo que aquello significaba.
Al día siguiente volví de correr y, al abrir la puerta, la encontré a ella. Una chica de unos veinticinco años, tan guapa como su madre, esperándome con la bata blanca puesta.
—Hola, Andrés, soy Noelia, la hija de Raquel.
—Hola, Noelia —respondí, intentando recomponerme—. Me ducho y desayunamos.
Bajo el agua de la ducha solo podía pensar en una cosa, y me odié un poco por ello. Cuando salí, con la toalla en la cintura otra vez, ella ya estaba junto a la cama con el medidor de tensión preparado.
—A ver, déjame tomarte el pulso —dijo, ciñéndome el aparato al brazo.
—Igual que hace tu madre —comenté, y dejé que la toalla resbalara apenas lo justo por una esquina.
—Estás nervioso, Andrés —dijo ella, sin apartar la vista de mi cuerpo, ni de la erección que empujaba contra la toalla.
—Un poco. Eres incluso más guapa que tu madre.
Noelia se rió, y en su risa había la misma seguridad que en la de Raquel.
—Tengo órdenes de relajarte —dijo, y deshizo el nudo de la toalla de un movimiento seco.
La toalla cayó al suelo. Ella se quedó mirándome la polla dura sin ningún reparo, con la misma calma clínica con la que un rato antes me había tomado el pulso. Después se lamió los labios y sonrió.
—Mamá tenía razón, tienes una polla preciosa.
Me quedé sin habla. Se quitó la bata blanca por la cabeza y quedó en ropa interior: un conjunto negro de encaje que le marcaba unas tetas más pequeñas que las de su madre pero perfectas, altas, con los pezones ya marcándose bajo la tela. Se acercó, me empujó suavemente contra la cama y se puso de rodillas entre mis piernas.
—Déjame ver si aprendí bien de mamá.
Y me la comió con un hambre que no tenía nada de tímida. Empezó lamiéndome los huevos, uno tras otro, metiéndoselos en la boca con cuidado. Después subió por el tronco de la verga con la lengua plana, y cuando llegó a la punta se la tragó de golpe. Me la chupó con una intensidad brutal, mirándome siempre a los ojos, dejando que un hilo de saliva le cayera de la barbilla al pecho.
—Joder, Noelia, vas a hacer que me corra…
Ella se separó con un chasquido húmedo.
—Todavía no. Quiero que me folles primero.
Se levantó, se quitó el tanga y se subió a horcajadas sobre mí. Le agarré las tetas mientras se hundía sobre mi polla con un suspiro largo. Su coño era estrecho, mucho más estrecho que el de su madre, y me apretaba como un puño caliente. Empezó a moverse arriba y abajo, con las manos apoyadas en mi pecho, cabalgándome cada vez más rápido.
—Ay, papi… qué grande la tienes…
La sujeté por las caderas y empecé a embestir desde abajo, entrando y saliendo con fuerza. Sus tetas rebotaban delante de mi cara y yo me incorporé para chupárselas, mordiéndole los pezones mientras ella se agarraba a mi pelo. La tumbé de espaldas sin sacársela y le clavé las piernas contra el pecho para follármela más profundo.
—Sí, así, dame todo, méteme toda tu polla…
Se corrió antes que yo, apretándome tanto que casi me arrastra con ella. Aguanté. La puse de lado, le levanté una pierna y volví a metérsela mientras le mordía el cuello. En esa postura la sentí temblar otra vez y esta vez no me contuve: le solté la corrida entera dentro, en oleadas, mientras ella me repetía al oído «córrete, córrete todo dentro, así».
Lo que siguió fue otra mañana que no había planeado y de la que no pude arrepentirme. Las dos, madre e hija, se turnaban las visitas. Una venía un día, la otra al siguiente, y mi reposo médico se convirtió en algo muy distinto de lo que el doctor había prescrito. Tendido después en la cama, Noelia me confesó entre risas que ella y su madre se llevaban muy bien, que hasta compartían confidencias que ninguna otra familia compartiría, que se contaban con pelos y señales cómo follaba, qué me gustaba, cómo me corría. Aquello terminó de encenderme.
Qué suerte la mía, pensaba yo cada noche, agotado y feliz, con la polla todavía dolorida.
***
El fin de semana llegó con la visita que de verdad esperaba: mis hijos. Llevaba casi un mes sin verlos y los recibí con abrazos.
—Hola, papá, ¿cómo estás? —Diego entró el primero, como un torbellino.
—Os echaba de menos —dije, apretándolos a los dos.
No había pasado ni una hora cuando Diego ya estaba mirando el móvil.
—Papá, he quedado con unos amigos esta noche.
—Claro, hijo, no llegues tarde —contesté.
—¿En serio? —protestó Lucía—. Venimos a ver a papá y tú te largas. Eres un crío.
—No pasa nada —intervine—. Lucía, si tú también quieres salir, por mí no hay problema.
—No, papá. Me quedo contigo —dijo ella, y algo en su tono me hizo levantar la vista—. Voy preparando la cena. Tú pon la mesa en la terraza.
Estar a solas con mi hija me hacía una ilusión enorme. Lucía siempre había sido la niña de mis ojos: brillante, segura de sí misma, una mujer hecha y derecha de la que me sentía profundamente orgulloso. Diego se marchó, y nos quedamos los dos.
—Voy a ponerme cómoda —anunció Lucía cuando la cena estuvo lista.
—Yo abro una botella de vino —respondí, y serví dos copas.
Salió de su cuarto con un pantalón corto ceñido y una blusa que le dejaba el ombligo al aire. Me quedé mirándola más de la cuenta.
—Estás guapísima, Lucía —se me escapó.
—Ay, papá, lo dices por compromiso.
—Lo digo en serio. Eres un bombón. Como se te acerque algún tío, lo fusilo —bromeé, y nos reímos los dos.
La cena fue de lo más agradable. Entre copa y copa, terminamos la botella; yo bebí poco, era ella la que estaba alegre, riéndose de mis tonterías. En algún momento dejó la copa, me miró y dijo algo que cambió la noche.
—Oye, papá, ¿no te sientes muy solo aquí?
—Es lo que me toca, hija —respondí, haciéndome un poco la víctima.
Entonces se acercó, me dio un beso en la mejilla y, sin previo aviso, se sentó en mi regazo. Sentí su cuerpo contra el mío, ligero y cálido, y noté cómo la polla se me endurecía debajo de ella antes de que mi cabeza pudiera detener nada. Ella lo notó también. Y no se apartó. Al contrario, se acomodó mejor sobre el bulto, restregándose apenas con un movimiento circular.
—Papá —dijo en voz baja, sin moverse—, ¿de verdad no sabes lo que siento desde hace tiempo?
—Lucía, esto no está bien —respondí, aunque mis manos ya no eran del todo mías y le acariciaban los muslos por debajo del pantalón corto.
—Lo sé. Pero lo he deseado desde que tengo uso de razón, y sé que tú también. —Se giró para mirarme de frente, con los ojos brillantes—. Tengo diecinueve años, papá. Sé perfectamente lo que hago.
Me sorprendió con un beso en los labios, lento, buscando mi lengua con la suya. Hubo un instante en el que todavía podría haber parado. No lo hice. La rodeé con los brazos, la levanté en peso y, con ella aferrada a mi cintura, sintiendo su coño caliente presionado contra mi bulto, fuimos a la habitación.
***
Se desnudó despacio frente a mí, sin prisa, disfrutando de cada gesto y de cómo yo la miraba. Primero la blusa, que dejó caer al suelo revelando unas tetas jóvenes, firmes, con los pezones rosados y erectos. Después el pantalón, muy despacio, contoneando las caderas. Se quedó en unas bragas blancas diminutas que le marcaban la raja del coño, ya oscurecidas por una mancha de humedad. Se las bajó centímetro a centímetro, hasta dejarlas caer a sus pies. Su cuerpo era el de una mujer que sabía exactamente lo que provocaba: piel dorada, vientre plano, un pubis afeitado que le brillaba bajo la luz de la lámpara.
—Quiero hacerte disfrutar primero —le dije, tumbándola en la cama.
La recorrí entera con la boca, arrancándole suspiros que se le escapaban entre los dientes. Le besé el cuello, el hueco de la clavícula, la curva de los pechos. Le atrapé un pezón con los labios y se lo chupé despacio, arrastrando la lengua en círculos, mientras con los dedos le pellizcaba el otro. Ella se arqueaba, se mordía el labio, susurraba mi nombre en un jadeo.
Bajé por su vientre, dejándole un rastro de besos húmedos, y me encontré con sus manos en el pelo empujándome hacia abajo.
—Papá, por favor, ya no aguanto más —jadeaba, retorciéndose.
Le abrí las piernas de par en par. Su coño era una preciosidad: pequeño, rosado, con los labios brillantes de humedad y el clítoris ya hinchado asomando bajo la capucha. Me tomé mi tiempo. Le soplé encima primero, sólo para verla estremecerse, y después le pasé la lengua entera desde abajo hasta arriba en un lametón lento.
—Ay, dios, papá…
Empecé a chuparle el clítoris con los labios, absorbiéndolo despacio, mientras con la lengua le dibujaba círculos. Al mismo tiempo le metí un dedo en el coño y sentí cómo se cerraba a mi alrededor, ardiente, apretada, mucho más estrecha que su madre a esa edad. Añadí un segundo dedo y los curvé buscándole el punto por dentro, sin dejar de comerle el clítoris.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba bajo el mío, cómo las palabras se le convertían en gemidos cada vez más entrecortados, hasta que se arqueó de golpe agarrándose a las sábanas.
—No pares —suplicaba—. No pares, papá, no pares…
Tuvo un orgasmo largo, sacudiéndose entera, y yo no le di tregua. Seguí lamiéndola mientras temblaba, aprovechando la sensibilidad, y en menos de un minuto se corrió otra vez, y otra, con las piernas cerradas alrededor de mi cabeza y los talones clavados en mi espalda. Al tercer orgasmo estaba deshecha, la cara roja, los ojos húmedos, incapaz de articular una palabra.
Cuando ya no podía con su alma, me buscó, me atrajo hacia ella y me pidió que entrara despacio.
—Papi, ven, méteme la polla, la quiero dentro ya…
Me arrodillé entre sus piernas y me pasé el glande por la raja empapada, mojándomela con sus jugos. Después empujé, poco a poco. Sentí cómo su coño se abría para recibirme, cerrándose a mi alrededor centímetro a centímetro, ardiente, casi doloroso de lo apretada que estaba. Ella soltó un quejido largo cuando le llegué al fondo.
—Joder, hija, cómo aprietas…
—Muévete, papá, por favor…
Empecé a moverme primero suave, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar despacio, dejando que se acostumbrara al tamaño. Después con más fuerza, con embestidas más largas, mientras ella me clavaba las uñas en la espalda y me repetía al oído que llevaba años imaginando ese momento. Sus piernas me rodearon la cintura y me arrastraron hasta el fondo con cada golpe.
La puse a cuatro patas sobre el colchón. Su culo me quedaba a la altura perfecta. Le agarré las caderas con las dos manos y volví a hundirme en ella de una embestida, más profundo que antes. Ella gritó contra la almohada.
—Sí, papi, así, fóllame, fóllame fuerte…
La embestí sin parar, viendo cómo mi polla entraba y salía de su coño, brillante de sus jugos, cómo su culo rebotaba contra mis caderas a cada golpe. Le di un azote y ella respondió apretándome aún más. La agarré del pelo, le tiré suavemente hacia atrás y le mordí la nuca mientras la seguía machacando.
La tumbé de nuevo boca arriba, le levanté las dos piernas hasta apoyárselas en mis hombros y me hundí otra vez. En esa postura le llegaba hasta el fondo y ella empezó a temblar enseguida, con los ojos en blanco.
—Quédate dentro —me pidió cuando sintió que estaba a punto—. No tengas miedo, tomo precauciones. Córrete dentro, papá, quiero sentir tu leche caliente…
Me dejé llevar. La embestí más fuerte, hasta que noté cómo se corría otra vez, apretándome como un torno, y solté el freno. Me vacié dentro de ella en chorros largos, aferrado a sus caderas, gruñendo su nombre. Ella se sacudía debajo de mí, gimiendo, sintiendo cómo la llenaba. Terminamos juntos, abrazados, con la respiración rota y los cuerpos pegados, empapados en sudor. No recuerdo haber disfrutado tanto en toda mi vida.
***
Esa misma noche, Diego llamó para avisar de que se quedaba a dormir en casa de un amigo: había bebido y no quería conducir. Le dije que perfecto, y aproveché para dormir con mi hija en la cama grande.
Apenas dormimos. Nos buscamos una y otra vez en la oscuridad, sin prisa al principio, con urgencia después. La desperté con la boca entre sus piernas, comiéndole el coño lleno todavía de mi corrida seca; ella se despertó gimiendo y se corrió en mi cara antes de estar del todo consciente. Después se puso a horcajadas sobre mí y me cabalgó despacio, en la penumbra, con las manos apoyadas en mi pecho y los pezones rozándome cada vez que se inclinaba. Le agarré las tetas y las apreté, la vi echar la cabeza hacia atrás, dejarse caer entera sobre mi polla, moverse en círculos hasta que ambos volvimos a correrse casi al mismo tiempo.
Más tarde me la chupó a oscuras, arrodillada entre mis piernas, mamándomela con una entrega que me dejó sin palabras. Se tragó cada gota cuando me corrí en su boca, y después subió sonriendo a besarme para que me probara en sus labios. Lucía estaba feliz, desatada, como si hubiera estado guardando todo aquello durante demasiado tiempo. A la mañana siguiente, bajo el chorro de la ducha, lo hicimos una última vez, despacio: la apoyé contra los azulejos, le levanté una pierna y se la metí desde atrás mientras el agua nos caía por encima. La follé lento, sintiendo cada centímetro de su coño, hasta que se corrió apretando la frente contra los baldosines y yo me vacié dentro por tercera vez esa noche. Fue como una despedida que en realidad era un comienzo.
—No me arrepiento de nada —me dijo ella, apoyando la cabeza en mi pecho.
Yo tampoco. Y mientras el agua nos caía encima, pensé en lo que quedaba por delante: era sábado, tenía todo el fin de semana, y aquella aventura imposible no había hecho más que empezar.



