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Relatos Ardientes

Mi tía me pidió que la acompañara ese fin de semana

De todos los sobrinos, siempre fui el preferido de mi tía Mariela. Lo supe sobre todo cuando se enteró de lo mío con Iván, su hijo, y en lugar de armar un escándalo casi lo dejó pasar. No le gustó la noticia, eso era evidente, pero tampoco se metió. Y yo seguí viéndome con mi primo igual que antes.

Me gustaba lo que teníamos. Me gustaba penetrarlo, escuchar cómo se le entrecortaba la respiración, sentirlo arrodillado entre mis piernas cuando me la chupaba con esa entrega que no le pedía nadie. Iván incluso se había dejado crecer el pelo, a pesar de las quejas constantes de Mariela.

Un sábado por la mañana fui a buscarlo. Hacía días que no sabía nada de él. Me abrió mi tía, recién levantada, con un camisón corto y una bata encima que no tapaba absolutamente nada. La tela era casi transparente, y se le marcaban los pechos, los pezones, todo. Nunca la había visto así, y sin buscarlo me puse duro de solo mirarla.

—Iván salió temprano —me dijo—. Pasá, te hago un café.

Nos sentamos en la cocina. Ella se movía despacio, todavía con sueño, y yo no podía dejar de seguirle el escote.

—¿Y cómo va la cosa con él? —preguntó de golpe.

Me dio vergüenza contestar, sabiendo de qué hablaba.

—Bien —dije, sin agregar nada más.

Entonces se inclinó sobre la mesa para acercarme las galletas y el camisón se le abrió por completo. Le vi los pechos enteros. No me dio tiempo a disimular: ella notó mi cara, sonrió de costado y se cubrió un poco con la mano, sin apuro.

Era la primera vez que me pasaba algo con mi tía. Esa familia tenía algo, una atracción que se metía debajo de la piel. No sabía si quería acostarme con ella, pero no podía dominar las ganas de mirarle cada parte que asomaba. Qué buena que está, joder. Cuando se levantó para llevar las tazas, no me contuve. La abracé por la espalda y traté de besarla.

—Damián, soy tu tía —me frenó, girando la cara—. ¿Qué te pasa?

Me disculpé entre dientes y salí casi corriendo, muerto de vergüenza. Un rato después volvió ya cambiada y me encontró en el living, sin saber dónde meterme.

—Tía, perdoname, no sé qué me agarró.

—Lo entiendo, sobrino. Olvidalo. La culpa también fue mía —dijo, y me dio un beso en la mejilla—. Pero esto no puede ser. No con vos.

***

No pasó nada más durante un buen tiempo. Hasta una noche en que me quedé con Iván. Tuvimos sexo en el sofá y nos dormimos ahí mismo, los dos desnudos. Me despertó una mano que me acariciaba la verga. Me sobresalté y vi la silueta de Mariela, parada al lado, sonriendo, con los ojos abiertos de sorpresa al verme.

Traté de taparme sin despertar a mi primo. Ella me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo que nos fuéramos a una cama, y se alejó por el pasillo. A la mañana siguiente apenas cruzamos miradas. Desayuné rápido y me fui.

Con Iván la cosa se fue enfriando en los meses siguientes, y la verdad es que en parte me alivió. Por esos días Mariela me contó que él se iba una semana de campamento con el colegio. Y enseguida pensé en quedarme con ella, porque sabía que odiaba estar sola. Pero me parecía una fantasía imposible.

Porque eso eran ya: fantasías a mil. Se me había vuelto una obsesión. Mariela rondaba los cuarenta, pero se mantenía. Alta, buenas caderas, pechos medianos, una cara preciosa enmarcada por el pelo castaño y corto. Cada día que pasaba me gustaba más. No dije nada, hasta que una semana antes del viaje de Iván fue ella la que habló.

—No te lo tomes como una obligación —dijo, sin mirarme del todo—. ¿Pero te molestaría acompañarme los días que mi hijo no está?

El corazón se me disparó. Sentí hasta un sudor frío. Me contuve para no contestar enseguida.

—No sé, tía. Creo que mi viejo tenía algo planeado para ese finde. Lo confirmo y te aviso.

Esperé hasta el otro día para responderle.

—Dale, tía. Sí puedo. ¿Desde qué día?

—Desde el jueves a la noche hasta el lunes a la mañana. No tenés ninguna obligación, eh. No quiero que pierdas planes con tus amigos.

—No tengo nada armado. Me quedo con vos.

—Me tomo esos días libres y salimos a algún lado.

—Buenísimo. La vamos a pasar bien.

Y la fantasía se me hacía cada vez más intensa.

***

Iván partió un jueves. Esa tarde habíamos quedado en encontrarnos en el shopping para ir al cine. La vi llegar y estaba imponente: pollera corta, tacos, una blusa blanca sobria que la hacía aún más atractiva. Caminé a su lado pavoneándome.

A mitad de la película le puse la mano en el muslo. No me la sacó de mala manera, pero me la corrió despacio y no insistí. Comimos algo en el patio de comidas y, después de una velada tranquila, volvimos a su casa.

Nos sentamos en el mismo sofá donde yo me había acostado tantas veces con su hijo. Ella estiró las piernas sobre las mías y empecé a acariciarle los pies, las pantorrillas. La falda se le había subido y se le veían las bragas. Subí la mano por esas piernas, apreté sus pies, le saqué un suspiro. Estaba cerca, pero cada vez que llegaba arriba me frenaba yo mismo, una y otra vez.

—Mejor vamos a dormir —dijo al fin.

Obedecí, sabiendo que no había nada que hacer. Me fui a la pieza de Iván, me desnudé como siempre duermo y me acosté de mal humor. No me agarraba el sueño, con la calentura todavía encima. Y entonces, en el vano de la puerta, apareció la silueta de Mariela. La luz de atrás atravesaba la bata y le dibujaba el cuerpo entero.

Me quedé estático. Se acercó, corrió la sábana, se sentó al borde de la cama y me agarró la verga. Empezó a chupármela de una forma que no me esperaba, con una habilidad que me llevó al borde en minutos. Cada succión parecía querer arrancarme todo. Arqueé la espalda, entregado por completo a mi tía.

Quise tomarla, sentarla sobre mí, pero me frenó seca.

—No hagas nada o me voy.

Me quedé quieto y la dejé seguir. Era mejor que cualquier cosa que me hubiera hecho su hijo. Cuando ya no aguanté más y acabé, ella me dio un beso corto en los labios.

—Hasta mañana, sobrino. Espero haberte calmado las ansias.

Y se fue, dejándome reventado en la cama.

***

Me desperté antes de las nueve. Escuché ruidos en la cocina y fui hacia allá sin hacer ruido, todavía desnudo. Mariela preparaba el desayuno, tarareando una canción. Al verle el culo me acordé del de Iván: parecidos, pero el de ella mucho mejor formado. La agarré de la cintura, le levanté el camisón corto y le apreté los pechos. Pegó un grito y yo le pellizqué los pezones.

Forcejeó. Le fui bajando el pantaloncito hasta dejarle el culo al aire, y ella seguía gritando, intentando pegarme. Pero cuando le metí la verga de un envión, todo cambió. Como por arte de magia se calmó, y al sentirme dentro sus gritos pasaron de furia a calentura.

Parecía una gata en celo. Fue rápido, los dos terminamos enseguida, y la mantuve abrazada de espaldas, todavía temblando, con la respiración entrecortada. Se dio vuelta y me abrazó.

—Esto es una locura —dijo—. Por más que intenté evitarlo, sabía que iba a pasar. Digamos que con tu pequeña transgresión me quedé sin excusas. Desayunemos y vemos.

Despeinada y todo, estaba radiante. Tenía un brillo distinto en los ojos. Nos miramos varias veces hasta que me tomó la mano.

—Sé que está muy mal lo que voy a proponerte. Debería mandarte de vuelta con tus padres. Pero ya sos un adulto, y yo soy bastante liberal. Así que, aunque sé que no corresponde, te propongo que nos vayamos de acá. Ya.

Abrí los ojos como platos. Era mi tía, sí, lo sabía. Pero si los dos queríamos, ¿cuál era el drama?

—Tengo que pasar por casa a buscar ropa —dije.

—Si hacés eso, capaz cambio de idea. Te compro algo en el camino.

***

Cargamos el auto con lo justo y antes del mediodía salimos, sin rumbo fijo. En la ruta me pasó la guía.

—Buscá un lugar de la costa, poco poblado, cerca de la playa. Tengo unos vouchers de alojamiento y comida que me regalaron en el estudio.

Encontré un pueblo a casi dos horas, sobre el mar, y enfilamos para allá. Era un lugar pintoresco, con dunas, pinares y unas pocas casas alrededor de un centro chico de hosterías. Paramos en una posada con habitaciones amplias y limpias, de dos camas. Mariela presentó la documentación diciendo que yo era su hijo. Aceptaron los vouchers y listo. Comimos ahí mismo y subimos.

Aunque ya habíamos tenido lo nuestro, no quise apurar nada. Ella dijo que se iba a duchar y yo me tiré en la cama a hojear una revista vieja. Salió envuelta en una bata blanca.

—Qué ducha más rica —dijo, sentándose a secarse el pelo.

—¿Querés que te lo seque yo?

—Dale.

Me pasé a su cama y le froté el pelo con la toalla. La bata se le entreabrió y aproveché para bajar por el cuello, los hombros, después los pies y las piernas, despacio, hasta llegar cerca de la ingle. Le descubrí una cicatriz fina.

—¿Cómo te hiciste esto? —pregunté, tocándola.

—De chica me caí de un árbol. Era bastante traviesa.

Y al decirlo se abrió más la bata, dejando el sexo al descubierto. No me contuve: bajé la boca y me prendí ahí. La lamí con ganas, saboreándola, mientras el cuerpo de Mariela se sacudía al ritmo de mi lengua.

—Prefiero que me llames Mara —dijo entre suspiros—, no tía.

Busqué su entrada con la verga y la penetré. Los cuerpos se acoplaron en un vaivén desbocado, y toda la tensión acumulada del viaje se descargó en ese rato. Después nos dormimos.

***

Me despertaron unas ganas locas de orinar. Mara dormía. Fui al baño y tardé un rato. Cuando volví, estaba despierta, con las piernas levantadas y abiertas, mirándome con una cara que era pura provocación.

—¿Qué mirás tan fijo? —preguntó.

—Todo —dije.

—Idiota —se rió, cerrando las piernas.

Me tiré encima de ella, se las volví a abrir y empecé por los pies, subiendo entre besos y mordiscos hasta la entrepierna. La devoré sin darle respiro. El cuerpo se le arqueaba mientras yo le metía un dedo en el culo. Al principio se resistió, pero a los pocos minutos cedió, y eso terminó de volverla loca. Tuvo un orgasmo largo, agarrada de las sábanas.

Quise probar el sexo anal y se negó, pero el encuentro fue igual de salvaje. Me clavó las uñas en la espalda. Después nos dormimos de nuevo, cerca de las diez. Despertamos con un hambre feroz y bajamos a cenar.

***

Al otro día fuimos a una playa cercana. Mara estrenaba una bikini diminuta y yo una malla floreada que me había regalado. Caminamos un trecho hasta dar con un rincón rodeado por un barranco, al que se bajaba por una escalera. No había nadie. Buscamos algo de sombra, nos metimos al mar un buen rato, y salimos a tirarnos sobre la lona.

—Sacate la parte de arriba —le dije.

—Estás loco, me pueden ver.

—¿Quién, si estamos solos? Además, esas tetas merecen sol.

—Sos un descarado. Pero tenés razón —dijo, soltándose el corpiño—. Sin tocar, eh.

No la toqué, aunque tenía los pezones duros bajo el sol.

—¿Te pongo protector? —pregunté.

—No perdés ocasión. Dale.

Le unté la espalda, las piernas, los glúteos, los pechos. Mi contacto la afectaba, lo notaba. Se dio vuelta boca abajo y seguí insistiendo entre las piernas, hasta que le desaté el nudo de la tanga y se la corrí. Pegó un «no» que no convencía a nadie.

—Me encanta verte desnuda.

—No hace falta que lo digas. Por eso te dejo.

Le amasé el culo, lo abrí, jugué con su abertura. Me acordé del de Iván otra vez, parecido pero menos formado. Me saqué la malla, deslicé la punta entre sus glúteos hasta apoyarla en su ano. Otro «no» tibio. Insistí, besándole el cuello, con la mano metida en su sexo, hasta que fue cediendo entre gemidos.

Metí la cabeza despacio, sin dejar de estimularla. Ella separó más las piernas, como aceptando. Empujé con cuidado de no lastimarla y la fui llenando de a poco, hasta enterrarla del todo y sentir los latidos dentro de mi tía. Era una delicia tenerla así, boca abajo en la playa, mientras la cogía por el culo. Ella metió la mano entre las piernas y se tocó, acelerándome. Cuando sentí cómo me apretaba, no me contuve más y terminé adentro. Quedamos los dos desparramados sobre la lona.

***

Nos quedamos un buen rato desnudos al sol, hasta que le vi las tetas demasiado coloradas. Le puse crema, pero la piel ya le quemaba, así que volvimos a la posada. Se duchó, la sequé, le hice tomar unos calmantes y la acosté. Estaba asustado. Le ofrecí llamar a un médico y no quiso. Pedí algo para comer, pero ella solo tomaba agua. No me preocupaba el sexo: me preocupaba ella.

A la mañana siguiente amaneció mejor. Pudimos salir, almorzar, descansar a la tarde, volver a hacerlo despacio. Cenamos temprano y nos metimos en la cama.

—Gracias por lo que hiciste por mí —dijo.

—Es lo menos que podía hacer, Mara.

Se acurrucó contra mí, ya sin fiebre, y empecé a acariciarla, metiendo la mano bajo el camisón hasta sacárselo. La toqué despacio, sintiéndola mojada. Esta vez había algo distinto. La besé en la boca y no me frenó.

—¿Te gusta tocarme?

—Mucho. Me encanta tu cuerpo, cómo te ponés cuando te toco.

Nos prendimos sin apuro y la penetré en una fusión que no tenía nada de la urgencia de antes. Fue lento, profundo. Terminamos juntos, y de golpe se largó a llorar como una nena.

—¿Estás bien? ¿Qué pasa?

—Estoy bien. Nunca me sentí mejor —dijo, sin soltarme.

Ese encuentro no fue solo sexo. Había algo más, y los dos lo sabíamos.

***

Los dos días que quedaban se pasaron volando. El lunes, después del desayuno, me invadió una tristeza rara por el final de ese fin de semana imposible. En el viaje de vuelta cada tanto le apretaba la mano y ella me miraba con una sonrisa, o me daba un beso corto mientras manejaba. Empecé a tocarle la pierna, esos shorts que dejaban casi todo a la vista, y fui subiendo cada vez más.

Le desabroché el botón, después otro, hasta sacárselos entre risas y manotazos, dejándola apenas con las bragas.

—Mi amor, esperá que encuentre un lugar —dijo—, que nos vamos a matar en la ruta y encima me van a ver así.

Me gustó eso de «mi amor». Me aguanté hasta que diez minutos después vio un bosquecito al costado y enfiló para allá. Apenas estuvimos a resguardo le saqué la poca ropa que le quedaba. Fue uno de los encuentros más intensos de todos, con esos gemidos que me alteraban segundo a segundo, los dos como dos animales.

Cuando retomamos la ruta, le pregunté:

—¿Y ahora qué hacemos?

—Esa es la pregunta del millón. No sé. Lo que sí sé es que va a ser difícil. Tenemos todo en contra: casi te duplico la edad, y encima soy tu tía. ¿Qué futuro nos queda?

—Tenés razón, Mara —dije.

Pero no me quedaba ninguna duda de que me había enamorado de ella.

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Comentarios (5)

GabrielCordo

Increible relato, se me hizo cortisimo!! quede con ganas de mas

NocheX77

Por favor continualo, no podes dejarlo asi en lo mejor jaja

Valentina_norte

Muy bien escrito, tiene tension desde el principio y no se vuelve burdo en ningun momento. Eso se agradece. Espero la siguiente parte!

MatiasNqn

jajaja ese titulo lo dice todo, ya sabes a donde va pero igual te engancha. buen relato

LeandroMdz

La descripcion del pasillo me dejo sin palabras. Muy sugerente sin pasarse de la raya. Genail el detalle

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