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Relatos Ardientes

El día que mi hijastro dejó de pedir permiso

Era una tarde plomiza de finales de febrero en Valencia. La lluvia repiqueteaba contra los ventanales del chalet y dejaba en el cristal un velo gris que difuminaba el jardín. Rubén había salido al amanecer rumbo a Sevilla, a una feria del sector que lo tendría fuera dos días enteros. Marisol, de cuarenta y tres años, se movía por la casa con la soltura de quien por fin se siente dueña del espacio.

Llevaba un vestido corto de algodón claro que se le ajustaba a las curvas, sin sujetador, porque a esas horas y con la casa para ella nadie iba a reprochárselo. El pelo castaño suelto, las uñas pintadas de un rojo oscuro que ya empezaba a descascarillarse. Hacía menos de un año que compartía techo con Rubén, y aunque el matrimonio era reciente, la convivencia con Adrián —el hijo de veinte años de su marido— se había vuelto, mes a mes, más difícil de nombrar.

Adrián era alto, moreno, con una barba incipiente que le daba un aire más adulto del que le correspondía y una mirada que últimamente se demoraba demasiado en ella. Hugo, su mejor amigo, de la misma edad, rubio, más delgado, con una sonrisa que delataba sus nervios, completaba el dúo. Esa tarde los dos estaban hundidos en el sofá del salón, los mandos en la mano, gritándole a una pantalla enorme donde rodaba un partido de fútbol virtual.

—¡Pásala, hombre, Hugo! ¡Estás ciego! —se rió Adrián, sin apartar la vista del juego.

Marisol entró con una bandeja: nachos, un cuenco de guacamole, tres cervezas heladas que sudaban en el vidrio.

—Aquí tenéis, campeones —dijo en tono ligero, inclinándose para dejar la bandeja en la mesa baja.

Los dos se callaron un instante. El vestido se le subió un poco por los muslos y dejó a la vista el arranque de las ingles, la piel lisa y depilada. Adrián no se molestó en disimular.

—Joder, Marisol… qué guapa estás hoy —murmuró, lo bastante alto para que Hugo lo escuchara.

Hugo soltó una risita incómoda.

—Tío… es la mujer de tu padre.

Adrián sonrió de medio lado, sin despegar los ojos de ella.

—Por eso mismo. Sé muy bien de lo que hablo.

Marisol se enderezó. Un calor le trepó por el cuello hasta las orejas.

—Portaos bien, ¿eh? —dijo intentando sonar maternal, pero la voz le salió más ronca de lo que pretendía.

Se giró para volver a la cocina, y entonces Adrián estiró la mano y le rodeó la muñeca con firmeza.

—Siéntate un rato con nosotros. Papá no está. No seas así.

—Adrián, tengo cosas que hacer…

—Solo un rato —insistió él, tirando con suavidad hacia abajo—. Aquí, en medio.

Marisol dudó. Hubo algo en esa voz —que ya no pedía, que afirmaba— que la hizo obedecer. Se sentó entre los dos. El sofá era amplio, pero ambos se arrimaron al instante, como si hubiera una señal acordada. Adrián apoyó una mano en su rodilla desnuda. Hugo la miró de reojo y tragó saliva.

Siguieron una partida más. Marisol intentaba fijar la vista en la pantalla, pero la mano de Adrián subía despacio por su muslo, por debajo del vestido. Llegó hasta la ingle, rozó la piel lisa, dibujó un círculo lento.

—Adrián… para —susurró ella.

—¿Por qué? —le contestó él al oído, con la voz grave—. Llevo meses viéndote por casa así, sin sujetador, con estos vestidos. Sabes lo que me haces, Marisol. Y sé que tú también me miras cuando crees que no me doy cuenta.

Hugo se removió en el asiento, sin saber dónde poner las manos.

—Tío… ¿lo dices en serio?

—Calla y mira —le respondió Adrián sin girarse.

Sus dedos apartaron la tela de la ropa interior. La encontró empapada. Sonrió, satisfecho de sí mismo.

—Estás mojadísima. ¿Lo ves, Hugo? Le gusta.

Marisol cerró los ojos, avergonzada de su propio cuerpo.

—Adrián… soy la mujer de tu padre…

—Y mi padre está en Sevilla. Tú estás aquí. Y yo quiero estar contigo. Los dos queremos.

De un tirón le levantó el vestido hasta la cintura. Hugo soltó un «joder…» casi inaudible al ver la braga blanca vuelta transparente por la humedad, y debajo la piel desnuda.

Adrián le bajó la prenda hasta los tobillos con una calma deliberada.

—Quítatelo todo —ordenó.

Marisol, temblando, se sacó el vestido por la cabeza. Sus pechos cayeron libres, los pezones ya endurecidos. Hugo se mordió el labio.

—Madre mía… —fue lo único que acertó a decir.

Adrián le tomó un pecho con la mano entera, lo apretó, le pellizcó el pezón hasta arrancarle un gemido.

—Hugo, ocúpate del otro.

Hugo se lanzó sin pensarlo. Su boca era más tímida, más torpe, pero succionaba con un hambre que no sabía esconder. Mientras tanto Adrián le metió dos dedos, despacio al principio, luego con un ritmo que la hacía arquearse contra el respaldo.

—Estás chorreando, madrastra. Te gusta que te traten así, ¿verdad que sí?

—No… por favor… —jadeó ella, aunque las caderas se movían solas a su encuentro.

—Dilo. Di que quieres.

Tres dedos ahora, curvados, presionando el punto exacto que la dejaba sin aire. Marisol se corrió con un grito ahogado, las piernas temblándole sobre el cuero del sofá.

—Dilo —repitió él, sacando los dedos y llevándoselos a la boca de ella, que los lamió sin pensar.

—Quiero… quiero estar con vosotros… —susurró, derrotada por su propio deseo.

Adrián sonrió, triunfal.

—Así me gusta.

***

La colocó a cuatro patas sobre el sofá, las caderas en alto hacia él. Le separó las nalgas con los pulgares, admirando la piel lisa y brillante.

—Hugo, ponte delante. Yo voy primero.

Hugo se arrodilló sobre el cojín, nervioso, y Marisol abrió la boca y lo recibió. Adrián se bajó los vaqueros de golpe. La penetró de una sola embestida profunda y Marisol gimió alrededor de Hugo, el sonido apagado contra su piel.

—Joder… qué bien aprietas… —gruñó Adrián, empezando a moverse con fuerza, marcando un ritmo que no admitía pausa.

Cada empujón la lanzaba hacia delante, hacia Hugo. Adrián le daba palmadas en las nalgas que dejaban un eco rojo en la piel.

—Esto es mío ahora. Cada vez que papá se vaya de viaje, vamos a repetir. ¿Te queda claro?

—Sí… —gimió ella, sin fuerzas para negarlo.

Se corrió de nuevo, apretándolo dentro, el cuerpo entero sacudido por la oleada. Adrián aguantó, los dientes apretados, y luego frenó.

—Hugo, cambia. Quiero que la pruebes tú.

Hugo se colocó detrás, más rápido aunque menos certero, las manos clavadas en las caderas de ella como si temiera caerse. Adrián se puso delante, le sujetó la cabeza por el pelo y guió el ritmo.

—Tranquilo, no tengas prisa —le dijo a su amigo, casi con sorna.

Hugo no aguantó demasiado.

—Joder… no puedo más… —jadeó.

—Fuera —ordenó Adrián—. Encima de ella.

Hugo se retiró a tiempo y se vació sobre la espalda y las nalgas de Marisol, soltando un quejido largo. Adrián la levantó entonces, la puso de pie contra su pecho, de espaldas a él, y la penetró así, sosteniéndola por la cintura con un brazo mientras con la otra mano le buscaba el clítoris.

—Dime que esto te gusta más que cualquier tarde aburrida con tu marido.

—Me gusta… me gusta más… —jadeó Marisol, la cabeza caída sobre el hombro de él.

Se corrió otra vez, gritando, sin pudor ya, con el cuerpo entregado. Adrián la giró, la hizo arrodillarse y terminó con un gruñido ronco, sujetándola por la nuca. Los tres se quedaron quietos, jadeando, el salón cargado de calor y del olor del sexo mezclado con la cerveza derramada.

***

Marisol acabó sentada en el suelo, la espalda contra el sofá, las piernas todavía temblorosas. Hugo se dejó caer a su lado, agotado y un poco asustado de lo que acababa de pasar. Adrián, en cambio, parecía dueño absoluto de la escena. Se agachó frente a ella y le levantó la barbilla con un dedo.

—Mañana papá vuelve tarde —dijo, con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Vamos a repetir. Y la próxima vez nos lo tomaremos con más tiempo, ¿de acuerdo?

Marisol solo pudo asentir, los ojos vidriosos y una sonrisa pequeña, culpable, asomándole a los labios. No voy a poder negarme nunca más, pensó, y lo aterrador fue que no quiso negarse.

—Ahora ve a ducharte —añadió Adrián, levantándose y recogiendo su mando del suelo—. Y cuando salgas, te sientas aquí con nosotros. Tenemos otra partida pendiente.

Ella se incorporó como pudo, recogió el vestido arrugado contra el pecho y caminó hacia el baño con las piernas inseguras. Bajo el chorro de agua caliente cerró los ojos y dejó que el vapor le borrara la vergüenza. Sabía que aquello no había sido un accidente, ni un desliz aislado. Era el principio de algo que iba a convivir con ella en aquella casa, en silencio, cada vez que Rubén hiciera la maleta.

Y en el fondo, aunque jamás lo admitiría en voz alta, sabía que ya nunca volvería a resistirse.

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Comentarios (6)

Kira_oscura

tremendo relato!!! me enganche desde el primer parrafo, no pude parar de leer

RamiroN_89

Por favor una segunda parte, ese final deja con ganas de mas!

SolDeNoche77

me encanto como esta escrito, se siente tan real sin ser burdo. Seguí publicando!

Maru_09

me recordo a algo que vivi hace tiempo jaja. Muy bueno, tiene mucha tension bien manejada

FantasiasxLeer

Excelente, uno de los mejores que lei en esta categoria. Felicitaciones

Belu_2002

se hizo cortisimo!!! cuando viene la continuacion?

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