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Relatos Ardientes

El mes que pasé en el ático de mi hermana

La llave giró en la cerradura con un chasquido seco que sonó más fuerte de lo que debería. Al entrar en el ático de Renata, el aire me recibió con una mezcla de sándalo y un calor dulzón que reconocí enseguida, aunque nunca lo había sabido nombrar. No era el olor de una hermana. Era el de una mujer de treinta y tres años que se movía por el mundo sabiendo exactamente la clase de poder que tenía.

—Deja las maletas en el pasillo, Adrián. Esta también es tu casa —dijo, sin volverse.

Estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí, recortada contra la luz naranja del atardecer de Valencia. Llevaba un vestido de seda oscura, tan fino que parecía dibujado sobre su cuerpo. Mis ojos hicieron el recorrido solos: la línea de su espalda, la curva de sus caderas, el modo en que la tela se tensaba al final, marcando la raya del culo y la ausencia clarísima de ropa interior. Aparté la vista, pero ya era tarde. La imagen se me había quedado prendida y la polla empezaba a hincharse contra la cremallera.

—Gracias, Rena —conseguí decir, con la garganta áspera.

El diminutivo me hizo sentir un crío, y eso contrastaba de forma ridícula con lo que empezaba a pasarme dentro de los vaqueros solo de mirar el movimiento de sus hombros.

Se giró despacio. Renata no tenía la fragilidad de las chicas de mi edad; tenía la seguridad de quien lleva años acostumbrada a que la miren. Su rostro era de facciones firmes, con unos labios que siempre parecían a punto de soltar algo que era mejor no oír, y unos ojos oscuros que me midieron de arriba abajo sin prisa. Los pezones se le marcaban a través de la seda, duros, dos puntas oscuras que la tela no disimulaba.

—Has cambiado, hermanito —comentó, caminando hacia mí—. Te has puesto fuerte. El gimnasio te ha sentado bien.

Se detuvo a un palmo. Olí el vino en su aliento y el calor que despedía. Era más baja que yo, pero en ese instante me sentí pequeño. Levantó una mano y, con una lentitud calculada, me recorrió el pecho hasta el cuello. Tenía los dedos fríos, y aun así el contacto quemaba.

—Estás tenso —susurró, y sus ojos bajaron un segundo hacia mi entrepierna, donde ya no había nada que disimular. Una sonrisa torcida le asomó a la comisura—. ¿Te incomoda quedarte a solas con tu hermana mayor? ¿O es que se te empalma la polla solo de olerme?

—Es el viaje. El cansancio —mentí, sintiendo cómo el sudor me asomaba a la frente.

Dio un paso más y eliminó cualquier distancia. Noté el roce de sus tetas contra mi pecho, una presión mínima que me recorrió la columna como una corriente. No se apartó. Al contrario, subió la mano hasta mi nuca, enredó los dedos en mi pelo y me obligó a sostenerle la mirada.

—En esta casa no hay secretos, Adrián. Y menos entre tú y yo. Si vamos a compartir techo un mes entero, vas a tener que entender una cosa: aquí mandan mis reglas. Y la primera es la honestidad absoluta.

Bajó la otra mano y, con un descaro que me dejó sin aire, cerró los dedos alrededor del bulto tenso de mi pantalón. No fue un roce; fue un apretón lento, midiéndome el grosor y el largo por encima de la tela. Se me escapó un gemido ahogado y sentí cómo se me humedecía el glande contra la costura de los calzoncillos.

—Vaya, hermanito —ronroneó, apretando otra vez, notando el latido de mi verga en la palma—. Tienes una polla enorme. Y bien dura. ¿Sabes lo que les pasa a los que desean lo que no les pertenece?

No supe responder. Algo se había agrietado, y por la grieta empezaba a colarse una oscuridad que no sabía nombrar. Renata me soltó, pero no para alejarse, sino para rodearme camino de la cocina, dejando que las uñas me arañaran apenas la espalda al pasar.

—Date una ducha fría —dijo por encima del hombro—. Vas a necesitarla. Esta noche cenamos solos, y quiero que prestes mucha atención a lo que voy a enseñarte.

Me quedé plantado en mitad del salón, con el pulso disparado, la polla goteando dentro del calzoncillo y la certeza incómoda de que mi hermana acababa de abrir una puerta que ya no se cerraría.

***

El agua helada no sirvió de nada. Cada gota que me bajaba por la espalda me devolvía la presión de sus dedos apretándome la verga por encima de la tela. Me pajeé rápido bajo el chorro, apoyando la frente contra los azulejos, imaginando su boca. Me corrí a los dos minutos, con un gruñido ahogado, escupiendo lechazos blancos contra la mampara. No me alivió una mierda: en cuanto cerré el grifo ya la tenía otra vez medio dura, pensando en cómo me había mirado el bulto.

Me sequé a manotazos y me puse solo un pantalón de chándal gris, con el pecho al aire. El vapor empañaba el espejo, pero no borraba la imagen de Renata.

Cuando salí del baño, el apartamento estaba en penumbra, iluminado apenas por unas velas en el salón. El silencio era denso, roto solo por una música suave que salía de los altavoces. Caminé descalzo, intentando no hacer ruido, y me paré en seco al llegar al umbral.

Renata estaba allí, pero no como la había dejado. Se había quitado el vestido. Llevaba un conjunto de encaje color granate que parecía pensado para subrayar cada centímetro de su madurez. El sujetador le levantaba las tetas hasta hacer un canalillo profundo por el que se le colaba la luz de las velas. Estaba recostada en el sofá de cuero, con una pierna recogida y la otra extendida, mostrando unos muslos firmes y tersos, y entre ellos, un triángulo de encaje que se transparentaba lo justo para intuirle el vello oscuro del coño.

—Tardabas demasiado —dijo, levantando una copa—. ¿Te la has cascado en la ducha pensando en mí, hermanito?

Sus ojos me recorrieron el torso desnudo. Se detuvieron en mis hombros, bajaron por mi abdomen y terminaron donde el algodón gris no disimulaba nada: la polla se me estaba volviendo a poner dura por debajo del chándal y el bulto era imposible de tapar. Una chispa de triunfo le cruzó la mirada.

—Acércate, Adrián. Trae la botella de la mesa.

Obedecí como un autómata. Al inclinarme para servirle, el olor de su piel me golpeó de lleno, mezclado con el aroma inconfundible y ácido de un coño mojado. Renata no se movió; dejó que mi brazo rozara su rodilla. El muslo le ardía.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, con una voz que era terciopelo y veneno a partes iguales—. No me mientas. Sé que llevas años imaginando cómo sería el cuerpo de tu hermana mayor bajo la ropa. Cómo huele mi coño. Qué sabor tienen mis tetas.

—Rena, no deberíamos… —mi voz era un hilo, una protesta sin fuerza que ella espantó con un gesto.

—Lo que deberíamos o no deberíamos murió en cuanto cruzaste esa puerta, hermanito. Somos adultos. Y somos los únicos que sabemos lo que corre por nuestras venas.

Dejó la copa y se incorporó hasta quedar sentada frente a mí. El encaje apenas contenía sus pechos. Me apoyó las manos en la cintura y tiró de mí hacia el hueco entre sus piernas abiertas. Su cara quedó a la altura de mi bragueta y, sin dejar de mirarme a los ojos, se pasó la lengua por los labios y me plantó un beso húmedo justo encima del bulto del chándal, mordiéndome la polla por encima de la tela.

—Nadie en este mundo te conoce mejor que yo —murmuró, subiéndome las manos por la espalda, clavando las uñas—. Nadie sabe mejor qué te hace temblar. Y lo que necesitas ahora mismo es que tu hermana te vacíe estos huevos que llevas veintipico años cargando por mí.

Se puso en pie sin soltarme, empujándome hasta que mi espalda chocó contra la pared. Se pegó a mí de cuerpo entero. Sentí el calor de su vientre, la suavidad de sus tetas aplastándose contra mi pecho, y su mano volvió a mi entrepierna, esta vez metiéndose por dentro de la cintura del chándal, envolviéndome la polla directamente con la piel de la palma.

—Joder, qué polla tienes —gimió al notarla desnuda entre sus dedos, apretándola desde la base hasta la punta con una lentitud calculada—. Estás chorreando ya, hermanito. Mira cómo babeas de líquido para mí.

Me subió el pulgar por el glande, recogiendo la gota espesa que asomaba, y se la llevó a la boca, chupándose el dedo sin apartar los ojos de los míos.

—Mírame a los ojos —ordenó, y la voz le volvió ese tono de mando que me daban ganas de obedecer—. Esta noche vas a aprender que aquí no eres de ninguna chica de tu edad. Eres mío. Esta polla es mía.

Bajó la mano hacia el cordón de mi pantalón y, con un movimiento experto, deshizo el nudo. El chándal cayó al suelo. La verga me saltó dura contra su vientre, marcándole la piel con un hilo de líquido preseminal. Renata bajó la vista, se mordió el labio y cerró la mano entera alrededor del tronco, empezando a masturbarme despacio, apretando fuerte, retirando la piel del glande con cada pasada.

—Esta noche vas a olvidar que somos hermanos —sentenció, rozándome los labios con los suyos sin llegar a besarme, mientras la muñeca seguía subiendo y bajando por mi polla—. Solo vas a recordar que soy la mujer que puede destruirte o hacerte rey. Y tú vas a elegir servirme de rodillas antes de meterme esta verga hasta el fondo.

***

El dormitorio de Renata era todo sombra y satén. La luna se colaba entre las lamas de la persiana y dibujaba rayas plateadas sobre la colcha. Entró primero, sin soltarme la polla, arrastrándome literalmente por ella hasta su terreno con la calma de quien sabe que la presa ha dejado de pelear.

—Siéntate —dijo, señalando el borde de la cama.

Me dejé caer allí, desnudo del todo, con la verga tiesa apuntando al techo y el pulso golpeándome las sienes. Ella se plantó delante, de pie. A esa altura, el triángulo de encaje granate me quedaba a la altura de los ojos. Le veía la mancha oscura de humedad marcada en la tela, el bulto de los labios mayores empujando el encaje. El olor crudo de su coño me nublaba el juicio.

—Tiemblas —dijo, acariciándome los hombros con una lentitud insoportable—. Toda la vida has sido el hermano pequeño, el orgullo de casa. Pero ahora solo eres un tío con la polla dura deseando a la única mujer que tiene prohibida. Y eso es justo lo que más te gusta, ¿verdad?

No fui capaz de hablar. Se llevó las manos a la espalda y, con un gesto fluido, se desabrochó el sujetador. El encaje cayó al suelo. Sus tetas quedaron libres, pesadas, con los pezones marrones erizados y las areolas grandes, apuntándome a la cara. La visión me arrancó un jadeo y me pasé la mano por la polla para no correrme sin más.

—Tócamelas —mandó. No era una invitación—. Quiero que sientas el peso de las tetas de tu hermana en tus manos.

Levanté las manos casi con miedo y le abarqué las dos. Le pesaban en las palmas, calientes, blandas por fuera y firmes por dentro. Le apreté los pezones entre pulgar e índice y ella arqueó la espalda con un suspiro que me ardió en los oídos. Me incliné y le atrapé un pezón con la boca, chupando fuerte, tirando con los dientes, mientras con la otra mano le amasaba la otra teta.

—Eso es. Cómemelas, hermanito. Chúpame como si fueras mío otra vez —susurró, agarrándome la cabeza y apretándola contra su pecho hasta que casi no podía respirar—. Huele la coño mojado que llevo años guardando solo para ti.

Bajé una mano por su vientre y le metí dos dedos por dentro del encaje. Al rozarle el coño lo encontré empapado, hinchado, con el clítoris duro asomando entre los labios. Le hundí los dedos hasta el fondo y noté cómo se le contraía por dentro, apretándome.

—Joder, Rena, estás chorreando —gemí contra su teta.

—Llevo semanas pensando en tenerte así —jadeó ella, moviendo las caderas contra mi mano—. Cada vez que hablábamos por teléfono me metía los dedos pensando en mi hermanito.

Se apartó un centímetro, lo justo para mirarme con un brillo de dominio absoluto. Me sacó los dedos de dentro y se los llevó a la boca, chupándolos hasta el nudillo, tragándose su propio flujo sin apartarme la mirada.

—Ahora tú —dijo, y se dio la vuelta.

Se inclinó sobre la cama, apoyada en los antebrazos, ofreciéndome el culo. La braguita de encaje se le había metido entre las nalgas y le dibujaba el surco entero. Me arrodillé en el suelo, tras ella, y le bajé la tela con los dientes. El coño se le abrió entero delante de mi cara: rosa por dentro, brillante, con un hilo de flujo espeso que le bajaba por el muslo.

—Cómemelo —ordenó por encima del hombro—. Y ni se te ocurra parar hasta que me corra en tu boca.

Hundí la cara sin pensarlo. La primera lamida fue larga, desde el clítoris hasta el ojete, arrancándole un grito. Renata olía a hembra en celo y sabía salada, densa, con un fondo ácido que me ponía la polla a punto de reventar. Le clavé la lengua dentro y luego subí a chuparle el clítoris, mamándoselo entre los labios como un pezón, haciendo círculos, tirando suave con los dientes.

—Así, hijo de puta, así… —jadeaba, aplastándome la cara contra su coño, follándome la boca con las caderas—. Métemela más, mete la lengua más adentro… Dios, qué bien lo haces para ser tu primera vez comiéndoselo a tu hermana…

Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Sentí cómo se le contraían las paredes internas alrededor de mis nudillos y aumenté el ritmo, jodiéndola con los dedos mientras le mamaba el capullo hinchado. Renata empezó a temblar, se agarró a la sábana con los puños y soltó un gemido largo, gutural, que llenó el dormitorio entero.

—Me corro, me corro, no pares…

Se corrió empujándome contra ella, apretándome la nuca con una mano para que no me apartara. Noté cómo se me llenaba la boca de un líquido caliente y espeso, cómo el coño le latía contra mi lengua en espasmos largos. Se lo tragué todo, chupándole hasta la última gota, con la barbilla empapada.

—Túmbate. Boca abajo —dijo cuando por fin recuperó el aliento, con la voz otra vez metálica—. No quiero que me mires mientras decido qué hago contigo.

Me giré y me enterré en el colchón, con la polla aplastada contra el satén. Oí abrirse un cajón y el roce de algo que no era piel. El corazón se me detuvo.

—Has sido un buen chico con la lengua —dijo, sentándose sobre mis riñones, su peso cálido aplastándome contra la cama—. Pero ahora voy a enseñarte de verdad lo que significa que tu hermana mayor sea tu dueña.

Noté algo frío y resbaladizo bajando por la raya del culo. Sus dedos, embadurnados en lubricante, jugaron con mi ojete, presionando, cediendo, presionando otra vez, hasta que uno se coló dentro. Solté un gemido contra la almohada.

—Relájate, hermanito —susurró, moviendo el dedo en círculos, abriéndome—. Deja que tu hermana te enseñe lo que es entregarse de verdad.

Metió un segundo dedo y noté cómo se me abría el culo alrededor de sus nudillos. Ardía, pero era un ardor cargado de placer que me hacía empujar el culo hacia atrás pidiéndole más. Y entonces sentí algo más grueso, más firme, apoyándose contra la entrada. La primera presión me hizo clavar las uñas en el satén. El arnés le rozaba las nalgas contra las mías. La invasión era lenta, milimétrica, pero venía acompañada de una descarga tan intensa que se me escapó un grito ahogado.

—Ábrete para mí —jadeó ella, empujando un poco más—. Ábrete y déjame follarte como te mereces.

Cuando estuvo entera dentro se detuvo, dejándome sentir la plenitud. Luego empezó a moverse. Al principio despacio, midiéndome, y luego más rápido, embistiéndome el culo con un ritmo brutal, sujetándome de las caderas para tenerme quieto. Cada empuje me apretaba la polla contra el colchón y me arrancaba un gemido nuevo. Yo mismo empecé a mover el culo hacia atrás, saliéndole al encuentro, jodiéndomela.

—Mírate —se burló, inclinándose para morderme el lóbulo—. El heredero de la familia, con el culo abierto, pidiéndole más a su hermana.

Y entonces algo hizo clic dentro de mí. Quizá fue la humillación llevada al extremo, o quizá que su propio deseo la había vuelto descuidada. La sentí jadear, vibrando de excitación mientras me sometía. En un impulso nacido de una rabia que llevaba años contenida, apoyé los antebrazos con fuerza y, de un giro violento, la derribé.

No se lo esperaba. Soltó un grito de sorpresa cuando sus hombros golpearon el colchón y quedé sobre ella, sujetándole las muñecas por encima de la cabeza. Le arranqué el arnés y lo tiré al suelo.

—¿Qué haces? —jadeó, pero en sus ojos no había miedo, sino una chispa eléctrica.

—Se acabó el juego de la tirana, Rena —dije, con una voz que me salió de muy adentro, cargada de una autoridad que no sabía que tenía—. Me has despertado. Ahora vas a comerte esta polla como te toca.

La solté, pero no para dejarla ir. La agarré del pelo y le acerqué la cara a mi verga, que tenía tiesa y goteando entre los dos. Abrió la boca sin resistirse, y se la metí entera hasta la garganta de una sola embestida. Sentí cómo se le atragantaba, cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, y no me detuve. Le follé la boca sujetándola de la nuca, empujando hasta el fondo, oyendo el ruido húmedo de su garganta cada vez que se la metía hasta los huevos.

—Chúpamela bien, hermana. Trágatela como llevas años queriendo.

Renata gimió alrededor de mi polla, moviendo la lengua por debajo del glande, chupando con las mejillas hundidas. Le babeaba la saliva por la barbilla, mezclada con el preseminal que le escupía yo. Me la sacó y me lamió los huevos, uno a uno, metiéndoselos enteros en la boca, mirándome desde abajo con una devoción que ya no tenía nada de dominante.

—Fóllame ya, por favor —suplicó, tumbándose de espaldas y abriendo las piernas—. Métemela en el coño, hermanito, méteme esa polla hasta el útero.

Le agarré las piernas y se las eché hacia atrás, hasta que las rodillas le tocaron las tetas. Sin pedir permiso, sin preámbulos, me abrí paso en ella de una sola embestida que la dejó sin aire. El coño le estaba tan mojado que la polla se me hundió entera hasta la base al primer empuje.

—¡Adrián! —gritó, y esta vez no era una orden, era una súplica.

Empecé a moverme con un hambre salvaje, marcando yo el ritmo, cada empuje más profundo y posesivo que el anterior. Sentía cómo el glande le golpeaba el fondo, cómo se le abría el coño alrededor de mi tronco, cómo se le movían las tetas con cada embestida. Ya no era el hermano pequeño buscando aprobación. Le agarré una teta con la mano y le clavé los dedos hasta dejarle marca.

—Dime quién manda ahora —le exigí, con la voz ronca, sin dejar de embestirla—. Dilo.

—Tú… tú, Adrián… no pares, fóllame más fuerte… —gemía ella, con los ojos en blanco, entregada por completo.

La saqué, la giré de un tirón y la puse a cuatro patas. Le agarré las nalgas con las dos manos, se las abrí de par en par, y le metí la polla otra vez en el coño desde atrás, agarrándole el pelo con la otra mano como si fueran riendas. La follé a perro, brutalmente, oyendo el chapoteo húmedo de nuestros cuerpos y sus gritos amortiguados contra la almohada.

—Mira cómo te la meto, Rena. Mira cómo tu hermano pequeño te folla el coño como no te lo ha follado nadie.

—Sí, sí, sí… córrete dentro, por favor, córrete dentro de tu hermana…

La embestí más rápido, más hondo, sintiendo cómo se me apretaban los huevos, cómo se me acumulaba el orgasmo en la base de la polla. Cuando ya no pude más, la agarré de las caderas, le hundí la verga hasta el fondo y me corrí dentro con un rugido, disparándole chorros espesos contra las paredes del coño. Sentí cómo el semen se me escapaba por los bordes, bajándole por los muslos.

Renata también se corrió, con un grito largo, apretándome la polla desde dentro con espasmos que me ordeñaron hasta la última gota.

Entendí entonces que siempre había querido esto: que yo tomara el control, que la dominara con la misma intensidad con que ella me había humillado. Mi hermana mayor se había convertido en mi igual y, al fin, en algo que era mío. Me quedé dentro un rato más, notando cómo se me iba ablandando la polla contra sus paredes empapadas, mientras ella se dejaba caer sobre el colchón con el culo levantado y mi lechada chorreándole del coño.

***

A la mañana siguiente el sol inundaba el salón, pero el ambiente no tenía nada de inocente. Renata estaba en la cocina, de espaldas, preparando café. Llevaba una de mis camisas blancas, que apenas le cubría la parte alta de los muslos y le dejaba ver, cuando se movía, la curva inferior de las nalgas desnudas. No se había puesto bragas. Verla con mi ropa sobre su cuerpo de treinta y tres años me aceleró el pulso y me puso la polla dura al instante bajo el bóxer.

Caminé hacia ella sin hacer ruido. Al notarme, se le tensaron los hombros, pero no se giró. Sabía lo que venía.

—Buenos días, Rena —susurré, pegándome a su espalda.

Le pasé las manos por la cintura, deslizándolas bajo la tela hasta encontrar su piel. Le subí la camisa hasta el ombligo y le agarré las tetas por debajo, apretándoselas, pellizcándole los pezones entre los dedos. Ella suspiró y apoyó la cabeza en mi hombro, rindiéndose, mientras yo restregaba la polla dura contra la raya de su culo desnudo. Ya no quedaba rastro de la mujer gélida que me había recibido el primer día.

—Adrián… el café se va a quemar —murmuró, aunque sus caderas ya buscaban las mías, moviéndose para acomodarme mejor entre las nalgas.

—Que se queme —respondí, girándola para que me mirara.

La levanté sin esfuerzo y la senté sobre el mármol frío de la encimera. Le abrí las piernas de un empujón y le vi el coño hinchado, todavía enrojecido de la noche, brillando de humedad. Me bajé el bóxer y me saqué la polla, dura, palpitante. Renata bajó la vista y se relamió.

—Métemela ya, hermanito. Métela sin más.

Me acerqué, apoyé el glande contra la entrada de su coño y empujé de una sola vez. Se me metió hasta el fondo con un chapoteo húmedo. Ella soltó un gemido largo y me rodeó la cintura con las piernas, tirando de mí con una urgencia que no admitía esperas.

—Me gusta que no preguntes —dijo, acariciándome la nuca mientras yo empezaba a embestirla contra el mármol—. Me gusta que me tomes como si fuera tuya por derecho, que me metas la polla cuando te dé la gana.

—Lo eres —respondí, hundiendo la cara en su cuello, aspirando ese olor a café, piel caliente y coño follado.

Lo de la cocina fue pausado e intenso. La embestía despacio, dejándole sentir cada centímetro de polla entrando y saliendo, notando cómo el coño le succionaba el glande cada vez que me retiraba. Le desabroché los botones de la camisa uno a uno, mientras seguía moviéndome dentro de ella, hasta dejarle las tetas al aire. Me incliné y le mamé un pezón, mordiéndolo suave, mientras aumentaba el ritmo de las embestidas.

Ella ahogaba los gemidos en mi cuello para que no se escaparan por las ventanas abiertas, clavándome las uñas en la espalda. El mundo de fuera no existía; solo existía lo que pasaba bajo ese techo, la polla de un hermano metida hasta los huevos en el coño de la otra.

—Me corro, Adrián… me corro otra vez, joder…

La embestí más fuerte, con las manos en sus nalgas para tenerla pegada a mí. Sentí cómo el coño se le cerraba en oleadas alrededor de mi verga y no aguanté más: le vacié la segunda carga de la mañana dentro, empujando hasta el fondo con cada chorro, mordiéndole el hombro para no gritar.

Cuando terminamos, la dejé sobre la encimera, jadeante, con la camisa abierta y el coño chorreándome semen sobre el mármol. Le di un beso en la frente, un gesto que mezclaba el cariño de hermano con la posesión más absoluta.

—Esta noche cerramos el mes —le dije al oído—. Y vamos a hacerlo a mi manera.

***

La última noche en el ático no se sintió como una despedida, sino como una coronación. El aire estaba cargado, casi sólido. Ya no quedaban juegos de poder; solo una certeza que se había asentado entre nosotros como una ley natural invertida para siempre.

Renata me esperaba en el salón, bañada por la luna que entraba a raudales. Estaba desnuda, con una copa de vino en la mano, observándome entrar con la serenidad de quien ya se ha entregado del todo. Los pezones se le habían puesto duros solo de oírme llegar y tenía las piernas ligeramente abiertas, dejándome ver el coño depilado, brillante, ya mojado.

—Sabía que vendrías —dijo, con un susurro ronco—. Te esperaba para entregarte las llaves de este sitio. Y este coño.

Caminé hacia ella sin dudar. La sujeté por la nuca y le quité la copa con la otra mano, sin apartar la vista de sus ojos. La estreché contra mí y noté el choque de nuestra piel desnuda. Exhaló un suspiro largo, de alivio, como si toda su autoridad de cara al mundo no fuera más que un peso del que yo, por fin, la había librado.

—Ponte de rodillas —le ordené—. Antes de nada, quiero que me la chupes.

Obedeció sin rechistar. Se dejó caer al suelo, me bajó los pantalones y me sacó la polla, ya dura. Se la metió en la boca con hambre, hasta el fondo, chupándomela con una devoción nueva. Me la sacó, me lamió los huevos, y volvió a comérmela, con la mano bombeándome la base al mismo ritmo que la boca. La saliva le caía a hilos, empapándome la polla y los cojones.

—Mírame mientras me la mamas —le exigí, agarrándola del pelo.

Levantó los ojos hacia los míos sin sacársela de la boca. Follármela así, con la mirada clavada en la mía, me llevó al límite. La aparté antes de correrme y la levanté del suelo.

—No hay vuelta atrás, Rena —le dije, empujándola hacia el sofá de cuero, el lugar donde todo había empezado a quebrarse semanas atrás—. Mañana saldremos de aquí y volveremos a ser los hermanos perfectos delante de papá y mamá. Pero cada vez que me mires en una cena familiar vas a recordar cómo te hice mía.

—Lo sé —respondió, tumbándose de espaldas y abriéndose de piernas—. Y eso es lo que me mantiene viva. La idea de ser tu secreto, Adrián. Ven, méteme esa polla otra vez.

Me subí sobre ella y le hundí la verga en el coño de una embestida lenta, mirándola a los ojos mientras se lo llenaba entero. Renata gimió, arqueándose bajo mi cuerpo. La follé despacio al principio, con una determinación casi ceremonial, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada movimiento era una firma sobre su piel.

Luego cambié de ritmo. Le puse los tobillos sobre mis hombros y empecé a embestirla más rápido, más hondo, con los huevos golpeándole el culo con cada empujón. El sofá crujía. Ella se agarraba a los cojines, con los gemidos llenando el salón, repitiendo mi nombre con una entrega que borraba cualquier idea de culpa.

—Ponte encima —le dije, saliéndome y tumbándome yo—. Cabálgamela como te dé la gana.

Se subió a horcajadas sin dudar. Se agarró mi polla, se la colocó contra el coño y bajó de una sola sentada, tragándomela entera. Empezó a moverse, subiendo y bajando, con las tetas rebotándole delante de mi cara. Le agarré las caderas y la ayudé a marcar el ritmo, hundiéndomela hasta el fondo cada vez. Ella se echaba hacia atrás, apoyándose con las manos en mis muslos, ofreciéndome la vista de su coño estirado alrededor de mi verga cada vez que la sacaba y la volvía a meter.

—Mírala entrando y saliendo —jadeó—. Mira cómo me llena la polla de mi hermano.

La agarré, me incorporé sin sacársela y la giré de espaldas. La puse a cuatro patas sobre el sofá y le entré desde atrás, agarrándola de la cintura, follándola con embestidas cortas y profundas. Le pasé una mano por delante, buscándole el clítoris, y se lo froté al mismo ritmo que le metía la polla.

—Me corro… Adrián, me corro… —jadeó, apretando el culo contra mi pubis.

Sentí cómo el coño se le cerraba en espasmos alrededor de mi verga, cómo se le agarrotaba todo el cuerpo. Aguanté para acompañarla y, cuando ya no pude más, la agarré de las caderas y me corrí dentro por tercera vez, vaciándole hasta la última gota, con un gruñido largo contra su nuca.

Cuando el mundo se redujo al latido de nuestros pechos pegados, la giré, la abracé contra mí y noté cómo el semen se le escapaba entre los muslos, mojándome el vientre. Ella me abrazó con una fuerza que me dejó sin aire. Habíamos cruzado el umbral y, al otro lado, no había abismo, solo plenitud.

—Eres mío —susurró contra mi oído mientras recuperábamos el aliento—. Mi hermano, mi amante. Para siempre.

—Y tú la mía —respondí, besándole la frente—. El mes termina, pero lo nuestro acaba de empezar.

Nos quedamos allí, viendo cómo el amanecer empezaba a teñir el cielo de Valencia, con la polla otra vez medio dura contra su muslo, sabiendo que antes de vestirnos me la iba a follar una vez más. El ático guardaría el secreto, pero nosotros llevaríamos su marca en cada mirada furtiva y en cada roce "casual" que, de ahora en adelante, definiría lo que éramos cuando nadie nos veía.

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Comentarios(9)

RomeoLector88

de los mejores de esta categoría que leí en mucho tiempo, increible!!!

Silvinita_k

Que final tan inesperado... necesito la segunda parte ya!! me quede con el corazon a mil

PabloCortes_xv

Lo leí dos veces porque la primera no me lo creía. Se siente muy autentico, sin las exageraciones de siempre.

SebaCba

Me hizo acordar a ese verano que pase en lo de mi prima, también lejos de todo. No paso nada pero la tension era parecida jaja. Buen relato!

Lect_Anon77

cortito se hizo, quiero mas por favor

MaiteR_03

Muy bien escrito. Se siente la tension desde el principio sin que sea forzado. Esperando que sigas!

MarcosDlP

¿Esto es autobiografico o pura ficcion? porque suena muy real

VeronicaRuiz_ok

Que manera de escribir che, se me paso volando. Una de las mejores historias de esta seccion sin duda

Laucha76

el titulo ya te atrapa y despues no podes parar de leer, bien ahi. Saludos desde Cordoba

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