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Relatos Ardientes

El San Valentín que unió demasiado a la familia

Adrián entró al piso con la cara empapada en lágrimas. Helena, que se preparaba un café en la cocina, sintió que el corazón le daba un vuelco al oír los sollozos de su hijo. Apagó la placa y corrió al recibidor, donde lo encontró cabizbajo, deshecho, con una bolsa de papel resbalándole de la mano hasta el suelo.

—Cielo. —Lo abrazó, apretándolo contra su pecho mientras le frotaba la espalda—. ¿Qué te ha pasado?

No le veía ninguna herida. Adrián, pese a tener diecinueve años recién cumplidos, era un chico de aspecto frágil que apenas pasaba del metro sesenta. Aparentaba menos edad, con esa belleza casi dulce, el rostro lampiño, el pelo rubio y ensortijado y un carácter tan blando que lloraba con cualquier película. Helena, que le sacaba una cabeza, tuvo que inclinarse para acogerlo. Nunca lo había visto tan hundido.

—Ven, vamos a la sala y me lo cuentas —dijo, peinándole los rizos con los dedos—. Tu hermana está en su cuarto con la música a todo volumen. Habla con mamá, ¿sí?

Adrián apenas le tenía secretos. Tenían una relación muy estrecha, hasta el punto de que Daniela, tres años mayor y mucho más independiente, se burlaba de ellos. «Deja de tratarlo como a un peluche», le decía. «Así no se hará un hombre nunca.»

Helena lo sentó en el sofá y se pegó a él, muslo con muslo, rodeándolo por los hombros. De pronto lo entendió todo. Era San Valentín. No podía ser casualidad.

—Claudia me ha dejado. —Los dedos de Adrián se deslizaban por el pelo negro y lacio de su madre, atraídos por su brillo—. Justo hoy. Dijo que estaba cansada de que yo fuera así. Débil.

A Helena le rechinaron los dientes. Aquella cría engreída nunca le había gustado.

—¿Eso te dijo? Y encima un día como hoy. —Le recorrió la mejilla con los labios, recogiendo las lágrimas—. Eres sensible, inteligente, con más conversación que cualquier chulo de barrio. Esa chica es demasiado básica para ti. No te merece.

—¿Y entonces por qué duele tanto? —Adrián había llorado tanto que respiraba por la boca.

—Porque tienes demasiado corazón. Pero aquí está mamá para repararlo las veces que haga falta.

Reclinados contra el respaldo, terminaron sentados de costado, las piernas entrelazadas, los cuerpos tan juntos que empezaba a envolverlos el calor. Helena sentía el aliento de su hijo en el cuello cuando él la abrazaba más fuerte, presionando sus pechos en el proceso.

—Ojalá conociera a una chica tan dulce como tú, mamá. —Adrián le dio un beso rápido en el cuello.

Aquellas palabras hicieron que a Helena le palpitara el pecho. Y no solo el pecho. Tenía los pezones tan duros que le dolían contra el tejido húmedo del vestido.

—¿Para qué quieres una chica como yo, si ya me tienes a mí? —Le besó la coronilla, los labios entreabiertos sobre los rizos—. ¿O es que no soy suficiente para ti?

—¡Claro que sí! Eres maravillosa, mami.

Derretida, interpretando como amor maternal el calor que sentía bajo la piel, atrapó entre sus labios uno de aquellos rizos dorados y lo enredó en la lengua, saboreándolo. No supo por qué lo hizo. Simplemente se dejó llevar.

—Con otra chica puedo besarme y todo eso —murmuró él, tímido—. No es lo mismo.

—Seguro que esa tonta de Claudia no sabía hacer esto.

Helena inclinó la cara y atrapó el lóbulo de su oreja entre los labios. Lo chupeteó, lo paseó por la lengua, lo bañó en saliva como si fuera un caramelo. Adrián gimió, pero no se apartó: deslizó la pierna entre las de ella, presionando el muslo justo contra su entrepierna. Aquel roce mandó una descarga por todo el cuerpo de Helena.

¿Te has vuelto loca?, se dijo. Pero se justificó: lo hacía por él, para que dejara de pensar en el daño que le había hecho aquella cría. Y estaba funcionando: Adrián reaccionaba con risitas y suaves gemidos, frotando cada vez más el muslo contra el sexo de su madre.

—Mami, te estás babeando.

Era verdad. Tenía hilos de saliva colgándole de la barbilla. Adrián levantó una mano, se los recogió con los dedos y, tímidamente, se los pasó por la lengua.

—Qué rico. Ahora sé a qué saben tus besos.

Helena jadeaba. Sabía que aquello estaba completamente fuera de lugar, pero había borrado las lágrimas de la cara de su hijo, y eso, se dijo, la convertía en la mejor de las madres.

—Mamá —dijo una voz desde la puerta—, deja algo para mí, ¿no?

***

Helena dio un respingo y se enderezó en el sofá, destrabando las piernas. Entonces reparó en el bulto que tensaba el pantalón de su hijo.

Daniela las miraba desde la puerta, una mano en la cadera, sonriendo con ironía. Acababa de salir de una siesta: el pelo rubio y ondulado revuelto, la camiseta de tirantes arrugada sobre unos pechos generosos que eran la versión de veintidós años de los de su madre. Salvo el carácter y los tatuajes de serpientes que le cubrían el brazo derecho, era un calco de Helena.

—Poco os faltaba para haceros una bolita —dijo, recogiendo del suelo la bolsa que Adrián había dejado caer—. ¿Qué me he perdido?

—Era un regalo para Claudia —murmuró él—. Me ha dejado. Justo hoy.

—¿En San Valentín? Hay que ser sinvergüenza. Esa niñata no te merece, enano. —Daniela se acercó y dejó caer su trasero al otro lado de su hermano, abrazándolo por la cintura—. Al menos tienes a la hermana más guay del mundo.

Su antebrazo descendió y rozó algo muy sólido. Tras un segundo de sorpresa, sonrió y añadió un poco más de presión. Adrián jadeó. Helena sintió la punzada de unos celos nada apropiados.

Lo cierto era que, en los últimos meses, Daniela había pasado de encontrar repugnante el modo en que su madre mimaba a su hermano a descubrir algo morboso en ello. El chico delicado envuelto en las atenciones de su madre voluptuosa le había generado fantasías nada sanas. Esa misma tarde se había corrido dos veces imaginando precisamente esto, y ahora la realidad le servía la fantasía en bandeja.

—¡Qué mojado tienes esto! —Acababa de notar la oreja empapada de su hermano, y no le costó deducir el motivo—. Pues hoy te toca doble ración de consuelo.

Sacó una lengua muy húmeda y recorrió la oreja de Adrián, restregándose contra él. El chico gimió y clavó los dedos en la cadera de su madre.

—Daniela… —protestó Helena—. No creo que sea apropiado.

—Un corazón roto no se arregla así como así, mamá. Nos necesita a las dos.

Helena frunció el ceño. Los celos mordían con fuerza. Debería parar esto ahora mismo. En cambio, besó el pómulo de su hijo con los labios bien abiertos. Adrián movía sutilmente las caderas al ritmo de los nada sutiles frotamientos de su hermana. De pronto cerró los ojos, tensó el cuerpo, contuvo el aliento y, al poco, se destensó con un largo suspiro.

Daniela levantó el muslo para observar la gran mancha húmeda que se extendía por el pantalón de su hermano y se relamió.

—Mi enano, ya rebosando.

—Yo… no sé qué… —Adrián se puso rojo de vergüenza.

—Shhh. Hoy es tu día. No necesitas el amor de nadie más. Solo el de mamá y el mío. —Miró a Helena—. ¿Verdad que sí?

Aquello estaba mal. Horriblemente mal. Pero su hijo se veía tan feliz, en contraste con el llanto de hacía diez minutos, que negárselo le pareció el verdadero delito. Y, sobre todo, en la batalla por sus atenciones, Helena no pensaba perder. Ni siquiera contra su hija.

—¿Qué sientes por mamá, enano? —Daniela le masajeaba el pecho.

—La quiero. —Adrián abrió los ojos para mirar a su madre, cuyo pelo lo envolvía como una cortina de seda—. Te quiero, mami.

Helena no pudo más. Bajó la boca y sus labios rojos atraparon el labio superior de su hijo y lo saborearon con una avidez que daba escalofríos. La saliva caía sin parar. Daniela sintió que la polla de su hermano volvía a la vida bajo su muslo.

De pronto fue como si Helena despertara y levantó la cara, con la saliva tendiéndose en puentes entre su boca y la de Adrián.

—Esto está mal… —Se limpió la barbilla.

—Pero mira al enano. —Daniela recogió con la lengua la saliva que colgaba del mentón de su hermano y le lamió la mejilla de una pasada amplia—. No puede estar más feliz.

—No te vayas, mami —suplicó Adrián.

Aquello terminó de romper cualquier freno.

***

—Nunca podría irme de tu lado.

Helena se abalanzó sobre la cara de su hijo, los besos cada vez con los labios más abiertos, la lengua saboreándole la piel. Mientras, Daniela se bajó el short y empezó a frotarse el clítoris, hipnotizada por el espectáculo.

—Mami, ¿podrías quitarme los pantalones? Es que duele.

—Claro, mi amor. —Con dedos temblorosos, Helena le desabrochó el pantalón y tiró del elástico del bóxer empapado. La polla del chico surgió tensa y mojada, y el glande le golpeó la barbilla. La contempló con auténtico deleite—. Menos mal que mamá está aquí para limpiarte.

Hundió la nariz en el escroto lampiño de su hijo, inhaló con fuerza y sacó la lengua para envolverle los testículos con una dedicación que solo una madre podría ofrecer. Adrián echó la cabeza contra el respaldo, los dedos perdidos en la melena de Helena. Daniela se arrodilló frente a la rodilla de su hermano para ver de cerca, y entre los dos terminaron de dejarlo desnudo de cintura para abajo.

Helena bajó al suelo, le separó los muslos al máximo y subió la lengua, ancha y húmeda, desde los testículos hasta el glande. Después se la metió en la boca centímetro a centímetro, hasta que la nariz se le hundió en el vello del chico. Adrián soltó un gemido desfallecido y empezó a susurrar «mami, mami, mami» como una oración.

Daniela, cachonda como nunca, se quitó la camiseta, se acomodó detrás de su madre y le agarró un buen puñado de pelo como si fuera a hacerle una coleta.

—Qué viciosa eres, mamá. ¿Cuánto tiempo llevas deseando esto? —Empezó a marcar el ritmo de la mamada, empujándole la cabeza hacia abajo con creciente saña—. Vamos, enano, fóllate la garganta de mami.

Adrián, obediente, impulsaba las caderas hacia arriba, coordinándose con su hermana. Cada descenso enterraba la polla en la garganta de Helena, que se ponía cada vez más roja, con la respiración ahogada. Pronto el chico empezó a tensarse y a gritar. Daniela tiró del pelo de su madre para liberar la polla y lo masturbó con determinación. Helena, completamente ida, se aferró a sus muslos y pegó la lengua al glande, y bastaron unos giros expertos de muñeca para que los chorros de semen brotaran y le cubrieran la lengua y la barbilla, salpicándole la pechera del vestido.

—Buen trabajo, enano —dijo Daniela, dedicándole un chupetón al glande.

***

Luego se abalanzó sobre su madre y la tumbó en la alfombra, poniéndose a horcajadas sobre ella, frotándole el sexo contra el vientre.

—Tú llevarás toda la vida deseando comerte a tu niño —jadeó—, pero yo llevo años deseando convertirte en mi zorrita, mamá.

Helena solo se dejaba hacer, toda voluntad abrasada. El manoseo de su hija en los pechos la llevó a un orgasmo repentino. Daniela lo notó, se irguió hasta colocarle el sexo sobre la boca y, sujetándola del pelo, se frotó contra ella en círculos hasta correrse con fuerza. En el sofá, Adrián contemplaba todo, fascinado, la polla de nuevo dura.

—Ahora has probado las corridas de tus dos hijos —le susurró Daniela a su madre, pasándole la lengua por la cara—. Ahora sí que somos una familia unida.

Se levantó y se acercó a su hermano, contoneando las caderas.

—Mi hermanito está pidiendo a gritos su primera vez. —Sujetó la polla del chico y apoyó una rodilla junto a su muslo, dispuesta a empalarse, cuando una mano la empujó a un lado con tanta fuerza que cayó al suelo.

Helena estaba en pie, imponente, y solo tenía ojos para su hijo.

—¡No! —Se quitó el vestido por la cabeza, desnudando su piel marfileña y sus pechos rotundos. Se bajó las bragas empapadas y se sentó a horcajadas sobre Adrián, dejando la polla del chico entre sus nalgas—. Quieres que mamá sea tu primera mujer, ¿a que sí? Dilo.

—Sí, sí, por favor —balbuceó él, ocupado en lamerle los pechos—. Quiero que seas tú, mami.

Helena gimió como si esas palabras la hicieran correrse. Elevó las caderas, situó el glande de su hijo en la entrada de su sexo y se dejó caer poco a poco, grabando en la memoria aquel momento que deseaba desde hacía más tiempo del que jamás confesaría.

—Este es tu sitio, cariño. —Atrapó la cara de Adrián entre las manos mientras sus caderas iniciaban un vaivén cada vez más contundente, las nalgas chocando contra sus muslos como aplausos húmedos—. Para esto te di a luz. Para tenerte dentro.

Daniela pocas veces había visto un polvo tan morboso: el trasero de su madre rebotando sobre el cuerpo de su hermano, la polla apareciendo y desapareciendo. Se inclinó sobre la espalda de Helena, le metió los dedos en la boca y, con la otra mano, le buscó el ano y lo masajeó. Helena se quedó tensa, mordió los dedos de su hija y tembló al correrse otra vez.

—Eres una auténtica zorra, mamá —le susurró Daniela, introduciéndole poco a poco un dedo en el ano—. Mira cómo montas a tu hijo.

—Córrete, mi amor —jadeaba Helena, subiendo y bajando—. Lléname con tu leche.

Adrián cumplió. Gimiendo contra la boca abierta de su madre, le clavó las uñas en el trasero, levantó las caderas y eyaculó con la polla completamente enterrada en ella, allí donde había empezado su vida.

***

Pero para Daniela aquello no había terminado. Madre e hijo quedaron exánimes, abrazados, mientras ella los contemplaba con ganas de más.

—Vamos, mamá. Todavía hay que jugar un poco.

Hizo que Helena se pusiera a cuatro patas sobre la alfombra: las tetas aplastadas contra el suelo, la espalda arqueada, las rodillas separadas y el culo completamente en pompa, aún rezumando la mezcla de semen y fluidos. Daniela se relamió como un lobo.

—Mami, eres el pastel más apetitoso que he visto en mi vida.

Aquello le recordó algo. Cogió la bolsa de papel: dentro estaba el regalo de San Valentín para Claudia. Rompió el envoltorio y descubrió una tarta pequeña de chocolate y frambuesa, extraordinariamente tierna. Hundió un dedo y lo probó.

—Mmm. Casi tan rica como mamá.

Se arrodilló detrás del culo expuesto de su madre y le untó un buen puñado de tarta entre las nalgas; luego lo limpió todo con amplias pasadas de lengua. Repitió el proceso, esta vez empujando los restos de frambuesa y crema hacia el interior, usando el dulce como lubricante, dilatando aquel orificio con uno, dos, tres dedos. Helena gemía, primero quedo, luego con fuerza, la lengua fuera dejando un charco en la alfombra.

Daniela sacó la mano cubierta de dulce, fue hasta su hermano y se sentó a horcajadas sobre él.

—Hora de despertarse, hermanito. —Le metió la mano pringosa en la boca y la removió; Adrián, entendiendo el juego, le lamió los dedos. Daniela le dio una palmada en la mejilla, y a la tercera la mirada del chico se volvió vidriosa. Sonrió al sentir la polla irguiéndose contra sus nalgas—. Mira lo que te espera.

Le señaló a su madre, el culo en pompa rezumando tarta deshecha, los arañazos rojos resaltando sobre la piel pálida y húmeda. Daniela separó las nalgas de Helena, ofreciendo una vista del ano relleno de dulce.

—Feliz San Valentín, enano —dijo, dejando caer un hilo de saliva sobre los restos de tarta.

Adrián empuñó su polla y se abrió paso poco a poco en el ano materno. Helena soltó un gemido profundo. Y entonces el chico abandonó por completo su papel pasivo: agarró el elástico que aún colgaba de la cintura de su madre como si fueran riendas y arremetió con todo.

—¡Más fuerte, mi vida! —chillaba Helena, arañando la alfombra como una gata—. ¡Más fuerte!

Cada impacto arrastraba su mejilla por la alfombra. Daniela, hipnotizada, se restregaba el sexo con furia hasta que se acercó con la boca bien abierta.

—¡Yo también quiero, enano!

Adrián la agarró del pelo con una rudeza impensable hacía un rato, sacó la polla del culo de su madre y se la metió en la boca a su hermana de una estocada. Daniela apenas podía respirar. Él alternó: una embestida en la garganta de Daniela, otra en el ano de Helena, una mano en la cabeza de cada una, desatado.

Helena se corrió dos veces seguidas, los ojos en blanco. Adrián rugió, clavó las uñas en las nalgas de su madre y, a media corrida, sacó la polla y terminó de eyacular en la garganta de su hermana, que se aferró a su muslo y se corrió a la vez.

El chico se derrumbó, exhausto. Helena, con sus últimas fuerzas, se arrastró hasta él para rodearle el cuello y besarlo.

—Te quiero, mi amor —le susurró entre jadeos.

Daniela se tumbó al otro lado y le dio un beso húmedo en la mejilla.

—¿No ha sido el mejor San Valentín de tu vida, enano?

Adrián soltó una risa cansada, incapaz de decir nada. Pero, desde luego, no podía estar más feliz de que esa mañana le hubieran roto el corazón. Nada como el amor de la familia.

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Comentarios (5)

DiegoBA

tremendo relato, me tuvo enganchado hasta el final jajaja

Rosa_leyente

Por favor seguí contando cómo siguió despues! Me quedé con ganas de mas

Griselda_82

Lo que mas me gusto fue como describiste la confusión de los personajes, se nota que no fue algo planeado. Muy bien contado.

Fer_Night

el titulo ya lo dice todo y encima cumple las expectativas... tremendo jajaja

PabloLector

Me recordo a una pelicula que vi hace tiempo, ese momento donde algo empieza como una cosa y termina siendo otra totalmente distinta. Increible como lo narraste, se siente muy creible.

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