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Relatos Ardientes

Mi madre quiso que mi padre nos viera juntos

Había salido antes del trabajo y estaba en la cocina, pelando unas patatas para la cena, cuando el móvil vibró sobre la encimera. Era un mensaje de mi madre, de esos que te cambian el resto del día.

«Tu padre sospecha que tengo un amante y no sé de dónde ha sacado la idea. Igual te dice algo. Yo no le he contado nada más. Un beso.»

Le respondí pidiéndole que se quedara tranquila, que si él me comentaba algo ya la avisaría. Aunque dudaba que lo hiciera. Con mi padre nunca había habido confianza para esa clase de cosas. Toda la vida trabajando, y ahora, jubilado, tenía mil ocupaciones fuera de casa que lo mantenían lejos. Con mi madre, en cambio, la relación había pasado de ser un campo de batalla durante años a convertirse en algo que ninguno de los dos sabría explicar en voz alta.

Seguí cocinando y me olvidé del tema. Poco después oí la llave en la puerta. Era Nuria, mi exmujer, que volvía de algún recado.

—¿Me has hecho la cena? —preguntó, dándome un beso en la mejilla.

—No sabía si hoy cenabas con tu chico —reconozco que lo dije con retintín. Llevaba un mes saliendo con un tipo, y eso me había apartado de su cama. Me fastidiaba más de lo que quería admitir.

—Pues no. Y creo que tampoco va a pasar otros días —su tono se volvió seco—. Lo ha dejado conmigo.

No esperaba esa respuesta. Me sentí mal por la broma.

—Lo siento, en serio. Te veía ilusionada.

—Cosas que pasan. Me ha confesado que estaba conmigo porque le recordaba a su ex, y que su terapeuta le había recomendado dejarme. Imagínate.

—Vaya. Bueno, yo hago cena para los dos, va —dije, intentando cambiar de tema.

—Me cambio y vengo. Necesito dejar de pensar. La verdad es que tampoco estaba tan bien con él. Un hombre de nuestra edad que no trabaja y vive con sus padres no es la mejor opción.

Volvió con una camiseta larga por toda ropa. Era su costumbre desde siempre, quitarse hasta la última prenda interior por casa, y tenerla así de cerca sin poder tocarla me había estado matando todo aquel mes.

—He hecho hamburguesas y arroz —dije.

—Eres un cielo —se acercó y me besó en los labios, como antes.

***

Cenamos hablando de nada. Ella parecía más tranquila que sorprendida.

—¿Cómo lo llevas? —pregunté.

—Bien. Tampoco me hacía ilusiones. Y estoy a gusto aquí, contigo. Me gustaría tener algo estable, claro, pero contigo ahora mismo no puede ser.

—Sabes que me encanta tenerte aquí. Siempre nos llevamos mejor como compañeros que como matrimonio. Y te agradezco que no me juzgues por lo de mi madre.

—¿Me has echado de menos, entonces? —preguntó, riendo—. Casi no he estado en casa este tiempo. Pero ya tienes a tu madre, que no te deja solo. A mí no me importaría volver a dormir contigo, si tú quieres.

No hacía falta responder. Terminamos de cenar y nos metimos en la cama a ver una serie. Yo estaba desnudo y ella seguía con esa camiseta que apenas le cubría las caderas y marcaba sus pezones. Pegado a su cuerpo, prestaba más atención al roce de su piel que a la pantalla.

—Tengo que confesarte algo —dijo, mirándome de lado—. El día que tu madre nos pilló me dio un morbo tremendo.

—Fue una situación rara. Me daba pánico cómo iba a reaccionar.

—Ya. Pero su comentario, eso de que le gustaría tener algo más conmigo, me dio vueltas. ¿Te imaginas ella y yo, contigo mirando? Seguro que has fantaseado con vernos juntas las dos —su voz jugaba con cada palabra mientras se acariciaba despacio, dibujando en su cuerpo lo que describía.

—No te voy a mentir. Lo he pensado. Y sería de lo más excitante tener a mis dos mujeres a la vez.

—O yo podría tirarme a tu padre, para compensar la jugada.

—Eso no se me había ocurrido.

—A mí sí. Siempre me mira el pecho. Seguro que le encantaría, aunque lo tenga más pequeño que tu madre.

—A mí me vuelve loco —dije, agarrándole un pecho por encima de la tela.

—Mejor apaga la tele y dame una buena sesión. Seguro que ayuda a olvidar al imbécil ese.

No hizo falta que lo repitiera. La besé con ganas mientras una mano le recorría la espalda y la otra bajaba de los pechos a los muslos. Su piel tenía un tacto cálido, suave, que conocía de memoria.

—Estoy a tope —jadeó, llevándose la mano entre las piernas—. Métemela ya, la quiero dentro.

Me coloqué entre sus piernas y entré despacio antes de marcar el ritmo. Ella es de las que llegan varias veces, así que me dediqué a darle todo lo que tenía, profundo y constante, hasta dejarla temblando. Cuando avisó de que estaba cerca, salí a tiempo y terminé sobre su vientre, porque me lo había pedido. Me tumbé a su lado besándole el cuello.

—Qué bien me has dejado —murmuró con los ojos cerrados—. Lo necesitaba. Ahora déjame dormir, que estoy reventada.

Se dio la vuelta y cayó rendida. Yo tampoco tardé en dormirme.

***

Sonó el despertador y ella ya no estaba; se habría ido a trabajar. Una ducha rápida me devolvió al mundo. Mientras me hacía un café, oí la puerta. Era mi madre, que tenía llave.

—Buenos días, mamá —la recibí desnudo en la cocina.

—¿Qué hacemos con lo de tu padre?

—Nada. Que siga imaginando. Jamás se le pasaría por la cabeza que soy yo quien le ha devuelto la alegría a su mujer.

—Esta mañana ha vuelto a la carga. Dice que me nota distinta, que está seguro de que hay alguien. Creo que tiene miedo de que sea un hombre joven y le pida el divorcio para marcharme. Le quiero, a pesar de todo, y me duele verlo así.

—Pues niégalo y se acabó. Dile que quieres seguir con él, que no hay nada.

—Me daba pena seguir mintiéndole y al final le dije que sí. Que tengo a alguien con quien me acuesto, un hombre más joven, solo para eso, para cubrir lo que él ya no puede darme por sus dolencias.

La noticia me dejó helado. Eso lo cambiaba todo.

—¿Y qué te dijo?

—Me sorprendió. Dijo que en parte se alegra de que tenga lo que él no puede ofrecerme. Y me hizo una propuesta.

—¿Qué propuesta?

—Quiere participar.

—¿Cómo? ¿Qué significa eso? —no me hacía ninguna gracia la idea de compartirla con nadie.

—Que no le importa, pero quiere ver cómo me haces disfrutar.

Me quedé sin palabras. Por un lado, mi madre había destapado parte del secreto; por otro, mi padre quería mirar mientras otro hombre le daba placer a su mujer. Y yo no sabía cómo íbamos a salir de aquello sin enredarlo aún más.

—De hecho —siguió—, le dije que te propondría vernos los dos con él delante.

—¿Qué dices? No creo que sea buena idea.

—Tú entras en casa y yo te llevo a la cama. Irás con la cara tapada, le dije que no quería que pudieras reconocerme luego por la calle. Y me das placer delante de él.

—¿Y si se da cuenta de que soy yo? Sería una catástrofe.

—Llevarás un pasamontañas y no hablarás. Ni una palabra. Él se sentirá mejor, yo me sentiré mejor, y nosotros seguiremos como siempre. Quedó en no preguntar nunca cuándo ni dónde nos vemos.

—Creo que te has vuelto loca.

No tenía nada claro el plan. Pero, si con eso los dos se quedaban tranquilos, qué más daba. Y no podía negar que la idea tenía su morbo: que mi padre viera, sin saberlo, cómo su propio hijo tomaba lo que era suyo delante de sus narices.

Quedamos para la mañana siguiente. A mi padre le había dicho que yo trabajaba de tarde, que era policía. Esa misma tarde compró un pasamontañas y me avisó de que se había repasado la depilación.

***

Mi padre había colocado un sillón en el dormitorio para mirar con comodidad. Mi madre dejaría la luz apagada y la persiana apenas levantada, lo justo para que no se me distinguiera bien. Lo importante era que yo no abriera la boca.

Pasé la noche inquieto. Nuria durmió conmigo, pero satisfecha del día anterior, se quedó frita enseguida sin buscarme.

A la hora acordada me presenté en el portal de mis padres. Llamé tres veces, la señal, y me abrieron. El corazón me iba a mil, entre nervios y excitación. Mi madre me recibió con una bata fina, imaginé que desnuda debajo, y me dio un beso.

—Está esperando en la habitación. Desnúdate aquí y ponte el pasamontañas. No digas nada y actúa como si estuviéramos solos. Hoy eres mi amante, un desconocido.

Entramos. Lo vi sentado en el sillón, vestido, con una mano sobre la boca. Mi madre se acercó a la cama, se soltó la bata y quedó desnuda. Se tendió y yo me eché a su lado, de espaldas a mi padre.

Empecé a lamerle un pezón mientras le sostenía el pecho con la mano. Bajé los dedos hasta abrirle las piernas, busqué su clítoris y, al notarlo seco, hice que me lamiera los dedos para humedecerlos.

—Quiero que me hagas llegar así, con los dedos —susurró.

Me concentré en eso, siguiendo sus indicaciones, y me acerqué a su boca para besarla con lengua, como en cualquier otra mañana entre nosotros. No tardó mucho en arquearse y dejar escapar un gemido largo.

—Me corro —anunció en voz alta, para que él la oyera bien—. Me encantan esos dedos. Ahora quiero sentirte dentro. Quiero que me folles bien.

Me arrodillé entre sus piernas, se las levanté y se las sujeté bajo los brazos. Ella me guio hasta su entrada y entré de golpe, sin resistencia. Miré de reojo: mi padre se había sacado el pene y se acariciaba mientras nos observaba.

—Clávamela entera —pedía entre gemidos—. Disfruta de este cuerpo viejo que necesita que lo atiendan.

Yo apenas dejaba escapar el aire, en silencio, saboreando que estaba poniendo los cuernos a mi padre delante de él mismo. Mis embestidas se fueron volviendo más duras.

—Córrete sobre mí, que mi marido lo vea —dijo, girando la cara hacia él.

Bombeé con fuerza unas cuantas veces más, salí y terminé sobre su vientre. Mi padre se levantó del sillón y se acercó, para no perder detalle. Aceleró el ritmo de su mano hasta soltar un jadeo breve y una carga escasa sobre el pecho de ella. Mi madre recogió con los dedos los restos de los dos y se los llevó a la boca.

—Dos hombres dándome gusto —decía, acariciando ambos sexos—. Esto me encanta.

Yo evitaba mirarlo. Él, en cambio, me miraba más a mí que a ella; supuse que intentaba adivinar si me conocía. Mientras me recuperaba, bajé a lamerle el clítoris, abriéndole los labios, con la máscara empapándose de su humedad. Sentirla tan excitada me encendía aún más.

—Mira, cariño, cómo me lo hace —jadeaba—. ¿Te gusta verme así?

Él respondió con un «sí» apenas audible. Cuando volví a mirar, se había guardado el pene y observaba quieto desde el sillón, menos entusiasmado de lo que había prometido estar.

—¿Sabes? —dijo ella, girándose hacia él—. Me dejo hacer de todo. Ahora me va a dar por detrás, que también me gusta.

Me coloqué tras ella y fui entrando despacio, ganando terreno poco a poco en un cuerpo que ya conocía bien ese trato. El placer era tremendo; la sentía apretarme como si quisiera retenerme dentro.

—Dame fuerte —suplicaba—. Disfruta de mí.

Aguanté todo lo que pude, alargando el momento, hasta que me agarré a sus caderas y empujé hasta el fondo. Me corrí dentro de ella mientras sostenía la mirada de mi padre, que no me quitaba los ojos de encima.

—La siento caliente dentro —anunció ella.

Salí despacio. Mi madre se giró y me sostuvo un momento entre las manos.

—Hoy me has dado mucho placer —miró a mi padre—. Y tú has podido verlo. Ya puedes irte y dejarnos descansar.

Él no dijo nada. Salió de la habitación y de la casa sin una palabra.

***

Aquel día el trabajo fue tranquilo. Estaba relajado hasta que, a media tarde, llegó su mensaje.

«Tu padre se ha ido de casa.»

La distancia entre ellos era vieja, pero jamás imaginé algo así. La llamé en cuanto pude. Respondió llorando.

—Se ha marchado y no me ha dicho a dónde. Supongo que a casa de su hermano.

—¿Habéis discutido? Creí que estaría contento de verte feliz.

—Salió de casa y se quedó esperando cerca del portal. Quería ver salir a mi amante. Pero te vio salir a ti. Y ató cabos.

—Joder. No pensé que pudiera verme. Tendría que haber tenido más cuidado.

—Volvió y se puso a hacer las maletas. Cuando le pregunté qué hacía, solo me dijo «disfruta de tu hijo» y se fue.

—Quizá si hablo con él… no sé… podría explicarle algo.

—No creo que sirva. Al aceptar su propuesta lo he hecho saltar todo por los aires sin darme cuenta.

—Lo siento, mamá. Ojalá se calme y vuelva.

—No lo va a hacer. Pero si esta noche, al salir de trabajar, te quedas aquí, te lo agradecería. No quiero estar sola.

—Claro que me quedo.

Después de aquello, mi padre no volvió a dirigirme la palabra, y apenas habló con ella. Firmaron un divorcio exprés y se fue a vivir con su hermano. Yo me quedé con el campo libre: mi madre entera para mí, sin esconderme ni esperarla, y Nuria de vuelta en mi cama. Mi propio harén, montado sobre las ruinas de lo que un día fue una familia.

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Comentarios (6)

Romi_84

Madre mia que inicio!!! me atrapo desde la primera linea, sin exagerar

NocturnoLect

Por favor que haya segunda parte, no me puede dejar asi

Nico_Baires

Nunca habia leido algo de esta categoria y la verdad que me sorprendio para bien. Muy bien escrito.

LectorPorNoche

Me recordo a un relato viejo que no encuentro mas por aca. Este lo supera con creces.

MarceloTdZ

La forma en que cuenta los pensamientos del protagonista es lo que mas me gusto. Se siente autentico, no inventado. Pocas veces me paso eso con un relato de esta categoria.

Pablillo_R

tremendo!!!

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