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Relatos Ardientes

Mi hija me demostró que ya no era una niña

Me llamo Andrés y acabo de cumplir cincuenta y dos años. Llevo más de dos décadas casado, tenemos tres hijos, y desde hace tiempo lo que había entre mi mujer y yo en la cama se apagó del todo. Discutíamos más de lo que nos tocábamos, y cuando nos tocábamos era por costumbre, no por deseo. Cuento esto porque sin ese vacío nada de lo que pasó después tendría sentido. Ni excusa.

Todo empezó una tarde de primavera. Volví antes del trabajo y, al cruzar el salón, sorprendí a mi hija Lucía con su novio en el sofá. Ella tenía diecinueve años recién cumplidos, estudiaba primero en la universidad, y hasta ese día yo seguía viéndola como a la niña que jugaba con muñecas en la alfombra. Lo que vi me dejó helado: no era una niña. Era una mujer, y el chico lo sabía mejor que yo.

Cuando él se fue y nos quedamos solos, le solté una bronca de campeonato. Le grité que era demasiado joven, que esa no era manera de comportarse en casa, todas esas frases vacías que dice un padre cuando en realidad no sabe qué le pasa por dentro.

Unos días después vino a buscarla su amiga Natalia, una chica de su misma edad. Se sentó a esperarla en el salón con las piernas cruzadas, y yo no pude apartar la mirada. No sé si fue la sequía de meses o qué, pero me quedé observándola más de la cuenta. Lucía se dio cuenta. Y cuando la amiga se marchó, vino hacia mí con los brazos cruzados.

—Así que yo no puedo hacer nada con mi novio porque soy una niña —dijo, con la voz tensa—, pero tú babeas mirando a Natalia, que tiene mi misma edad. O las dos somos niñas, papá, o las dos somos mujeres. Decídete.

Sus palabras me dejaron sin respuesta. Pasaron varios días en los que apenas nos hablamos. Una noche llegué del trabajo después de otra discusión brutal con mi mujer, abrí la puerta y la casa parecía vacía. Subí a las habitaciones y, al llegar arriba, escuché unos gemidos saliendo del cuarto de Lucía.

Pensé que estaba otra vez con el novio. La rabia acumulada, el cansancio, la frustración de meses, todo se mezcló en un segundo. Abrí la puerta de golpe, dispuesto a montar un escándalo.

Y entonces me quedé clavado en el umbral.

Estaba sola. Tumbada en la cama, con una camiseta vieja por arriba y nada por abajo, los ojos fijos en la pantalla del portátil y una mano entre las piernas. Tenía dos dedos hundidos en el coño, entrando y saliendo con un ritmo que había ido perfeccionando a solas, y con la otra mano se frotaba el clítoris en círculos cortos. Estaba empapada; se le oía el chapoteo de los dedos contra la carne mojada. Tardó en notar mi presencia. Y yo, en lugar de retroceder, me quedé mirando. Sentí cómo la polla se me endurecía dentro del pantalón de una forma que no tenía nada de paternal, y me odié por ello en el mismo instante.

Cuando por fin me vio, pegó un grito.

—¡Papá! ¿Qué haces aquí? Sal ahora mismo de mi cuarto.

Me di la vuelta para obedecer, avergonzado, pero su voz cambió de golpe. Más calmada. Casi calculada.

—Espera. No te vayas. Tenemos que hablar.

Me acerqué sin saber muy bien por qué. Ella no se tapó. Se incorporó un poco contra el cabecero, con las piernas todavía abiertas, y me miró directo a los ojos. Todavía tenía los dedos brillantes de su propia humedad.

—Sé que con mamá las cosas van fatal, y lo siento, porque te quiero —dijo—. Pero ahora que me has visto así, dime la verdad. ¿De verdad crees que este es el cuerpo de una niña?

No lo era. Lo tenía delante y no podía mentir, ni a ella ni a mí mismo. Se lo dije. Ella se rió, una risa baja, y bajó la mirada hasta el bulto que se marcaba contra la tela del pantalón.

—Me alegra que lo reconozcas. Pero no es solo tu boca la que lo dice.

Señaló la evidencia con un gesto de la barbilla. No supe qué responder. El silencio se volvió espeso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

—Anda, ven —dijo, dando una palmada en el borde de la cama—. Hablemos como adultos, ya que parece que ahora lo somos los dos.

Cerró el portátil y lo dejó en la cómoda, pero alcancé a ver lo que tenía puesto: un vídeo en el que una chica joven mamaba con hambre la polla de un hombre mucho mayor que ella. Sentí un nudo en el estómago. Una mezcla de alarma y, para mi vergüenza, de excitación pura.

—Voy a demostrarte cuánto te quiero —murmuró, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Se deslizó de la cama y se arrodilló frente a mí antes de que yo pudiera reaccionar. Le temblaban las manos solo lo justo para que pareciera real, no ensayado. Me desabrochó el cinturón, me bajó el pantalón y los calzoncillos hasta las rodillas de un solo tirón, y mi polla saltó dura, apuntándole a la cara. Se le escapó un pequeño gemido al verla, como si se hubiera encontrado con algo mejor de lo que esperaba.

—Deberías habérmelo dicho antes, que mamá no sabe lo que tiene en casa —dijo en voz baja, envolviéndola con la mano.

Tendría que haberla detenido. Lo pensé. Pensé en mi mujer, en sus hermanos, en todo lo que estaba a punto de romperse. Pero no lo hice. Ella acercó la boca y me lamió despacio desde la base hasta el glande, con la punta de la lengua, mirándome hacia arriba. Después abrió los labios y se la metió entera, tanto como pudo, ahogándose un poco al llegar al fondo de la garganta. La saqué, tomó aire y volvió a hundírsela hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Joder, Lucía —murmuré, y con eso lo dije todo.

Chupaba con hambre, con una técnica que no encajaba con la imagen que yo tenía de ella. Manejaba la situación con una seguridad que me desconcertaba. Me chupaba los huevos uno a uno, me pasaba la lengua por debajo del glande, volvía a tragársela entera y a sacarla haciendo ruido, con la saliva escurriéndosele por la barbilla. Con una mano me la masturbaba, con la otra se acariciaba entre las piernas. Yo intentaba aguantar, contenerme, pero hacía años que nadie me tocaba con tanta intención, y me sentí subir demasiado rápido.

—Voy a correrme —le avisé, casi por reflejo.

—Hazlo en mi boca, papá —contestó, y se la tragó hasta el fondo.

Descargué así, agarrándome al cabecero para no caerme, sintiendo cómo cada latido de mi polla vaciaba semen contra su lengua. Ella no soltó. Aguantó hasta el final, tragó una parte y dejó que el resto se le escapara por la comisura, para enseñármelo antes de limpiarse con el pulgar y chupárselo despacio, sin dejar de mirarme.

—Mucho mejor que los chicos de mi edad —dijo después, con la voz un poco ronca—. Tú te corres en serio.

Ese comentario me puso en guardia. ¿Cuántos chicos? Ella adivinó la pregunta en mi cara y sonrió.

—Confía en mí, papá. Yo me ocupo de que disfrutes a tope. Pero tú tienes que asumir que yo también disfruto. Por mi cuenta. ¿Trato?

No respondí, y mi silencio fue un sí. Quise devolverle algo, equilibrar la balanza, así que cuando se puso de pie fui yo quien la empujó suavemente hasta sentarla en el borde de la cama y me arrodillé entre sus piernas. Le abrí los muslos con las dos manos y me encontré con un coño rosado, hinchado, con los labios brillantes de tanto haberse tocado antes. Llevaba años sin comer un coño así, pero el instinto pudo más que la torpeza.

Empecé despacio, con la lengua plana, lamiéndola de abajo arriba, recogiendo su humedad. Cuando llegué al clítoris me detuve ahí, dando vueltas alrededor, chupándolo con los labios, presionando con la punta de la lengua. Ella se aferró al cabecero y arqueó la espalda, y mi nombre se le convirtió en «papá» entre cada respiración entrecortada.

—Esto no me lo hace nadie de mi edad —jadeó—. Sigue, por favor, no pares.

Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Los movía hacia arriba, buscando ese punto interno que hacía años no tocaba en ninguna mujer. Lo encontré y ella se tensó entera, cerró las piernas sobre mi cabeza, me tiró del pelo. Estaba empapada; se me escurría la saliva mezclada con sus jugos por la barbilla, por el cuello. Le metí un tercer dedo y la follé con la mano mientras la lamía sin parar.

Durante un rato dejé de pensar. No era mi hija, me repetía, era una mujer hermosa con la que podía olvidarme de las discusiones, del matrimonio muerto, de los cincuenta y dos años que me pesaban encima. Cuando se corrió, agarrada a mi pelo, gritando entre los dientes para no despertar a los vecinos, sentí cómo me apretaba los dedos por dentro con una fuerza que me dejó la mano dormida. Me sentí más joven de lo que me había sentido en una década.

—Túmbate —le dije, con la voz ronca y la polla ya otra vez tan dura que me dolía.

Se dejó caer en la cama y subió las piernas. Antes de continuar busqué algo en el cajón de su mesilla; ella me señaló la mochila, donde tenía preservativos a medio esconder. Sabía que tomaba la píldora, su madre me lo había contado sin pensar que algún día yo usaría ese dato así. Aun así me puse uno. Era lo único responsable que quedaba en aquella habitación.

Le apoyé el glande en la entrada y ella misma bajó las caderas para engancharme. Entré despacio, notando cómo se abría alrededor de mi polla, cómo me apretaba centímetro a centímetro. Estaba tan mojada que no hizo falta forzar nada; me tragó entero de una sola vez, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez.

—Qué llena me pones, papá —susurró contra mi oreja—. Mucho más que él. Fóllame ya.

La primera embestida fue lenta, para sentirla, para verle la cara. La segunda ya no. Empecé a follarla en serio, con las manos aferradas a sus caderas, saliéndome casi entera y hundiéndomela de golpe, hasta que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación. Ella marcaba el ritmo con la voz, con las manos en mi nuca, con las piernas alrededor de mi cintura tirándome hacia dentro.

—Más fuerte —pedía—. Más fuerte, no te cortes, rómpeme.

Le levanté una pierna, se la puse sobre mi hombro, y desde ese ángulo entraba aún más profundo. Le veía las tetas rebotar bajo la camiseta con cada embestida. Le subí la tela hasta las axilas para vérselas, para poder chuparle los pezones sin dejar de follarla. Los tenía duros, oscuros, y se estremecía cada vez que se los mordía.

En un momento me pidió ponerse encima, y se lo permití. Me tumbé de espaldas y ella se sentó a horcajadas, se agarró mi polla y se la volvió a meter despacio, dejándose caer con todo su peso. Empezó a cabalgarme, apoyando las manos en mi pecho, moviendo las caderas en círculos primero y luego arriba y abajo, cada vez más rápido. Verla así, dueña de la situación, con las tetas botando, con la boca abierta, con esa pasión que mi mujer había olvidado hacía años, me desbordaba.

—Mírame, papá —jadeaba—. Mírame bien follándote. Soy tu niña, ¿ves cómo tu niña te folla?

Le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a moverse, hundiéndomela hasta la raíz en cada bajada. Se apretaba las tetas ella misma, se pellizcaba los pezones, se llevaba una mano al clítoris y se lo frotaba mientras me cabalgaba. Se corrió otra vez encima de mi polla, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio para no gritar. Sentí cómo me apretaba por dentro en oleadas, y creí que me iba a correr con ella.

—Quiero que termines en mi cara —dijo cuando notó que estaba cerca—. Quiero sentirlo caliente. Quiero verlo.

Volvía a ser mi niña mimada pidiendo un capricho, solo que el capricho era otro. Se bajó de mí, me arrancó el preservativo con los dientes y se arrodilló entre mis piernas. Empezó a masturbarme rápido con las dos manos, con la boca abierta y la lengua fuera, mirándome como si me estuviera retando. Y, como siempre, le di lo que pedía: descargué en chorros gruesos sobre su cara, sobre la frente, sobre la mejilla, sobre esa lengua rosada que esperaba abajo. Se pasó los dedos por la cara, se los llevó a la boca y se chupó cada gota como si fuera un premio.

***

Después de aquella primera vez, mi forma de mirarla cambió para siempre. Dejó de ser la cría a la que ayudaba con los deberes y se convirtió en algo que no me atrevía a nombrar en voz alta. Unos días más tarde llegué a casa y la encontré en el salón, inclinada sobre el portátil, haciendo un trabajo de la facultad. No se levantó. Solo me dedicó esa sonrisa.

—Hola, papá —dijo—. Mamá y los chicos no vuelven hasta tarde.

La insinuación flotó en el aire. Y se volvió total cuando, al inclinarse para recoger el móvil que se le había caído, me di cuenta de que no llevaba nada de cintura para abajo. El culo desnudo, redondo, apuntando hacia mí, y entre los muslos ya se le veía brillar la humedad de un coño que llevaba rato esperándome.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, mirándome de reojo.

Me acerqué por detrás y le pasé la mano entre las piernas. La tenía mojada de arriba abajo. Le metí dos dedos sin avisar y ella se dobló sobre la mesa, apoyando los codos en el tablero, empujando el culo contra mi mano. Le terminé de subir la camiseta por encima de las tetas mientras seguía moviendo los dedos dentro de ella. Se reía bajito, esa risa que ya empezaba a reconocer como el preludio de todo.

—¿Quieres jugar con tu niña? —dijo, arqueándose sobre la mesa—. Métemela ya, papá, llevo toda la tarde imaginándotelo.

No hizo falta responder. Me bajé el pantalón, me la agarré y la froté entre sus labios, empapándola de sus propios jugos. Cuando le apoyé el glande en la entrada, ella misma echó el culo hacia atrás y se ensartó, tragándomela de golpe. La embestí así, contra el borde de la mesa, con una urgencia que llevaba meses guardada. Los papeles de la facultad se desparramaron por el suelo y ni los miramos.

Le costaba estarse quieta; movía las caderas buscándome, pegaba el culo contra mi pelvis en cada embestida, y entre gemidos soltaba cosas que yo no debería haber disfrutado tanto como las disfruté.

—Lo haces mejor que ellos —jadeaba—. Mucho mejor. Ninguno me llena así. Ninguno.

Le agarré el pelo, lo enrollé en el puño y tiré hacia atrás, obligándola a arquear el cuello. Le mordí el hombro sin dejar de follarla, le apreté una teta con la mano libre. Ella se llevó una mano al clítoris y se lo frotaba a mi ritmo, apretándome por dentro cada vez que se acercaba al final.

La hice girarse, la senté a horcajadas sobre mis rodillas en la silla del comedor, y desde ahí siguió cabalgándome, con las tetas a la altura de mi boca. Le chupaba los pezones mientras ella me follaba con las piernas abiertas. Después la puse a cuatro patas sobre la alfombra, la agarré por las caderas y la penetré desde atrás, viendo cómo mi polla entraba y salía brillante entre sus nalgas. Probamos posturas como si nos conociéramos de toda la vida, que en cierto modo era verdad. Ella se corrió dos veces más antes de que yo terminara; la segunda con la cara pegada al suelo, mordiendo la alfombra para no gritar.

Cuando estuve a punto, me sacó otra vez del coño, se dio la vuelta y volvió a arrodillarse. Me la metió en la boca hasta el fondo y me miró hacia arriba, con la polla vibrándole entre los labios, y ese fue el detonante. Me corrí dentro de su boca por segunda vez, y otra vez tragó todo lo que pudo. Empezaba a entender que en aquel juego las normas las ponía Lucía, y que yo, encantado, las acataba.

***

La última vez que cruzamos un límite fue distinta. Llegué a casa y, antes de abrir, oí voces dentro. Entré despacio. En el salón estaba Lucía con su novio. Ella con el vestido recogido en la cintura, él detrás, completamente vestido, las manos por debajo de la ropa interior de mi hija. Gemía de un modo que reconocí enseguida.

Me quedé en el pasillo, paralizado, sin saber si retroceder o estallar. Entonces Lucía giró la cabeza y me vio. No se asustó. Me sostuvo la mirada y, con un gesto mínimo de la barbilla, me pidió que me quedara. Que mirara. Era su manera de cerrar el pacto entre nosotros.

Y me quedé. Oculto en la penumbra del pasillo, observando cómo el chico le arrancaba las bragas, la tumbaba en el sofá y le abría las piernas de par en par. Le hundió la cara entre los muslos y empezó a comerle el coño con ruido, chupándoselo entero, hasta que ella le agarró la cabeza y le pidió más. Vi a mi hija entregarse a otro mientras una parte enferma de mí lo disfrutaba como si fuera mío el placer.

El chico se bajó el pantalón, se sacó la polla —más joven, algo más fina que la mía— y se la metió de una embestida. Lucía gritó, se enganchó a su espalda con las piernas y empezó a moverse contra él con una avidez que me dejaba sin aire. Tomaba la iniciativa, lo guiaba, le decía al oído lo que quería. Le decía cosas que no debería haberme excitado escuchar. Yo, que al principio detestaba a aquel muchacho, lo veía ahora casi con gratitud por hacerla tan feliz, y me daba cuenta de que la tenía dura otra vez dentro del pantalón, apretándomela con la mano por encima de la tela.

Probaron varias posturas. Ella se puso encima y lo cabalgó como me había cabalgado a mí, con esa misma cara de concentración, mordiéndose el labio, apretándose las tetas. Después él la puso boca abajo sobre el reposabrazos del sofá y la folló desde atrás, con las nalgas al aire, dándole cachetadas suaves que la hacían gemir más fuerte. En un momento le pidió algo al oído y ella se rió, cambiando de postura, apoyándose a cuatro patas sobre el sofá y arqueando la espalda para levantar el culo.

—Sabes que me encanta —le dijo—. Adelante, te espero.

Él le escupió entre las nalgas, se puso en posición y empujó despacio. Ella gimió largo, con la boca abierta contra el cojín, y cuando la miré descubrí que me estaba mirando a mí. A mí, en la oscuridad del pasillo, mientras otro se lo hacía por detrás. Sin apartar los ojos de los míos, empezó a mover el culo hacia atrás, pidiéndole al chico que se hundiera más. Se corrió así, mirándome, con la polla del novio metida en el culo y una mano entre sus propias piernas.

Asistí a todo desde mi rincón, con el corazón golpeándome el pecho y la polla apretada contra la cremallera. El chico terminó sobre las nalgas de ella y se dejó caer a su lado, agotado. Cuando terminaron, y mientras se besaban en el sofá, me quité los zapatos y me deslicé hasta mi cuarto sin hacer ruido. Me senté en la cama, a oscuras, con la polla dura, esperando.

Oí la puerta de la calle. El chico se había ido. Después, los pasos de Lucía acercándose por el pasillo. Cuando abrió mi puerta, desnuda, con el semen del otro todavía brillándole por la cara interna de los muslos, con esa sonrisa que ya era mi perdición, supe que no había vuelta atrás.

—Estoy orgullosa de ti, papá —dijo, arrodillándose ante mí y desabrochándome el pantalón—. Me has visto con él y lo has respetado. Te has ganado un premio.

Me sacó la polla, ya durísima, y se la metió en la boca todavía sabiendo a él. Me la chupó despacio primero, mirándome hacia arriba, para que no me perdiera detalle. Después se subió a la cama, se sentó encima de mí y se la metió ella misma, dejándose caer con los ojos cerrados. La follé mientras en mi cabeza se mezclaba la imagen de ella con el novio y la realidad de tenerla allí, montándome a mí, con las piernas todavía marcadas por él, con los pezones enrojecidos de los labios del otro. Me la monté a su ritmo, apretándole las caderas, sintiendo cómo se hundía hasta el fondo en cada embestida.

Cuando estuve a punto, se bajó, se tumbó a mi lado y abrió la boca. Me corrí sobre su cara por segunda vez esa semana, y ella se tragó todo lo que pudo, lamiéndose los labios como si acabara de comer algo dulce. Y entendí, con una mezcla de vértigo y rendición, que a partir de ese día mi vida iba a moverse al ritmo que ella decidiera. Que el juego ya había empezado, y que las reglas, todas, las escribía Lucía.

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Comentarios(8)

LeandroBA

Buenisimo!! me quede queriendo mas, espero la continuacion

Cris_noche

El giro al principio me atrapó de entrada. Tremendo, de los mejores relatos que lei en mucho tiempo

Tomas_rdp

La tension del momento cuando abre la puerta... increible como lo describiste. Se siente muy real, casi cinematografico

Florcita_ba

Ay que bueno jajaja, me recordo algo que paso en mi familia hace años. Sigue publicando por favor!

NachoCba33

Hay segunda parte?? Porque quede con un nudo en el estomago, necesito saber que paso despues

RobertoCba

excelente!!!

PatriciaK22

Me encantó como describe los sentimientos de los dos, no solo la situacion en si. Muy bien escrito, felicitaciones

IvanNocturno

Se hizo cortisimo, necesito mas. Muy bueno

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