La escena que cambió todo entre mi melliza y yo
—¿Tardas mucho? —gritó Lucía desde el salón.
Las palomitas todavía no habían terminado de reventar dentro del microondas. Faltaba un minuto largo, pero mi melliza nunca había sabido esperar nada en su vida.
—¡Un minuto, joder! —contesté.
Aquel sábado teníamos un plan que ninguno de los dos hubiera firmado un mes atrás. La tormenta golpeaba contra las ventanas desde el mediodía, mi cabeza seguía resentida por la fiesta del viernes y mi cuenta corriente no daba ni para una caña en el bar de la esquina. La noche anterior había sido una catástrofe ordenada: barra libre en el cumpleaños de un amigo, demasiado vodka con limón y un regreso a casa a las nueve de la mañana sin entender muy bien por qué calles había venido. Lucía había aparecido todavía más tarde, con un zapato en la mano y el maquillaje corrido hasta la barbilla. La bronca de mis padres en la sobremesa había sido el empujón definitivo para que ninguno de los dos quisiera ni asomarse a la calle.
—¿Con quién acabaste anoche? —le pregunté durante la comida.
—Prefiero no acordarme.
—¿Dormiste en algún sitio raro?
—Mateo, por Dios.
Me reí y la dejé en paz. Con Lucía pasaba algo difícil de explicar: éramos mellizos, habíamos compartido el mismo cuarto hasta los doce años, los mismos amigos hasta los veintidós y los mismos secretos hasta esa misma mañana. Nos contábamos cosas que cualquier hermano normal se hubiera guardado bajo siete llaves. Nunca había pasado nada. Hasta esa noche.
—¿Vienes ya o qué? —oí desde el salón.
Sacudí la cabeza. Llevaba un rato absorto, mirando el plato giratorio del microondas como si fuera un agujero negro. Cogí el bol con las palomitas y fui al salón. Lucía se había puesto un pantalón de chándal viejo y una camiseta de tirantes blanca demasiado grande, una de las mías que había acabado en su armario por arte de magia.
—Mira qué dos —dijo, haciéndome hueco en el sofá—. Sábado por la noche, en casa, con palomitas. Damos pena.
—Habla por ti. No conozco a nadie más interesante con quien pasar la noche.
—Pobrecito. Si supieras la lista que tengo.
—¿La de anoche, por ejemplo?
Se puso roja hasta las orejas y me dio un puñetazo flojo en el muslo.
—Eres un idiota.
Habíamos discutido toda la tarde sobre qué ver. Mi melliza había vetado los documentales y yo había vetado los musicales. Al final habíamos cedido los dos con una película italiana que llevaba meses recomendándonos un amigo de la facultad: un drama de posguerra sobre dos hermanos huérfanos que sobrevivían solos en una casa medio derruida del campo. La sinopsis sonaba a deberes, pero la nota en cualquier web de cine pasaba del nueve.
—Bueno, ¿lista para llorar dos horas? —pregunté.
—Dale al play y calla.
Apagué la lámpara del salón. La única luz era la del televisor y, cada tanto, los relámpagos que entraban por la rendija de la persiana.
***
La película tenía algo hipnótico. Los planos largos, los silencios, el ruido del viento en los campos de trigo. No tardamos en olvidar que estábamos en el sofá. Lucía se había acurrucado contra el reposabrazos opuesto, con los pies metidos debajo de un cojín, pero a la media hora ya se había deslizado hacia el centro y sus rodillas tocaban las mías.
—¿Quién es ese? —pregunté.
—El primo. El que les lleva la comida.
—¿Seguro?
—Sí, calla.
El conflicto fue ocurriendo despacio, como pasa en las buenas películas. Los dos hermanos, encerrados en aquella casa, descubriendo que solo se tenían el uno al otro. Las miradas se alargaban más de lo razonable. Los roces dejaban de parecer accidentes. En la hora y veinte, llegó la escena.
La hermana entraba al granero a buscar a su hermano. Él estaba sin camisa, sudado, partiendo leña. Ella se quedaba en el umbral, sin decir nada. Él soltaba el hacha. Ella daba un paso. Y luego otro. La cámara se acercaba a sus caras y el director tenía la decencia, o la crueldad, de no cortar. Se besaban como si llevaran años queriendo hacerlo. Ella se subía a la mesa de la leña, él le abría las piernas, le levantaba la falda blanca y le hundía la cara entre los muslos. Después la giraba, la doblaba sobre la mesa y le entraba por detrás, con una de sus manos en la nuca y la otra apretándole el pecho por debajo del vestido.
Sentí un escalofrío que me bajó de la nuca hasta la entrepierna. Miré a Lucía sin mover la cabeza, solo con los ojos. Tenía la boca ligeramente abierta y el cuello tenso, y cuando la actriz soltó un gemido pequeño y agudo, mi melliza tragó saliva. Lo vi. Vi su garganta moviéndose en la penumbra azulada del televisor.
La escena duró lo que tenía que durar. Después él se dejaba caer sobre su espalda, los dos quietos, llorando, y la cámara se quedaba un rato así, en el silencio del granero.
—Eran… —empecé.
—Hermanos, sí.
Se me había secado la garganta.
La película terminó veinte minutos después. Ninguno de los dos comentó la escena. Hablamos de la fotografía, del final, del actor, de cualquier cosa menos de aquello. Cuando se encendieron los títulos de crédito, Lucía estiró los brazos y bostezó.
—Me voy a la cama, no puedo con mi alma.
—¿No te quedas a otra?
—No, en serio. Mañana, ¿vale?
Me dio un beso en la mejilla, demasiado cerca de la comisura de los labios, y subió las escaleras. Oí la puerta de su cuarto cerrarse y luego, un par de minutos después, el chirrido del armario.
***
Me quedé en el sofá con el mando en la mano, mirando el menú del televisor sin verlo. Tenía que apagar y subir, pero no me movía. Llevaba el cuerpo entero apretado contra la tela del chándal y, en cuanto cerraba los ojos, volvía la mesa de la leña, los gemidos pequeños, el cuello de mi melliza tragando saliva.
Rebobiné. No supe en qué momento decidí rebobinar, pero ahí estaba mi pulgar pulsando el botón. Bajé el volumen hasta dejarlo en un susurro. Y volví a ver la escena. Esta vez sin disimulo.
La actriz era morena, con el pelo recogido y la piel muy pálida. No se parecía a Lucía. Lucía era rubia, con los ojos grises y la espalda más larga que el resto del cuerpo. Pero el granero, los gestos, esa forma de inclinar la cabeza hacia atrás cuando él le abría las piernas, todo aquello empezó a contaminarse. La cara de la actriz se desdibujó. Apareció la cara de mi melliza. Mi mano se metió debajo del pantalón antes de que yo decidiera nada.
Joder, Mateo. Joder, joder, joder.
Me masturbé en silencio, con la mirada clavada en la pantalla, sintiéndome el peor hijo de puta del mundo y, a la vez, el más excitado que había estado en meses. Cuando me corrí, la habitación se quedó tan callada que oí los relámpagos antes que los truenos. Me limpié con una servilleta de las palomitas, apagué el televisor y subí a mi cuarto pisando flojo.
La puerta del cuarto de Lucía tenía una línea fina de luz por debajo. Estaba despierta.
***
No dormí. Llevaba una hora dando vueltas, escuchando la tormenta, cuando bajé a la cocina a por un vaso de agua. Lo más absurdo de todo es que no tenía sed. Solo necesitaba salir del cuarto.
Encendí la luz del extractor de la campana, esa luz amarilla y mínima que usábamos para no despertar a mis padres, y me apoyé contra la encimera. Bebí despacio. Y entonces oí los pasos en la escalera.
Lucía apareció en el quicio de la cocina con la misma camiseta de tirantes blanca y unos calcetines hasta media pantorrilla. Tenía los ojos rojos, no de llorar, sino de no haber dormido. Cruzó los brazos delante del pecho cuando me vio.
—No podía dormir —dijo.
—Yo tampoco.
—Voy a por agua.
Se acercó al fregadero. Tuvo que pasar a mi lado, y aunque la cocina era ancha, eligió pasar tan cerca que su brazo rozó el mío. Se sirvió un vaso, bebió tres tragos y lo dejó en el mármol. No se fue. Se quedó allí, mirando la ventana, viendo cómo el agua bajaba en regueros por el cristal.
—La escena, ¿no? —dijo, sin mirarme.
Sentí cómo me subía la sangre al cuello.
—¿Qué escena?
—Mateo.
Me apoyé con las dos manos contra el borde de la encimera. La cocina olía todavía a las palomitas del salón.
—Sí —dije por fin—. La escena.
Lucía giró la cabeza. La luz amarilla del extractor le iluminaba un lado de la cara y dejaba el otro completamente en sombra. Tenía un mechón rubio caído sobre el ojo izquierdo, y por primera vez en mi vida me fijé en que sus pestañas eran larguísimas.
—¿Pensaste en mí? —preguntó.
No supe responderle. Era una pregunta que solo podía haber hecho mi melliza, porque solo ella sabía leer mis silencios como si fueran subtítulos.
—Sí —dije.
—¿Mientras te masturbabas?
Asentí, sin atreverme a levantar los ojos.
Lucía respiró hondo. No se movió durante un rato larguísimo. Luego, despacio, se acercó. Yo seguía agarrado al borde del mármol como si fuera lo único que me sostenía. Cuando estuvo a un palmo de mí, levantó una mano y me apartó el flequillo de la frente.
—Yo también —susurró.
***
El primer beso fue lento, casi tímido. Ninguno de los dos se atrevió a abrir la boca. Era el beso de quien todavía cree que puede dar marcha atrás, que puede tratarse de un experimento, de una curiosidad estúpida que se quedará en nada. Pero después del primero vino el segundo, y para entonces ya no había vuelta atrás.
Lucía me puso las manos en el cuello y se pegó a mí. Sentí la camiseta fina contra el pecho desnudo, sus pezones duros marcados contra el algodón. Le pasé las manos por la espalda hasta la cintura, y cuando bajé hacia las caderas ella separó las piernas, se subió a la encimera y me atrajo entre sus rodillas.
—Si entran mis padres —murmuró contra mi boca.
—Están dormidos. Llevan dormidos desde la una.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Le bajé los tirantes de la camiseta hasta la cintura. Tenía los pechos pequeños, blancos, y un lunar al lado del esternón que llevaba viendo desde que éramos críos en la playa y que esa noche descubrí por primera vez. Le pasé la lengua por encima y la oí gemir, un gemido idéntico al de la actriz de la película, agudo y pequeño y contenido por el miedo a despertar a nadie.
Le quité los calcetines. Le quité los pantalones del pijama. Lucía me bajó el chándal y se rio entre dientes cuando se dio cuenta de que no llevaba nada debajo.
—Estabas listo —dijo.
—Cállate.
La besé otra vez para que se callara. Y luego le abrí las piernas en la encimera y le hice exactamente lo mismo que aquel actor le había hecho a su hermana en el granero. Hundí la cara entre sus muslos hasta que ella me cogió del pelo con las dos manos y empezó a moverse contra mi boca, pidiéndome más sin pedir nada en voz alta. Tuve que sujetarla de las caderas para que no se cayera del mármol.
Cuando entré en ella, me miró a los ojos por primera vez desde que habíamos empezado. Tenía esa mirada gris suya, la misma que recordaba de cuando teníamos seis años y nos escondíamos juntos debajo de la cama porque mis padres discutían, y al mismo tiempo era una mirada que no le había visto nunca. Lucía me clavó las uñas en la espalda y enredó las piernas alrededor de mi cintura.
—No pares —dijo bajito, contra mi oreja—. No pares ahora, Mateo.
No paré.
Lo hicimos contra la encimera, en silencio, intentando que no chirriara el mueble, intentando no respirar demasiado fuerte, intentando que no se nos escapara nada que pudiera oírse en el piso de arriba. La tormenta seguía contra los cristales y los relámpagos nos iluminaban a tramos, como los planos sueltos de aquella película. Cuando se vino, mi melliza me mordió el hombro para no gritar. Le dejó la marca de los dientes durante una semana.
***
Después nos quedamos un rato así, ella encaramada en el mármol y yo de pie entre sus piernas, sin separarnos, oyendo cómo nos volvía la respiración. Lucía me apoyó la frente en el hombro.
—Esto no ha pasado —dijo.
—Vale.
—Quiero decir, sí ha pasado, pero no lo vamos a contar.
—No, claro.
—Ni vamos a hablarlo. Ni mañana ni nunca.
Asentí. La ayudé a bajar de la encimera. Se vistió delante de mí, sin pudor, como si nos hubiéramos visto desnudos toda la vida. Recogió los vasos, los lavó, los dejó boca abajo en el escurridor. Apagó la luz del extractor.
—Buenas noches, idiota —me dijo en el rellano de las escaleras.
—Buenas noches.
Esperé a oír cómo se cerraba la puerta de su cuarto antes de meterme en el mío. Esa noche dormí del tirón por primera vez en meses.
***
El domingo desayunamos con mis padres como si nada. Lucía contó un chiste tonto sobre el café aguado de mi madre. Mi padre se rio. Yo también me reí. Por la tarde, cuando mis padres salieron a casa de mis tíos, mi melliza apareció en el quicio de mi cuarto con el portátil bajo el brazo y la misma sonrisa de siempre.
—¿Vemos otra? —preguntó.
—¿Otra del mismo director?
—Tiene más, sí.
Le hice hueco en la cama y cerré la puerta con pestillo.