Lo que mi padre hacía mientras mi madre dormía
La noche se convirtió en una pesadilla de insomnio para Sabina. El vago sabor a victoria que había sentido en la cocina aquella tarde se le había agriado por dentro, transformado en un ansia ácida que le subía por la garganta. El rechazo de su padre, esa súplica desesperada con la que le había pedido que parara, no la había detenido. La había vuelto más furiosa.
Se había negado a destruirlo. Qué error. Ella no quería que la preservaran. Quería que la devoraran entera, sin restos.
Dio vueltas y vueltas en la cama. La sábana se le enredaba en las piernas como una mortaja, y el silencio de la casa, que antes la calmaba, ahora era su enemigo. Cada crujido de la madera, cada susurro del viento contra el cristal, era un recordatorio de lo que no estaba ocurriendo. Estaba húmeda y frustrada, y su mente, una bestia sin jaula, volvía una y otra vez a la imagen de él: a la dureza que había sentido bajo la tela, al conflicto en su mirada.
Fue entonces cuando lo oyó.
No un grito, no un gemido. Algo más siniestro. El crujido lento y pesado de un colchón. El roce de una sábana al deslizarse. Un sonido furtivo, culpable. Se incorporó sin aliento, con los ojos fijos en la puerta de su cuarto. No era el sonido del sexo. Era el sonido del robo.
Se bajó de la cama con el corazón martilleándole en las sienes. No se puso nada encima. Avanzó descalza por el pasillo oscuro, moviéndose como un fantasma sobre la madera fría. La puerta del dormitorio de sus padres estaba entreabierta y dejaba escapar una rendija de luz lunar que cortaba la penumbra. Se acercó y pegó la oreja a la jamba.
Lo primero que olió no fue a sexo. Fue a sal. A sudor frío y a miedo. Y debajo, un olor más dulzón: el de un cuerpo dormido, indefenso.
—Por favor, duerme… por favor, sigue durmiendo —susurró una voz ronca. La voz de su padre. Era una plegaria desesperada.
Sabina se arriesgó. Miró por la rendija. La escena le heló la sangre y, al mismo tiempo, le encendió una hoguera en el vientre.
Su madre dormía boca arriba, con la boca entreabierta, respirando con la profundidad inconsciente del sueño profundo. Una pierna le asomaba fuera de las sábanas. Estaba por completo a su merced.
Y su padre, Adrián, estaba de pie junto a la cama, como un depredador que contempla a su presa. Llevaba solo el pantalón del pijama, bajado hasta las rodillas, y se sostenía la polla en la mano. No la acariciaba con deseo, sino con una especie de furia sombría, lenta. Se masturbaba mientras miraba el cuerpo dormido de su esposa. Pero Sabina supo, con una certeza que la hizo temblar, que no la estaba viendo a ella. Estaba viendo un sustituto. Un cuerpo cálido donde proyectar su obsesión.
Se inclinó despacio, con una delicadeza grotesca. Con muchísimo cuidado, como si no quisiera despertar a un muerto, le separó las piernas a su mujer. La sábana resbaló y dejó al descubierto su sexo, oscuro en la penumbra. No la besó. No la acarició. Solo se colocó entre sus piernas, se guio con la mano y empujó hacia la entrada de ese cuerpo ausente.
Sabina contuvo la respiración. Aquello no era sexo. Era una profanación.
Y entonces entró.
No hubo gemido de placer de su madre. Solo un jadeo mínimo, el sonido del aire expulsado de unos pulmones que no lo esperaban. Él se quedó inmóvil un instante, con la cabeza gacha y los músculos de la espalda en tensión. Luego empezó a moverse.
El ritmo era horrible. No tenía nada del calor de aquella tarde. Era lento, metódico, casi clínico. El ritmo de un hombre que se masturba usando un cuerpo ajeno. Lo único que se oía era su respiración entrecortada, el crujido del colchón y el sonido húmedo y pegajoso de la embestida dentro de un sexo que no respondía, que no lo recibía con placer, que simplemente estaba ahí, pasivo.
—Zorra… —siseó él. Pero la palabra no iba dirigida a la mujer que tenía debajo. Era un insulto lanzado a la oscuridad, a la hija que lo había enloquecido—. Me tienes loco… me tienes jodidamente loco…
A Sabina le ardían los ojos, pero no eran lágrimas de tristeza. Eran de furia y de una lujuria tan negra y profunda que la asustaba. Bajó una mano entre sus piernas y se encontró empapada. El sexo le latía con un pulso dolorido y desesperado. Empezó a frotarse al mismo compás lento y pervertido con el que su padre embestía el cuerpo inconsciente de su madre.
Cada empuje de él era un insulto. Cada caricia de los dedos de ella sobre su propio clítoris, una respuesta. Él la estaba usando a ella a través de su madre. Y ella, a su vez, lo usaba a él, convirtiendo su acto de desesperación en el combustible de su propio placer.
—Te voy a llenar… te voy a dejar todo dentro para que te acuerdes… —gruñó él, y sus palabras eran una promesa retorcida que no pertenecía a la mujer dormida.
Sabina apretó los dientes y se frotó más rápido, más fuerte. La tensión crecía, una ola sucia y eléctrica que le subía desde los pies. Quería gritar. Quería romper algo. Quería entrar en esa habitación, apartar a su madre de un empujón y ponerse en su lugar.
Él aceleró. Sus movimientos se volvieron erráticos, desesperados. Con un gemido ahogado, un sonido de derrota total, se vino. Se quedó clavado en el cuerpo de su esposa, temblando, vaciando en ese vientre dormido su frustración, su rabia y su deseo.
El orgasmo de Sabina estalló al mismo tiempo. No fue un grito. Fue un espasmo silencioso y violento que la dobló por la mitad. Se apoyó en la pared, temblando, con el muslo mojado, mientras veía a su padre retirarse del cuerpo de su madre con una lentitud espantosa.
Él la miró. Un segundo fugaz, a través de la rendija. Tenía los ojos vacíos, perdidos. No había triunfo en esa mirada. Solo la nada. El abismo.
Se subió el pijama y salió de la habitación sin mirar atrás, como un hombre que acaba de cometer un asesinato.
Sabina se quedó en el pasillo, en la oscuridad, escuchando la respiración tranquila y ajena de su madre, inconsciente por completo de la profanación que acababa de sufrir. Y por primera vez no sintió solo deseo. Sintió un odio puro y venenoso. Odio hacia su madre por ser tan débil, por estar ahí. Y un odio mucho más hondo hacia su padre por no tener el valor de hacerlo con ella.
***
La casa olía a secreto. A semen seco en unas sábanas que su madre todavía no había cambiado, a sudor de culpa y a un silencio denso que se podía masticar. Su padre la evitaba. Pasaba a su lado como si fuera un fantasma, con la mirada clavada en un punto indeterminado de la pared. El acto de aquella noche no los había unido en una conspiración de pecado. Lo había roto a él. Lo había convertido en un hombre mediocre y asustado, y su deseo se había transformado en un desprecio ácido e hiriente.
Ella necesitaba un arma nueva. Y esa arma llegó un sábado por la mañana, en forma de una camioneta vieja y ruidosa que se detuvo frente a la casa. Era él. El tío Bruno.
Bruno era el hermano menor de su padre. Diez años más joven, su opuesto exacto. Donde Adrián era oscuro, introspectivo y atormentado, Bruno era sol, risa fácil y una confianza que rozaba la arrogancia. Llevaba el pelo más largo, una barba de varios días y una camiseta de una banda que Sabina no conocía. Olía a tabaco de liar, a coche y a una libertad que su padre había enterrado hacía mucho.
—¡La pequeña Sabina! ¡Cómo has crecido! —exclamó al verla, levantándola del suelo en un abrazo que le apretó los pechos contra su torso firme. La soltó, pero sus manos se quedaron un segundo de más en su cintura—. Ya eres toda una mujer.
Sabina sonrió. Una sonrisa de azúcar y veneno.
—Y tú ya casi eres un hombre viejo, tío.
Él soltó una carcajada genuina que resonó en el silencio opresivo de la casa. Su padre apareció en el umbral del salón y la sonrisa de Bruno se apagó un poco.
—Adrián. No esperaba verte por aquí.
—Vivo aquí, ¿recuerdas? —respondió su padre con una voz plana, sin vida.
La tensión entre los hermanos era palpable. Bruno, el eterno vagabundo, y Adrián, el prisionero de su propia vida. Y Sabina, en medio de los dos, sintió que el poder cambiaba de bando.
Pasaron la mañana en un incómodo ritual de café y conversación trivial. Bruno contaba historias de su último viaje por la costa mientras su padre asentía con monosílabos. Sabina lo observaba: veía cómo sus ojos se posaban en ella cada vez que Bruno le hacía un cumplido, cada vez que la risa de su tío llenaba la habitación. Veía la sombra de los celos. La semilla estaba plantada. Solo faltaba regarla.
El plan se formó en su mente con una claridad cristalina.
—Tío, ¿me ayudas a mover la maceta grande del jardín? Papá está muy ocupado siendo un mal anfitrión —dijo ella, con un tono de broma que tenía un filo de verdad.
Bruno se levantó de un salto.
—Por supuesto, sobrina. Dejemos a tu padre con sus pensamientos profundos.
Antes de salir, ella miró a su padre una última vez. Su rostro era una máscara de piedra, pero los ojos la seguían. Sintió esa mirada en la espalda como una quemadura.
***
En el jardín, el sol caía fuerte. Bruno se quitó la camiseta para trabajar y dejó al descubierto un torso moreno, delgado pero marcado, con un águila tatuada en el brazo. No tenía la fuerza pesada de su padre, pero sí una energía salvaje y juvenil. Sabina lo observó, no con deseo, sino con una curiosidad clínica. Era una herramienta. Un medio para un fin.
—Joder, esta pesa más que mis deudas —resopló Bruno, empujando la maceta de barro cocido. Sudaba, y el olor que despedía era distinto al de su padre. Menos hondo, más animal.
—Deja que te ayude —dijo ella acercándose. Se arrodilló a su lado y, «sin querer», derramó un poco de agua de la regadera sobre su propio pecho. La tela fina de la blusa se transparentó, pegándose a sus pechos.
Bruno se detuvo, con los ojos fijos en su escote.
—Cuidado, pequeña. Te vas a mojar.
—No me importa —susurró ella, acercándose más. Le pasó una mano por el brazo, sintiendo la piel tibia y el vello bajo los dedos—. Tienes los brazos fuertes.
Él se rio, nervioso esta vez.
—Es el trabajo de la obra, ya sabes. —No se apartó. Sus ojos seguían clavados en sus pechos.
Era el momento.
Sabina se levantó despacio y volvió a arrodillarse, esta vez frente a él, entre su cuerpo y la maceta.
—Descansa, tío. Déjame darte las gracias.
Antes de que pudiera protestar, los dedos de ella encontraron la hebilla de su cinturón y la abrieron con un chasquido. Sus manos subieron hacia la bragueta.
—Sabina, ¿qué coño…? —empezó él. Pero sus palabras se rompieron en un jadeo cuando ella bajó la cremallera y le sacó la polla.
La tenía a medio endurecer, más fina que la de su padre, con la piel más oscura y el vello más ralo. No era el objeto de su deseo, pero era la llave. Se inclinó y, sin más preámbulos, se la metió en la boca.
El sabor fue un golpe. A sudor, a piel limpia, a un hombre ajeno. Era distinto. No era el que ella anhelaba. Pero lo hizo igual. Se la llevó hasta el fondo, sintiendo cómo se endurecía y crecía hasta llenarle la boca. Usó la lengua, la hizo girar alrededor de la punta, lo chupó con un ruido húmedo y obsceno. No lo hacía por placer. Lo hacía por exhibición. Lo hacía por el hombre que sabía que estaba mirando.
Y lo estaba. Desde el umbral de la puerta corredera, invisible en la penumbra del salón, su padre los observaba. Sabina no lo veía, pero lo sentía. Sentía su odio como una presión física en el aire caliente del jardín.
Bruno se había rendido. Le hundía las manos en el pelo, no con fuerza sino con asombro, guiándola, soltando pequeños gemidos de incredulidad.
—Joder, Sabina… qué… qué haces…
Ella no respondió. Solo lo miró de reojo, hacia la puerta corredera, mientras seguía chupándosela con una devoción falsa. Quería que su padre la viera. Quería que viera a su hermano, a su hermano menor, con la polla en la boca de su hija. Quería que entendiera que, si él no era hombre suficiente para tomarla, otro lo sería. Un sustituto. Una espina clavada en su orgullo.
Bruno empezó a moverse, embistiendo su boca con suavidad, con el ritmo de un hombre que no se cree su suerte.
—Me voy a… me voy a correr, sobrina…
Sabina no se apartó. Se preparó para recibirlo. Pero justo en ese instante, un sonido rompió el hechizo del jardín.
El estruendo de un cristal hecho añicos en el salón.
Bruno se sobresaltó y salió de su boca como si lo hubieran quemado. Se abrochó los pantalones de forma torpe y se puso de pie de un salto, con el pánico en los ojos.
—¡Qué coño ha sido eso!
Sabina se quedó arrodillada en el suelo, con el sabor de su tío en la boca y una sonrisa triunfante en los labios. No necesitaba mirar. Sabía perfectamente lo que había pasado. Sabía que su padre, desde la oscuridad del salón, había apretado el puño con tanta fuerza que había reventado el vaso que sostenía.
Lo había conseguido. Ya no era un fantasma. Estaba herido. Y un animal herido, por mucho que tema, es siempre el más peligroso.