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Relatos Ardientes

El viaje con mi prima a la playa lo cambió todo

Era finales de junio y yo tenía veintidós años, tirado en la cama un sábado por la tarde sin nada mejor que hacer, cuando me vibró el móvil. Un mensaje de mi prima Carla, la hija de la hermana de mi madre, a la que no veía desde Navidad.

—¿Qué tal, primo? Seguro que andas de fiesta y chicas por ahí —escribió.

—Qué va. Tirado en la cama —contesté.

—Pues ya somos dos. ¿Qué planes tienes para el verano?

—Ninguno. Estoy ahorrando para cambiar de coche.

—¿Y tú crees que esa tartana tuya nos llevaría cuatrocientos kilómetros hasta la playa?

Tardé en responder. Mi viejo Punto aguantaba de sobra ese viaje, no estaba tan acabado. Pero llevaba meses guardando cada euro para un coche nuevo, y la idea de gastar gasolina y peajes me daba pereza.

—¿En qué andas pensando? —pregunté al fin.

—Mis padres alquilaron un piso en la costa, julio y agosto. Acabé la autoescuela ayer y no pienso cocerme aquí todo el mes. Había pensado que quizá tú…

—O sea, que necesitas un chófer.

—Buena compañía, mejor que un chófer —respondió, y remató con un emoji guiñando el ojo.

Le dije que la llevaba, que pasaba el día y me volvía por la noche. Ella ni hablar: si me iba, me quedaba unos días. No me dejó negarme. Iba como invitado, a gastos pagados, solo tenía que meter algo de ropa en la maleta. La semana siguiente cumplía diecinueve y quería celebrarlo. Quedamos en que la recogía a las seis de la mañana del domingo.

Hice la maleta esa misma noche, la metí en el coche y me acosté temprano para conducir descansado.

***

Me levanté a las cinco y media, me duché y me puse una camiseta, unos vaqueros cortos y zapatillas. A las seis estaba aparcado frente a su portal. Esperé diez minutos y, como no bajaba, le escribí preguntándole si se había quedado dormida.

—Ya bajo, que no sabía qué ponerme —contestó.

No me extrañó que tardara. Cuando la vi cruzar el portal, casi no la reconocí. De la cría delgada y rubia que recordaba no quedaba nada. Bajaba por la rampa una mujer de piernas largas y melena suelta que, de habérmela cruzado en cualquier discoteca, jamás habría relacionado con mi prima.

Me quedé mirándola embobado hasta que golpeó el maletero para que lo abriera. Salí a ayudarla con una maleta que era más grande que ella. Llevaba una falda blanca vaquera bastante por encima de la rodilla, una blusa de hombros caídos anudada por encima del ombligo y unas sandalias que dejaban ver las uñas pintadas de rojo. El maletero no daba para tanto equipaje: tuve que meterlo en los asientos de atrás.

Me dio dos besos y un abrazo en el que noté de pasada su perfume y la tibieza de su cuerpo. Después se sentó en el asiento del copiloto y esperó a que yo reaccionara. Necesité unos segundos para asimilar el cambio y obligarme a pensar en ella como mi prima, la niña de siempre, y no como la mujer que acababa de subirse a mi coche.

Arranqué. No tardó en quedarse dormida apoyada contra la puerta. La postura le subió un poco la falda y me costaba horrores mantener la vista en la carretera. En un giro, la blusa se le deslizó del hombro y quedó claro que no llevaba sujetador. Menos mal que coincidió con el amanecer y se despertó, porque mi cerebro empezaba a quedarse sin riego.

A mitad de camino me pidió parar. Encontré una gasolinera, fuimos al baño y entramos a la cafetería a desayunar. Noté cómo las miradas de los hombres se torcían a su paso. Me sentí orgulloso y celoso a la vez de que mi prima pequeña se hubiera convertido en eso. Con la excusa de que ella invitaría al llegar, dejé que me invitara, y volvimos a la carretera.

Algo había cambiado. La falda parecía más corta y la blusa apenas le cubría el pecho según la tenía colocada. Empezó a preguntarme por mis ligues de la universidad y yo respondía con evasivas. Al no sacarme nada, cambió de táctica y me contó lo suyo: las fiestas, los babosos que la rondaban, las citas aburridas, el examen práctico que aún le faltaba. Entonces se quitó las sandalias y estiró las piernas sobre el salpicadero.

Casi nos estrellamos.

Se dio cuenta del efecto y, divertida, propuso conducir ella. Le recordé que aún no tenía el carné y que con las piernas a la altura del cristal no había seguridad que valiera. Se enfurruñó como una niña al no salirse con la suya. Bajó los pies y se arremangó la ropa hasta que toda parecía dos tallas más grande. El resto del trayecto lo hicimos casi en silencio, ella mirando por la ventanilla y yo, por fin, concentrado.

***

Al llegar al pueblo costero no sabía dónde estaba el piso de mis tíos. Se lo pregunté y me soltó, mordaz, que como era pequeña no debía saberlo, que se lo preguntara a los mayores. Reconocí a la cría caprichosa de siempre. Tras cinco minutos dando vueltas paré, la hice bajar y dejé su maleta en la acera.

Mientras ella se sentaba sobre el equipaje a mirar el móvil, le escribí a mi tía. Le extrañó que su hija no supiera la dirección, pero me la dio: estábamos a dos minutos en coche. Decidí darle una lección. Arranqué y me fui. La cara de Carla por el retrovisor era un poema, roja de rabia y con los puños cerrados.

Aparqué en una calle apartada para que pensara que me había vuelto a casa. El edificio tenía cuatro plantas y el de mis tíos era el último piso. Subí mi maleta sin despeinarme; entreno casi a diario. Solo de imaginar a Carla cargando su maletón por esas escaleras se me escapó una sonrisa.

Mi tía me abrió con un abrazo. Antes de nada le expliqué que su hija venía bien, que subiría en diez minutos porque se había encontrado con una amiga. Le di un buen achuchón. No se parecía en nada a Carla salvo en lo rubia y lo clara de piel: a sus cuarenta y siete tenía un cuerpo generoso que noté de sobra bajo la camiseta holgada. Mi tío, un hombre entrado en los cincuenta, de pelo canoso y buen porte, se levantó a saludar.

Me ofrecí a bajar a ayudar a Carla con la maleta y cerré la puerta para que no se oyera nada. Bajé despacio, a propósito, y me la crucé en el primer rellano, sudando y sin aliento, con tres pisos por delante. Al verme casi se le salen los ojos.

—¡Pensé que te habías largado, y mírate, tan tranquilo mientras yo sudo la gota gorda! —me gritó, e intentó pegarme.

Le sujeté las muñecas y la apoyé contra la pared, inmovilizándola con mi cuerpo. Notaba cada centímetro del suyo, la blusa pegada de sudor, sin nada debajo. Le hablé al oído y noté cómo se le erizaba la piel.

—Tus padres no saben nada de tu rabieta y no se lo pienso contar. Queda entre tú y yo. Les dije que te encontraste con una amiga: invéntate algo y sigue la historia. Y que sea la última vez que, cuando te pido algo tan simple como una dirección, me la niegas.

Apreté un poco más, una de mis piernas entre las suyas, la boca casi rozándole la oreja.

—¿Te ha quedado claro lo que quiero de ti?

—Sí… no volveré a portarme como una cría —susurró.

—No te ha quedado claro. Te portarás como una cría solo si yo quiero que lo hagas.

—Está bien. Entendido.

—Ya lo veremos —dije, y la solté.

Ella vino a abrazarme y a pedirme perdón. Le sequé las lágrimas y, sin pensarlo, me llevé los dedos a la boca. Le di un beso en la mejilla, cogí su maleta y le pedí que volviera a sonreír, que habíamos venido a pasarlo bien.

—¡Sí! Pensé que me habías abandonado —dijo, y la sonrisa le volvió a la cara.

***

Mis tíos nos enseñaron el piso. Solo había dos dormitorios: el de matrimonio, junto a la entrada, y otro al fondo con una cama de matrimonio y dos individuales a los lados. Yo daba vueltas a cómo nos repartirían cuando mi tía lo resolvió.

—Si no te importa compartir cuarto con tu prima, así no molestáis a nadie cuando volváis de fiesta. Pero si te incomoda, tu tío duerme contigo —dijo, guiñando el ojo.

—Por mí no hay problema, somos primos —contesté.

—Tú en tu cama y yo en la graaande —canturreó Carla, y salió corriendo a tirarse sobre la cama del centro.

Dejé mi maleta sobre la individual pegada a la ventana. Enfrente del cuarto, una escalera subía a una azotea compartida con el vecino, dividida solo por una verja.

Pedí permiso para ducharme y mi tía casi me regaña: allí era uno más, sin permisos. Coloqué mi ropa en el armario, usé dos de los cajones de arriba y entré al baño. Cerré la ventana que daba al patio interior, por vergüenza, aunque el cristal era translúcido. Me di un duchazo rápido, en diez minutos estaba fuera.

Al volver al cuarto a por unas chanclas me encontré a Carla sentada en su cama con cara de pocos amigos.

—¿Qué te pasa, cara mustia?

—Me has quitado mis cajones. ¿Dónde meto yo ahora la ropa?

—No te he quitado nada. Usé dos y te quedan tres.

—Ya, pero yo quería los de arriba para no agacharme.

Me acerqué, todavía húmedo, le cogí la barbilla y me detuve a dos centímetros de su cara. Abrió los ojos como platos.

—¿Tengo que recordarte la conversación de las escaleras? —y le di un mordisquito en la nariz.

Se levantó de un salto, cogió unas cosas de la maleta y salió disparada al baño.

Si yo tardé diez minutos, ella llevaba ya casi cuarenta y cinco. Necesitaba entrar, así que toqué la puerta. Oí un movimiento rápido y salió colorada y agitada, con una camiseta larga que apenas le tapaba más abajo de las nalgas, llevándose su ropa en la mano.

Entré. Hacía calor y humedad. Al ir a sacar mi ropa sucia del cesto para meterla en la lavadora, me encontré mis calzoncillos justo encima, cuando yo los había dejado bien tapados al fondo. Mi prima había hurgado en mi ropa. Me quedé descolocado, sin saber si sentirme halagado o avergonzado.

***

Comimos un arroz con calamares que había preparado mi tío. Carla se fue a la playa nada más terminar. A mí me podía el cansancio del madrugón, así que me eché la siesta en el cuarto que compartía con ella y caí redondo enseguida.

No sé si soñaba o estaba despierto, en ese punto en que quieres moverte y la cama no te suelta. Me pareció oír golpes contra la pared y algo más. Cuando logré despejarme, lo escuché con claridad: alguien lo estaba pasando muy bien. Y venía de dentro del piso.

Me levanté y seguí el rastro del sonido. La puerta del dormitorio de mis tíos estaba entornada, apenas un dedo de hueco por el que se filtraba la luz. No hacía falta verlo para entenderlo. Por los gemidos y el golpeteo del cabecero, mi tía y mi tío estaban aprovechando que la casa parecía vacía, convencidos de que su sobrino dormía a pierna suelta y su hija seguía en la arena.

Me quedé clavado en el pasillo, conteniendo la respiración, con el corazón retumbándome en los oídos. Sabía que tenía que volver a la cama y, sin embargo, no me movía. Hasta que, a mi espalda, una toalla húmeda y el olor a champú me avisaron de que ya no estaba solo.

—Conque era esto lo que no querías que oyera —murmuró Carla al oído, con una sonrisa que no era inocente—. Parece que en esta casa todos guardamos secretos, primo.

Y supe, en ese instante, que el verano acababa de empezar de verdad.

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Comentarios (5)

Gonzalo_81

Increible relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo!! Muy bien logrado

Meli_norte

Por favor que haya continuacion!! me quede con muchas ganas de saber que pasa despues 😭

DiegoB92

Me gusto mucho como fuiste construyendo la tension desde el principio, se nota que sabes escribir. Sigue subiendo!

VeranoEnCosta

jajaja la maleta mas grande que ella me la imagine perfectamente, buen arranque

VictoriaLunes

Me recordo a unos veraneos familiares de cuando era chica, capturaste muy bien ese ambiente. Gracias por compartir!!

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