Una madre y su hija aprendieron a servirme juntas
Había cerrado el último de mis asuntos en aquella ciudad esa misma tarde, frente a dos hombres que me debían más de lo que jamás podrían pagarme. Me despedí de ellos con un apretón firme y la promesa, por su parte, de que no me fallarían. Luego dejé a Noa en su portal y me dirigí, ya entrada la noche, al piso donde me esperaban.
El ascensor olía a madera encerada y a perfume caro. Subí despacio, saboreando esa fatiga buena que deja un día en el que todos tus asuntos quedan resueltos. No esperaba que la puerta se abriera antes de que yo llamara, ni que Sira se colgara de mi cuello como si llevara meses sin verme.
—Lo siento, amo —susurró contra mi oído, aunque era evidente que no lo sentía—. No he podido esperar. En cuanto llegué a casa de mi abuela y me enteré de todo, no pensé en otra cosa. Castígueme si quiere, pero lo necesitaba.
—Tranquila —reí, apartándole un mechón de la cara—. Hoy no toca castigo. Entremos.
Lo primero que vi al cruzar el umbral fue a Encarna, de pie en mitad del salón, con la mirada clavada en el suelo y el pelo recogido en una coleta tirante. A pesar de la edad, su cuerpo conservaba una dignidad severa: los pechos, algo caídos, quedaban realzados por un sujetador de seda y encaje negro, a juego con unas braguitas mínimas y unas medias que terminaban en unos tacones imposibles.
—Espero que sea de su agrado, amo —dijo Berta, surgiendo de la cocina con esa sonrisa suya que siempre anuncia travesuras—. Me aseguraron que era un caso especial.
Me acerqué. Su respiración se aceleró en cuanto sintió mi aliento en la nuca, y los pezones se le marcaron contra la seda como dos botones impacientes.
—¿Ha dado problemas? —pregunté.
—Ninguno —respondió Berta—. Apenas ha hablado. Se ha dejado hacer.
En una esquina del salón, sobre unos cojines dispuestos para ellas, esperaban Pilar y su hija Sara. Madre e hija, las dos arrodilladas en idéntica postura, las dos con lencería de cuero negro y un collar fino del que colgaba una chapa con su nombre. Verlas juntas, ofrecidas por la misma sangre al mismo dueño, me provocó una punzada de orgullo difícil de explicar.
—Queríamos recibirlo como merece —dijo Pilar, levantando apenas la vista—. Las dos.
—Mi madre me enseñó a servir —añadió Sara, con un hilo de voz—. Es justo que aprendamos juntas.
Asentí. Que una madre instruyera a su hija en la entrega, que compartieran sin celos al mismo hombre, era de las pocas cosas que aún conseguían sorprenderme. Pero esa noche tenía otros planes.
—Me llevo a Encarna y a Sira a su piso —anuncié—. Vosotras descansad. Mañana os quiero a todas temprano.
***
El piso de Encarna era amplio y anticuado, con muebles oscuros y un par de crucifijos colgados en las paredes. Me dejé caer en un sillón mientras ella encendía las luces con manos torpes. Algo en su cara había cambiado: en el salón anterior la había visto excitada y serena, y ahora la dominaba una inquietud nueva que no terminaba de encajar.
—¿No te gusta que estemos aquí? —pregunté.
—No es eso, amo —tragó saliva—. Es que mi sirvienta no tardará en llegar. Vive aquí conmigo.
—Mejor —dije—. Así tendremos público.
Sira no esperó orden. Se sentó en el borde del sofá, se apartó las bragas con dos dedos y miró a Encarna con una sonrisa cargada de perversión.
—Ya has oído al amo —dijo—. De rodillas. Demuestra para qué sirve esa boca de beata.
Encarna obedeció con una mezcla de vergüenza y hambre que me fascinó. Se inclinó entre los muslos de Sira y empezó, primero con timidez, luego con una entrega torpe pero voraz, como quien lleva años conteniendo algo que ni siquiera sabía que tenía guardado.
—No sabe ni mover la lengua —jadeó Sira, agarrándola del pelo y hundiéndole la cara—. Pero aprende rápido. El deseo enseña deprisa.
Me desnudé sin prisa y me coloqué tras Encarna, que seguía inclinada con el culo expuesto. Cuando la penetré despacio, esperando un rechazo que no llegó, soltó un gemido largo y ronco que retumbó en todo el piso.
—Es la segunda en toda mi vida —confesó entre espasmos, sin separar la boca de Sira más que para hablar—. Y la primera de verdad. La otra ni merecía ese nombre.
—¿Cuánto tiempo, Encarna? —pregunté, marcando un ritmo lento y profundo.
—Demasiado, amo. Mi marido murió hace años, y a él nunca le interesó mi cuerpo. Le interesaba mi dolor.
Aquella frase lo explicó todo. Me retiré de su sexo y apoyé la punta en otro lugar más estrecho, más prohibido, esperando otra vez una resistencia que no apareció. En lugar de tensarse, Encarna arqueó la espalda y empujó hacia atrás.
—Ahí —suplicó—. Rómpame, amo. Es suyo. Todo es suyo.
Hasta Sira abrió mucho los ojos, sorprendida.
—Menudo descubrimiento —murmuró.
Empujé con cuidado al principio, luego con más decisión al ver que el dolor, lejos de frenarla, la encendía. Encarna gemía, pedía más fuerza, se corría con una violencia que le hacía temblar las piernas. Una viuda silenciosa que había guardado bajo siete llaves a la mujer que ahora gritaba sin el menor pudor.
Fue entonces cuando la puerta del salón se abrió. En el umbral, con una bata barata abrochada hasta el cuello y los ojos muy abiertos, apareció la sirvienta. Una mujer joven, latina, de melena oscura y boca carnosa, que se quedó petrificada espiando la escena, con una mano todavía perdida entre los pliegues de la tela.
—Vaya, tenemos compañía —dije sin salir de Encarna—. ¿Te gusta mirar?
—No, amo —balbuceó—. Pero ver a la señora así…
Por el tono entendí que entre ellas no había precisamente cariño.
—¿Esta? —solté una carcajada y me giré hacia Encarna—. Esta no es ninguna señora. Díselo tú.
—No soy ninguna señora —jadeó Encarna, sin un gramo de orgullo—. Soy lo que el amo quiera que sea.
Algo se quebró en la cara de la joven. No era deseo lo que vi en sus ojos, sino años de rencor acumulado a fuego lento.
—¿La quieres? —le pregunté, saliendo por fin de Encarna y dejándola jadear de bruces sobre la mesa—. Es tuya. Haz con ella lo que se te antoje.
—¿De verdad? —preguntó, y al asentir yo, la bata se le abrió de golpe, revelando un cuerpo joven y firme apenas cubierto por ropa interior sencilla.
Encarna cometió un error. Quiso provocarla una última vez.
—Ya lo has oído, Mariela —dijo con desdén.
La joven se abalanzó sobre ella como una fiera y le cruzó la cara de un bofetón que la hizo caer sentada al suelo.
—Me llamo Yelitza —escupió—. Llevo dos años llamándome Yelitza, vieja racista.
Lo que siguió me dejó casi sin palabras. Yelitza la abofeteaba con la mano abierta, y Encarna, en lugar de defenderse, sonreía. Cuanto más fuerte caía el golpe, más feliz parecía la viuda.
—Me lo merezco —gemía—. Más fuerte. Pega más fuerte a esta vieja.
Sira y yo nos cruzamos una mirada de asombro. Aquella mujer no buscaba placer en el sexo, sino en el castigo. Por fin entendía sus provocaciones, las humillaciones que debía de haberle dedicado a la muchacha durante meses: buscaba una reacción, una mano dura que su difunto marido ya no podía darle.
Cuando Yelitza se cansó de las manos, arrastró a Encarna del pelo hasta apoyarla de bruces sobre la mesa, con el culo al aire, y buscó algo con lo que continuar. Le pasé un pequeño látigo de tiras que Berta había dejado olvidado en el bolso.
—Cinco —le advertí—. Ni uno más. No sabes la fuerza que tienes entre las manos.
Cinco azotes secos restallaron en la habitación. Encarna los recibió arqueándose, mordiéndose el labio, con los pezones a punto de romper el encaje. Le ordené parar antes de que la novata se dejara llevar por su propia furia.
—Para —dije, y Yelitza se detuvo en seco, jadeando, transformada en otra mujer.
Hice una señal a Sira, que se colocó detrás de la joven y la atrajo contra su pecho, deslizándole las manos por el torso hasta liberarle unos pechos pequeños y firmes, de pezón largo y duro.
—Levanta la cabeza —le susurró Sira al oído—. ¿Quieres más? Él puede darte todo lo que esa vieja te negó.
—Quiero ser yo quien mande —respondió Yelitza, con la voz quebrada de deseo—. Quiero que ella me sirva a mí.
—Eso puede arreglarse —dije.
La hice arrodillarse frente a mí. No apartó la mirada cuando se metió mi polla en la boca, y supe enseguida que no era la primera. Usaba la lengua, los labios y los dientes con una pericia que desmentía toda su timidez inicial.
—¿De verdad me entregarías tu vida? —pregunté.
Asintió sin sacársela de la boca.
—¿Y te gustaría ser tú la señora y ella la sirvienta?
—Sí —dijo, soltándome un instante—. Le haría pagar cada una de las humillaciones.
Me corrí en su boca y tragó sin perder la sonrisa, retándome con la mirada hasta el final. A su lado, Encarna observaba la escena de rodillas, con una mezcla de envidia y de paz que solo entendí más tarde.
Las senté a las dos en el sofá y les pedí que hablaran. Encarna fue la primera.
—Soy masoquista, amo —dijo, sin rodeos—. Mi marido lo sabía y lo aprovechaba, pero murió y me dio miedo caer en malas manos. Por eso provocaba a la muchacha. Buscaba que alguien me tratara como necesito.
—¿Y tú? —le pregunté a Yelitza.
—Mi ex era un degenerado —respondió—. Le consentí todo hasta que quiso compartirme con sus amigos. Ahí me planté, y de un día para otro me echó a la calle. Una vecina me trajo aquí a servir. Hoy ha sido la primera vez que he estado con una mujer.
—Pues tienes una lengua prometedora —apuntó Sira.
—A partir de hoy tú eres la dueña de esta casa —le dije a Yelitza—, y Encarna será tu sirvienta, siempre que aceptes pertenecerme. Berta te irá enseñando lo que haga falta. Por ahora, nadie más que los presentes podrá tocaros.
—Soy suya, amo —respondió Yelitza, y vi asomar una lágrima que no se molestó en ocultar—. Haré lo que me pida.
—¿Y a usted le parece bien? —pregunté a Encarna, casi por cortesía.
—Me da igual servir, amo —respondió—. Aunque me paseen desnuda por la calle. Solo le pido que no me deje a oscuras otra vez.
Me vestí despacio. Antes de salir, la imagen de Yelitza, con los pezones erizados y esa rabia recién domesticada, me hizo volver sobre mis pasos. La tomé sobre la misma mesa, deprisa, mientras Sira reía en un rincón, y la dejé jadeando, marcada ya como mía.
Salimos los tres al rellano. Mientras bajábamos, pensé en todas ellas: en Pilar y Sara, madre e hija aprendiendo a obedecer en la misma habitación; en Encarna y Yelitza, verdugo y víctima reconciliadas bajo mi mano; en Sira, que me apretaba el brazo como si temiera que todo aquello se desvaneciera al despertar.
—¿Está seguro de dejarlas solas? —preguntó Sira en el ascensor.
—Más que nunca —respondí—. Van a ser la pareja perfecta. Al menos al principio.
Esa noche, al fin a solas con ella, la atraje contra mi cuerpo y me dormí pensando que había fundado algo más que un capricho. Una familia nueva, con un único patriarca, donde la sangre y la entrega se confundían hasta no poder distinguirse.