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Relatos Ardientes

Mi sobrina me citó en un bar cerca de su facultad

Hacía un par de años que no veía a Daniela, la hija de mi cuñada Marta. La última vez todavía era una cría que apenas levantaba la vista del teléfono. Lo que me encontré esa noche en Guadalajara no tenía nada que ver con aquel recuerdo.

Tenía veintitrés años y estudiaba en la universidad. Su cuerpo se había transformado por completo. Medía poco más de un metro sesenta, bien proporcionada, con unos pechos medianos y firmes, y un trasero redondo que llenaba cada prenda que se ponía. Esa noche llevaba una minifalda negra que peleaba por cubrirle lo que la tela empujaba hacia arriba con cada paso.

Yo estaba en la ciudad por trabajo. Acababa de cerrar una reunión que había salido redonda: la empresa que visité ese día terminó contratando todo el sistema que les fui a ofrecer, equipos, programas y soporte incluidos. Tenía la cabeza ligera y ganas de celebrar, así que cuando Daniela me escribió para vernos, no lo pensé dos veces.

Quedamos en un bar cerca de su facultad. Al llegar me encontré un sitio animado, con una barra enorme, pista de baile y música en vivo. Era una de esas noches de verano en las que el calor se pega a la piel y el aire parece cargado.

Ella ya estaba allí, sentada en una mesa al borde de la pista. Me vio cruzar el local y sonrió de una forma que no recordaba. Había algo distinto en su mirada, algo que no era el de la sobrina que yo guardaba en la memoria.

Esto no debería gustarme tanto.

Nos saludamos, pedimos las primeras copas y empezamos a ponernos al día. Anécdotas de la familia, de su madre, de los veranos viejos. Pero entre frase y frase había miradas que duraban un segundo de más, roces de manos sobre la mesa que ninguno de los dos retiraba. Cada gesto se sentía eléctrico, como si los dos supiéramos que algo iba a pasar y ninguno quisiera ser el primero en decirlo.

La banda arrancó un tema lento y ella me tendió la mano para sacarme a bailar. Le dije que hacía años que no bailaba, pero me arrastró igual hasta la pista. Bailamos pegados, su espalda desnuda contra mi pecho, sus caderas marcando un ritmo que no tenía nada de inocente. Sentí su perfume, el calor de su cuerpo, y supe que la línea que llevábamos toda la noche rozando estaba a punto de cruzarse.

Cuando volvimos a la mesa, ya nos costaba mantener la conversación. Las copas se acumulaban y las pausas entre nuestras frases se llenaban de silencios cargados. Yo intentaba recordarme quién era ella, de quién era hija, lo que significaba todo aquello. Pero cada vez que se inclinaba hacia mí, cada argumento que me daba a mí mismo se deshacía un poco más.

—¿Por qué me miras así? —preguntó, jugando con el borde de su vaso.

—¿Cómo te miro? —respondí.

—Como si no fuera tu sobrina.

No supe qué contestar. Ella tampoco esperaba respuesta. Apuró la copa, se levantó y dijo que su apartamento estaba a dos calles. Lo dijo sin rodeos, mirándome a los ojos. Yo pagué la cuenta y la seguí.

***

En cuanto cerramos la puerta del apartamento fue como si las reglas dejaran de existir. La música de Luis Miguel sonaba suave en el estéreo mientras entrábamos tropezando. Ella me empujó contra la puerta y empezó a recorrerme con las manos, buscando los botones de mi camisa. Yo hacía lo mismo, sin pensar ya en nada de lo que debería estar pensando.

La minifalda iba acompañada de una blusa sin mangas, con la espalda al descubierto. Empecé a bajársela despacio, con toda la calma del mundo, solo para verla impacientarse. Cada centímetro de piel que descubría parecía una eternidad, y los dos se nos erizaba el cuerpo con el contacto.

—No tan lento —murmuró contra mi oído.

—Tú aguanta —le respondí.

Cuando la falda y la blusa cayeron al suelo, empecé a besarle el cuello mientras mis manos viajaban por todas partes. Ella ya temblaba, apretándose contra mí, buscando más. La levanté en brazos y la llevé al dormitorio, donde la dejé con cuidado sobre la cama. Volví a besarla por todas partes, reconociendo un cuerpo que recordaba de otra época y que ahora era el de una mujer.

Me tomé mi tiempo con cada parte de ella. Le besé los pechos despacio, atrapando un pezón entre los labios mientras ella enredaba los dedos en mi pelo. Bajé por el vientre dejando un rastro húmedo, deteniéndome en cada lugar que la hacía contener el aire. No tenía prisa: quería grabarme cada reacción, cada suspiro, cada vez que arqueaba la espalda buscando mi boca.

Nos quedamos los dos desnudos sobre las sábanas. Bajé acomodando la cabeza entre sus piernas, después de haberle mordido y lamido las nalgas hasta hacerla estremecerse con cada caricia. Me detuve en el interior de sus muslos, besándolos despacio. Cuando rozó mi lengua, jadeó, y yo sonreí sabiendo exactamente lo que le estaba provocando.

Fui subiendo poco a poco, tanteando cada centímetro con los labios y la lengua, hasta llegar a su sexo. El olor de su piel, mezclado con un perfume dulce que le había quedado de la noche, me arrastró hasta allí. Mi nariz, mi boca y mi lengua estaban ya donde ella más lo pedía.

Empecé a acariciarla con los dedos. Estaba tan excitada que no pudo contener un gemido fuerte. Yo sabía lo que quería y no tenía intención de hacerla esperar. Cerré la boca sobre su clítoris y lo lamí despacio, escuchándola retorcerse. Ella gemía, me suplicaba que parara y, en la misma frase, me pedía que no me detuviera nunca.

Mientras mi lengua jugaba con ella, con una mano le apretaba un pecho, presionando el pezón entre los dedos, y con la otra le acariciaba el trasero. Bajé un dedo hasta tantear su entrada y ella arqueó la espalda sin dejar de gemir.

—Tío, me vuelves loca —jadeó—. Ya casi… sigue, sigue.

Bajó las manos y me agarró del pelo, apretándome contra ella, perdida del todo en el momento. Supo que yo sabía exactamente lo que hacía y que lo hacía demasiado bien. Sentí cómo se acercaba al límite, cómo todo su cuerpo se tensaba, y entonces se corrió fuerte, gritando mi nombre mientras temblaba sobre la cama.

—Hacía mucho que no sentía algo así —me confesó después, todavía jadeando, recuperando el aliento poco a poco.

***

Tardó un rato en volver en sí. Cuando lo hizo, se subió encima de mí y empezó a besarme con una urgencia distinta. Yo sentía mi erección palpitando contra su vientre, y ella sabía perfectamente lo que buscaba. Deslizó el cuerpo hacia abajo, despacio, hasta que la tuve dentro, y empezamos a movernos juntos.

Era como si los dos cuerpos estuvieran hechos para encajar. Encontramos el mismo ritmo, primero lento y después fuerte y rápido, gimiendo con cada embestida. Ella se apoyaba en mi pecho, echando la cabeza hacia atrás, y yo le sujetaba las caderas marcando el compás.

—Ya me vengo, Dani… —le avisé con la voz quebrada.

—Sí, te siento… no pares… —respondió ella, clavándome las uñas.

Nos corrimos casi a la vez, abrazados, temblando el uno contra el otro. Se dejó caer sobre mí y nos quedamos así, sudados, con el corazón a mil, escuchando la música que todavía sonaba de fondo.

Ninguno dijo nada durante un buen rato. Ella trazaba círculos con el dedo sobre mi pecho y yo le acariciaba la espalda, sintiendo cómo su respiración se calmaba poco a poco. Pensé en lo que acabábamos de hacer, en lo que diría su madre, en todas las razones por las que aquello estaba mal. Y, sin embargo, no me arrepentía de nada. Solo quería más.

Después de unos minutos de caricias, cuando ya creía que la noche se apagaba, noté que volvía a endurecerme. Ella lo sintió antes de verlo y se le iluminó la cara con una sonrisa pícara.

—De eso nada, todavía no terminamos —dijo.

Se bajó de la cama y se arrodilló frente a mí. Empezó despacio, besándome primero, subiendo con la lengua sin prisa por todo el largo. Después me metió entero en la boca y empezó a chupar con ganas, ayudándose de las manos. Yo gemía sin control, completamente perdido, incapaz de pensar en otra cosa.

Sabía lo que me gustaba y no tenía ningún reparo en dármelo. Lamía, chupaba, me provocaba con la lengua hasta que casi le rogaba que parara. Cuando creí que no podía aguantar más, aceleró el ritmo, sin soltarme, mirándome desde abajo. Me vine otra vez, más fuerte que antes, y ella aguantó hasta la última gota sin apartarse.

Fue el final perfecto para una noche que no debería haber ocurrido.

***

Esa noche dormí más tranquilo que un niño. Por la mañana, al abrir los ojos, vi a Daniela salir del baño con el pelo mojado cayéndole sobre los pechos y una toalla mal anudada a la cintura. Me miró desde la puerta, sabiendo perfectamente lo que provocaba, y se acercó despacio a la cama.

—¿Te quedas a desayunar? —preguntó, dejando caer la toalla.

Sabía que aquello no debería repetirse. Sabía que no iba a poder negarme.

Y por la forma en que se subió de nuevo a la cama, supe que esa mañana iba a ser tan larga como la noche.

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Comentarios (5)

Gustavo_fdez

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

LorenaBaires

Por favor seguí con la historia, quede con ganas de saber que paso despues. No podes dejarnos asi!

lector87

Me atrapó desde la primera línea, se siente muy real. La tension que construiste al principio esta perfectamente lograda. Sigue asi!

pabloMdz22

Buenisimo!!! espero la segunda parte

AndresCba2

Me recordo a una situacion que viví hace algunos años, esas coincidencias que la vida te pone en frente... muy buen relato, gracias por compartirlo

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