Lo que mi hermana me pidió con mi madre vendada
Nos quedamos un rato largo tumbados sobre las sábanas revueltas, recuperando el aliento. Mi madre seguía con la venda sobre los ojos, pero sonreía, satisfecha, como quien acaba de obtener exactamente lo que pedía. La habían tratado sin contemplaciones y ella lo había agradecido con el cuerpo.
Yo todavía abrazaba a Lucía. Mi hermana paseaba las yemas de los dedos por mi muslo, despacio, con una calma que no encajaba con lo que acababa de pasar en esa habitación. Respiraba tranquila, casi feliz.
Mi padre me miró un segundo y desvió la vista enseguida. Sentía vergüenza, supongo. Sus hijos lo habían visto perder el control con su mujer, y lo peor era que ella había disfrutado cada minuto y se había corrido dos veces seguidas.
Lucía giró la cara y me observó con una dulzura que no le conocía, como si en lugar de su hermano tuviera delante a otra cosa, algo más grande.
—Me ha gustado mucho —dijo en voz baja.
Me quedé callado, sin saber a qué se refería.
—Estar contigo, tonto —aclaró.
Me sorprendió. No habíamos estado juntos del todo; lo nuestro había sido apenas un roce, lo justo para empujarla un poco más hacia el borde. Aun así respondí con torpeza.
—Sí, Lucía. Ha sido increíble.
Torció el gesto y me miró con algo parecido al enfado.
—No ha sido increíble. Ha sido bonito.
—Eso quería decir —rectifiqué.
—Ya has visto cómo es mamá, ¿no? —dijo, otra vez tierna—. Pero yo soy distinta.
No tenía ni idea de adónde quería llegar.
—Me encantaría seguir contigo. Mucho tiempo —añadió.
—Y a mí —respondí, sin pensarlo.
—Te quiero un montón, Bruno.
—Y yo a ti.
Mi hermana me tenía descolocado. Éramos eso, hermanos; discutíamos por tonterías y nos queríamos como siempre nos habíamos querido. Pero esa noche había algo nuevo en su voz, una intención que no sabía leer. Vi que mi padre nos observaba de reojo, intentando descifrar lo mismo que yo.
Entonces habló mi madre, sin venir a cuento, como solía.
—¿Está Adrián ahí? ¿Vais a follarme otra vez? —preguntó, tirando de las muñecas atadas.
Mi padre resopló y la miró con muy mala cara.
—¿Quién coño es Adrián? —preguntó, mirando a Lucía.
Mi hermana me lanzó una mirada de aviso: se acercaba la tormenta.
—Papá —dijo con una calma deliberada—, tienes que tranquilizarte.
Supe que la verdad no le iba a sentar bien, así que me adelanté para que Lucía no metiera la pata.
—Una noche bebió de más y la llevaron a una de esas fiestas —empecé—. Se montan en un chalet a las afueras, va mucha gente.
Mi padre me miraba sin entender por dónde iba.
—De esas donde atan a alguien y lo usan delante de todos.
Al oír aquello se puso tenso.
—A mamá la subieron al centro de la sala, desnuda, sin que ella supiera bien dónde estaba. Apareció un tipo con Gustavo, el jefe de Lucía.
***
Mi hermana me miraba alucinada, sin captar adónde quería llegar yo con todo aquello. Estaba contándole a mi padre lo que ocurría en las fiestas de su jefe, pero adornándolo a mi gusto. Me dio un pellizco en el costado y me pidió por lo bajo que me callara. La ignoré.
—Ese hombre se la quiso llevar por delante. Y mamá volvió aquella noche llorando, diciendo que la habían humillado delante de todos. Pero hubo alguien que la sacó de allí, que la protegió y la acompañó a casa.
Lucía no entendía nada; todo era mentira. Lo único cierto era que a mi madre la habían usado en esa fiesta, solo que lo había gozado tanto que estaba deseando repetir. Le guiñé un ojo a mi hermana y le pedí otra vez que aguantara.
—Esa persona fue Adrián. Y ahora mamá quiere devolverle el favor por lo que hizo por ella.
Mi padre se había puesto rojo. Él también había pisado una de esas fiestas, sabía perfectamente lo que pasaba allí; incluso había estado con una mujer atada sobre la mesa. Debía estar imaginando que a su mujer la habían arrastrado con engaños al mismo sitio donde él se había desfogado.
—Por eso ella se llama a sí misma puta —rematé—. Porque fue a esa fiesta y la usaron delante de todo el mundo.
Mi padre apretó los puños y la mandíbula, convencido de que Gustavo lo había engañado. Su mujer, su hija… y encima lo de la fiesta. En ese instante estaba pensando en cobrárselas todas juntas.
Miré a Lucía y vi que aguantaba la risa a duras penas, negando con la cabeza, sin entender mi jugada.
—Vaya trola le has soltado —susurró pegada a mi oído.
—Hay que conseguir que se arreglen —respondí sin que él me oyera.
—¿Y ella? Tendrá que perdonar a papá —contestó, encogiéndose de hombros.
—De eso me encargo yo.
Mi madre volvió a hablar, esta vez más directa.
—Quiero que Adrián me lo haga por detrás.
Mi padre apretó los dientes.
—Shhh. Tranqui, papá —lo calmó Lucía.
Mi hermana se acercó a ella y le susurró que se callara, que como dijera una palabra más la dejábamos atada y nos íbamos a la fiesta sin ella. Mamá juró que se callaba ya mismo, pero que la siguiéramos usando.
—Te toca a ti, mi amor —me dijo Lucía, mirándome—. Métesela hasta el fondo, que crea que eres otro.
Lo entendí al vuelo: no había que volver a pronunciar el nombre de Adrián, y yo tenía que hacerme pasar por él.
Lucía me dio un beso corto en los labios y me habló al oído para que mi padre no la escuchara.
—Aunque ahora lo haga con papá, voy a estar pensando en ti.
La miré sorprendido. Mi hermana me trataba como si yo fuera suyo, como si lo de esa noche nos hubiera convertido en algo distinto.
***
Se subió a la cama y obligó a mamá a girarse, dejándola a cuatro patas, el culo en pompa y la cara apoyada sobre el colchón. Me miró, sonrió y hundió la lengua entre las nalgas de nuestra madre, recorriéndola de arriba abajo, dejándola húmeda.
—Ayyy —gimió mi madre.
Mi padre empezó a tocarse despacio, sin apartar la vista. Tenía a su mujer ofrecida y a su hija lamiéndola sin pudor.
—Ayyy, qué bueno —exclamó ella.
Lucía le soltó un azote con toda la mano abierta. Mi padre y yo miramos la marca roja dibujada en la piel. Después le quitó los tapones de los oídos para que pudiera oírla.
—Eres una guarra —le dijo.
—Sí, sí, una guarra enorme —contestó mamá al instante.
—Te he dicho que no hables.
¡Zas! Otro azote, más fuerte todavía, de esos que duelen solo de escucharlos.
—Aggg —protestó mi madre.
Mi padre miraba extasiado, sacudiéndose cada vez más rápido, resoplando. Lucía volvió a lamerla y mamá empezó a gemir como loca, levantando las caderas y agarrándose al cabecero.
—Ahora van a usarte por detrás bien fuerte, y tú te aguantas —le advirtió mi hermana.
—Sí, sí, me aguanto, me aguanto —repetía ella.
—Vas a recibirla entera.
—Sí.
—Con ese culo de puta que tienes.
—Sí, sí.
Lucía siguió jugando con la lengua, abriéndola poco a poco, preparándola para que entrara entera. Mi padre la miraba babeando, masturbándose con energía.
—Quiero hacérselo yo —se le escapó de repente.
Lucía me miró y salté sobre la cama. Le volví a poner los tapones a mi madre a toda prisa, rezando para que no hubiera reconocido la voz de mi padre.
—¡Hacédmelo ya! ¡Ya! —pedía ella, como un loro.
Estaba tan excitada que ni se enteró. Mi padre intentó subirse para hacerlo él.
—No —lo frenó Lucía—. Le toca a Bruno. Tú miras.
Me quedé helado, avergonzado, sin saber qué decirle. Iba a tener a mi madre delante de mi padre, y él se quedaría mirando, callado, convertido en espectador.
—Venga, hazle a esta puta lo que pide —oí decir a mi hermana.
—Sí, hazlo, Bruno —pidió mi padre, para mi sorpresa.
***
Lucía se apartó y yo me coloqué detrás, abriéndole las nalgas con una mano. Antes de que pudiera seguir, mi hermana me sujetó y se inclinó sobre mí, recorriéndome despacio con la lengua mientras me miraba fijo, provocándome con los ojos.
—Me encanta —murmuró, sonriendo.
—Va, métemela ya —rogaba mi madre.
—Te la meterá después —le contestó Lucía con otro azote—. Ahora déjame a mí.
Era una imagen obscena y magnífica al mismo tiempo. Mi padre se había acercado y había metido la mano entre el colchón y el cuerpo de mamá, atrapándole un pecho. Ella creyó que era yo.
—Aaah, sí —gimió—. Tócame, mi vida.
Él apretaba con fuerza, sin cuidado, mientras Lucía empezaba a frotarla entre las piernas, y el chapoteo húmedo llenaba la habitación.
—Mira cómo estás de mojada —le chilló mi hermana.
Mamá no la oía, pero separó más las piernas, ofreciéndose.
Yo estaba de rodillas, viendo a mi hermana entregada a aquello, dirigiéndolo todo. Apoyé la punta y empujé despacio. Noté cómo se abría poco a poco.
—Mira, mi amor, mira —exclamó Lucía, excitada, observando cada centímetro.
Empujé un poco más y entró del todo.
—Más, más, entera —pedía mi madre, sofocada, echando las caderas hacia atrás, agarrada al cabecero.
Mi padre se acercó a mirar de cerca, fascinado y rabioso a partes iguales. Me hizo un gesto con la cabeza, autorizándome a seguir, a hacerlo sin freno.
Lo hice de un golpe seco, tan fuerte que la arrastré sobre el colchón.
—Aaagg —chilló.
—¡Toma! —soltó mi padre, encendido.
Vi el deseo en sus ojos, las ganas de ver a su mujer entregada de aquella manera. Ya no le importaba que fuera su hijo quien lo hiciera. Solo quería que no parara.
—¡Sigue! ¡Sigue! —repetía como un poseso.
Lucía miraba sin terminar de creérselo. Era la entrega absoluta, el pudor hecho pedazos, y se excitaba por momentos, sentada a mi lado, abierta de piernas, acariciándose deprisa.
—Aaah —gemía de vez en cuando.
La sujeté por las caderas y la embestí una y otra vez, hasta el fondo. La oía protestar a ratos, pero echaba el cuerpo hacia atrás pidiendo más.
Mi hermana me dio un golpecito en la pierna.
—¿Te… te importa que… que me lo haga papá? —preguntó, frotándose con ansiedad.
—Déjate —respondí, al verla tan necesitada—. Quiero verte gozar.
Me lanzó un beso y se puso a cuatro patas enseguida, ofreciéndose a mi padre. Él me miró avergonzado, sin saber si atreverse delante de mí, pero el deseo le ganaba: miraba el cuerpo de Lucía y lo deseaba igual que yo deseaba a mi madre.
Le hice una señal con la cabeza. Adelante. Quería verla gozar, oírla gritar, verla sacudirse en la cama mientras yo seguía con mamá, los dos hombres de la casa entregados a la misma locura.
—Hazlo —le dije, al verlo dudar—. No te frenes con ella.
Mi padre miró a mi madre, me miró a mí y por fin miró a Lucía. La suerte estaba echada, y ninguno de los cuatro iba a echarse atrás esa noche.