Lo que mi tía me hizo en el asiento de atrás
Aquel verano amaneció con un bochorno espeso que se metía en casa antes de las nueve. Me había quedado a dormir en la habitación de invitados mientras arreglaban la mía, y desperté con la sábana pegada al cuerpo por el sudor y el olor a café subiendo desde la cocina.
Mi tía Amparo entró sin llamar, como siempre. Llevaba una bata fina de verano que la luz de la ventana volvía casi transparente, y no parecía tener ninguna prisa por taparse.
—Buenos días, dormilón. ¿Me echas una mano hoy? La nevera se ha jodido del todo, el compresor hace un ruido de moribundo.
Me froté los ojos, todavía medio dormido.
—¿No nos la traen a casa?
Soltó una risa amarga.
—Ya sabes cómo es tu tío Honorio. Encontró una de segunda mano baratísima en un polígono de las afueras y dice que para qué pagar transporte si tenemos coche. Vamos a ir a por ella en el Seat. —Se acercó a la cama y bajó la voz—. Porfa, Rubén… si no es por él, hazlo por mí.
Me miró con esa cara de niña mala que ponía cuando quería algo: ojos grandes, labio mordido, sonrisa torcida. Suspiré y asentí.
—Vale, tía. Pero el tío conduce como el culo. Nos va a matar un día.
—Lo sé —dijo bajito, inclinándose para darme un beso en la frente que duró un segundo de más—. Pero te necesito.
***
Media hora después estábamos los tres en el Seat 124, uno de esos coches con el salpicadero de plástico marrón y los asientos de escay que se pegaban a la piel en verano. Mi tío al volante, Amparo de copiloto, yo tumbado atrás porque en esa época nadie usaba el cinturón en ciudad.
El coche olía a gasolina, a tabaco rancio y a un ambientador de pino que colgaba del retrovisor y ya no olía a nada. El trayecto debería haber sido de quince minutos. Tardamos casi cuarenta y cinco.
Honorio nos perdió tres veces: en la salida de la circunvalación, en un polígono lleno de naves idénticas, y otra más porque se enredó a discutir con un camionero y se metió por donde no era. Cada vez que mi tía intentaba decirle «por aquí no, gira a la derecha», él explotaba.
—¡Cállate la boca, que sé por dónde voy! ¡Todos contra mí, coño!
Yo me callaba atrás, mirando por la ventanilla para no meterme en medio. El sol pegaba de lleno, el coche no tenía aire y el sudor nos corría por la espalda.
La nevera resultó ser una Edesa de las antiguas, blanca, enorme, pesada como un muerto pero funcional. Para meterla en el maletero tuvimos que hacer virguerías: doblamos el respaldo del asiento de atrás hacia delante hasta dejarlo plano. La nevera entró por el portón, ocupando casi todo el hueco y dejando solo el asiento del conductor libre y un espacio mínimo justo detrás de mi tío.
Amparo miró aquel panorama y le preguntó:
—¿Y cómo volvemos los tres? No cabe nadie más.
Honorio se encogió de hombros, ya empapado y de mal humor.
—Pues te sientas encima del crío. No te quejes tanto, hostia.
Y se metió al volante sin más.
***
Yo me acomodé en el hueco que quedaba, con las piernas abiertas para que cupiera algo. Amparo se aupó encima de mí con cuidado, su vestido de gasa fina subiéndole por los muslos. Se sentó de espaldas a mí, el peso blando de su cuerpo aplastándose contra mi regazo. Noté el calor de su piel a través de la tela, su respiración, el perfume de azucenas que siempre llevaba.
Antes de que mi tío arrancara, ella se inclinó un poco hacia atrás y me susurró al oído, tan bajito que solo yo lo oí.
—Menos mal que te has puesto el pantalón del chándal, ¿eh?
Y al decirlo, su mano derecha bajó disimulada por mi muslo y me dio un apretón firme justo donde ya empezaba a despertarme. Me quedé en shock, sin reaccionar, con el corazón latiéndome en los oídos.
Honorio arrancó y, cómo no, volvió a perderse al salir del polígono. Empezó a pitar, a insultar por la ventanilla, tan metido en su rabia que no veía nada más que la carretera y los «gilipollas» que tenía delante.
Al poco de empezar el viaje, Amparo levantó las caderas con disimulo, como si se colocara por comodidad, y tiró hacia abajo de la cintura elástica de mi chándal. Lo bajó lo justo. Luego se apartó la ropa interior a un lado y miró por encima del hombro con esa sonrisa traviesa.
—Esto responde a lo de anoche —susurró—. Tranquilo… el gordinflón está pendiente de conducir. No se entera de nada.
Se colocó encima, despacio, buscando el ángulo con los volantazos del coche como aliados. Cada bache, cada giro brusco la empujaba sobre mí un poco más. Sus movimientos de cadera eran mínimos, casi imperceptibles para cualquiera que mirase desde fuera, pero yo los sentía en cada centímetro.
Apretaba los dientes para no hacer ruido, agarrado a los bordes del asiento, los nudillos blancos. Ella controlaba el ritmo con una calma que me desarmaba, ajustándose con cada curva, apretando justo cuando entraba del todo. Si gira a la izquierda me muero, pensé. Giró a la izquierda.
En menos de quince minutos no aguanté. Lo solté todo intentando no moverme, mordiéndome el labio hasta hacerme daño. Honorio seguía gritándole al tráfico, ajeno a todo, golpeando el volante con la palma de la mano.
Media hora más tarde, con el coche dando bandazos por otra salida equivocada, volvió a pasar. Esta vez ella apretó las nalgas contra mí y se movió en círculos pequeños, y noté cómo se le tensaba el cuerpo entero. Disfrazó el suspiro de tos y se inclinó hacia delante como si mirara algo por la ventanilla, pero las piernas le temblaban. Se quedó quieta después, respirando hondo, fingiendo mirar el paisaje.
El viaje de vuelta duró una hora. Cuando por fin aparcamos delante de los bloques, Honorio apagó el motor, se bajó sudado y sin mirarnos.
—Subidla vosotros. Yo me voy al bar, que estoy reventado.
Y se fue directo a la esquina.
***
Amparo y yo nos quedamos solos con la nevera. Cogí la parte del motor, que pesaba un disparate, ella la de delante, y la metimos en el ascensor pequeño del bloque, de esos con el espejo rayado y el botón que tardaba una eternidad. En cuanto se cerraron las puertas, apoyé la nevera contra la pared y me lancé.
La besé en el cuello mientras le metía mano por debajo del vestido, y ella jadeó, pero me frenó con las dos manos en el pecho.
—Para, Rubén… mejor en casa. Tenemos hasta que suba tu tío. Cinco horas para nosotros.
Las puertas se abrieron en el rellano. Sacamos la nevera, la metimos en la cocina y la enchufamos. Ella cerró la puerta con llave, se giró hacia mí y se quitó el vestido por la cabeza de un solo tirón. Quedó en bragas y sujetador, el cuerpo brillando de sudor bajo la luz de la bombilla desnuda.
—Ven —dijo, cogiéndome de la mano y llevándome al salón—. Ahora sí que podemos tomarnos nuestro tiempo.
El salón era pequeño, con un sofá de escay gastado en los brazos, una mesa baja de cristal rayado y un ventilador de pie que apenas movía el aire caliente. La persiana estaba medio bajada y dejaba pasar rayas de luz amarilla que cruzaban el suelo de terrazo. Olía a plástico de nevera nueva, a sudor del día entero y a sus azucenas de siempre.
Echó el pestillo con un clic seco que sonó como una sentencia, y se quedó mirándome, el pecho subiendo y bajando con cada respiración. Yo seguía con el chándal a medio bajar y el corazón en la garganta.
—Ven aquí —dijo con esa voz ronca que ponía cuando estaba excitada.
Me acerqué despacio. Me cogió de la nuca y me besó profundo, lengua contra lengua, mientras con la otra mano terminaba de bajarme el chándal. Yo le solté el sujetador y le tomé los pechos, grandes y pesados, hasta que soltó un jadeo y me mordió el labio.
Nos dejamos caer en el sofá. Ella se sentó a horcajadas encima de mí, las rodillas hundiéndose en los cojines a ambos lados de mis caderas. Solo quedaba la ropa interior, empapada en el centro. Se la apartó con dos dedos y se colocó encima, rozándose sin dejarme entrar, arriba y abajo, torturándome con el calor.
—¿Te gusta así? —susurró, mirándome a los ojos mientras se movía más rápido—. Dime que lo querías hace mucho.
—Desde siempre, tía… joder.
Entonces se dejó caer de golpe, y los dos soltamos un gemido al unísono. Se quedó quieta un segundo, sintiéndome dentro, y empezó a moverse en círculos lentos, subiendo casi hasta soltarme y bajando de nuevo con fuerza. Yo le agarraba las caderas, clavando los dedos en la carne, marcando el ritmo con ella.
El sofá crujía con cada embestida. El ventilador zumbaba inútil. Fuera se oía el tráfico lejano y a algún vecino gritando por la ventana. Dentro solo estábamos nosotros: jadeos, piel contra piel, sus uñas arañándome la espalda, mis manos hundiéndola contra mí.
Se corrió primero ella. Tembló entera, se apretó a mi alrededor como un puño y ahogó un grito mordiéndose el antebrazo. Yo aguanté lo que pude, pero cuando volvió a moverse, más rápido, más desesperada, no resistí. Me solté dentro con un gruñido largo mientras ella seguía moviéndose, exprimiéndome hasta la última gota.
Nos quedamos así un rato, pegados, sudando, respirando fuerte. Ella apoyó la frente en mi hombro y me besó el cuello suave.
—No le digas nada a nadie, ¿eh? —susurró—. Esto es nuestro. Solo tuyo y mío.
—Solo nuestro —repetí, todavía dentro de ella, sin querer salir.
Nos quedamos en el sofá hasta que el reloj marcaba casi las ocho. Entonces ella se levantó despacio, se limpió, se puso el vestido y me miró con la misma sonrisa traviesa de siempre.
—Venga, ayúdame a guardar la cena. Y dúchate antes de que llegue el inútil… que hueles a mí.
Y así pasamos las horas siguientes: preparando la cena, riéndonos bajito, rozándonos «sin querer» cada vez que nos cruzábamos en la cocina, sabiendo que aún teníamos varios días por delante antes de que mi habitación estuviera lista y todo volviera a la normalidad.