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Relatos Ardientes

Lo que mis primas me obligaron a ponerme

Aquello pasó en el verano de 2002, cuando yo acababa de cumplir dieciocho años y era el primero de toda mi familia que había logrado entrar en la universidad. Vivíamos en un barrio obrero de una ciudad pequeña del norte, donde las calles aún olían a pan recién horneado por las mañanas y donde nadie se metía en los asuntos del vecino, salvo para juzgarlos en voz baja.

Mis dos primas por parte de madre, Lucía y Mariana, eran hermanas y un poco mayores que yo. Lucía tenía veintidós y era morena, de ojos negros, delgada de cintura y con un trasero amplio que ella odiaba y que a mí me parecía la cosa más perfecta del mundo. Decía siempre que su «culo gordo» era la razón por la que ningún chico la quería, y yo la dejaba creerlo, porque cualquier explicación que le diera me habría delatado.

Mariana, dos años menor, era guapa de cara, con una melena oscura y brillante que le caía hasta media espalda, pero su cuerpo flaco y sin curvas no acompañaba a aquella cara. No tenía novio ni parecía interesada en buscarlo, lo que sacaba de quicio a su padre, mi tío, que se pasaba la vida diciendo que había que encarrilar a las hijas antes de que se les pasara el arroz.

En mi familia, la virginidad de las chicas era cosa seria. Mis primas no podían salir solas, así que casi siempre era yo quien las acompañaba a todas partes: al cine, al parque, a las verbenas. El zorro cuidando de las gallinas, ahora que lo pienso. Pasábamos juntos los fines de semana enteros y la cercanía con Lucía se había convertido, hacia la primavera, en algo muy distinto a lo que mis tíos imaginaban.

Habíamos estado solos en casa de la abuela un fin de semana de mayo. La primera noche, entre bromas, nos habíamos besado y manoseado a tientas en el sofá. La segunda, ya sin disimulos, me metí en su cama. Le quité las bragas y miré su sexo de cerca, a la luz pálida de la luna que entraba por la persiana. Tenía los labios bien dibujados, prietos, y un triángulo perfecto de vello negro sobre la entrepierna. Me moría por probarlo, pero ella me lo prohibió tajantemente. No iba a permitir que nadie le hiciera nada que pudiera notarse después. Así de claras eran las reglas.

—Si quieres, puedes frotarte contra mi culo —dijo en voz baja, ya colocándose a cuatro patas—. Pero nada de meterla. Y rápido, antes de que la abuela se despierte.

Aquella primera vez me ofreció el trasero como quien ofrece un favor, y yo lo recibí como un milagro. Acaricié sus nalgas, las besé, lamí entre la raja para que mi sexo deslizara mejor, y me corrí en su espalda en menos de dos minutos. Ella, mientras tanto, se tocaba con la mano libre y se llegó al orgasmo casi a la vez que yo, mordiendo la almohada para que no se la oyera.

A partir de ahí, lo del «culo prestado» se convirtió en una rutina secreta. Cada vez que la familia bajaba la guardia, ella se ponía a cuatro patas y yo me masturbaba contra sus nalgas. A veces me dejaba mirar de cerca cómo se masturbaba ella sola, y eso era casi peor: el olor, los gemidos ahogados, el chapoteo brillante de su clítoris bajo sus dedos me dejaban al borde de la locura. Lo único que no me concedía, lo único que yo quería de verdad, era poner la lengua sobre aquel sexo.

Tenía yo otra obsesión paralela, y conviene que la cuente porque sin ella el resto no se entiende. Mi tía Soraya, hermana mayor de mi madre, era la oveja negra de la familia. Aparecía por casa de la abuela cada equis meses con una historia distinta: un boxeador venido a menos, un ex legionario, un piloto de rallies, un feriante con pretensiones. Mis tías la criticaban en voz alta por delante y por detrás, decían que se acostaba con cualquiera y que incluso la habían visto con otras mujeres. Para mí, que tenía dieciocho años y la imaginación encendida, todo aquello era gasolina.

Soraya rondaba los cuarenta, era rolliza pero firme, con unos pechos enormes y unos muslos redondeados que apretaba siempre dentro de minifaldas imposibles, blusas con transparencias y corpiños con estampado de leopardo. Cuando se inclinaba para servir la comida, sus pechos amenazaban con derramarse sobre la mesa, y yo aprovechaba para mirar disimuladamente con los puños cerrados bajo el mantel. Una vez había entrado en su cuarto mientras dormía la siesta y me había acercado a olerla; otra había rozado uno de sus pezones con el dorso de la mano, hasta que se removió y tuve que inventar una excusa para escapar.

Aquel cuarto que tenía mi tía en casa de la abuela —donde guardaba ropa, álbumes, cartas y todo lo que no se llevaba consigo cuando se marchaba— iba a ser, sin yo saberlo todavía, el escenario del trato más raro de mi vida.

***

Las cosas se torcieron, o se enderezaron según se mire, una tarde en que Mariana entró sin avisar en la habitación de la abuela y nos pilló en plena faena. Lucía estaba a cuatro patas sobre la cama, con la falda subida hasta los riñones, y yo arrodillado detrás de ella restregándole el sexo durísimo contra el trasero. Pegamos los dos un grito que casi tira las paredes.

—Como no me dejéis mirar siempre que hagáis esto, lo cuento —dijo Mariana con una calma escalofriante, los brazos cruzados.

No teníamos margen para negociar. Aceptamos. Y a partir de ahí, ya no fueron dos personas en aquel cuarto, sino tres. Mariana se sentaba en la silla de la esquina, abría las piernas, se subía la falda y se manoseaba mientras nos miraba. Yo no podía tocar uno, sino dos sexos que tenía a un palmo, y ninguno de los dos podía siquiera rozar con la yema del dedo. La cabeza me iba a estallar. Me desfogaba con alguna chica del barrio, con la viuda del piso de arriba, con las putas del bar de carretera, pero nada de aquello era suficiente.

La abuela y mis tíos tuvieron que viajar a Valencia un par de semanas por unos asuntos de herencia, y antes de irse me encargaron «cuidar» a las chicas junto a mi madre. El zorro recibiendo las llaves del gallinero. Aproveché aquellos días para insistirles a las dos cada vez que podía: que me dejaran probar, una sola vez, lo que llevaba meses pidiéndoles. Hasta que un viernes por la tarde, Mariana me miró distinta.

—Hablamos el domingo en casa de la abuela. Que aquí no nos oigan.

El domingo por la mañana llegué con la excusa de ir al mercadillo. Cerramos la puerta del piso. El sol entraba a chorros por la galería. Lucía estaba sentada en el sofá con una falda corta y los muslos juntos. Mariana, de pie, parecía la que mandaba.

—Te dejamos comerle el coño a Lucía —dijo Mariana sin rodeos—. Pero hay una condición.

—¿Qué condición?

—Te tienes que vestir con ropa de la tía Soraya y hacernos un numerito.

—¿Que qué?

—Lo que oyes. Te desnudas, te pones lo que nosotras te digamos del armario de la tía y nos haces un pase para las dos. Como una de esas chicas que vienen en las revistas que tú escondes.

—Y una mierda. Yo no soy ningún maricón.

—Es un juego. De aquí no sale.

—¿Y a cambio qué? ¿Solo Lucía? ¿Y tú qué? Yo me visto y vosotras a mirar.

Mariana sonrió como si llevara horas esperando esa pregunta.

—Si te vistes y nos haces el pase, le comes el coño a Lucía. Y luego, si te portas bien, te chupamos la polla las dos a la vez.

Tuve que apoyarme en el marco de la puerta. Miré a Lucía y la muy bruja se había subido la falda y apartado las bragas a un lado para que viera el sexo brillante, hinchado, esperándome. Tragué saliva. Asentí con la cabeza sin abrir la boca, porque sabía que si decía algo iba a ser una estupidez.

Me llevaron casi en volandas al cuarto de la tía Soraya. Abrieron los cajones, sacaron prendas como quien saca disfraces y eligieron entre risas un conjunto que aún recuerdo prenda por prenda: unas bragas negras de encaje, unas medias de rejilla rojas con liguero, un sostén con estampado de leopardo, una blusa blanca semitransparente y una minifalda de imitación a cuero. Hablaron de maquillarme, pero me negué. Hablaron de tacones y los descartaron por miedo a que me rompiera un tobillo.

—Ponte guapa —dijo Lucía riéndose entre dientes.

—Y no nos hagas esperar mucho, que te conocemos —añadió Mariana.

Cerraron la puerta y me dejaron solo. Me quité la ropa con dedos torpes. Me embutí las medias, me abroché el sostén con dos intentos —el cierre de la espalda es una tortura para un chaval de dieciocho años—, me coloqué la blusa, me subí la minifalda. Me miré en el espejo de cuerpo entero del armario y se me aflojaron las rodillas. De espaldas, con el pelo largo recogido sobre la nuca, parecía una mujer de verdad. De cara, si no me fijaba demasiado, podía pasar por una de esas chicas que no se maquillan y llevan el pelo corto. La idea, no sé por qué, hizo que mi sexo empezara a endurecerse contra el encaje de las bragas.

¿Qué cojones estoy pensando?

Sacudí la cabeza. Estuve a punto de quitármelo todo y mandarlas a la mierda. Estuve a punto de imaginarme contándole a mi tío lo de su hija y de paso terminar con aquella locura. Pero entonces me acordé de lo que me esperaba en el salón. La promesa. La boca de Lucía sobre mi sexo. La de Mariana detrás. Las dos arrodilladas, pasándose mi rabo de una a la otra, con hilos brillantes de saliva uniéndolas.

Me imaginé chupando el sexo de Lucía por primera vez después de meses, y después el de Mariana, y la polla se me puso tan dura que la tela negra de las bragas empezó a humedecerse por el extremo. Sentí el latido contra el encaje, una gota tibia bajándome por el muslo enfundado en la rejilla roja. Era la imagen más obscena que había visto nunca, y la veía en el espejo, y era yo.

—Vamos allá.

Me alisé la blusa, me coloqué bien la minifalda, respiré hondo. Avancé hacia el salón con el corazón a mil y un nudo en la garganta. Iba a entregarles aquella tarde algo que no sabía aún que era mío.

Aquello me cambiaría la vida para siempre. Pero yo, en ese momento, abriendo la puerta del salón vestido con la lencería de mi tía, todavía no tenía ni la más remota idea.

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Comentarios (5)

Rulox88

genial!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Felipe_uy

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bueno

ClaraCba21

Me encanto como esta contado, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!

Marcos_Bs

jajaja la parte de las primas me mato, tremenda situacion. Gracias por compartirlo

DiegoZ91

¿Y despues qué paso? Me dejo con la intriga. Espero la continuacion

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