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Relatos Ardientes

Mi hermano me registró como su esposa en el hotel

Adrián viajaba a Monterrey cada dos meses por su trabajo en la planta de ingeniería que lo había contratado tres años atrás. Fue en uno de esos viajes cuando conoció a Valeria, una recepcionista del corporativo que lo llamó por error a su habitación. Lo que empezó como una charla incómoda terminó en una cena, y la cena en mensajes diarios. Tres meses después, ya eran novios.

Valeria tenía dos hermanas, Sofía y Camila. Las tres vivían con su madre Mercedes y con su tía Amelia, en una casa amplia de la colonia Cumbres. Mercedes había estado casada con Eduardo, un viejo amigo de Rodrigo, el hermano de las dos. La tía Amelia también había tenido dos hijos con Eduardo, con la anuencia de Mercedes y antes de que la pareja conviviera del todo. Mucho antes de eso, los tres hermanos —Mercedes, Amelia y Rodrigo— habían compartido tardes y noches que sólo ellos sabían cómo nombrar.

Adrián todavía no terminaba de conocer a Valeria. Por eso le pidió a su hermana Lucía, escritora de novelas eróticas con cierto éxito en circuitos pequeños, que lo acompañara al norte. Quería presentarle a la familia y, de paso, darle a Lucía material fresco para el libro que estaba escribiendo. Salieron juntos desde Ciudad de México y se hospedaron en el mismo hotel boutique de la zona Valle, ese al que él volvía siempre.

Adrián arrastraba, desde la pubertad, lo que un urólogo había llamado un cuadro de hiperespermia. Su organismo producía más semen de lo que cualquier manual consideraba normal. No era un problema. Era, en todo caso, un detalle que su hermana Lucía conocía mejor que nadie.

El taxi los dejó en la entrada del hotel a las tres de la tarde, con un sol de abril que aplastaba la calle.

—Señor y señora López, bienvenidos —dijo el recepcionista sin levantar la vista del monitor—. Habitación catorce, segundo piso. Que disfruten su estancia, como siempre.

Lucía sonrió con la docilidad ensayada de las esposas que viajan por gusto. No era la primera vez que se hospedaba con Adrián bajo esa identidad prestada. Era, en cambio, la quinta o la sexta. Habían perdido la cuenta.

La habitación tenía una sola cama amplia, un escritorio con sillón y unas cortinas pesadas que se abrían con un cordón. Todo decorado con esa sobriedad cálida de los hoteles que cobran caro pero no presumen. Hacía un calor pegajoso. Adrián cerró la puerta con la cadena y dejó las maletas a un lado del closet.

—Voy a abrir la ventana antes de prender el aire —dijo—. Si lo prendemos de golpe, nos enfermamos.

—Yo me muero —respondió ella, ya sacándose la blusa por la cabeza.

Lucía se quitó el sostén y lo lanzó hacia la cama sin mirarlo. Después la falda. Después las bragas. Quedó desnuda delante de él, con la piel todavía brillante por el sudor del trayecto, y le sostuvo la mirada con esa calma de quien ya no necesita pretextos.

Adrián se desabotonó la camisa despacio.

—Cada vez que te veo así me cuesta más entender por qué seguimos fingiendo cuando hay otros en la habitación —dijo.

—Porque te encanta el teatro, hermano —contestó ella—. Te encanta llegar al hotel del brazo de tu esposa y subir a la habitación sabiendo lo que vas a hacerle a tu hermana.

—No lo voy a negar.

Se acercó. Sin pedir permiso, sin formalidades, juntaron las bocas con la urgencia de quien lleva semanas sin verse, aunque los dos sabían que no era cierto. Se habían visto el martes pasado, en el departamento que sus padres les ayudaron a comprar para que vivieran juntos como pareja. Pero el cuerpo nunca contaba los días igual.

Lucía deslizó la mano hasta el cinturón de él y empezó a desabrocharle el pantalón sin separar los labios. Adrián la levantó por la cintura y la cargó hasta la regadera, los pies de ella colgando, las piernas cerradas alrededor de su cadera. El agua salió tibia. Después fría. Después caliente. Ninguno de los dos prestaba atención.

—Despacio —pidió ella cuando él la apoyó contra el azulejo—. Quiero acordarme bien de cómo es cuando tu cuñada todavía no sabe nada.

Adrián se rió contra su cuello. No respondió. Le mordió el lóbulo de la oreja, le bajó la mano por el vientre, le abrió los labios con dos dedos y la masajeó hasta que ella tuvo que apoyarse con las dos manos en la pared para no resbalar.

—Métela —dijo Lucía—. Ahora.

Él la levantó otra vez. Encajó la cadera y entró sin esfuerzo, hasta el fondo, con un solo movimiento que le arrancó a ella un gemido sordo. El agua caía entre los dos cuerpos y se confundía con todo lo demás. Adrián la sostuvo contra la pared con un brazo y la otra mano clavada en la nalga. Empujó despacio al principio, después más fuerte, hasta que Lucía echó la cabeza hacia atrás y le mordió el hombro para no gritar.

—No te vengas adentro —murmuró ella, sin demasiada convicción.

—¿Segura?

—No.

Cuando salieron de la regadera, Lucía se sentó frente al espejo del tocador con una toalla suelta sobre los hombros. Tenía las mejillas todavía encendidas y el pelo mojado pegado al cuello. Adrián se acercó por detrás, le bajó la toalla y empezó a masajearle los pechos con las dos manos, presionando los pezones entre el pulgar y el índice.

—Mañana llega Valeria —dijo él, sin dejar de tocarla—. Vas a tener que portarte bien.

—Yo me porto bien siempre.

—Mientes.

Ella cerró los ojos. Mi cuñada llamándome hermana sin saber nada. La idea no la incomodó. Le subió por dentro como un secreto bien guardado.

—Pásame esa silla —le dijo a Adrián.

Él le cedió el asiento. Lucía se acomodó frente a él, le abrió las rodillas y se hincó entre sus piernas. Lo besó en el ombligo, fue bajando la boca con calma y, cuando lo tuvo listo, se incorporó, le dio la espalda y se sentó sobre él.

El movimiento fue lento al principio. Lucía controlaba el ritmo apoyando los pies en el suelo, subiendo y bajando con la lentitud premeditada de quien quiere que dure. Adrián le sostenía las caderas y la dejaba mandar. La miraba en el espejo: el cuello arqueado, los pechos sueltos, los ojos cerrados.

—Voy a venirme —avisó él.

—Ven.

Y se vino, abundantemente, como siempre. Lucía sintió el calor llenándola por dentro, escurrirle entre los muslos, manchar el sillón debajo de los dos. Una vez le habían medido casi diez mililitros. La normalidad, según los manuales, eran dos. Hace tiempo que ninguno de los dos miraba esos números.

—Tu hiperespermia me va a tener manchando hoteles toda la vida —dijo ella, riéndose, sin levantarse todavía.

—Por algo te casas conmigo en cada recepción.

***

Adrián salió a buscar café a la tienda de la esquina. Lucía aprovechó para meterse otra vez bajo la regadera, cambiarse al baby doll que su madre le había regalado en el último cumpleaños —un detalle entre madre e hija que sólo ellas dos entendían del todo— y echarse en la cama a esperar. El celular vibró antes de que él volviera.

—¡Hija!, ¿ya están instalados? Estaba preocupada.

—Hola, mamá. Llegamos hace rato. Adrián salió por unos cafés.

—Aquí también está haciendo un calor insoportable —dijo Mercedes, riéndose—. Tu papá y tu tía Patricia ya andan medio desvestidos. Y al rato cae tu tío Joaquín a jugar póker.

—Acá igual. Decidimos andar sin ropa hasta la noche, ya sabes que el aire nos enferma.

—Pues hagan lo que tengan que hacer y mándame fotos del hotel mañana. Cuídate de los embarazos, hijita, como nos cuidábamos nosotros con nuestros hermanos.

—Sí, mamá. Te quiero.

Lucía colgó. La franqueza de su madre nunca la había sorprendido. En su casa el incesto no era un secreto a voces: era una continuidad. Sus padres habían sido amantes de sus respectivos hermanos antes de casarse entre ellos. La tía Patricia y el tío Joaquín no eran sólo los hermanos de sus papás; eran, también, parte de la historia íntima que les había permitido entender a ella y a Adrián sin escándalos.

Cuando Adrián entró con dos vasos de cartón, ella ya se había acomodado contra las almohadas con una pierna doblada. Él dejó los cafés sobre el escritorio y se sentó en la cama, otra vez sin nada encima.

—Antes de que se me olvide —dijo—, le tengo que llamar a Valeria.

—Llámala.

Marcó. Lucía se puso de costado, fingiendo desinterés, mientras él esperaba el tono.

—Hola, mi amor. Ya estoy en el hotel. Estoy con mi hermana, ¿quieres saludarla?

Adrián le pasó el teléfono y, al mismo tiempo, se inclinó sobre el cuerpo de Lucía. Antes de que ella pudiera reaccionar, le bajó el baby doll de un tirón y le hundió la cara entre las piernas.

—¡Hola, cuñada! —dijo Lucía, mordiéndose el labio para no reírse—. Qué nervios saludarte por fin.

—¡Por fin podemos hablar! Tu hermano me ha contado tantas cosas de ti.

—Perdón, perdón, es que… —Lucía respiró hondo, intentando mantener la voz estable mientras la lengua de Adrián le recorría todo lo que él sabía recorrer— mi hermano me está haciendo cosquillas, no sabes lo latoso que es.

—No me extraña, mis hermanas son iguales. Estoy ansiosa por conocerte mañana. ¿De qué trata la novela que estás escribiendo?

—Es… —cerró los ojos, apretó los muslos contra los hombros de Adrián— una historia de amor familiar. Algo complicado. Te va a gustar.

—Estoy segura. Te paso a tu hermano antes de que me ponga más nerviosa.

Lucía le devolvió el teléfono a Adrián con una mirada de venganza. Él habló dos minutos más, despidiéndose, mientras seguía con dos dedos dentro de ella, masajeándole el punto que sabía que la dejaría temblando. Cuando colgó, ella ya tenía las piernas tensas y los ojos llenos de agua.

—Eres un hijo de tu madre —le dijo.

—Que también es la tuya.

Le cerró la boca con un beso y se acomodó encima. Esta vez no hubo pausas. Lucía se vino dos veces antes de que él se viniera, una con un grito ahogado contra la almohada, otra empapando con su squirting el muslo de Adrián. Él se vino al final, otra vez por dentro, con la misma generosidad indecente de siempre.

—Van a tener que cambiar el colchón —dijo ella cuando logró hablar.

***

Antes de dormir, Adrián marcó otra vez. A su padre.

—¡Hola, campeón! ¿Cómo se la están pasando tu hermana y tú?

—Bien, papá. Mucho calor. Lucía te manda saludos.

—Cuídala, hijo. Hazla disfrutar como en su luna de miel. Y cuídense del aire acondicionado, ya saben que se enferman.

—Sí, papá. Tranquilo.

—Bomboncito —Adrián escuchó la voz de su padre dirigirse a Lucía a través del altavoz—, pásala bien con tu hermano y no se descuiden, ¿eh? Como nos cuidábamos nosotros con los suyos.

—Sí, papá —contestó Lucía—. Te queremos mucho.

Cuando Adrián colgó, ella se acurrucó contra su pecho. Le pasó la pierna por encima, como hacía desde la adolescencia, y empezó a acariciarle el pelo con los dedos.

—¿Tú crees que Valeria pueda llegar a entenderlo si algún día se entera? —preguntó Lucía después de un rato.

—Por lo que me ha contado, no creo que se escandalice tanto.

—¿Qué te ha contado?

—Mañana te digo —dijo él, sonriendo—. Hoy duérmete.

—Eres injusto.

—Soy estratégico.

Lucía suspiró, fingiendo enojo. Le tomó el sexo entre los dedos —ya casi blando, casi rendido— y se lo acomodó contra la nalga, como si fuera una almohada más.

—Hasta mañana, hermano.

—Hasta mañana, pequeña. Ojalá no me venga otra vez con esas tentaciones que me pones.

—Ojalá sí. Y ojalá lo hagas dentro de mi donita.

Apagó la lámpara. Afuera, Monterrey seguía hirviendo. Adentro, la habitación catorce había vuelto a guardar el secreto de siempre. Adrián cerró los ojos con la mano de su hermana sobre el pecho y la certeza, conocida y placentera, de que al día siguiente conocería a la familia de Valeria sin saber todavía qué tan parecida era a la suya.

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Comentarios (5)

Carlos_BA

Tremendo relato!! me tenia pegado a la pantalla de principio a fin, muy bien contado

LuciaMDQ

Por favor seguilo, quedé con ganas de saber que pasa despues. Una segunda parte!!!

Dario_79

Me encanto la tension que tiene desde el principio. Se siente real, como si de verdad hubiera pasado. Sigue asi

Marta_K

increible!!! uno de los mejores que lei aca

MateoNqn77

jajaja la parte del hotel me mato, se nota que tenes experiencia escribiendo. muy bueno

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