Lo que no debimos hacer con mi hermana en Cancún
Valeria tenía 26 años y vivía conmigo y con mis padres desde que terminó la carrera. Yo acababa de cumplir 23. Durante años la convivencia fue la de cualquier par de hermanos: disputas por el baño, por el ruido, por quién había terminado el pan de la mañana. Nunca me fijé en ella de otra manera. Eso cambió en Cancún, y cambió de una forma que todavía no sé muy bien cómo nombrar.
Fuimos cuatro: ella, yo y dos primos varones. El hotel quedaba en la zona hotelera, uno de esos bloques blancos frente al mar que huelen a bloqueador solar y a piscina clorada. Como éramos número impar de habitaciones, a Valeria y a mí nos tocó compartir la misma. Nadie lo discutió. Era lo más lógico.
El primer día llegamos al mediodía. Valeria traía unos shorts muy cortados y una camiseta ajustada de tirantes. Mientras ella abría la maleta buscando sus cremas, yo me quedé mirándola sin intención al principio. Pero la mirada se me fue quedando fija en sus caderas al inclinarse, en la curva de su espalda, en la forma en que se recogió el cabello con una liga. Algo se movió en mí que no debía moverse.
Quedamos en vernos con mis primos en la alberca. Valeria fue al baño a ponerse el traje de baño y cerró la puerta sin llegar a darle vuelta al pestillo. El espejo del baño estaba orientado hacia la entrada. Desde donde yo estaba, podía verla reflejada. Me dije que lo correcto era mirar hacia otro lado. No lo hice.
Se quitó la camiseta. Después el sostén. Sus pechos quedaron al aire un momento antes de que metiera el brazo en el traje de baño: redondos, más llenos de lo que la ropa dejaba ver, con los pezones oscuros. Se quedó así unos segundos, buscando algo entre sus cremas, sin saber que yo la miraba desde el otro cuarto a través del espejo.
Salí al pasillo antes de que terminara de cambiarse. Me apoyé en la pared con el corazón acelerado. Tenía una erección que no había pedido y que no supe qué hacer con ella, así que esperé a que pasara y bajé a la alberca.
En el agua no pude dejar de seguirla con la vista. Ella nadaba, hablaba con mis primos, se echaba hacia atrás para mojar el cabello. Me sentía incómodo conmigo mismo pero no encontraba la manera de apagar lo que se había encendido.
Por la noche fuimos a un club en la avenida principal. Valeria llevaba una falda negra que le llegaba a mitad del muslo y una blusa con un escote discreto pero suficiente para que yo no pudiera dejar de mirarla. Mis primos bailaron con ella un rato. Yo me quedé en la mesa con una bebida, contemplándola desde lejos y diciéndome que tenía que parar.
A la medianoche apareció un tipo. Alto, moreno, bien vestido. Se acercó con esa soltura de quien sabe que rara vez recibe un no. Bailaron juntos durante casi una hora. Luego los vi alejarse hacia el fondo del local. Los seguí con la vista. Él la besó contra la pared, una mano en su cintura, la otra en su cadera. Ella no lo apartó.
Volví a mi silla y no abrí la boca en lo que quedó de noche.
De madrugada volvimos al hotel sin Valeria. Llegó casi al amanecer, algo ebria pero consciente. Le pregunté dónde había estado. Me dijo que había conocido a alguien.
—¿Lo vas a volver a ver?
—No seas tonto. Fue una noche de antro, nada más.
Me metí a la cama. Me quedé despierto escuchando su respiración volverse más lenta mientras ella se dormía. Pensé en el espejo del baño, en lo que había visto esa tarde. Me masturbé en silencio sin encender la luz. Tardé mucho en dormirme.
***
El segundo día fue una rutina de playa y pocas palabras. Mis primos querían salir de noche otra vez. Valeria dijo que estaba cansada y prefería quedarse. Yo dije que me quedaba también.
Pasé por el supermercado de la esquina y compré una botella de vodka barato. Cuando entré al cuarto, ella estaba sentada en la cama con el televisor encendido, en ropa interior y una camisola larga de tirantes. Al verme se cubrió un momento con la sábana, pero yo hice como si no hubiera notado nada.
—¿Tomas un trago? —le ofrecí, levantando la botella.
Dudó. Después dijo que sí.
Pusimos música desde el teléfono. Algo de salsa tropical que ella eligió porque yo no conozco de géneros. Llenamos dos vasos con vodka y jugo de mango que había en la nevera del cuarto. Hablamos de cosas normales al principio: de mis primos, de la playa, de lo que haríamos al día siguiente. El segundo vaso nos relajó a los dos.
Le pregunté por el tipo del club.
—No quiero hablar de eso —dijo.
—¿Por qué no?
—Porque no.
Insistí. No sé exactamente por qué, pero insistí. Ella fue cediéndole terreno a las palabras de a poco. Me dijo que habían ido al hotel de él, que habían estado un rato, que no fue nada memorable pero tampoco un error. Mientras hablaba, en algún momento sin que yo recordara exactamente cuándo, nos habíamos puesto de pie y ella intentaba enseñarme el paso básico de salsa.
Yo lo hacía mal a propósito para tener que acercarme más.
La abraqué por la espalda cuando «me equivoqué» demasiado. Mis manos en su cintura. Ella siguió moviéndose y siguió hablando.
—¿Dónde terminó? —le pregunté en voz baja, cerca de su oído.
Ella se interrumpió un segundo.
—Eso sí que no te lo digo.
Mi mano derecha bajó despacio hasta su cadera. Ella no la detuvo. La izquierda subió hasta su pecho por encima de la camisola. Lo sostuve con cuidado. Ella dejó de hablar. Mis dedos buscaron el borde de su ropa interior. La tela estaba húmeda.
Dejamos de bailar.
La llevé hacia una de las camas. Ella se dejó llevar sin decir nada. Le quité la ropa interior y le hice sexo oral con calma, sin apurarme. Sus caderas se movían solas, sus dedos me apretaban la cabeza. Cuando tuvo el orgasmo soltó un gemido contenido, como si no quisiera hacer demasiado ruido.
Después me dijo que lo había sabido. Que había visto mi reflejo en el espejo del baño el primer día. Que había notado cómo la miraba en la alberca, cómo caminaba detrás de ella en la calle para verla de espaldas.
—¿Y por qué no dijiste nada? —le pregunté.
No contestó. Me besó. Fue ella quien me besó primero.
Lo hicimos durante un rato largo. Ella tomaba la iniciativa con una calma que me sorprendió. Se subió encima, me miró mientras se movía, me dijo «más» sin dramatismo, como quien sabe exactamente lo que quiere. Cuando terminamos nos quedamos callados un momento. Después ella se tapó con la sábana y me dijo:
—Esto no puede repetirse.
—Lo sé.
—En serio. No puede.
—De acuerdo.
Mentía. Creo que ella también.
***
El tercer día amaneció nublado. Valeria se levantó primero, se duchó y bajó a desayunar sin despertarme. Cuando bajé, estaba sentada con mis primos tomando café y hablando de los planes para el último día. Me miró y me saludó igual que siempre. Casi lo logró.
Al mediodía, cuando mis primos se fueron a la alberca, Valeria y yo nos sentamos en la orilla del mar. Las olas llegaban hasta nuestros tobillos y se retiraban frías.
—Fue el alcohol —dijo sin mirarme.
—En parte.
—Solo en parte no. Fue el alcohol y nada más.
La escuché hablar. Me dijo que éramos hermanos, que vivíamos en la misma casa, que si algo se complicaba no habría manera de arreglarlo. Tenía razón en todo. Asentí.
El agua seguía llegando y retirándose. Después de un silencio largo le pregunté cómo le gustaba el sexo en general, con otras personas. Me miró con desconfianza pero contestó. Me habló de lo que le gustaba y de lo que no, de las relaciones que le habían parecido más libres. Yo escuchaba y miraba la línea de su traje de baño en el muslo, el agua que le mojaba los pies. En un momento le puse la mano un instante en el pecho y ella me la quitó, pero sin enojarse.
Le propuse pasar la última tarde en el cuarto. Le dije que si después me decía que no, lo respetaría sin discusión.
Ella tardó en contestar. Miraba el horizonte.
—Una vez más —dijo al final—. Y ya.
Mandé un mensaje a mis primos diciéndoles que Valeria tenía dolor de cabeza y que descansaríamos un rato. Ellos contestaron que sin problema, que nos veían en la cena.
En el cuarto, Valeria ya salía de la ducha cuando entré. Se quedó de pie sosteniendo la toalla un momento y después se la quitó sola. Esta vez sin alcohol, sin oscuridad, sin pretextos. Una calma diferente entre los dos.
Empezamos despacio. Le hice sexo oral, prestando atención a cada reacción. Después la penetré. Cambiamos de posición varias veces y en cada una fue ella quien marcó el ritmo y la intensidad. Le pedí que me dejara terminar en su boca. Lo pensó un segundo y dijo que sí. Lo hizo con una concentración que me dejó sin palabras.
Después de un descanso ella me preguntó si quería intentar algo más. Cuando me explicó qué quería decir, acepté con cuidado. Empecé muy lentamente, pendiente de lo que ella iba indicando. Terminé adentro. Ella respiraba hondo, con los hombros relajados, como si hubiera descargado algo que llevaba tiempo cargando.
Cuando todo acabó, se fue al baño. Yo me quedé mirando el ventilador del techo hasta que salió.
—Listo —dijo, como quien cierra una puerta—. Ahora sí.
Esa noche cenamos los cuatro juntos en un restaurante frente al mar. Ella estaba tranquila, casi animada. Reía con mis primos, pedía postre, hablaba de cosas sin importancia. Nadie notó nada. Brindamos por el último día de vacaciones y volvimos al hotel caminando.
***
En casa, la vida volvió a su ritmo habitual. Valeria al trabajo, yo a la universidad. Las discusiones de siempre, el baño ocupado, el pan terminado. Todo igual en apariencia.
Pero había algo nuevo que ninguno nombraba. Cuando ella cruzaba el pasillo de noche yo lo sabía sin verla. Cuando yo salía del baño por la mañana ella miraba hacia otro lado medio segundo de más. Una conciencia permanente del otro que no existía antes de ese viaje, que no existía antes de Cancún.
No volvimos a hablar de lo que pasó. No volvimos a repetirlo. Ella tenía razón en que no podía repetirse, y de alguna manera los dos lo aceptamos sin necesitar decírselo al otro.
Pero hay noches en que recuerdo el espejo del baño del hotel, su reflejo sin que ella supiera que yo la miraba. Y me pregunto si ella también lo recuerda cuando pasa frente a un espejo.