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Relatos Ardientes

Lo que pasó la noche del cumpleaños de mi cuñada

Hacía semanas que en casa de mi novia no se hablaba de otra cosa. Cada vez que cruzaba la puerta, Camila o su madre soltaban lo mismo: «ya falta poco para los dieciocho de Antonella». Lo decían con una sonrisa que yo no terminaba de entender, como si esa fecha encerrara algo que se me escapaba.

Antonella era, sencillamente, una belleza. Castaña, alta, ojos verdes, los labios siempre un poco entreabiertos. Tenía las tetas de la madre y el culo de Camila, y eso ya era decir mucho. Yo creía que era tímida porque casi no me dirigía la palabra. Después entendí que era otra cosa. Camila le había contado «cositas» sobre mí y eso, lejos de espantarla, la ponía nerviosa cada vez que me miraba.

La fiesta fue en la casa de mi suegra. Vinieron los tíos, los primos, la abuela, mi suegro Hernán —al que invitaron a pesar de la separación—, mi cuñadito Tomás, Camila y yo. Le llevé a Antonella el perfume que ella misma había mencionado dos meses atrás. Cuando lo abrió, me abrazó por primera vez desde que la conocía. Fuerte, prendiéndose de mi cuello, y me susurró:

—Ya me dijeron que después me vas a dar otro regalito.

Se fue corriendo al cuarto, roja hasta las orejas. Yo me quedé parado en medio del living con la cara ardiendo y la sospecha de que la noche no iba a ser como cualquier cumpleaños.

Pasaron las horas y la familia se fue retirando. La abuela primero, los tíos después. A Tomás le ofrecieron quedarse a dormir en lo de los primos, y el pibe armó la mochila con la consola y los joysticks en menos de tres minutos. Cuando la puerta se cerró tras él, quedamos los cinco solos: mis suegros separados, mi novia, su hermana y yo.

Pusimos música, descorchamos otra botella. Bailamos un poco, todos un poco alegres por el vino. Daniela, mi suegra, miró a Hernán y le preguntó:

—¿Hago un tecito de los de antes?

—¿Del que vos sabés? —contestó él, levantando una ceja.

—Del que hago siempre.

—¿Antonella va a tomar? —preguntó Camila.

—Ya tiene dieciocho —dijo Daniela—. Puede.

—Yo te ayudo, suegrita —dije, sin saber muy bien por qué.

Camila me clavó un dedo en las costillas y me dijo «alcahuete» entre risas. Seguí a Daniela a la cocina. La encontré echando unos hongos secos dentro de la tetera. Se dio vuelta, me miró con los ojos brillantes y me agarró la entrepierna por encima del jean.

—Hay que abrir la parte sensorial —dijo, sin soltarme—. Y hay que prepararte para la festejada.

—Está tu ex en el living, Daniela.

—Dos sorbos de esto y a mí no me va a importar nada. Hace tiempo que no pruebo la verga de Hernán y me encanta cómo me coge. La tuya hoy tiene otros rumbos.

Volví al living con la bandeja temblando. Camila estaba compartiendo un porro con su padre en el sofá. Antonella salió del baño en ese momento, caminó directo hacia mí y me puso algo tibio en la mano. Era su tanga.

—Andá al baño y olela —me dijo al oído—. Así de caliente estoy.

***

No supe dónde meterme. Estaba en la casa de mi novia, que fumaba con su padre, mientras su madre cocinaba un té con hongos y su hermana, recién cumplidos los dieciocho, me mandaba a oler su tanga al baño. No había dado ni un beso en toda la noche y la verga ya me dolía contra la tela.

Daniela apareció con la tetera y nos sentamos. Yo quedé en medio de Camila y Antonella; los suegros, frente a nosotros. El primer sorbo era amargo. El segundo, ya no tanto. Al tercero, todo el cuarto empezó a respirar al mismo ritmo.

Camila me hablaba al oído. Antonella también, del otro lado. Cuando levanté la vista, Daniela y Hernán se estaban besando como dos adolescentes que recién se reconciliaban. No esperé un segundo más. Giré la cara y besé a Camila profundo, para que no se enojara, mientras con el brazo derecho tomaba a Antonella de la cintura y la sentaba en mi pierna.

—Pasala bien con las dos —murmuró Camila contra mi cuello—. Es nuestro regalo.

Giré la cabeza y besé a Antonella. Tenía el sabor del vino y de algo más, algo dulce que no supe identificar. Le metí la mano por debajo del vestido y comprobé lo que ya sabía: no llevaba nada. Apenas la rocé, su cuerpo dio un respingo entero.

—Ay, cuñadito —jadeó—. Tocame, metémelo. Quiero estar empalada por esa verga en un rato.

—Tu hermana, tu madre y a partir de hoy vos —le dije al oído.

Le bajé los tirantes del vestido y le descubrí las tetas. Eran una versión más joven y firme que las de Daniela: grandes, duras, los pezones rosados como piedras pulidas. Me podría haber quedado veinte minutos chupándolas, pero Camila la tomó del brazo y la arrodilló junto a ella en el suelo, frente a mí.

Mis pantalones habían volado a algún rincón del living. Tenía a las dos hermanas arrodilladas, mamándomela. Antonella no tenía la práctica de Camila, pero aprendía rápido. Camila se atragantaba a propósito y le mostraba cómo abrirse la garganta. La escena era tan irreal que ni siquiera podía pensar.

—Ya está —dijo Camila después de un rato—. Antonella se va a sacar las ganas.

***

Antonella se incorporó, tomó mi pija con una mano y la guió hacia su entrada. Bajó despacio. Se la tragó entera sin pestañear. Yo esperaba alguna resistencia, pero entró como si llevara meses esperando ese momento.

—¿Pensabas que era virgen? —dijo, cuando notó mi cara—. Me estrené hace unas semanas con un compañero, justo cuando vos te enfiestabas con mi hermana y mi madre. No quería llegar a hoy y que me doliera.

Empezó a moverse, primero despacio, después rebotando con todo el cuerpo encima del mío. Yo le chupaba las tetas como podía y Camila, en el suelo, me lamía los huevos cada vez que ella subía.

Del otro lado del living se escuchó un grito:

—¡Sí, rompeme el culo como cuando éramos novios!

Daniela estaba en cuatro arriba de la mesita ratona y Hernán le estaba dando con todo. Antonella se rió contra mi cuello.

—Vamos a quedar todos descosidos —susurró.

Camila la separó de mí, la subió al sofá y le abrió las piernas a la altura de mi cara. La concha de Antonella era rosada, perfecta, con un clítoris bien marcado. Me lancé a comérsela como si llevara años pensando en eso, mientras Camila se sentaba encima mío y empezaba a moverse despacio. Sentir a una hermana en la boca y a la otra encima me hizo entender que la noche todavía tenía mucho por dar.

Pero yo quería el control. Empujé con la pelvis, saqué a Camila, agarré a Antonella de la cintura y la penetré parado, sosteniendo todo su peso. Ella gritó, se agarró con las piernas a mi cadera y empecé a moverme con fuerza, golpeándola contra mí con cada embestida.

—¿A que tu compañerito no te cogió así? —le pregunté.

—Ufff, no, ni cerca. Seguime cogiendo, que hace meses que lo deseaba. No sabés la envidia que le tengo a mi hermana.

Se le escaparon dos lágrimas. Me besó en la boca con una ternura rara, fuera de lugar para lo que estábamos haciendo, y volvió a gemir más fuerte.

***

En la mesita ratona, Camila se había metido en un sesenta y nueve con su madre, y Hernán seguía dándole por el culo a Daniela. Yo tenía a Antonella entera para mí. La recosté en el sofá y la cogí en misionero, hundiéndome hasta el fondo cada vez. Ella se prendía de los pelos de mi pecho y repetía:

—¡Ay, qué hombre que hay en esta casa!

—Quiero ver cómo te coges a mi mamá —dijo de pronto, entre jadeos.

—Te quiero coger a vos.

—Sí, pero quiero ver cómo le hacés ese frente y fondo que me contó Camila. Después me estrenás el culo. Te lo prometo.

No discutí. Me acerqué a la mesita, donde Daniela y Camila le hacían un oral a cuatro manos a Hernán, y entré por atrás en el culo de mi suegra, hasta el fondo, sin avisar. Daniela chilló y soltó la pija de su ex con una carcajada.

—¡Ahora en la concha! ¡Ahora en el culo! ¡Ahora en la concha! —gritaba Antonella desde el sofá, dirigiendo la escena como si fuera el director de una orquesta.

Era una pervertida la chica. Me iba indicando y yo obedecía, alternando entre los dos agujeros de Daniela, mientras Hernán se masturbaba mirando todo. Después, Antonella ordenó:

—¡Ahora a mi hermana!

***

Hernán terminó liquidado en un sillón. Daniela se sentó a su lado, le habló al oído y los dos se levantaron rumbo al baño. Quedamos los tres solos en el living: Camila, Antonella y yo.

Las hermanas se enredaron a besarse delante de mí. Me acerqué y se transformó en un beso a tres lenguas. Yo sostenía un culo en cada mano. Mojé un dedo y se lo fui metiendo a Antonella. Ella dio un respingo y se separó.

—Me dijiste que hoy te lo estrenaba —dije.

—Claro que sí. Pero me asusté un poco.

—Si serás puta —se rió Camila—. Me encanta.

Pusimos a Antonella en medio de los dos. Cada uno le chupaba una teta. Yo le metía un dedo en el culo, Camila le metía dos en la concha. Antonella temblaba, gemía, soltaba sonidos que ni ella sabía que tenía adentro. Camila me pidió que me mojara bien la pija mientras ella le lamía el culo a la hermana para dejárselo preparado.

Antonella se afirmó culo en pompa contra el respaldo de un sofá individual. Camila tomó mi verga con una mano, la enfiló al agujero y dejó caer saliva para lubricar más. La cabeza entró con dificultad. Antonella aguantaba, suspirando hondo entre dientes, pero no me decía que parara.

—¡Uy! ¡Uy! Camila, traé el lubricante de mamá —pidió de repente.

—Está garchando con papá. Si entro al cuarto, me cogen entre los dos.

—Trae aceite. Manteca. Algo, porque si no no aguanto.

Camila volvió de la cocina con un pote de margarina. Metió dos dedos, sacó una cantidad generosa y me embadurnó la pija entera.

—Si no aguantás con esto, sos una maricona —le dijo a su hermana—. A mí me desvirgaron el culo solo con un poco de lubricante. Aguantá, nena.

Volví a meterla. Con la margarina entré como si nada. Antonella soltó un gemido largo, agudo.

—¡Ay, ay, así está mucho mejor! ¿Por qué no te habré garchado antes, cuñadito?

—Porque eras menor —contestó Camila por mí—. Y no quería que mi novio terminara en cana. Pero ahora te lo voy a prestar de vez en cuando.

***

Camila quería más. Nos llevó a las dos al cuarto. Le pidió a Antonella que se pusiera en cuatro sobre la cama y ella se montó encima, también en cuatro.

—Esto no es concha y culo —explicó—. Esto es culo y culo. Cinco metidas en uno, cinco en el otro. Dale con todo.

Me puse otro poco de margarina y empecé. La verga me volaba de un culo al otro, de un culo a una concha, de la concha a un culo. Tenía a dos hermanas, dieciocho y diecinueve, las dos preciosas, las dos entregadas, las dos pidiendo más cada vez que entraba. Sentí que me iba a venir y avisé.

Las hermanas se voltearon, se pusieron concha contra concha, tijereteando, y yo dejé caer todo encima de las dos, donde se mezclaban los labios. La leche se perdía entre los dos sexos, deslizándose como lubricante. Camila miró a su hermana con una sonrisa torcida.

—Limpiásela vos, que sos la cumpleañera.

—Gracias, hermanis.

Sin separar las conchas, Antonella estiró la cabeza y me limpió la pija con esa boquita perfecta hasta dejarla impecable. Después suspiró y dijo:

—Vamos a bañarnos los tres, que estoy toda pegoteada y todavía no terminó mi cumpleaños.

Al salir del cuarto nos cruzamos con Daniela en el pasillo. Hernán se estaba yendo. Mi suegra venía con el pelo todavía mojado y las mejillas rojas.

—¿Se van a bañar? —preguntó.

—Sí, mami —contestó Camila.

—¿Hay lugar para una más?

—En mi cumple todo se puede, mami —dijo Antonella, y la tomó de la mano.

Terminé durmiendo en el cuarto del cuñadito, entre las dos hermanas, con la pija ardiendo y sin saber cuál de las dos era mi novia y cuál mi amante. Esta familia me iba a volver loco. Y yo, sospechaba, ya estaba un poco loco también.

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Comentarios (5)

Diego_BA

Que relato!!! me dejo sin palabras desde el primer parrafo. Tremendo.

Maru_09

Me encanto la forma en que lo fuiste contando, sin apuro y con mucho detalle. Se nota que sabes escribir. Sigue asi por favor!

NocheRoja_21

El final no me lo esperaba para nada jajaja. Muy bueno.

SandraLec88

Me recordo a una reunion familiar que tuve hace años, esa mezcla de sorpresa y tension es inconfundible. Excelente relato, muy bien narrado.

TomásR

Necesito la segunda parte ya!!! me quede enganchado con ganas de saber como siguio todo

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