Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi madre se cansó de nuestras noches de filosofía

Mi madre Marisol siempre decía que tener hijos había sido la mejor decisión de su vida, pero también la que la había convertido en otra persona. Antes de nosotros, según contaba, era la chica que cerraba las discotecas y se subía a los autos de desconocidos para ir a comer algo a las cinco de la mañana. Después llegamos Lucía y yo, y todo eso quedó archivado en una caja de fotos.

Tenía treinta y nueve años, el pelo castaño cortado a la altura de la mandíbula y un cuerpo que la gente miraba dos veces en el supermercado. Trabajaba en una financiera del centro, contestando teléfonos y rellenando planillas. Llegaba todos los días a las siete de la tarde con la misma cara: la de alguien que se aburre a un nivel que le duele.

Lucía y yo somos mellizos. Cumplimos los dieciocho hace cuatro meses. Mi hermana es alta como mi madre, con caderas que también heredó, y una manía por subrayar libros con tres colores distintos. Yo soy más flaco, casi escuálido, y desde los catorce que paso las tardes leyendo lo que ella me pasa. Filosofía, geología, historia romana. Cosas así.

Aquella tarde mi madre llegó antes de lo habitual. Tiró la cartera al sillón y se quitó los zapatos en mitad de la sala.

—¿Cómo les fue, chicos? —preguntó, con esa voz arrastrada del cansancio.

—Bien —dije yo, sin levantar la vista de un ensayo de Schopenhauer.

—Estamos terminando un capítulo sobre el pesimismo —añadió Lucía, marcando con el dedo el renglón donde se había quedado.

Mi madre se quedó parada en medio de la sala, mirándonos como si fuéramos dos animales raros que alguien le hubiera dejado a cuidar.

—Hoy necesito divertirme —dijo—. En serio. No aguanto otra noche tranquila.

—Nosotros somos expertos en diversión —contestó Lucía, sonriente—. Te armamos una noche entretenida.

***

La primera idea fue leer en grupo. Mi hermana le pasó a Marisol un manual de geografía económica y le marcó el capítulo dos. Mi madre lo sostuvo entre las manos como si fuera una factura impaga.

—¿Esto es lo que ustedes hacen para divertirse? —preguntó.

—Es muy interesante —dijo Lucía—. Habla del cobre chileno.

Aguantó veinte minutos. Después propusimos un documental sobre la fauna del Pantanal. Marisol se acomodó en el sillón, cruzó las piernas y duró otros quince. A la tercera escena de un caimán comiéndose un carpincho, suspiró tan fuerte que la cortina se movió.

—¿No prefieren algo de acción? —preguntó.

—Silencio, mamá, ya viene la migración —ordenó mi hermana.

El último intento fue un juego de mesa en la cocina. Cartas, fichas, un tablero gastado. Mi madre tiró los dados tres veces y, a la cuarta, los mandó a volar contra la nevera.

—Se acabó —dijo, levantándose—. No saben divertirse. Y la culpa, en parte, es mía.

Lucía y yo nos miramos, sin entender.

—Vayan a mi cuarto. Los dos. Ya.

***

El cuarto de mi madre olía a su perfume y a la madera del armario. Nunca entrábamos sin permiso. Esa noche entró ella detrás de nosotros y cerró la puerta con llave. La llave dio dos vueltas y se la guardó en la mano.

—Quítense la ropa —dijo.

—¿Para qué? —pregunté yo.

—Ya lo van a entender. Y no me hagan preguntas científicas.

Lucía empezó a sacarse el suéter, despacio, como si esperara que alguien la frenara. Yo me bajé los pantalones casi sin pensar, más por inercia que por decisión. Marisol fue la primera en quedar desnuda. Tenía una marca rosa en la cintura, donde el pantalón le había apretado todo el día, y los pezones oscuros y duros por el aire frío del aire acondicionado.

—Lo que voy a hacer ahora es por su bien —dijo—. Me los voy a coger a los dos. Para que aprendan de una vez qué es divertirse.

Lucía abrió la boca para protestar, pero mi madre no le dio tiempo. La agarró del cuello con una mano, sin violencia, y la besó. Vi cómo la lengua de Marisol entraba en la boca de mi hermana, cómo Lucía se quedaba quieta primero y después le respondía, despacio. Cuando se despegaron, mi hermana tenía los labios brillantes y los ojos abiertos como si recién se hubiera despertado de algo.

—A la cama —ordenó mi madre, y la empujó.

Yo aproveché para girar hacia la puerta. Probé el picaporte. Estaba cerrado.

—¿A dónde crees que vas, jovencito?

Sentí su mano en el cuello, firme pero no cruel, y después la boca. Mi madre besaba como alguien que ya había besado a mucha gente antes que a sus hijos. Pensé en eso mientras le devolvía el beso, sin entender por qué se lo devolvía. Me llevó hasta la cama y caí al lado de Lucía. Estábamos los tres desnudos, los dos hermanos boca arriba, mi madre apoyada sobre las rodillas, mirándonos.

***

—Esto es divertido —dijo, y empezó.

Metió tres dedos entre las piernas de Lucía mientras con la otra mano me agarraba el miembro y empezaba a moverlo, despacio. Mi hermana cerró los ojos y arqueó la espalda. Yo no sabía a dónde mirar. La cara de Lucía cambiaba, se volvía otra. La mano de mi madre era cálida y sabía exactamente cuánto apretar.

—Esto es lo que yo hacía a su edad —dijo Marisol, sin dejar de moverse—. La diversión es esto. Lo demás son distracciones.

—En realidad, los sinónimos de diversión son… —empezó Lucía, entre jadeos.

—Cállense los dos. No quiero escuchar más libros. Quiero escucharlos a ustedes.

Se inclinó sobre nosotros y se metió un pezón en la boca de mi hermana y el otro en la mía. Yo chupé sin pensar. Lucía hizo lo mismo. Sentí la respiración de mi madre arriba, entrecortada, y un hilito tibio que le caía de la comisura del labio.

***

Después se levantó, se dio vuelta y se sentó sobre nuestras caras. Sus muslos eran pesados y olían a algo que yo nunca antes había sentido. Apretó las nalgas contra mí y dejó escapar una risa corta.

—A esto le digo «el pulidor» —dijo—. Lo inventé en la facultad. Era un éxito.

No podía ver nada. Solo sentía la piel de mi madre y, al lado, la mejilla de mi hermana rozándome. Cuando se levantó por fin, tenía una marca roja a cada lado del trasero.

—Ahora, las bocas —dijo—. Para algo más útil que recitar enciclopedias. Tú atrás, Mateo. Tú adelante, Lucía.

—Mamá… esto es ilegal —murmuró mi hermana—. El incesto está penado.

—Si paramos ahora, mañana mismo quemo todos sus libros. Empezando por los caros.

No era una amenaza convincente. Era una excusa que Lucía aceptó porque ya quería aceptarla. Se inclinó hacia adelante y le pasó la lengua despacio, como si estuviera tomando notas. Yo me arrodillé atrás, contra esas dos curvas que conocía solo por verla salir del baño con la toalla, y empecé a hacer lo que me había dicho.

—Así. Más adentro, Mateo. Tómate tu tiempo, Lucía. No es un examen.

***

Después nos hizo intercambiar lugares. Pasé adelante. Lucía pasó atrás. La cara de mi hermana hundida en mi madre, yo enfrentándome por primera vez a algo que había imaginado, en silencio y con culpa, durante años. Marisol me agarró del pelo y me guio. Yo aprendí rápido. Era una de las cosas más fáciles que había aprendido en toda mi vida.

En algún momento, mi madre y mi hermana se entrelazaron las piernas y empezaron a frotarse una contra la otra. Yo me senté en el borde de la cama y miré, con las manos a los costados, sin atreverme a tocarme. Mi hermana tenía la boca abierta y respiraba como si estuviera corriendo.

—Si te quieres tocar, tócate —dijo Marisol sin mirarme—. No te voy a juzgar. Sería raro a esta altura.

—No —dije, casi sin voz—. No quiero seguir un impulso así.

—Ven.

Y me llevó la cabeza ella misma. Lucía siguió moviéndose contra el cuerpo de mi madre mientras yo entraba en su boca. Era todo demasiado a la vez. Cerré los ojos. Pensé, por un segundo, en lo absurdo que era estar pensando en el orden cronológico de Schopenhauer mientras pasaba esto.

***

Más tarde mi madre se acostó boca arriba, me hizo subir encima y me guio adentro. Yo había imaginado mi primera vez muchas veces, y ninguna de esas veces se parecía a esto. Se movía abajo con una calma que no era de su edad sino de su experiencia. Mi hermana se acostó al lado, con las piernas abiertas hacia la cara de Marisol, y mi madre la lamió mientras yo seguía moviéndome.

—Estoy tan excitada que no pienso —dijo Lucía, con la voz quebrada.

—Yo tampoco —dije.

—Eso es lo que quería —dijo Marisol, separándose un segundo—. Que dejen de pensar. Aunque sea una vez.

Cambiamos de posición tantas veces que perdí la cuenta. En un momento mi madre me pidió que entrara en otro lado. Lo hice. Lucía la besaba en la boca mientras yo me movía despacio, y mi madre apretaba con fuerza, y se reía bajito entre cada empujón.

—Vamos —dijo, después de mucho rato—. Acabemos los tres juntos. Como una familia que sabe pasarla bien.

Acabamos los tres. No sé en qué orden. Mi madre primero, creo. Lucía sobre el pecho de Marisol. Yo cerré los ojos y dejé caer la cara contra la espalda de mi hermana. Quedamos así, los tres apilados, la cama hecha un desastre y la luz del velador todavía encendida.

***

—Eso sí fue diversión —dijo Marisol, recuperando el aire—. Lo demás era perder el tiempo.

Lucía y yo nos quedamos dormidos al instante, como si alguien nos hubiera apagado. Mi madre se acostó entre los dos. Soñé con frases sueltas de libros que ya no entendía.

A la semana siguiente, Marisol volvió a entrar a la casa con la misma cara de cansancio. Tiró la cartera al sillón. Se quitó los zapatos.

—¿Cómo les fue, chicos? —preguntó, sin mucha esperanza.

—Tenemos planes —dijo Lucía—. Empezamos con un capítulo del Kama Sutra. Marqué tres páginas.

—Después, una película que bajé esta mañana —añadí yo—. Está muy bien filmada.

—Y al final, los tres. Probamos lo que leímos. Encargamos juguetes en una página del centro. Llegan mañana.

Mi madre se quedó parada en medio de la sala. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió como si hubiera ganado algo.

—Eso —dijo, y nos abrazó a los dos al mismo tiempo— sí suena divertido.

Valora este relato

Comentarios (6)

MarceloReader

Uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo. Muy bueno!!

SantiMdq

El titulo me atrapo desde el principio jaja. Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo.

Carmencita78

La tension que se arma desde el comienzo es increible, no pude parar de leer hasta el final.

TangoLoco99

Excelente!!!

Carlos_Cba22

Que giro inesperado el del final. No me lo esperaba para nada, jajaja muy bueno.

Fernanda_ok

Me encanto el tono que tiene, tan natural y a la vez tan intenso. Sigan escribiendo asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.