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Relatos Ardientes

El verano que mi madre dejó de ser solo mi madre

Aquel verano del 2002 fue el más caluroso que recuerdo, y también el verano en que algo dentro de mí se torció para siempre. Tenía diecinueve años, las vacaciones de la prepa por delante y la única responsabilidad de echar una mano en la casa. Vivíamos en una colonia tranquila al norte de la ciudad, en una casa de dos plantas con un patio chico donde mi madre tendía la ropa cada mañana.

Mi padre era trailero. Cruzaba la frontera con cargas de fruta y se ausentaba dos, tres semanas seguidas. Yo me quedaba con mi madre, Lourdes, y con un silencio que de pronto empezó a pesar de otra forma.

Hasta entonces, ella era simplemente eso: mi madre. La mujer que me preparaba el desayuno, la que me regañaba si dejaba los tenis tirados en la sala, la que me ponía la mano en la frente cuando me sentía mal. Tenía treinta y seis años, era morena de piel canela y llevaba el pelo siempre recogido en una coleta floja que se le iba soltando a lo largo del día.

El problema, si es que se le puede llamar así, es que mi madre era una mujer muy llamativa. No era flaca ni delgada, era de esas mujeres con cuerpo, con caderas anchas, con un pecho pesado y un trasero que no se le podía esconder ni con la ropa más amplia. En aquella época todavía no existía el internet en cada casa, ni los celulares con cámara, ni las páginas para ver pornografía. Mis fantasías eran lo que mi cabeza inventaba, y mi cabeza inventaba mucho.

Ese verano ella andaba por la casa con shorts de licra que se le pegaban a las piernas y a las nalgas como una segunda piel. Arriba, una camiseta vieja de mi padre, sin sostén la mayoría de las veces porque hacía un calor insoportable. Cuando se agachaba a recoger algo del suelo, la camiseta se le caía hacia delante y yo veía, sin poder evitarlo, el peso de sus pechos colgando libres.

Yo todavía la miraba como un hijo mira a una madre. Eso quiero dejarlo claro. Hasta el día del cesto, ni una sola vez había pensado en ella de otra manera.

***

Fue un martes por la tarde, lo recuerdo porque mi madre se había bañado antes que yo y la regadera todavía goteaba. Entré al baño con la toalla al hombro y cerré la puerta detrás. El cuarto estaba caliente, lleno de vapor, y olía a su champú de coco mezclado con algo más, algo que no sabía nombrar.

Me empecé a desvestir frente al espejo empañado. Tiré la playera, los shorts, los calcetines. Iba a meter todo al cesto de mimbre que estaba al lado del lavabo cuando algo me llamó la atención.

Encima de la ropa que ella había usado ese día, doblada a medias entre una blusa y un short, estaba su prenda. Una pieza rosa pálido, con encaje en las orillas, de un material que se veía suave hasta de lejos. Me quedé parado, en bóxer, mirándola. No supe cuántos segundos pasaron.

Solo es ropa interior.

Pero no lo era. No para mí, no en ese momento.

Sentí un tirón en la entrepierna, un latigazo eléctrico que me bajó desde la nuca hasta los huevos. Mi pene empezó a presionar contra la tela del bóxer con una urgencia que nunca había tenido por una mujer real, mucho menos por algo tan absurdo como una prenda en un cesto.

Estiré la mano. Las puntas de los dedos me temblaban como si estuviera robando algo. Tomé el encaje con el pulgar y el índice, lo levanté, lo separé del resto. Era todavía más liviano de lo que había imaginado. La parte de adelante, donde el encaje cedía a un trozo de algodón, estaba apenas tibia, apenas húmeda.

Y olía a ella.

No al perfume que se ponía los domingos, ni al jabón, ni al desodorante de fresa que usaba en las axilas. Olía a ella por dentro. A su intimidad. Un olor denso, almizclado, ácido y dulce a la vez, que me golpeó el cerebro como si me hubieran tirado al estómago un trago de aguardiente.

Cerré la puerta del baño con seguro. Me senté en la taza con las piernas abiertas y la prenda en las dos manos, como quien sostiene una reliquia.

***

Lo primero fue oler. Apoyar la nariz en el algodón y respirar hondo, una vez, dos, tres veces, hasta marearme. Cada respiración me ponía la verga más dura. Sentía el corazón en las orejas, en el cuello, en todas partes menos donde debería estar.

Después no me bastó con eso. Saqué la lengua y pasé la punta por la zona donde la tela había estado pegada a su sexo apenas unas horas antes. El sabor era distinto al olor, más amargo, más concreto, una mezcla de sal y cobre. Cerré los ojos y sentí cómo se me erizaba la piel de los brazos.

Empecé a tocarme con la mano izquierda, despacio al principio, mientras con la derecha sostenía el encaje pegado a la cara. Cada vez que tomaba aire por la nariz me daba un escalofrío. Cada vez que pasaba la lengua, los muslos me temblaban.

Y entonces vino la imagen. No la pedí, no la busqué, llegó sola, brutal y nítida.

Vi a Lourdes de espaldas, agachada como cuando recogía la ropa del suelo, con los shorts de licra bajados a la mitad de los muslos y ese trasero enorme y moreno frente a mí. Llevaba puesta esa misma prenda rosa. La tela se le metía entre las nalgas, mojada en el centro, esperando. Esperando a que yo la encontrara, la oliera, la lamiera.

Lo dejaste ahí para mí.

Esa idea, falsa, ridícula, imposible, fue la que me terminó de quebrar.

***

No aguanté ni dos minutos. Me vine con una fuerza que me dobló hacia adelante, con la prenda apretada contra la boca para no hacer ruido. Manché las dos manos, manché el encaje, manché el suelo. Salía como si tuviera meses guardada, espesa y caliente, y yo seguía empujando con la mano sin poder parar.

Cuando por fin terminé, me quedé jadeando, con la espalda contra el tanque del inodoro, mirando cómo el rosa pálido se iba oscureciendo donde había caído. Tenía el corazón disparado y la cabeza hueca. Por primera vez en mi vida había tenido un orgasmo que no era solo un alivio, era otra cosa. Era una caída.

Lavé la prenda con jabón, la enjuagué tres veces, la escurrí lo mejor que pude y la volví a meter al cesto, doblada más o menos como estaba. Me bañé después, con la regadera fría, intentando convencerme de que aquello no había pasado.

Pero esa noche no pude dormir. Y al día siguiente, cuando escuché el agua de la regadera abrirse otra vez, mi cuerpo entero supo lo que iba a hacer.

***

Así empezó mi adicción. No fue un juego de una tarde, no fue una curiosidad pasajera. Fue una rutina secreta que me consumió todo aquel verano y los meses que vinieron después.

Cada vez que escuchaba la regadera, el corazón se me aceleraba. Calculaba: cuánto tarda en bañarse, cuánto en vestirse, cuánto en bajar a la cocina. Me daba un margen prudente y entraba al baño con cualquier excusa, a lavarme las manos, a buscar pasta de dientes, a recoger una toalla.

El cesto de mimbre se volvió mi obsesión. Aprendí a abrirlo sin que las bisagras chirriaran. Aprendí a reconocer, solo con mirar de reojo, qué prenda estaba arriba y cuál debajo. Aprendí qué olores le gustaban más a mi cabeza enferma y cuáles me decepcionaban.

Mis favoritas eran las de encaje. Cuando encontraba una de esas, sabía que mi madre se había sentido atractiva ese día, que se había mirado al espejo con ganas, que algo dentro de ella estaba caliente. Las de algodón blanco eran el día a día, las que se ponía sin pensar; me servían también, pero no era lo mismo. Las tangas eran raras y me volvían loco, porque imaginaba que durante todo el día la tela se le había metido entre las nalgas mientras hacía las camas, mientras lavaba los trastes, mientras me servía la comida con esa sonrisa tranquila que no sabía nada de lo que yo escondía.

***

Lo más difícil no era el momento del baño. Era la cena.

Sentarme frente a ella, con mi padre lejos cargando fruta en alguna carretera, y mirarla servir el arroz, mirarla limpiarse la comisura de los labios con la servilleta, mirarla preguntarme cómo me había ido en el día. Y saber, en silencio, lo que había hecho dos horas antes con una prenda suya en el baño.

—¿Estás bien, mijo? Te noto raro —me dijo una noche, ya en agosto.

—Es el calor —contesté sin mirarla.

—Pues toma agua, te ves colorado.

Tomé agua. La mano me temblaba un poquito en el vaso. Ella ya estaba pensando en otra cosa, ya estaba contándome no sé qué del vecino de enfrente, y yo asentía, asentía, asentía, con la imagen de su prenda rosa todavía clara detrás de los ojos.

Lo peor, o lo mejor, según cómo se mire, es que con el tiempo dejé de sentir culpa. Al principio, los primeros días, me prometía que no lo volvería a hacer. Después me prometía que lo iba a hacer una vez por semana, no más. Después dejé de prometer nada.

Ella nunca se dio cuenta. O si se dio cuenta, nunca dijo nada. A veces, cuando la veía ordenar el cesto, se me quedaba viendo un segundo de más, con una expresión que yo no sabía leer. ¿Sabía? ¿Sospechaba? ¿O era solo mi paranoia?

Imposible que sepa. No puede saber.

Y aun así, había algo en la forma en que de pronto empezó a dejar la ropa interior a la vista, encima del montón en lugar de escondida abajo, que me hacía pensar que tal vez, solo tal vez, ese verano nos cambió a los dos.

***

De aquel verano del 2002 me quedan muchos recuerdos. La canción que sonaba todo el tiempo en la radio. El sabor del agua de jamaica que mi madre preparaba en una jarra enorme. La textura del piso de mosaico del baño bajo mis pies descalzos.

Pero sobre todo me queda el rosa. Ese rosa pálido con encaje que vi por primera vez sobre el cesto, una tarde de martes, cuando todavía creía que mi madre era solamente mi madre y no descubría aún que el deseo, una vez que se mete dentro de uno, no se va nunca más.

Esto fue solo el inicio.

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Comentarios (5)

Lautaro55

Dios mío, que historia. Me engancho desde el primer parrafo y no pude soltar hasta el final. Genial

NocturnaR

por favor necesito la continuacion!!!! como termino todo eso???

SolDeMadrugada

Muy bien narrado, tiene esa tension que te va atrapando de a poco. Se nota el cuidado puesto en cada detalle.

Pato77

increible!!!

LecturaK

El detalle del cesto de ropa como punto de giro... un golazo de escritura. Muy creible todo.

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