Mi hermanastro y yo, atrapados por la tormenta
La cerradura cedió con un quejido y un golpe de aire húmedo nos recibió en el zaguán del cortijo. Olía a piedra mojada, a leña vieja, a una década de ventanas cerradas. Carolina pasó delante de mí sin mirarme, como si llevara cinco años ensayando ese gesto.
—Podríamos haber pagado un hostal en el pueblo —murmuré, soltando las maletas sobre las baldosas hidráulicas del recibidor.
—¿Y que el notario nos descuente el alojamiento del lote? Ni hablar, Adrián.
Era la primera frase completa que me dirigía desde el funeral. Cinco años. Cinco años desde que su padre y mi madre habían decidido que aquel matrimonio había sido un error, y otros cinco más hacia atrás, cuando nos presentaron como hermanos sin que nadie nos preguntara si queríamos serlo. Yo tenía dieciocho entonces. Ella, dieciséis. Compartimos tres navidades incómodas y dos veranos en una playa del norte, y nunca llegamos a tutearnos del todo.
Ahora la abuela de mi madre, una mujer testaruda que había querido a Carolina por una foto que vio una vez, nos había metido en el mismo testamento. Diez días para inventariar la casa y firmar la venta, decía el albacea. Diez días en una cortijada perdida en la sierra de Cazorla, sin cobertura, con un solo dormitorio caldeado y un olivar que se perdía hasta el horizonte.
—Esa habitación es mía —dijo ella, señalando la del fondo del pasillo—. La del balcón al sur.
—Por mí, perfecto.
La primera noche cenamos lo que encontramos en una despensa que olía a orégano y a pimentón. Migas frías de pan, un trozo de queso curado, una botella de tinto sin etiqueta. Hablamos de los abogados, del catastro, del precio por hectárea. Nada más. Cuando subió a su cuarto, contó cuatro escalones, se detuvo y dijo «buenas noches» sin volverse. Yo me quedé mirando el fuego de la chimenea hasta que las brasas se apagaron solas.
***
El segundo día, Carolina apareció en la cocina con un jersey de lana que le venía dos tallas grande y el pelo recogido en lo alto de la cabeza. Sin maquillaje. Sin la armadura de la mujer de ciudad que llegó la víspera. Estaba haciendo café en una cafetera italiana que escupía vapor por los lados.
—No sé manejar esta cosa —admitió, casi sonriendo.
Le enseñé. Mi mano rozó la suya cuando ajusté la rosca, y ninguno de los dos hizo el gesto de apartarse. Fueron dos segundos. Tres, quizá. Lo bastante para que algo se desplazara en el aire de la cocina, una piedra que rueda muy despacio antes de caer.
—Gracias —dijo, y se fue al patio con la taza.
Al tercer día empezó a llover. Una lluvia gorda, africana, de las que embarran los caminos de tierra y desaparecen los mapas. Salí a la puerta y comprobé que el todoterreno se había hundido hasta los ejes. Saqué el móvil, lo levanté hacia el cielo. Cero rayas. La radio de pilas del salón anunciaba aguaceros para los próximos cuatro días.
—Estamos atrapados —le dije cuando volví dentro.
Ella estaba en la biblioteca, subida a una escalera de madera enclenque, tratando de bajar unos legajos del estante superior. Llevaba una falda larga y unas medias gruesas hasta la rodilla.
—Eso ya lo sabía —respondió sin mirarme—. Ven, sujétame esto.
Me acerqué. La escalera bailaba cada vez que ella estiraba el brazo. Le puse una mano en la cintura para estabilizarla y, debajo de la lana, sentí la curva exacta de su cadera. No retiré la mano. Ella tampoco bajó.
—Esta escalera no aguanta —dije, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía.
—¿Y tú sí?
Carolina giró la cabeza despacio y me miró desde arriba. Tenía una mancha de polvo en la mejilla y los ojos muy quietos. Tardé en darme cuenta de que llevábamos cinco segundos en silencio y que ninguno apartaba la vista.
—Bájate de ahí.
Lo hizo. Escalón a escalón, sin prisa, dejando que mi mano resbalara desde la cintura hasta el muslo y desde el muslo hasta la rodilla. Cuando los pies tocaron el suelo, quedamos a tres dedos de distancia, con la estantería de roble a su espalda y el olor a papel viejo enredándose con su perfume.
—Adrián —dijo en voz baja—. Esto no.
—Ya.
—Esto de verdad no.
—Lo sé.
Pero no me moví. Ella tampoco. Y cuando levanté la mano para apartarle el mechón que le caía sobre el ojo, ella cerró los párpados un segundo, como quien se rinde a algo que llevaba mucho tiempo esperando.
***
El primer beso no fue tierno. Fue un choque, una colisión que llevaba años latente y que la tormenta acababa de autorizar. Sus dientes me rozaron el labio, y yo la apreté contra los libros con una fuerza que ninguno esperaba de mí. Las tapas duras se nos clavaban en la espalda y en el costado, y a ella le dio igual; me agarró del cuello del jersey y tiró hacia abajo, como si necesitara recordarme que era más bajita y que aquello no la asustaba.
—Si paramos ahora —jadeó cuando le solté la boca—, podemos hacer como que no pasó.
—¿Quieres parar?
No respondió. Me tomó de la mano y tiró de mí hacia el salón.
La chimenea seguía encendida desde la mañana. Sobre la alfombra de piel curtida, las llamas dibujaban una luz anaranjada que se le pegaba a la piel cuando empezó a desabrocharse el jersey. Yo me quedé de pie, mirando cómo lo dejaba caer al suelo y se quitaba la camiseta interior con un gesto rápido, sin coqueteo, como quien quiere acabar con un trámite que se ha aguantado demasiado.
—No me mires así —dijo.
—¿Cómo?
—Como si fueras el primer hombre que me ve.
Me reí, sorprendido, y avancé. Le pasé un dedo por el esternón, despacio, desde el hueco de la garganta hasta el botón de la falda. Le temblaron los hombros. Cuando la falda cayó, se quedó delante de mí con unas medias largas y una expresión que no era de pudor, sino de algo más complicado, más antiguo, más nuestro.
—Llevo diez años imaginándome esto —reconocí.
—Cállate.
La besé otra vez, y esta vez fui yo quien la guió hasta la alfombra. La piel de oveja olía a humo de leña. Me quité el jersey por la cabeza y ella me empujó con las dos manos abiertas en el pecho, hasta que me tumbé de espaldas y se subió a horcajadas sobre mí. La luz del fuego le iluminó las costillas, el cuello, una cicatriz pequeña que tenía bajo el ombligo y que yo no conocía.
—¿Cuándo te la hiciste?
—Hace tres años. Apendicitis.
—No me llamaste.
—Tú no eras alguien a quien se llame.
Lo dijo sin reproche, casi con ternura. Y luego se inclinó y me besó el cuello mientras sus caderas empezaban a moverse encima de mí, muy despacio, midiendo el efecto. Yo le agarré las caderas con las dos manos y la sujeté quieta un momento, mirándola desde abajo, queriendo guardarme aquella imagen para usarla después en todas las cenas familiares que no íbamos a volver a tener.
—Mírame —pidió.
—Te estoy mirando.
—No así. Mírame de verdad.
La miré. Y ella se dejó mirar. Y por primera vez en diez años no fui su hermanastro ni el hijo de la mujer que la había sustituido. Fui un hombre que la deseaba sin etiqueta, sin testamento, sin notario.
***
No sé en qué momento dejamos de ser cuidadosos. Recuerdo el chasquido de la leña, recuerdo su risa cuando me clavó un codo en las costillas por moverme mal, recuerdo el sabor a vino que aún le quedaba en la boca y el modo en que pronunció mi nombre dos veces seguidas, con una sílaba más grave la segunda vez.
—Adrián. Adrián.
—Estoy aquí.
—Aquí no es suficiente.
La giré sobre la alfombra y la coloqué boca abajo. Le aparté el pelo del cuello y la besé en la nuca, donde sabía que iba a estremecerse. Se estremeció. Levantó las caderas hacia mí en un gesto que no admitía duda, y cuando entré, soltó un suspiro largo, contenido, casi triste, como si por fin se permitiera algo que llevaba años negándose.
El ritmo lo marcó ella. Yo me limité a seguirla, a sostenerla, a inclinarme sobre su espalda y susurrarle al oído cosas que después no recordaríamos por separado. Cuando se dio la vuelta y me pidió que la mirara de frente, lo hice. Cuando me pidió más fuerte, lo hice. Cuando me pidió que no parara, no paré.
Acabamos los dos a la vez, casi por casualidad, en un temblor que nos dejó callados durante mucho rato. La lluvia seguía golpeando los cristales. La leña seguía crujiendo. Y ella seguía debajo de mí, con los ojos abiertos, sin sonreír.
—¿Estás bien? —pregunté.
—No sé.
—¿Te arrepientes?
—Pregúntame mañana.
***
Mañana no se arrepintió. Pasado mañana, tampoco. El cuarto día, cuando el camino seguía cortado y la radio anunciaba más lluvia, hicimos el amor en la mesa de la cocina, con las migas del desayuno cayéndose al suelo. El quinto, en la cama del dormitorio del balcón al sur, con las contraventanas abiertas a pesar del frío. El sexto, ella me empujó contra los azulejos del cuarto de baño y me dijo al oído que llevaba toda la vida queriendo hacer aquello con alguien a quien no se le pudiera contar a nadie.
El séptimo día salió el sol. El barro empezó a secarse, el todoterreno se liberó con paciencia, y la cobertura volvió al móvil con una rabia de notificaciones acumuladas. Bajamos al pueblo a hacer la compra. En la panadería, una vecina vieja le dijo a Carolina que tenía cara de descansada, y ella sonrió sin contestar.
Esa noche, sentados junto a la chimenea, abrimos la carpeta con la documentación de la venta. El comprador era un fondo que quería convertir el cortijo en un hotel rural.
—Adrián —dijo Carolina, pasando el dedo por el contrato sin firmarlo—. Esta casa no se vende.
—No.
—Vamos a necesitarla.
—Lo sé.
Tomé su mano sobre la mesa y le besé los nudillos uno a uno, sin prisa. Fuera, el cielo había vuelto a cubrirse de nubes. Quedaban tres días en la sierra y muchas habitaciones por estrenar.
—Hay más tormentas en el parte —añadí.
—Mejor.