La joven esposa de mi padre me retó esa noche
La cena en el restaurante había sido una emboscada. Mi padre, Damián, me esperaba con su nueva esposa en una mesa para tres y yo llegaba con la mochila al hombro, la barba descuidada y las botas todavía con restos de barro de la Patagonia chilena.
Cinco meses fuera, durmiendo en suelos de tierra y compartiendo mate con desconocidos, y eso era lo primero que me presentaban al volver a casa: una mujer veintisiete años menor que mi padre, con dos implantes que él mismo le había puesto antes de pedirle matrimonio.
—Tobías, ella es Camila —dijo él, levantándose con la solemnidad de quien presenta un cuadro nuevo a una visita.
—Encantado —respondí, y le di los besos de cortesía. Ella apenas separó la mejilla del aire.
Comimos entre silencios incómodos. Mi padre intentaba preguntarme por los pueblos del sur, por la gente con la que había dormido en el suelo durante meses, pero Camila no soltaba el teléfono y reía sola con cada notificación que iluminaba su pantalla.
—¿Y a qué te dedicas tú? —le pregunté, intentando incluirla en la conversación.
—Soy influencer —respondió sin levantar la vista—. Moda y estilo de vida. Casi medio millón de seguidores.
—Vaya. Yo casi medio millón de mosquitos, en la última semana.
Damián soltó una risa breve. Ella no.
Cuando llegaron los postres, Camila levantó la copa hacia mí con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Espero que no hagas mucho ruido por las mañanas. Yo madrugo.
—Tranquila. Vengo de un lugar donde madrugaba para ir a buscar agua al río. Tu marido te ahorra esa parte.
Damián tosió contra la servilleta. Camila apretó los labios y volvió a su pantalla. Así supe que iba a ser una semana muy larga.
***
Mi padre se marchó al congreso a la mañana siguiente. Le ayudé a meter la maleta en el taxi a las seis, con el cuerpo descompuesto todavía por el cambio de huso horario, y antes de subirse al coche me agarró del brazo con su mano de cirujano.
—Tobías, te pido un favor. Trátala bien. Es mi mujer.
—Lo intentaré, papá.
—No lo intentes. Hazlo. Vuelvo el domingo.
Lo vi marcharse y entré a una casa que ya no era la casa donde crecí. Camila había cambiado los muebles, las cortinas, los olores. El cuadro de mi madre seguía colgado en el pasillo, pero estaba ladeado, como si nadie se molestara en enderezarlo.
Pasé el día durmiendo. Cuando bajé a la cocina, casi a la una de la mañana, ella estaba sentada sobre la encimera con una copa en la mano y la mirada perdida en una ventana que daba al jardín.
—Pensé que no salías de tu cueva —dijo sin volverse.
—Pensé que tú no salías de tu pantalla.
Se giró despacio. Llevaba una bata corta de seda color marfil y nada debajo que yo pudiera distinguir. La luz del extractor le dibujaba los muslos cruzados y el inicio de las clavículas.
No la mires así. Es la mujer de tu padre.
—¿Whisky? —ofreció, levantando la botella—. Sin hielo, supongo.
—¿Esto es una tregua?
—Es una conversación. No te pongas dramático.
Acepté la copa y me senté frente a ella en uno de los taburetes altos del desayunador. El silencio se estiró durante un par de tragos, espeso, casi físico.
—No te caigo bien —dije al fin.
—Para nada.
—¿Por qué?
—Porque me miras como si fuera un trofeo de tu padre. Y porque sabes que no soy una de tus campesinas patagónicas, así que tu pose de salvador del mundo conmigo no funciona.
Me reí. No esperaba que fuera tan directa, ni tan precisa.
—Mi padre tiene cincuenta y dos años. Tú tienes veinticinco. Las cuentas las hace cualquiera.
—Mi padre murió cuando yo tenía catorce —contestó, y el tono se le endureció—. No vengas a explicarme las cuentas. Y por cierto, no me casé con él por el dinero. Aunque sé perfectamente que eso es lo que estás pensando.
Bajé la mirada al vaso. Era cierto. Era exactamente lo que estaba pensando.
—Perdón —murmuré.
Ella se encogió de hombros y volvió a llenarse la copa.
—No te perdono. Pero acepto que lo digas.
El whisky se nos fue terminando entre frases cortas y silencios largos. A las dos de la mañana, ella ya no estaba sentada en la encimera, sino en el suelo, con la espalda apoyada contra los cajones y las piernas estiradas frente a mí. La bata se le había abierto en el muslo izquierdo, y yo intentaba no mirar. Sin éxito.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi en el restaurante?
—No quiero saber.
—Que parecías un perro callejero.
—Gracias.
—Y que olías a libertad.
Levanté la cabeza. Ella no me miraba a los ojos, sino a la boca.
—Llevo tres años viviendo con un hombre que me regaló estas tetas —dijo, llevándose una mano al escote con una naturalidad demoledora—. ¿Sabes cómo se ve mi vida desde adentro, Tobías? Como una vidriera. Y yo soy el maniquí.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Porque es la una y media de la mañana, porque tu padre no está, y porque esperaba que fueras un imbécil insufrible y resultaste ser solo medio imbécil.
Tragué saliva.
—Camila…
—No digas nada todavía. Solo escucha. Mañana volvemos a odiarnos, te lo prometo. Pero esta noche quiero hablar con alguien que no se calle por miedo a perderme.
Me deslicé del taburete y me senté en el suelo, frente a ella, con las rodillas dobladas casi tocando las suyas. El olor a perfume me llegó por primera vez con claridad, mezclado con el alcohol y una nota a piel limpia que se me clavó debajo del esternón.
—No deberías estar diciéndome esto.
—Lo sé.
—Y yo no debería estar escuchándolo.
—Tampoco.
Se acercó. No mucho. Apenas unos centímetros, lo suficiente para que su rodilla rozara la mía a través de la seda.
—Apuesto a que no aguantas ni dos minutos —murmuró, y la frase era casi una broma de soltería, pero en su boca, en esa cocina, a esa hora, sonó a desafío.
—Camila, basta.
—¿Basta?
—Es tu marido.
—Ya sé quién es. Por eso te lo pregunto a ti.
La besé. No supe quién se movió primero, y no me importó. Su boca sabía a whisky y a algo dulce que no pude identificar. Me agarró la nuca con una fuerza que no esperaba de unos dedos tan finos, me clavó las uñas en el cuero cabelludo y tiró del pelo hasta hacerme inclinar la cabeza. Le mordí el labio inferior y ella soltó un gemido corto, ronco, que me bajó directo a la polla. Ya la tenía dura contra la cremallera del pantalón, y ella lo notó cuando se pegó a mí, porque sonrió contra mi boca.
—Despacio —dijo contra mis labios—. Que esto no se cuenta después.
Le abrí la bata sin sacársela. Tenía razón sobre los pechos: eran obra de mi padre, los reconocí sin querer, perfectos, demasiado perfectos, y al mismo tiempo blandos al tacto, vivos, suyos. Le chupé un pezón hasta que se le puso duro entre mis dientes, y ella arqueó la espalda contra los cajones. Le pasé la lengua alrededor, lento, y después mordí, y ella siseó y me tiró del pelo hacia arriba y hacia abajo, sin saber si quería más o menos. Bajé la boca al escote y ella echó la cabeza hacia atrás contra los cajones, con un golpe sordo que ninguno de los dos quiso oír.
—No me mires a la cara —susurró—. No quiero que te lleves esa imagen.
—Mírame tú a mí entonces.
Y me miró. Con los ojos muy abiertos, sin pestañear, mientras yo le bajaba la ropa interior con una sola mano, torpe, demasiado urgente. El tanga negro se le enredó en un tobillo y ahí lo dejé. Ella separó las rodillas sobre el piso frío de la cocina y la imagen se me grabó: una mujer que dos horas antes me había llamado perro callejero, abriéndose para mí sobre las baldosas blancas, con el coño depilado brillándole a la luz del extractor y el cuadro de mi madre dos habitaciones más allá.
La toqué primero con los dedos. Estaba mojada de una forma que me confundió, casi me asustó, porque significaba que llevaba más tiempo del que admitía pensando en esto. Le pasé el pulgar por el clítoris, hinchado y resbaladizo, y ella cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos, tercos. Metí dos dedos y ella los apretó con las paredes, calientes, palpitando. Lo confirmó cuando me agarró la muñeca y la guió, no porque yo no supiera, sino porque necesitaba marcar quién estaba al mando. Me movió la mano al ritmo que quería, más profundo, más rápido, hasta que empezó a jadear con la boca abierta contra mi hombro.
—Con la boca —jadeó—. Antes de todo, con la boca. Quiero ver si sabes.
Le abrí más las piernas y me tiré al suelo entre ellas. La primera pasada de lengua la hizo estremecerse entera, un espasmo que le recorrió los muslos. Estaba dulce y salada y sabía a algo que no había probado en cinco meses. Le chupé el clítoris con los labios, lento, después más rápido, y le metí la lengua adentro y volví a subir. Ella me agarró del pelo con las dos manos y me pegó la cara contra su coño, sin ceremonia, sin pedir permiso, respirando fuerte por la nariz.
—Así, sí, así, no pares, hijo de puta, no pares.
Le metí dos dedos otra vez mientras seguía chupándola, buscándole ese punto blando por dentro, y a los pocos segundos sentí que se le cerraba todo el cuerpo alrededor. Se corrió con la boca tapada por su propio antebrazo, mordiendo la manga de la bata, con las caderas subiéndoseme contra la cara y los muslos apretándome las orejas hasta hacerme oír mi propio pulso. Cuando la solté, tenía la boca y la barbilla empapadas y ella me miraba desde arriba, jadeando, con las mejillas rojas y los ojos húmedos.
—Adentro —ordenó—. Ya. Ahora.
Me bajé los pantalones sin levantarme del suelo. La polla me saltó dura contra el estómago y ella se la agarró antes de que yo pudiera hacer nada, con la mano firme, y me la apretó una vez, dos, como midiéndome. Después se inclinó y se metió la punta en la boca. Cerró los labios alrededor y bajó despacio, mirándome mientras lo hacía, hasta que la sentí en el fondo de la garganta. La chupó tres, cuatro veces largas, con un ruido húmedo que me hizo apretar los dientes para no correrme en el acto.
—Camila, para —dije, y la aparté agarrándola del pelo—. Si sigues me corro.
—Pues no te corras —contestó ella, con una sonrisa torcida—. Todavía no.
Ella se incorporó lo justo para sentarse a horcajadas sobre mí, con las piernas alrededor de mi cintura, los pechos pegados a mi pecho, la frente apoyada en mi sien. Se agarró la polla otra vez y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, dejando caer el peso encima de mí. Cuando entré del todo, soltó un sonido contenido entre los dientes, mordiéndose el labio para no hacer ruido en una casa donde no había nadie a quien despertar pero donde el silencio igual contaba, contaba más, como una declaración.
Nos movimos despacio al principio. Como si cada centímetro fuera una negociación. Ella me clavó los dedos en los hombros, yo la sostuve por la cintura, y la sentí subir y bajar sobre mí, controlándolo todo, con el coño mojado tragándome entero cada vez, mientras me hablaba al oído frases que no eran palabras, eran respiraciones, casi insultos disfrazados de elogio.
—Qué polla tienes, cabrón —murmuró, con la voz partida—. Qué polla, joder.
—Te gusta.
—Me encanta.
—Dilo otra vez.
—Me encanta tu polla. Fóllame. Fóllame de una puta vez.
La agarré del culo con las dos manos y empecé a moverla más rápido sobre mí, empujando de abajo hacia arriba, y ella tuvo que taparse la boca con la mano libre porque los gemidos empezaron a salírsele solos. La sentí apretarme por dentro, contraerse en oleadas, y aun así seguía diciendo cosas, sucias, cortas, entre dientes.
—Te odio —dijo en un momento, y se rió, y me besó—. Te odio, te odio, te odio.
—Yo también.
La levanté sin sacármela, con las manos debajo de los muslos, y la puse boca abajo sobre las baldosas frías, a cuatro patas. Ella se apoyó en los codos y arqueó la espalda sola, ofreciéndome el culo levantado, con el coño abierto y goteando entre los muslos. La agarré de las caderas y le metí la polla de una sola embestida, hasta el fondo, y ella soltó un gemido gutural que le salió del pecho.
—Así —jadeó contra el suelo—. Así, más fuerte, dame más.
La follé de espaldas, sin piedad, dándole con las caderas contra las nalgas hasta que el ruido de las palmadas empezó a sonar por toda la cocina. Le agarré el pelo y tiré, y ella levantó la cabeza y arqueó el cuello, y yo la miré desde arriba, follándome a la mujer de mi padre sobre el suelo de la casa en la que crecí, con el whisky derramado a un lado y la bata de seda hecha un guiñapo debajo de nosotros.
—Voy a correrme otra vez —avisó, con la boca contra el suelo—. Voy a correrme, cabrón, no pares, no pares.
Le pasé la mano por delante y le busqué el clítoris con dos dedos mientras seguía embistiendo. Ella se convulsionó a los pocos segundos, con todo el cuerpo temblando, y el coño se le cerró alrededor de mí con una fuerza que me dobló las rodillas. Ahogó el grito contra el antebrazo. Yo aguanté un poco más, no por mérito sino porque no quería que aquello terminara, y cuando sentí que no podía más la giré otra vez, la tiré de espaldas al suelo, le abrí las piernas y la penetré hasta el fondo mientras la besaba en la boca, tragando su respiración con la mía.
Cuando me vine, lo hice adentro, sin pensarlo, con la cara escondida en su cuello, mordiéndole el hombro para no rugir, vaciándome en ella en tres o cuatro embestidas largas y torpes. La apreté contra mí, contra el suelo, contra esa cocina que ya no iba a poder pisar nunca igual. Sentí la corrida derramarse fuera cuando saqué la polla, un hilo caliente que le bajó por el muslo hasta la baldosa.
Nos quedamos así, abrazados, jadeando, durante varios minutos. La seda de su bata estaba arrugada bajo nuestros cuerpos, manchada de sudor y de semen. Ella me besó el cuello una vez, despacio, casi con ternura, y eso me dolió más que todo lo anterior.
—Levántate —dijo después, y la voz se le había vuelto fría otra vez—. Vete a tu cuarto.
—Camila…
—Mañana volvemos a odiarnos, ¿te acuerdas? Te lo dije.
Me levanté. Me subí los pantalones. La miré una vez más, en el piso de la cocina, con la bata abierta, los muslos manchados y la mirada perdida hacia la ventana. Estaba llorando sin lágrimas. La conocía de menos de treinta horas y ya sabía leerla.
—Camila.
—Vete.
Subí las escaleras con el corazón golpeándome el pecho. En el pasillo me crucé con el cuadro de mi madre, todavía ladeado. Me detuve. Le di la vuelta hacia la pared, lentamente, porque no podía sostenerle la mirada esa noche.
Mi padre volvía el domingo. Faltaban cuatro días. Cuatro días de fingir que no había pasado nada, de cruzarnos en el desayuno, de simular el desprecio que ya no nos cabía en el cuerpo. Cuatro días sin saber si íbamos a repetirlo o sin saber cómo dejar de repetirlo.
Me metí en mi cuarto. Cerré con llave por primera vez desde la adolescencia. Me tiré en la cama todavía vestido y me quedé mirando el techo, escuchando, dos pisos abajo, el ruido leve del taburete contra la encimera cuando ella, finalmente, se levantó del suelo.