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Relatos Ardientes

El verano que cambió todo entre mis padres y yo

La casa que alquilamos estaba al final de un camino de tierra, casi pegada a las dunas. Mi madre la había encontrado en internet y nos convenció a mi padre y a mí en una sola tarde, mostrándonos las fotos del porche y de la cocina abierta donde —decía— íbamos a comer todos los días sin reloj y sin prisa.

Eran nuestras primeras vacaciones los tres solos en años. Yo había vuelto de la universidad hacía dos semanas y mis padres habían postergado el viaje hasta que yo estuviera disponible. Lo noté en el modo en que mi madre arreglaba los detalles, en el cuidado con que mi padre cargaba el coche, como si esos diez días tuvieran un valor que ninguno se atrevía a nombrar.

Llegamos un sábado al mediodía. Mi padre descorchó una botella de vino blanco antes incluso de subir las maletas, y mi madre y yo nos reímos de su impaciencia. Comimos en el porche, con el sol entrando de costado y la sal del aire pegándosenos en la piel. Hablamos de tonterías, pero entre frase y frase había silencios largos que nadie se animaba a romper, silencios en los que mi madre miraba el mar, mi padre la miraba a ella, y yo los miraba a los dos.

Esa primera noche dormí mal. Sentí pasos en el pasillo, una puerta que se cerraba, voces que bajaban de tono. A las dos bajé descalza a la cocina por un vaso de agua, y al pie de la escalera los oí. No estaban follando. Estaban discutiendo bajito, con esa intensidad de los matrimonios que se conocen demasiado.

—Si no quieres, no quieres —decía mi padre.

—No es que no quiera —respondía mi madre—. Es que no sé si está bien. Es nuestra hija.

Me quedé en el último escalón, sosteniendo el vaso, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.

Es nuestra hija.

Subí sin beber. Tardé horas en dormirme, y cuando por fin lo hice fue con la mano metida entre los muslos, tocándome el coño hasta que me corrí mordiendo la almohada para que no me oyeran.

***

Por la mañana, mi padre se fue solo a comprar el pan. Mi madre estaba en el porche, con un café entre las manos, mirando el mar como si esperara que el mar le respondiera algo. Me senté a su lado sin decir nada. La brisa le movía el pelo y le pegaba la camiseta al cuerpo, marcándole los pezones duros bajo la tela.

—¿Hace cuánto? —pregunté.

No fingió no entender. Bajó la mirada al café y respiró hondo.

—No lo sé —dijo—. Desde que volviste de la universidad, supongo. Antes lo pensaba sin pensarlo, si eso tiene algún sentido.

—¿Y papá?

—Papá lo sabe desde el principio. Yo se lo conté. Los dos pensamos que era una tontería, que se nos pasaría con el tiempo. Pero anoche, cuando te vi reír en el porche, le dije que no se me pasaba. Le dije que quería follarte, hija. Se lo dije con esas palabras.

Asentí despacio. No sentía vergüenza, ni asco, ni miedo. Sentía algo parecido al alivio, como cuando uno descubre que el malestar que llevaba meses arrastrando tenía por fin un nombre. Llevaba todo el verano dándole vueltas a por qué los miraba como los miraba. A por qué, cuando mi padre se quitaba la camisa al volver de correr, yo me distraía mirándole el bulto en el pantalón corto. A por qué, cuando mi madre salía de la ducha envuelta en una toalla, yo bajaba los ojos sin querer bajarlos y luego me encerraba a masturbarme pensando en sus tetas.

—No tienes que decir nada —añadió ella, casi en un susurro—. Hacemos como si no hubiera pasado y ya está.

Le tomé la mano. Tenía los dedos fríos de sostener la taza.

—No quiero hacer como si no hubiera pasado —dije—. Anoche, después de oíros, me toqué pensando en vosotros dos. Me corrí pensando en papá encima de ti y en ti mirándome a mí mientras se la chupabas.

Me miró. No sé qué vio en mi cara, pero algo en su gesto cambió, algo se aflojó. Se le humedecieron los ojos y también, lo noté después, las bragas: cuando se movió en la silla se le escapó un gemido bajito. Mi padre apareció con una bolsa de pan justo en ese momento, y nos miró a las dos desde el escalón del porche, y entendió sin que nadie le explicara nada.

Desayunamos los tres en silencio. No era un silencio incómodo. Era un silencio que estaba decidiendo algo. Bajo la mesa, la mano de mi madre buscó mi rodilla y subió despacio hasta el borde del short. La de mi padre, del otro lado, hizo lo mismo.

***

Pasamos el día en la playa, como si nada. Nadamos. Mi madre se quedó dormida sobre la toalla y mi padre le puso crema en la espalda con una concentración que me pareció nueva, bajando hasta el nacimiento del culo por debajo del bikini. Yo leí dos páginas del mismo libro durante tres horas, con las piernas apretadas porque el coño no me dejaba en paz. A las siete volvimos a la casa. Mi padre puso música mientras cocinaba. Mi madre y yo pusimos la mesa rozándonos los brazos, los hombros, las caderas, sin hablar.

Cenamos despacio. Bebimos. Mi padre nos sirvió la segunda copa con una mano que me pareció firme y otra que me pareció temblorosa. Cuando terminamos el postre, mi madre se levantó, vino hasta mi silla, me tomó la cara entre las manos y me besó.

Fue un beso corto. Un beso que preguntaba.

Le respondí con otro más largo, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio de abajo hasta que soltó un quejido.

Mi padre nos miraba desde el otro lado de la mesa, con la copa a medio camino entre el plato y la boca y una erección visible marcándole el pantalón. Cuando mi madre se separó, fui yo la que me levanté y caminé hasta él. Le quité la copa de la mano y la dejé sobre la mesa. Él me miró desde abajo y yo le besé en la boca por primera vez en mi vida, con la lengua, sintiendo cómo se le aceleraba la respiración contra la mía. Mientras lo besaba le puse la mano encima del bulto y se la apreté. La tenía dura como una piedra.

—¿Estás segura? —murmuró cuando nos separamos.

—Estoy segura. Quiero que me folles, papá.

Mi madre vino por detrás y le pasó las manos por los hombros a él, y luego me las pasó a mí, y me las metió por debajo del vestido, cubriéndome las tetas por encima del sujetador. Estuvimos así un momento, los tres de pie alrededor de la mesa, respirando despacio, antes de que ella nos guiara hacia el dormitorio principal.

***

La cama era ancha y olía a sábanas nuevas. Mi madre encendió la lamparita pequeña y dejó la grande apagada. Me desnudó despacio, sin prisa, mientras mi padre se quitaba la camisa a los pies de la cama y luego el pantalón, y luego el calzoncillo, y la polla le saltó gruesa y colorada contra el vientre. La tela del vestido se me deslizó por los hombros y caí en el olor de mi madre —jazmín, vino, algo más— como si lo hubiera estado esperando años. Me besó el cuello. Me besó el hueco de la clavícula. Me desabrochó el sujetador con dos dedos y me besó los pechos uno después del otro, con una lentitud que me hacía temblar, chupándome los pezones hasta que se me pusieron duros y morados. Se los mordió. Yo gemí y le agarré la cabeza para que siguiera.

Cuando me tendió en la cama, mi padre se acercó por el otro lado. Su mano me recorrió el muslo desde la rodilla hasta la cadera y siguió hacia dentro, hasta encontrarme el coño empapado. Metió un dedo y luego otro, muy despacio, mientras me miraba la cara para no perderse nada. Me besó con la barba pinchándome la cara, y yo me reí dentro del beso, y él se rió también, y mi madre, que me estaba lamiendo el ombligo y bajando, levantó la cabeza y nos miró sonriendo con la boca ya brillante.

—Esto es extraño —dije.

—Es extraño —dijo mi padre, sacando los dedos y llevándoselos a la boca para chuparlos.

—Es perfecto —dijo mi madre, y siguió bajando.

Cuando me abrió las piernas con las manos y me besó el coño por primera vez, no pude evitar arquearme contra su boca. Empezó con la lengua plana, larga, lamiéndome de abajo arriba, desde el culo hasta el clítoris, y volviendo, sin prisa, como si estuviera comiendo algo que llevaba años queriendo probar. Cuando llegó al clítoris se detuvo ahí, chupándomelo con los labios, dándole vueltas con la punta de la lengua, hundiéndomela y sacándomela. Me metió dos dedos y me los curvó hacia dentro, y encontró el punto, y no lo soltó. Mi padre me sostuvo por los hombros, me besó en la frente, y me susurró al oído que no me contuviera, que me corriera en la boca de mamá. No me contuve. Gemí su nombre, el de ella, los dos a la vez, y me corrí temblando entera contra la lengua de mi madre, empujándole la cara contra el coño con las dos manos, y ella siguió chupándome mientras me venía, sacándome un segundo espasmo que me dobló las rodillas.

Después fui yo. Le pedí que se tendiera y se dejara hacer, y ella se dejó. Le abrí las piernas y le vi el coño de cerca por primera vez, más oscuro que el mío, brillante, con el clítoris hinchado asomando entre los labios. Le pasé la lengua entera y ella soltó un gemido largo, agarrándose las tetas con las dos manos. Aprendí esa noche que las cosas que había imaginado tantas veces eran más simples y más intensas de lo que había imaginado. Le chupé el clítoris como ella me lo había chupado a mí, imitándola, y le metí dos dedos, y sentí cómo los apretaba por dentro. Mi padre nos miraba desde un costado, con la mano alrededor de la polla, masturbándose despacio, esperando a que lo llamáramos. Mi madre gritó cuando se corrió, con una mano en mi pelo empujándome contra ella y la otra tapándose la boca. Cuando lo llamamos, vino sin decir nada, con la polla goteando.

Follamos los tres mucho rato. No con la coreografía de las películas, sino con torpeza, con risas, con pausas para mirarnos y comprobar que seguíamos siendo nosotros. Mi padre se puso detrás de mi madre a cuatro patas y le metió la polla de una vez, y ella gimió agarrada a las sábanas, y yo me metí debajo de ella para chuparle las tetas mientras él la embestía, sintiendo cómo el impacto de sus caderas hacía botar el cuerpo entero de mi madre encima de mi cara. Le pedí a él que me la diera después, y él salió de ella, y ella misma le agarró la polla mojada de su propio flujo y me la guió hasta la boca. Se la chupé entera, saboreando a mi madre en la piel de mi padre, mientras ella me besaba la boca alrededor de la verga y me lamía los labios cada vez que yo la sacaba para respirar.

Después estuvo dentro de mí, despacio al principio, muy despacio, dejándome acostumbrarme al grosor, y luego más fuerte, mientras ella me sostenía la cabeza contra su hombro y me decía al oído que la mirara, que no cerrara los ojos, que sintiera cómo papá me follaba. No los cerré. Vi cómo me miraba ella mientras él me embestía, y la mirada de mi madre fue más íntima que cualquier cosa que hubiera sentido nunca con ningún cuerpo. Me montó la cara sentándose encima, y me follé a mi madre con la lengua mientras mi padre me follaba a mí por debajo, y los tres nos movíamos al mismo ritmo, y ella se corrió primero, empapándome la boca, y yo me corrí después con la polla de mi padre dentro, apretándolo tan fuerte por dentro que le arranqué la corrida. Sentí cómo se vaciaba caliente en el fondo de mí, temblando, con los dedos hundidos en las caderas de mi madre para no caerse.

Cuando los tres terminamos —no a la vez, en una secuencia desordenada y larga—, nos quedamos tendidos uno al lado del otro, mirando el techo, escuchando el mar al fondo. Yo tenía el semen de mi padre bajándome por el muslo y el sabor de mi madre en la boca. Ella me tomó una mano. Mi padre la otra. Nadie habló durante un buen rato.

***

Los días siguientes fueron raros y luminosos. Hicimos las cosas que habíamos planeado hacer —la playa, los paseos, el restaurante del puerto donde mi padre quería que probáramos las gambas— y las hicimos como si fuéramos otros, como si hubiéramos descubierto un idioma nuevo y nos costara dejar de hablarlo. Cocinábamos los tres, dormíamos los tres, nos duchábamos los tres, y en la ducha mi madre me arrodillaba y me hacía chuparle la polla a mi padre bajo el agua mientras ella me enjabonaba las tetas y me metía los dedos por detrás. Hubo tardes en las que follamos durante horas, cambiando de posiciones y de agujeros hasta que perdíamos la cuenta de quién estaba dentro de quién, y noches en las que solo nos acariciamos antes de dormirnos, con la polla de mi padre metida a medias en el coño de mi madre y mi mano en el clítoris de ella. Hubo conversaciones largas sobre lo que íbamos a hacer al volver, sobre cómo se cuenta una cosa que no se puede contar, sobre lo que se podía y lo que no se podía decir nunca a nadie.

—Esto no se puede saber —dijo mi madre la última noche, cuando estábamos los tres en el porche con la última botella, yo desnuda entre los dos con las piernas abiertas encima de sus muslos—. No por nosotros. Por la gente.

—No se va a saber —dijo mi padre, con dos dedos metidos en mi coño moviéndolos despacio.

—Y vosotros dos —añadió ella, mirándonos a los dos, con la mano en mi teta—. Esto es para los tres. Si uno se va, se acaba.

—Si uno se va, se acaba —repetí yo, y mi padre asintió sin decir nada, y me hizo correrme allí mismo en el porche mordiéndole el hombro para no gritar.

Brindamos por eso.

***

Volvimos al pueblo un domingo por la tarde. Aparcamos delante de casa, descargamos las maletas, abrimos las ventanas para que se fuera el calor encerrado. Estábamos los tres en el recibidor, mirándonos como si acabáramos de regresar de un país lejano del que nadie iba a creernos nada, cuando mi madre soltó la maleta, vino hasta mí, me besó en la boca metiéndome la lengua hasta el fondo y luego me llevó de la mano hasta el dormitorio de ellos.

Mi padre nos siguió, desabrochándose el cinturón por el camino.

Esa noche dormimos los tres en su cama, después de que él se corriera en mi boca y ella se corriera encima de mi cara. Y a la noche siguiente. Y a la siguiente. Llevamos dos años así, y a la casa de la playa volvemos cada verano, los mismos diez días, el mismo camino de tierra, la misma cocina abierta, la misma cama ancha en la que aprendí a follar con mis padres. A veces, cuando sirvo la primera copa de vino en el porche, levanto los ojos y veo a mi madre mirando el mar, y a mi padre mirándola a ella, y entiendo que lo que empezó aquel verano fue lo único en mi vida que de verdad iba a tener sentido.

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Comentarios(8)

PatoLector

Que bueno!!! me tuvo enganchado hasta el ultimo parrafo

Marcos_Cba

excelente relato

curiosa88

Me gusto mucho como lo narraste, se siente natural y creible. La intro de la madrugada te atrapa desde la primera linea

Lector_nocturno77

Va a tener continuacion? Quede con ganas de mas, en serio

spawntun

jeje me recordo a esas noches de adolescencia cuando uno escucha cosas sin querer. Muy bien logrado

NocheRosa22

Buenisimo!!! sigue escribiendo por favor

Diegote_77

De los mejores que lei en esta categoria ultimamente. Muy bien narrado y con detalles que lo hacen muy creible. Espero mas

CarmenSG

Se hizo corto... esperando la segunda parte :)

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