Me toqué con la ropa interior sucia de mis padres
Mi padre llegó a casa pasadas las siete. Aurelio, el albañil que llevaba toda la semana arreglando las reparaciones del piso de arriba, seguía abajo revisando unas cosas con la cara descompuesta. Se notaba nervioso, distraído, evitando mirarme directamente. Yo también lo estaba, aunque por motivos muy distintos.
Bajé y saludé a mi padre con un beso en la mejilla, como cualquier noche. Le pregunté a Aurelio si le apetecía un café antes de marcharse y él asintió con la cabeza sin despegar los ojos del suelo. Yo sabía exactamente por qué estaba así.
Puse el agua al fuego y me fui a sentar al sofá mientras hervía. Apretaba las piernas una contra otra y todavía sentía el rastro caliente de lo que había pasado un rato antes, esa humedad espesa y resbaladiza entre mis labios que se negaba a desaparecer. Cada vez que cambiaba de postura, la sensación volvía, viscosa y descarada, y me mojaba todavía más.
No podía pensar en otra cosa. Frotaba los muslos en silencio y la fricción me recordaba lo que acababa de hacer, lo que quería volver a hacer. Deseaba sentir una verga otra vez. En la boca, en el coño, en cualquier sitio que pudiera llenarme. Me imaginaba de rodillas, con la lengua fuera, recibiendo golpes blandos en la mejilla antes de tragármela entera hasta el fondo de la garganta.
Estás enferma, pensé. Y la idea, en lugar de frenarme, me encendió todavía más.
El silbido de la cafetera me sacó del trance. Serví la taza, se la llevé a Aurelio y nuestras manos se rozaron un segundo de más. Él tragó saliva. Yo sonreí.
Cuando ya no aguantaba el zumbido entre las piernas, se me ocurrió un pretexto. Le dije a mi padre que subía a darme una ducha antes de dormir, y que de paso quería que Aurelio echara un vistazo a mis repisas, porque necesitaba explicarle unos cambios para que los hiciera al día siguiente. Así podía cerrar mi cuarto y que nadie me molestara hasta la mañana.
—Sube con mi hija, hombre, que te diga lo que necesita —dijo mi padre, ajeno a todo, hojeando el periódico.
Aurelio subió las escaleras detrás de mí. Yo notaba su mirada clavada en mi espalda, en mis caderas, y sabía que en ese momento haría cualquier cosa que yo le pidiera. Esa certeza me daba un poder que no había sentido nunca.
El corazón me iba a mil. Mi padre estaba abajo, a unos metros, y eso, lejos de detenerme, me disparaba la adrenalina por todo el cuerpo. Entramos en mi habitación y cerré la puerta despacio, sin hacer ruido. Me di la vuelta y lo besé sin avisar, hundiéndole la lengua en la boca mientras le buscaba el bulto por encima del pantalón.
Lo encontré ya duro. Me puse de rodillas, le bajé la cremallera y se la saqué lo más rápido que pude. Me la metí entera, sin preámbulos, con la urgencia de quien lleva horas pensando en eso. Le di unas mamadas profundas, las que sabía que lo volverían loco, hasta que le tembló todo el cuerpo.
Pero no lo dejé acabar ahí. Me incorporé, me bajé los pantalones y me quité la tanga, que ya estaba empapada por completo. Se la puse en la mano y le cerré los dedos sobre ella.
—Mañana, cuando vuelvas a la casa, quiero que me traigas esta tanga llena de tu leche —le susurré al oído—. La quiero ver bien empapada, con todo tu semen seco. A cambio te regalo otra. Y te prometo que la que me traigas mañana la llevo puesta todo el día.
Aurelio asintió, incapaz de decir una palabra. Se guardó la prenda en el bolsillo del pantalón como si fuera un tesoro robado, abrió la puerta y bajó las escaleras. Yo me quedé sola, todavía temblando, con la respiración entrecortada y el cuerpo entero pidiendo más.
***
Entré al baño y eché el pestillo. Abrí la regadera y dejé correr el agua para que se fuera calentando. Mientras esperaba, mi mirada cayó sin querer en el cesto de la ropa sucia, junto al lavabo. Estaba a rebosar, con prendas revueltas que no eran solo mías.
Reconocí de inmediato la ropa de mi madre y la de mi padre mezcladas con la mía. Seguramente lo había juntado todo ella, por culpa del desorden que habían dejado las reparaciones en casa. Una colada acumulada de varios días, amontonada de cualquier manera.
Y entonces se me cruzó por la cabeza una idea tan retorcida, tan enferma, que al principio no supe ni cómo reaccionar a ella. La aparté. Volví a mirar el agua. La idea regresó, más fuerte.
El vapor empezaba a llenar el baño y a empañar el espejo. Aproveché esa penumbra tibia, esa sensación de estar escondida del mundo, y me acerqué despacio al cesto. Empecé a sacar prendas, una por una, con el pulso acelerado, hasta que encontré lo que sin admitirlo estaba buscando: una tanga de mi madre y un bóxer de mi padre.
Las dos prendas estaban sucias. Y no solo de un día de uso. Tenían marcas, restos resecos de lo que sin ninguna duda eran fluidos. Rastros de la intimidad de mis padres, de las noches en las que yo los oía a través del tabique y fingía estar dormida.
Os juro que lo intenté. Intenté soltarlas, cerrar el cesto y meterme bajo el agua como una persona normal. Pero las manos no me obedecían.
Tomé primero la tanga de mi madre. Me la acerqué a la punta de la nariz, despacio, y aspiré hondo. El aroma me golpeó de lleno: un olor íntimo, denso, de hembra en celo, el olor de una mujer que había estado excitada. Era el olor de mi madre, y me hizo gemir antes de poder evitarlo. Me tapé la boca con la otra mano, asustada de mi propio sonido, perturbada por lo mucho que me había gustado.
Esa sensación se multiplicó cuando cogí el bóxer de mi padre. A ese no lo olí. A ese lo llevé directamente a la boca. Saqué la punta de la lengua y la pasé despacio por la mancha seca de semen que tenía marcada en la tela. El sabor era salado, áspero, real. Y el olor que desprendía me resultó tan increíblemente excitante que, sin darme cuenta, ya tenía la otra mano entre las piernas, frotándome el clítoris de forma frenética, salvaje, sin ningún control.
Me apoyé en el lavabo con las rodillas temblando. Esto está mal, esto está muy mal, repetía dentro de mi cabeza, y cada repetición me empujaba más hacia el abismo en lugar de alejarme de él.
Necesitaba algo dentro. Mis dedos ya no me bastaban. Busqué entre las cosas del baño y mis ojos se posaron en el desodorante de mi padre, el de barra, con esa forma alargada y firme. Lo tomé, me eché un poco de crema hidratante y lo embadurné por todos lados hasta dejarlo resbaladizo.
No lo dudé ni un segundo. Me lo metí entero, hasta el fondo, de una sola vez, mordiéndome el labio para no gritar. Y mientras lo movía dentro de mí, imaginaba que no era un objeto, sino mi padre el que me estaba penetrando, despacio y profundo, sujetándome de las caderas.
Volví a coger la tanga de mi madre, pero esta vez no me la llevé a la nariz. Me la metí en la boca, mordiéndola, empapándola con mi saliva. Y la fantasía se completó del todo en mi mente: yo estaba tumbada boca arriba en una cama, mi padre embistiéndome bien rico, y mi madre sentada sobre mi cara, enseñándome con paciencia cómo se debe lamer, susurrándome al oído que lo hacía muy bien, que era su niña.
La imagen era tan vívida, tan prohibida, tan completamente enferma, que sentí cómo todo se me tensaba de golpe. El vapor me envolvía, el agua seguía cayendo a mi espalda, la casa entera dormía ajena a lo que estaba pasando en ese baño.
En menos de un par de minutos exploté. Fue un orgasmo larguísimo, eléctrico, que me recorrió de los pies hasta la nuca y me dejó doblada sobre el lavabo, jadeando contra la tela mojada que todavía tenía entre los dientes. Mágico y repugnante a partes iguales. El placer más sucio que había sentido en toda mi vida.
***
Cuando la última oleada se fue apagando, abrí los ojos. El espejo estaba completamente empañado y yo no podía verme reflejada en él, y casi lo agradecí. Saqué el desodorante, lo dejé en su sitio, escupí la tanga y la sostuve en la mano, todavía húmeda de mi saliva.
Me invadió una sensación incómoda, pesada, como si una parte de mí me observara desde fuera con la boca abierta. No era posible que acabara de masturbarme con la ropa interior de mis padres. No era posible que eso, precisamente eso, me hubiera dado el orgasmo más intenso de toda mi vida.
Doblé con cuidado la tanga de mi madre y el bóxer de mi padre y los devolví al fondo del cesto, debajo del resto de la ropa, justo como estaban. Borré cualquier huella. Nadie lo sabría jamás. Ese pensamiento, el del secreto enterrado entre la colada, me provocó un último escalofrío entre las piernas.
Por fin me metí bajo el agua caliente. Dejé que el chorro me cayera sobre la cabeza, sobre la espalda, arrastrando el sudor y la culpa hacia el desagüe. Me enjaboné despacio, intentando convencerme de que el agua se llevaría también lo que acababa de hacer.
Pero mientras me frotaba la piel, ya estaba pensando en la tanga que Aurelio me traería al día siguiente, llena de su leche, esa que yo había prometido llevar puesta toda la jornada. Y en el cesto que seguiría ahí, esperándome, lleno de prendas que ya nunca volvería a ver con los mismos ojos.
Mañana será peor, pensé. Y sonreí bajo el agua.