El deseo prohibido que mi esposo despertó en mí
Claudia era una mujer de orden. Se había casado a los veintitrés años con Rodrigo —diez años mayor que ella—, había criado a su hijo Sebastián con la misma devoción con que barría la casa cada mañana, y se consideraba a sí misma una buena cristiana, aunque últimamente le costaba cada vez más ir a confesarse.
Lo que sí podía confesar sin problema era que tenía un cuerpo que ningún hombre dejaba pasar por alto. Cabello castaño oscuro hasta los hombros, cintura marcada, y unas tetas grandes y firmes que parecían desafiar cualquier ropa con que intentara cubrirlas. A sus cuarenta años, Claudia seguía siendo la mujer más llamativa del vecindario, y aunque nunca lo decía en voz alta, lo sabía.
Aquella tarde de domingo, entró al cuarto de Sebastián con el trapero en una mano y una cubeta en la otra. Llamó dos veces antes de abrir.
—¿Se puede? —preguntó desde el umbral.
—Pasa —respondió una voz desde el interior.
Sebastián estaba sentado en el borde de la cama con el teléfono en la mano. Tenía dieciocho años y había sacado lo mejor de su padre: la mandíbula cuadrada, los hombros anchos, esa manera de ocupar el espacio sin pedirle permiso a nadie. Pero los ojos los tenía de ella: grandes, oscuros, capaces de decir cosas que la boca callaba.
—Esto parece una cueva —dijo Claudia mientras empezaba a fregar el piso. Llevaba un pantalón de licra gris que se le pegaba al culo como una segunda piel y una blusa con escote redondo, más generoso de lo que quizá era prudente dentro de casa. El sujetador color marfil apenas contenía lo que la blusa prometía.
—Está bien así, má —dijo Sebastián sin levantar la vista del teléfono.
—Para ti todo está bien. Por eso huele a encierro aquí.
Cuando Claudia se inclinó para frotar una mancha del suelo, sus tetas se balancearon dentro de la blusa con un movimiento que ella ni siquiera notó. Sebastián levantó la vista sin darse cuenta de que la había levantado.
—Hay algo pegado en este maldito suelo —murmuró Claudia, inclinándose todavía más.
Sebastián no respondió. Tenía los ojos fijos en el escote de su madre, en la curva que aparecía y desaparecía con cada movimiento de su cuerpo. El pantalón de licra le marcaba las nalgas redondas y la raya entre ellas, y él sintió cómo la polla empezaba a hincharse dentro de los bóxers sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—Seba. Te estoy hablando.
Silencio.
—Sebastián.
Claudia se incorporó y giró la cabeza. Su hijo la miraba con una concentración que no tenía nada que ver con ella como madre. No era una mirada fugaz ni accidental. Era la mirada de alguien que llevaba varios segundos en el mismo lugar sin darse cuenta de que el tiempo seguía corriendo.
—¿Qué estás mirando? —preguntó en voz baja, más desconcertada que furiosa.
Sebastián reaccionó como si alguien le hubiera chasqueado los dedos frente a la cara.
—Nada, perdón. Estaba distraído.
—¿Con qué, si el televisor está apagado?
Sebastián no dijo nada. Desvió la mirada hacia la ventana, pero Claudia alcanzó a ver el bulto que se marcaba bajo el pantalón deportivo de su hijo antes de que él cruzara las piernas para taparlo. Apretó el mango del trapero, recogió la cubeta en silencio y salió del cuarto sin saber muy bien qué hacer con lo que acababa de ver.
***
Rodrigo estaba en el sofá con el partido. No la miró cuando ella se sentó a su lado. Pero cuando Claudia dijo, despacio:
—Tu hijo me miraba las tetas.
Rodrigo levantó la vista de la pantalla.
—¿Cómo que te miraba?
—Como lo que es. Como un hombre que mira a una mujer. Solo que esa mujer soy yo y ese hombre es nuestro hijo. Y tenía la polla dura, Rodrigo. Se le notaba en el pantalón.
Rodrigo procesó la información durante unos segundos. Luego asintió, muy despacio, como si lo que acababa de escuchar no fuera tan extraordinario.
—Tiene dieciocho años —dijo.
—¿Y eso justifica que se le empine mirándome a mí?
—No lo justifica ni lo condena. Lo explica. —Rodrigo apagó el televisor y la miró de arriba abajo con la misma calma con que evaluaba un partido—. Además, Claudia, con esa blusa y ese pantalón que te marca todo el coño, sería raro que no se le pusiera dura.
—¡No empieces!
—Solo digo lo que es. ¿Qué quieres que haga?
—Habla con él. Que sepa que hay cosas que no se hacen.
Rodrigo asintió. Pero antes de levantarse, extendió el brazo y atrajo a Claudia hacia él. Cuando le puso la mano en la nuca y la acercó despacio, ella no opuso resistencia. Era así desde siempre: Rodrigo sabía dónde tocarla para que el resto del mundo dejara de importar.
Le bajó la blusa con cuidado. El sujetador color marfil quedó al descubierto, y él pasó la lengua por el borde del encaje con una lentitud calculada que Claudia reconoció de inmediato: era la misma con que lo hacía cuando quería que ella dejara de pensar. Le sacó una teta entera del sujetador y se metió el pezón en la boca, chupándolo hasta ponerlo duro entre los dientes.
—¿Ves? —murmuró él contra su piel—. Son imposibles de ignorar.
—Rodrigo... —Su voz salió mucho más suave de lo que pretendía.
—No te culpo a ti ni lo culpo a él. Son cosas que pasan.
Claudia inclinó la cabeza hacia atrás. Rodrigo le desabrochó el sujetador por detrás con una sola mano, gesto que llevaba quince años practicando, y le mordió el otro pezón mientras le metía la mano por dentro del pantalón de licra. Los dedos le encontraron el coño ya mojado, resbaladizo por encima de las bragas.
—Mira cómo estás —le dijo al oído—. Empapada. ¿Es por lo que pasó con el niño?
—Cállate.
—Es una pregunta honesta. —Le apartó la tela de las bragas y le hundió dos dedos de golpe. Claudia dio un respingo y le clavó las uñas en el brazo—. Contéstame, Claudia. ¿Se te mojó el coño cuando viste que se le paraba a tu hijo por ti?
—No sé... no lo sé...
—Sí sabes. —Le movió los dedos dentro despacio, muy despacio, hasta que ella empezó a mover las caderas buscándolo—. ¿Te imaginas que fuera Sebastián quien estuviera haciendo esto ahora mismo? ¿Que fueran los dedos de tu hijo los que están dentro de ti?
Claudia abrió los ojos de golpe.
—¿Qué dijiste?
—Lo que oíste.
—Rodrigo, eso es una locura.
—Es una idea. Solo eso. —No dejó de moverle los dedos mientras hablaba, curvándoselos hacia arriba justo donde sabía que ella no podía resistir—. La curiosidad sin salida se convierte en obsesión. Yo mismo, con mi madre, cuando tenía su edad...
—No sigas.
—Me hacía pajas pensando en ella. Todas las noches. Y tardé años en mirar a cualquier otra mujer sin esa sombra encima. —Hizo una pausa. Sacó los dedos brillantes y se los pasó por los labios a ella antes de meterlos en la boca de Claudia—. Solo digo que a veces lo más sano es poner las cosas en su lugar. Chupa.
Claudia le chupó los dedos sin apartar la mirada. Rodrigo la tenía rodeada con el otro brazo, su boca todavía cerca del cuello de ella, y había algo en esa posición que hacía muy difícil pensar con claridad. No está hablando en serio, se dijo. Pero la imagen ya estaba instalada y no había manera de sacarla: la polla de su hijo, dura, hincándose contra el pantalón por ella.
—Ve a ponerte el sujetador rojo —dijo Rodrigo finalmente—. El de encaje. Y baja.
—¿Para qué?
—Para que hablemos los tres.
***
Sebastián bajó las escaleras cuando su padre lo llamó. Se sentó en el sofá entre sus padres con cautela, la espalda recta, las manos sobre los muslos. Sabía que lo que venía no sería una conversación ordinaria.
Claudia tenía la blusa abotonada. Las manos cruzadas en el regazo. No miraba a su hijo.
—Tu madre me contó lo que pasó esta tarde —dijo Rodrigo, sin preámbulo.
Sebastián tragó saliva.
—No era mi intención, papá...
—No te estoy acusando. Te estoy preguntando. ¿Le estabas mirando las tetas a tu madre? ¿Se te puso dura por ella?
El silencio que siguió fue tan denso que Claudia podía oírse el corazón.
—Seba —dijo ella, en voz baja—. Mírame.
Su hijo levantó los ojos. Tenía las mejillas encendidas.
—Sí, mamá. Te las estaba mirando. Son perfectas. No pude evitarlo. —Hizo una pausa y bajó la vista al suelo—. Y sí, papá. Se me puso dura. Como una piedra.
Claudia no supo qué responder. ¿Qué se dice a eso?
—¿Quieres tocárselas? —preguntó Rodrigo, con la misma calma con que antes había preguntado si alguien quería más café.
—Rodrigo... —dijo Claudia, con una advertencia en el tono.
—Solo una pregunta. Deja que el muchacho responda.
Sebastián miró a su padre. Luego miró a su madre. Luego de nuevo a su padre.
—Sí —dijo, sin dudar esta vez—. Quiero.
Rodrigo se levantó del sofá. Fue hasta donde estaba Claudia y le desabotonó los dos primeros botones de la blusa con una lentitud que tenía algo de teatro. El encaje rojo apareció entre los bordes de la tela.
—Rodrigo, para —susurró ella. Pero sus manos no se movieron para detenerlo.
—Ya está hecho —dijo él, y se apartó.
Sebastián extendió la mano con una timidez que Claudia no esperaba de él. Sus dedos encontraron primero la tela, y luego la piel que desbordaba por encima del encaje, y ella sintió que algo se apretaba y se abría al mismo tiempo en el centro del pecho.
—Son suaves —dijo Sebastián, casi en un susurro, como si pensara en voz alta—. Y pesadas. Joder, mamá.
—Sácaselas —dijo Rodrigo, desde el sillón donde ahora se había sentado a observar—. Que las veas bien.
Claudia permaneció inmóvil. Tres segundos. Cinco. Y luego desabrochó ella misma el cierre delantero del sujetador.
Sus tetas cayeron libres, grandes y cálidas, con los pezones ya duros como si la piel hubiera decidido por ella. Sebastián las miró un momento sin moverse, como si no creyera del todo que aquello estuviera pasando. Luego alargó las dos manos y se las agarró enteras, sopesándolas, apretándoselas hasta que la carne se le escapaba entre los dedos.
—Dios, mamá... son enormes.
Inclinó la cabeza y las besó, primero con torpeza, luego con más seguridad. Cuando empezó a chuparle un pezón mientras le pellizcaba el otro con los dedos, Claudia exhaló un sonido que no reconoció como suyo. Un gemido bajo, animal, que le subió del vientre.
—Así —dijo Rodrigo con voz ronca desde el sillón—. Chúpaselas bien. A tu madre le encanta que le muerdan los pezones. ¿Verdad, Claudia?
Claudia le pasó la mano por el pelo a Sebastián. Era un gesto que había hecho miles de veces, cuando él era pequeño y tenía fiebre o pesadillas. Pero ahora no había nada maternal en ese movimiento. Ni en los gemidos que le costaba trabajo contener. Ni en la manera en que apretaba los muslos para calmar la humedad que ya le corría entre las piernas.
—¿Te gusta, mamá? —murmuró Sebastián contra su pecho, con el pezón aún entre los labios.
—No me hagas esa pregunta —respondió ella.
—¿Por qué no?
—Porque la respuesta va a ser honesta.
Sebastián subió la vista hacia ella y le sostuvo la mirada un instante. Luego bajó la cabeza de nuevo y le mordió el pezón con fuerza, tirando de él con los dientes hasta estirárselo. Claudia apretó los dedos en su pelo y arqueó la espalda.
—Muérdelas —le dijo, antes de poder arrepentirse de haberlo dicho—. Muérdemelas fuerte. Como si fueran tuyas.
Sebastián obedeció. Le pasó de una teta a la otra, chupando, mordiendo, dejándole los pezones enrojecidos y mojados de saliva. Con una mano le apretaba el pecho hasta hacerle daño; con la otra bajó a la cintura del pantalón de licra y le metió los dedos por dentro sin pedirle permiso. Claudia soltó un jadeo cuando él le tocó el coño empapado por encima de las bragas.
—Está mojadísima, papá —dijo Sebastián sin levantar la cabeza.
—Ya lo sé —dijo Rodrigo, sin moverse del sillón—. Métele los dedos. Que sienta a su hijo por dentro.
Claudia quiso protestar pero no le salió la voz. Sebastián le apartó las bragas y le hundió dos dedos hasta el nudillo, torpe pero decidido. Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sofá.
—Ay, Dios... Seba... no...
—¿No qué, mamá?
—No pares.
Sebastián le movió los dedos dentro con un ritmo cada vez menos torpe, aprendiéndola sobre la marcha. Con el pulgar le buscó el clítoris y cuando lo encontró Claudia dio un respingo y le agarró la muñeca, no para detenerlo sino para asegurarse de que no la soltara.
—Ahí, ahí, no te muevas de ahí...
—¿Aquí, mamá?
—Ahí, mi amor, ahí...
La palabra se le escapó y ni siquiera se dio cuenta. Rodrigo sí. Rodrigo sonrió desde el sillón con una calma de dueño.
***
Fue Rodrigo quien marcó el siguiente paso. Le pidió a Claudia que se pusiera de rodillas en el suelo, delante del sofá donde Sebastián seguía sentado. Ella obedeció sin que nadie le explicara para qué, con las tetas al aire, el pelo revuelto y los muslos todavía temblando de los dedos de su hijo. Rodrigo le indicó a Sebastián con un gesto que se desabrochara el pantalón.
Lo que Claudia vio cuando Sebastián se bajó los bóxers la dejó sin palabras durante un momento completo. La polla de su hijo saltó hacia arriba, dura, gruesa, con la punta brillante y una vena marcada que le corría por debajo. Era más grande que la de Rodrigo. Bastante más grande.
—Dios mío —dijo, en un susurro.
Rodrigo soltó una risa corta desde el sillón.
—Ya ves. El niño te lleva.
Claudia la tomó con cuidado, despacio, como quien toca algo que podría romperse. Era gruesa y caliente, le palpitaba en la mano, y la idea de que era su propio hijo no la abandonó en ningún momento, aunque tampoco alcanzó a detenerla. Le corrió el prepucio hacia atrás con el pulgar y vio cómo la punta se ponía púrpura, cómo una gota transparente le brotaba del glande.
—¿La quieres, mamá? —preguntó Sebastián, mirándola desde arriba con la voz ronca—. ¿Quieres chupármela?
Claudia levantó los ojos hacia él. Luego miró a Rodrigo. Su marido asintió, muy despacio.
—Chúpasela, Claudia. Chúpasela bien. Que sepa lo que hace su madre con la boca.
Ella bajó la cabeza.
Primero le pasó la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, siguiendo la vena. Sebastián soltó un gemido que le nació del fondo del pecho. Claudia le lamió el glande en círculos, saboreando el líquido salado que le brotaba, y luego se lo metió entero en la boca de una vez, tan hondo como pudo. La punta le tocó el fondo de la garganta y le hizo lagrimear los ojos.
—Joder, mamá... joder, joder...
Sebastián puso las manos en su pelo, sin presionar al principio, solo sosteniéndola. Claudia empezó a moverse arriba y abajo, chupando fuerte, hundiéndose la polla de su hijo hasta que las arcadas la obligaban a subir. Con una mano le agarraba la base y se la masturbaba al ritmo de la boca; con la otra le tomó los huevos y se los amasó despacio.
Rodrigo los miraba desde el sillón con una expresión que Claudia no le había visto antes: concentrada, silenciosa, sin rastro de duda. Se había bajado la cremallera del pantalón y se acariciaba la polla sin prisa, mirando cómo su mujer se atragantaba con la verga del hijo que habían hecho entre los dos.
—Métetela toda —dijo Rodrigo en voz baja—. Hasta abajo. Tú puedes.
Claudia respiró hondo por la nariz y bajó la cabeza hasta que la nariz le tocó el vientre de Sebastián. Se quedó ahí unos segundos, con la garganta llena, sintiendo cómo la polla le palpitaba contra el paladar. Cuando subió, un hilo largo de saliva le colgaba de la barbilla.
—Buena chica —dijo Rodrigo—. Así.
Sebastián ya no aguantaba la calma. Empezó a moverle la cabeza con las manos, marcándole el ritmo, follándole la boca con embestidas cortas que le hacían soltar sonidos de ahogo. Claudia lo dejó hacer. Le clavó las uñas en los muslos y se abandonó, con los ojos entrecerrados y las tetas colgándole, moviéndose al compás.
—Mamá —dijo Sebastián, con la voz tensa—. Si sigues así, me voy a correr.
Claudia se separó de golpe. Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano y lo miró desde abajo, con los labios hinchados y brillantes.
—En las tetas —dijo, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Solo ahí. Córrete en las tetas de tu madre. No en otro lado.
—Lo que tú quieras, mamá.
Claudia se acomodó de rodillas frente a su hijo y apretó sus tetas a ambos lados de la polla de él. Se la metió entre la carne caliente y Sebastián empezó a moverse solo, follándole el canal que le formaban los pechos mientras la punta le asomaba una y otra vez cerca de la barbilla. Ella sacaba la lengua cada vez que aparecía, para lamerle el glande, para provocarlo.
Sebastián echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Rodrigo se había levantado del sillón sin que ella lo notara y ahora tenía una mano en la espalda de su mujer, simplemente ahí, como anclándola al suelo, mientras con la otra se seguía trabajando la polla lentamente.
—Dios, mamá... —murmuró Sebastián—. Qué tetas tienes... qué tetas...
—Calla —dijo ella—. Y disfrútalo. Aprovecha que mamá te está dejando.
El ritmo fue aumentando. Claudia sentía el calor de él contra la piel, la humedad creciente entre las tetas, el peso de lo que estaba haciendo y la imposibilidad de fingir que no lo había elegido. Se apretaba los pechos con más fuerza para darle más aprieto, más fricción, y cuando Sebastián gemía ella lo miraba desde abajo con una sonrisa medio abierta que hacía años no le mostraba a nadie. No hay vuelta atrás desde aquí, pensó. Y la idea no la aterró tanto como debería haberla aterrado.
—Ya —dijo Sebastián, con la voz quebrada—. Ya, mamá, ya, me corro, me corro...
—Sácala —le dijo ella—. Córrete encima. Enséñale a papá cuánta tienes.
Sebastián sacó la polla de entre las tetas y se la sacudió a dos manos por encima. La primera chorretada le salió disparada y le cayó a Claudia entre los pechos, caliente y espesa. La segunda le manchó un pezón. La tercera le llegó hasta la clavícula. Siguieron viniendo más de las que ella hubiera creído posibles, hasta dejarle las tetas y el cuello brillantes, cubiertos de semen.
Cuando terminó, Claudia permaneció inmóvil un instante con los ojos cerrados, arrodillada en el suelo de su propio salón, sintiendo la corrida de su hijo resbalarle despacio hacia el vientre. Se pasó dos dedos por un pezón, los recogió llenos, y sin mirar a nadie se los metió en la boca y los chupó.
Rodrigo le pasó una toalla que había ido a buscar sin que nadie se lo pidiera.
—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja, solo para ella.
Claudia abrió los ojos. Miró la toalla. La tomó.
—Pregúntame mañana —dijo—. Esta noche no sé la respuesta.