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Relatos Ardientes

Mi prima me obligó a elegir entre ella y mi novia

Pasaron varias semanas y tuve que admitir que lo que sentía por Camila se estaba convirtiendo en algo distinto a lo que esperaba al principio. Éramos, para todo el que nos miraba desde afuera, la pareja perfecta. Ya la había llevado a casa de mis padres —un movimiento que dejó a Daniela sin abrirme las piernas durante una semana entera, encerrada en un berrinche silencioso— y ella me había sentado a la mesa con sus tíos y sus hermanos, que me trataban como si por fin alguien decente se hubiera fijado en su niña.

Cuando empezamos a salir, los gestos coquetos de Camila con medio campus eran imposibles de ignorar. Al principio no me importó, porque para mí solo era una coartada perfecta. Pero, mes a mes, esa actitud se fue apagando. Dejó de buscar pretextos para tocar a otros, dejó de responder los mensajes nocturnos. Algo había cambiado en ella y, sin darme cuenta, también en mí.

La última noche del castigo que Daniela me había impuesto, mientras descansaba enredado con Camila después de una sesión más larga y más tierna que de costumbre, ella decidió decirlo en voz alta.

—Te amo, Mateo.

Recordé la primera vez que entré en Daniela, en una playa solitaria al sur de Punta Aguada, cuando me dijo exactamente esas mismas palabras entre las olas. El amor declarado por una mujer es la droga más intoxicante que conozco. Me invadió un calor en el pecho que no supe disimular.

—Yo también, flaca. Me tienes loco —le contesté girando la cara para besarla.

Volvimos a hacer el amor diciéndonos cosas absurdas con cada empuje. Cuando terminé dentro del condón, fue la primera vez en muchos años que Daniela no estaba en mi cabeza.

Quedamos abrazados, mirando el ventilador del techo dar vueltas.

—Oye, flaco —dijo trazando círculos en mi pecho con la punta del dedo—. ¿Y si…?

—¿Y si qué? —contesté cuando vi que no completaba la frase.

—Llevamos casi seis meses. Yo no he estado con nadie más. ¿Tú sí?

Sentí un frío subirme por la espalda. La verdad iba a hundir todo lo que estábamos armando. Decidí mentir.

—Nunca, Cami. Solo tuyo.

—Estaba pensando que, si los dos somos exclusivos, podríamos dejar el condón.

Tardé en procesar lo que acababa de proponer.

—¿Estás segura?

—Sí. Quiero sentir a mi novio entrar en mí sin que haya nada en el medio.

La idea me dejó duro otra vez, pero la culpa también empezó a apretar. Daniela volvió como un eco a mi mente.

—Me encantaría, mi amor. Lo pienso desde hace semanas, pero no me animaba a decírtelo. ¿Y el tema embarazos?

—Tengo el DIU desde los dieciocho. Mi mamá me llevó a la ginecóloga. Está cubierto.

Quise penetrarla en ese mismo instante, sin freno, pero algo me obligó a contenerme.

—Antes de empezar esta etapa nueva, ¿qué te parece si nos hacemos los dos pruebas de enfermedades? Para entrar con confianza, sin sombras —propuse, midiendo cada palabra.

Camila se quedó en silencio un par de segundos. Vi en su gesto un rastro de orgullo herido. Después asintió.

—Está bien. ¿Cuándo vamos?

—Mañana. Hay un laboratorio sobre avenida Ramírez que entrega los resultados por la tarde, por correo. Si todo sale limpio, esa misma noche estrenamos.

—De acuerdo, flaco.

Nos quedamos dormidos sin ropa y con la ventana abierta. Era plena ola de calor.

***

Mis viejos estaban encantados con la relación. Camila se quedaba a dormir sin que nadie levantara una ceja. Era extraño y reconfortante a la vez no tener que esconder nada: pasear, besarse en el ascensor, comer con su familia un domingo cualquiera. Era el tipo de vida que siempre soñé. Solo que la había soñado con Daniela.

Las pruebas salieron negativas. Por dentro me sentí estúpidamente afortunado. El historial de Camila, antes de mí, no era exactamente un libro corto, y aunque creía estar enamorándome, no podía ignorar del todo lo que había escuchado en pasillos durante años. Pero ahí estábamos, los dos limpios, los dos en regla, los dos con la noche por delante.

Decidimos pasarla en su casa. Sus padres se habían ido a un congreso médico fuera de la ciudad. Servimos vino tinto en copas que nadie había usado nunca y empezamos a besarnos en el sillón.

—Te amo, Cami —le dije al sacarle la blusa.

—Yo a ti, flaco. Apúrate. Te necesito adentro.

Noté la diferencia entre lo que cada uno buscaba esa noche. Yo iba por algo lento, romántico, casi solemne, una especie de ceremonia. Camila, en cambio, llevaba meses esperando sentir piel sin barreras y no estaba dispuesta a esperar un minuto más. No quise decepcionarla.

Me desnudé en pocos movimientos, la cargué hasta su cuarto y la solté sobre la cama. Le besé los pechos, le abrí las piernas y, cuando entré, sentí algo que no había sentido nunca con ella. El calor era distinto, el roce era distinto. Por un segundo perdí la noción del tiempo.

—Escúpeme en la boca —pidió de pronto.

—¿Qué? —abrí los ojos sorprendido.

—Que me escupas.

Nunca había hecho eso con Daniela, ni con nadie. Me pareció extraño y, sin embargo, obedecí.

—Así, papi —murmuró—. Pégame en las tetas.

—Cami…

—Hazlo. Cógeme. Hazla tuya. Lléname. Llevo meses esperando esto.

Ahí entendí que Camila tenía un costado mucho más oscuro del que yo había sospechado. No me detuve.

—Ahórcame —dijo después.

Esa mujer estaba más loca de lo que había imaginado, y yo todavía más, por encajar cada orden como si fuera idea propia. Cada pedido suyo me hinchaba más adentro de ella.

—No pares, no pares… —su voz se quebró y sentí cómo todo su cuerpo se cerraba alrededor mío.

—Acaba adentro, papi. Lléname de una vez —ordenó con la voz rota.

Volví a obedecer. Vaciarme en Camila, sin nada de por medio, fue una experiencia que no se parecía a ninguna anterior. Llevaba todo el día imaginándolo. Cuando finalmente sentí que me mezclaba con ella, algo se acomodó en mi pecho de un modo que no quise analizar. No salí hasta sentirme completamente flácido. Quería estirar la sensación lo más posible.

Cuando por fin me hice a un lado, me quedé mirándole el sexo unos segundos, viendo cómo lo que había dejado dentro empezaba a deslizarse hacia afuera. Ella me jaló del brazo y nos abrazamos en silencio. Esa noche cogimos hasta que las paredes del cuarto se me hicieron borrosas. Me fui a casa el domingo a la madrugada, irritado, agotado y con una sonrisa estúpida.

***

Si con Camila iba todo en ascenso, con Daniela iba todo en caída. La semana siguiente solo nos vimos una vez en el hotel de siempre, y más por inercia que por deseo. Acabé adentro de ella con fuerza, pero, en algún punto del medio, cerré los ojos y lo que vi fue a Camila. Daniela leyó algo en mi cara que ni yo mismo había aceptado todavía.

—¿Qué te traes, primito? —preguntó mientras se vestía, con un tono cortante.

No aguanté la culpa y se lo dije.

—Eres un cerdo, Mateo. Un mentiroso. Me lo prometiste —me gritó entre lágrimas.

Quise abrazarla y me devolvió una cachetada limpia. Se fue a pie del hotel, sin mirar atrás. La busqué por toda la zona, pasé por su casa, le mandé veinte mensajes. Nada. Dos horas después contestó por WhatsApp con una frase corta: «Vuelve al hotel».

Cuando entré, ya no era la Daniela rota de la tarde. Era otra. Una versión que nunca había visto, sentada en la silla del escritorio con las piernas cruzadas y una sonrisa que no me gustó.

—Siéntate, mi amor —dijo bajito.

Me senté. Pensé, ingenuo, que iba a perdonarme, que iba a recordar que la coartada de Camila había sido idea suya, que iba a abrazarme como tantas veces.

Puso música en el parlante y empezó a desnudarse delante de mí, despacio, hasta quedar en bragas.

—Quítamelas tú —ordenó.

Cuando bajé la tela, me llevé el peor susto de mi vida. De su sexo goteaba semen ajeno.

—¿Qué hiciste, Daniela? —me salió la voz quebrada.

—Lo mismo que tú —contestó sin parpadear—. Mientras te vaciabas adentro de tu noviecita, yo dejé que Tomás me llenara hasta el último rincón.

Me quemó la cara de celos. No tuve un solo argumento. Ella siguió, midiendo cada palabra como si la hubiera escrito antes.

—¿Me amas, primito?

—Claro que te amo, Dani. Quiero estar contigo siempre.

—Demuéstralo. Demuestra que nada se mete entre los dos. Entra en mí aunque ya esté ocupada.

Me levanté de la silla. La escena era grotesca y, sin embargo, no apagó las ganas. Las multiplicó. Si ese era el juego, yo no iba a perder. La empujé sobre la cama, le abrí las piernas y entré sin pensarlo dos veces.

La cogí con la misma fuerza con la que había cogido a Camila. Le pegué en el pecho. Le apreté el cuello. Hubo algo primario en lo que estaba haciendo, algo que tenía más que ver con marcar territorio que con cualquier idea bonita de amor. Dejé adentro de ella todo lo que tenía, como si quisiera tapar el rastro de Tomás con mi propio rastro. Avisé con un gruñido el final. Ella me cerró las piernas alrededor de la cintura para que no me moviera.

Cuando salí, Daniela ya había vuelto a ser la prima dulce de la que me había enamorado a los quince años, aquel verano interminable en la casa del lago.

—Ahora sé que me amas de verdad —murmuró acariciándome la mejilla—. Pero entiende una cosa: si yo tengo que compartirte con esa otra, tú vas a compartirme con Tomás. Hasta que decidas hacer las cosas bien.

—¿De qué hablas?

Levantó la mano izquierda y movió el dedo anular en el aire, sin decir una palabra.

—Pídemelo, idiota. Hazme tu mujer en serio. Es lo que planeamos desde el primer año. Ya está, es la hora. Si no, voy a seguir viéndome con Tomás y voy a dejar que termine adentro mío todas las veces. Al fin y al cabo, ante todo el mundo, él es mi novio.

Tragué saliva. Daniela hablaba en serio. No había gesto irónico en su cara. Yo no había terminado la facultad, ni siquiera había encarado los exámenes finales, y, lo más complicado, lo que sentía por Camila no se iba a desarmar con un anillo en otra mano.

Me prometí que iba a tomarme unos días para pensarlo y que, mientras tanto, seguiría disfrutando de los dos cuerpos por separado. Y, si la suerte me sonreía, alguna vez al mismo tiempo.

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Comentarios (5)

SantiMH

que relato!! me dejo pensando todo el dia jaja

Paty_23

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar asi! Me enganche desde el principio

Diego_OK

Me gusto mucho el enfoque emocional, se nota que hay algo real detras. Muy bien logrado

LUIS

Buenisimo!!! sigue escribiendo, espero mas relatos tuyos

NadiaSol77

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años, esas elecciones que no sabes como tomar. Muy bien narrado

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