Mi prima me obligó a elegir entre ella y mi novia
Pasaron varias semanas y tuve que admitir que lo que sentía por Camila se estaba convirtiendo en algo distinto a lo que esperaba al principio. Éramos, para todo el que nos miraba desde afuera, la pareja perfecta. Ya la había llevado a casa de mis padres —un movimiento que dejó a Daniela sin abrirme las piernas durante una semana entera, encerrada en un berrinche silencioso— y ella me había sentado a la mesa con sus tíos y sus hermanos, que me trataban como si por fin alguien decente se hubiera fijado en su niña.
Cuando empezamos a salir, los gestos coquetos de Camila con medio campus eran imposibles de ignorar. Al principio no me importó, porque para mí solo era una coartada perfecta. Pero, mes a mes, esa actitud se fue apagando. Dejó de buscar pretextos para tocar a otros, dejó de responder los mensajes nocturnos. Algo había cambiado en ella y, sin darme cuenta, también en mí.
La última noche del castigo que Daniela me había impuesto, mientras descansaba enredado con Camila después de una sesión más larga y más tierna que de costumbre, ella decidió decirlo en voz alta.
—Te amo, Mateo.
Recordé la primera vez que entré en Daniela, en una playa solitaria al sur de Punta Aguada, cuando me dijo exactamente esas mismas palabras entre las olas. El amor declarado por una mujer es la droga más intoxicante que conozco. Me invadió un calor en el pecho que no supe disimular.
—Yo también, flaca. Me tienes loco —le contesté girando la cara para besarla.
El beso se hizo largo y ella se trepó encima mío con las tetas colgándome sobre la boca. Le chupé los pezones uno por uno, mordiéndolos hasta que gimió, mientras ella me buscaba la polla con la mano y me la agarraba dura y babosa. Se sentó de golpe encima, se la metió toda de una y empezó a moverse despacio, con la boca abierta.
—Cógeme rico, papi, dámela toda —me susurró apoyando la frente en la mía.
La agarré del culo con las dos manos y la subí y la bajé al ritmo que yo quería, sintiendo cómo el condón se llenaba de su humedad. Le lamí el cuello, le mordí el hombro, le dije que era mía, que la amaba, que quería llenarla, y ella me contestaba a cada empuje con un «sí, papi, sí». Cuando la sentí temblar por dentro, la giré, la puse boca abajo y le levanté el culo. Se lo abrí con los pulgares y volví a metérsela de una estocada, viendo cómo el coño se la tragaba entera cada vez. Le pegué en las nalgas hasta ponérselas rojas, le tiré del pelo, y cuando terminé dentro del condón con tres embestidas secas, fue la primera vez en muchos años que Daniela no estaba en mi cabeza.
Quedamos abrazados, mirando el ventilador del techo dar vueltas.
—Oye, flaco —dijo trazando círculos en mi pecho con la punta del dedo—. ¿Y si…?
—¿Y si qué? —contesté cuando vi que no completaba la frase.
—Llevamos casi seis meses. Yo no he estado con nadie más. ¿Tú sí?
Sentí un frío subirme por la espalda. La verdad iba a hundir todo lo que estábamos armando. Decidí mentir.
—Nunca, Cami. Solo tuyo.
—Estaba pensando que, si los dos somos exclusivos, podríamos dejar el condón.
Tardé en procesar lo que acababa de proponer.
—¿Estás segura?
—Sí. Quiero sentir a mi novio entrar en mí sin que haya nada en el medio. Quiero que te corras adentro. Quiero sentir tu leche caliente llenándome.
La idea me dejó duro otra vez, pero la culpa también empezó a apretar. Daniela volvió como un eco a mi mente.
—Me encantaría, mi amor. Lo pienso desde hace semanas, pero no me animaba a decírtelo. ¿Y el tema embarazos?
—Tengo el DIU desde los dieciocho. Mi mamá me llevó a la ginecóloga. Está cubierto.
Quise penetrarla en ese mismo instante, sin freno, pero algo me obligó a contenerme.
—Antes de empezar esta etapa nueva, ¿qué te parece si nos hacemos los dos pruebas de enfermedades? Para entrar con confianza, sin sombras —propuse, midiendo cada palabra.
Camila se quedó en silencio un par de segundos. Vi en su gesto un rastro de orgullo herido. Después asintió.
—Está bien. ¿Cuándo vamos?
—Mañana. Hay un laboratorio sobre avenida Ramírez que entrega los resultados por la tarde, por correo. Si todo sale limpio, esa misma noche estrenamos.
—De acuerdo, flaco.
Nos quedamos dormidos sin ropa y con la ventana abierta. Era plena ola de calor.
***
Mis viejos estaban encantados con la relación. Camila se quedaba a dormir sin que nadie levantara una ceja. Era extraño y reconfortante a la vez no tener que esconder nada: pasear, besarse en el ascensor, comer con su familia un domingo cualquiera. Era el tipo de vida que siempre soñé. Solo que la había soñado con Daniela.
Las pruebas salieron negativas. Por dentro me sentí estúpidamente afortunado. El historial de Camila, antes de mí, no era exactamente un libro corto, y aunque creía estar enamorándome, no podía ignorar del todo lo que había escuchado en pasillos durante años. Pero ahí estábamos, los dos limpios, los dos en regla, los dos con la noche por delante.
Decidimos pasarla en su casa. Sus padres se habían ido a un congreso médico fuera de la ciudad. Servimos vino tinto en copas que nadie había usado nunca y empezamos a besarnos en el sillón.
—Te amo, Cami —le dije al sacarle la blusa.
—Yo a ti, flaco. Apúrate. Te necesito adentro.
Noté la diferencia entre lo que cada uno buscaba esa noche. Yo iba por algo lento, romántico, casi solemne, una especie de ceremonia. Camila, en cambio, llevaba meses esperando sentir piel sin barreras y no estaba dispuesta a esperar un minuto más. No quise decepcionarla.
Me desnudé en pocos movimientos, la cargué hasta su cuarto y la solté sobre la cama. Le arranqué el pantalón y las bragas de un tirón y le abrí las piernas de par en par. Se le veía el coño rosado, hinchado, ya brillando de humedad. Bajé la cara y le pasé la lengua entera, desde el culo hasta el clítoris, y ella soltó un gemido largo agarrándome del pelo. La chupé despacio, dibujándole letras con la punta de la lengua, metiéndole dos dedos y curvándolos contra la pared de adentro. Cuando le mamé el clítoris con succión, se le arquearon los pies y me apretó la cabeza entre los muslos.
—Métemela ya, papi, no aguanto más —me suplicó.
Le agarré la mandíbula y le metí tres dedos en la boca para que los mojara. Ella los chupó mirándome a los ojos, como una perra. Después me subí, me agarré la polla y la froté contra sus labios, mojándola en su humedad, jugando con la punta en la entrada sin metérsela del todo.
—No me hagas eso, cabrón, méteme la verga —gimió.
Se la clavé de una sola estocada, hasta el fondo. Cuando entré, sentí algo que no había sentido nunca con ella. El calor era distinto, el roce era distinto, la carne apretándome sin goma de por medio me hizo perder la noción del tiempo. Me quedé quieto un segundo, sintiéndola palpitar alrededor de mi polla.
—Escúpeme en la boca —pidió de pronto.
—¿Qué? —abrí los ojos sorprendido.
—Que me escupas.
Nunca había hecho eso con Daniela, ni con nadie. Me pareció extraño y, sin embargo, obedecí. Junté saliva y se la dejé caer entre los labios abiertos. Ella la tragó sin cerrar la boca, sacándome la lengua después para que viera que no quedaba nada.
—Así, papi —murmuró—. Pégame en las tetas.
—Cami…
—Hazlo. Cógeme. Hazla tuya. Lléname. Llevo meses esperando esto.
Ahí entendí que Camila tenía un costado mucho más oscuro del que yo había sospechado. No me detuve. Le pegué en las tetas con la palma abierta, viendo cómo le rebotaban con cada envión. Los pezones se le pusieron duros como piedras y ella arqueó la espalda pidiendo más. Le agarré una teta entera con la mano y se la apreté hasta que se quejó, mientras la penetraba a fondo, sacando la polla casi entera para volver a metérsela de golpe.
—Ahórcame —dijo después.
Esa mujer estaba más loca de lo que había imaginado, y yo todavía más, por encajar cada orden como si fuera idea propia. Le puse la mano derecha en el cuello y apreté con los dedos a los costados, sin cortarle el aire pero marcándole la carne. Se le pusieron los ojos vidriosos y una sonrisa idiota en la boca. Cada pedido suyo me hinchaba más adentro de ella.
La giré, la puse en cuatro y le agarré las caderas. Se lo metí desde atrás mirándole el culo respingón, viendo cómo la polla entraba y salía llena de sus jugos, brillante. Le mojé el pulgar en saliva y se lo apoyé en el culo, apretándolo despacio sin llegar a metérselo. Ella empujaba las nalgas contra mí buscando más.
—Métemelo, métemelo ahí también —jadeó.
Se lo hundí hasta el nudillo mientras la seguía cogiendo con la polla. Camila gritó y se aplastó contra la almohada, mordiéndola. Le tiré del pelo hasta obligarla a levantar la cara y le dije al oído todas las porquerías que me pedía el cuerpo: que era mi puta, que la iba a llenar, que me la iba a coger cuando y donde quisiera. Ella me contestaba «sí, papi, sí, soy tuya, soy tu puta».
—No pares, no pares… —su voz se quebró y sentí cómo todo su cuerpo se cerraba alrededor mío. El coño se le contrajo en espasmos, apretándome la polla en pulsos que me llevaron al borde.
—Acaba adentro, papi. Lléname de una vez —ordenó con la voz rota.
Volví a obedecer. La agarré de las caderas y la clavé contra mí mientras me venía en oleadas largas. Sentí cómo cada chorro salía de la punta de la polla y se le derramaba dentro, mezclándose con lo que ella ya había soltado. Vaciarme en Camila, sin nada de por medio, fue una experiencia que no se parecía a ninguna anterior. Llevaba todo el día imaginándolo. Cuando finalmente sentí que me mezclaba con ella, algo se acomodó en mi pecho de un modo que no quise analizar. No salí hasta sentirme completamente flácido. Quería estirar la sensación lo más posible, sentir cómo mi propio semen le empapaba las paredes del coño.
Cuando por fin me hice a un lado, me quedé mirándole el sexo unos segundos, viendo cómo lo que había dejado dentro empezaba a deslizarse hacia afuera, blanco y espeso, resbalándole por el perineo hasta la sábana. Bajé la cara y le pasé la lengua por la entrada, recogiendo mi propia leche mezclada con sus jugos, y subí a besarla para que probara. Ella tragó todo con los ojos cerrados. Me jaló del brazo y nos abrazamos en silencio. Esa noche cogimos hasta que las paredes del cuarto se me hicieron borrosas: la volví a coger de lado, después ella me montó y me cabalgó hasta arrancarme otra corrida en su boca, y a la madrugada la desperté metiéndosela otra vez por atrás, medio dormida, para vaciarme por tercera vez. Me fui a casa el domingo a la madrugada, irritado, agotado y con una sonrisa estúpida.
***
Si con Camila iba todo en ascenso, con Daniela iba todo en caída. La semana siguiente solo nos vimos una vez en el hotel de siempre, y más por inercia que por deseo. La cogí de espaldas contra la pared, con las piernas envueltas en mi cintura, y le acabé adentro con fuerza, pero, en algún punto del medio, cerré los ojos y lo que vi fue a Camila. Daniela leyó algo en mi cara que ni yo mismo había aceptado todavía.
—¿Qué te traes, primito? —preguntó mientras se vestía, con un tono cortante.
No aguanté la culpa y se lo dije.
—Eres un cerdo, Mateo. Un mentiroso. Me lo prometiste —me gritó entre lágrimas.
Quise abrazarla y me devolvió una cachetada limpia. Se fue a pie del hotel, sin mirar atrás. La busqué por toda la zona, pasé por su casa, le mandé veinte mensajes. Nada. Dos horas después contestó por WhatsApp con una frase corta: «Vuelve al hotel».
Cuando entré, ya no era la Daniela rota de la tarde. Era otra. Una versión que nunca había visto, sentada en la silla del escritorio con las piernas cruzadas y una sonrisa que no me gustó.
—Siéntate, mi amor —dijo bajito.
Me senté. Pensé, ingenuo, que iba a perdonarme, que iba a recordar que la coartada de Camila había sido idea suya, que iba a abrazarme como tantas veces.
Puso música en el parlante y empezó a desnudarse delante de mí, despacio, hasta quedar en bragas.
—Quítamelas tú —ordenó.
Me arrodillé entre sus piernas y le bajé la tela con los dientes. Cuando bajé la bombacha hasta los tobillos, me llevé el peor susto de mi vida. De su coño abierto goteaba semen ajeno, un hilo espeso que le corría por la cara interna del muslo. El olor a otro hombre me golpeó en la cara.
—¿Qué hiciste, Daniela? —me salió la voz quebrada.
—Lo mismo que tú —contestó sin parpadear—. Mientras te vaciabas adentro de tu noviecita, yo dejé que Tomás me llenara hasta el último rincón. Dos veces. Una en el coño y otra en la boca. Me tragué todo, primito.
Me quemó la cara de celos. No tuve un solo argumento. Ella siguió, midiendo cada palabra como si la hubiera escrito antes. Abrió las piernas más y se separó los labios del coño con dos dedos, mostrándome el desastre por dentro.
—¿Ves cómo me dejó? Todavía tengo su leche calentita adentro. ¿Me amas, primito?
—Claro que te amo, Dani. Quiero estar contigo siempre.
—Demuéstralo. Demuestra que nada se mete entre los dos. Entra en mí aunque ya esté ocupada. Métete en el mismo coño donde acabó él. Revuelve todo con tu polla.
Me levanté de la silla. La escena era grotesca y, sin embargo, no apagó las ganas. Las multiplicó. La polla se me puso dura como nunca, palpitando contra el pantalón. Si ese era el juego, yo no iba a perder. Me bajé los pantalones de un tirón, la agarré del pelo, la levanté de la silla y la empujé sobre la cama. Le abrí las piernas y me quedé un segundo mirándole el coño chorreando otro hombre.
Se la metí sin pensarlo dos veces, de una estocada seca, hasta el fondo. Sentí cómo la polla se me deslizaba con una facilidad obscena, resbalando en el semen de Tomás. El sonido era mojado, sucio, y me volvió loco. La cogí con la misma fuerza con la que había cogido a Camila. Cada envión sacaba una espuma blanca alrededor de mi verga, restos del otro que yo iba empujando hacia afuera con mis propias embestidas.
—Así, primito, así, borrámelo con tu verga —gimió aferrada a las sábanas—. Enséñale a ese coño quién manda.
Le pegué en el pecho, con la palma abierta, dejándole la marca roja de mis dedos. Le apreté el cuello con la otra mano hasta que se le llenaron los ojos de agua. Le escupí en la cara y ella me sacó la lengua para atajar la saliva. Hubo algo primario en lo que estaba haciendo, algo que tenía más que ver con marcar territorio que con cualquier idea bonita de amor. La puse en cuatro y le volví a entrar por detrás, agarrándola del pelo como si fueran riendas, viendo cómo mi polla salía cubierta de leche ajena y volvía a hundirse en ella.
—Dime que soy el único que te llena, dímelo —le gruñí en el oído.
—Tú, papi, solo tú, tu leche es la que quiero adentro, la de él era para provocarte —gimió apretando el coño alrededor mío.
Dejé adentro de ella todo lo que tenía, como si quisiera tapar el rastro de Tomás con mi propio rastro. Avisé con un gruñido el final y me vine con la cara aplastada contra su espalda, mordiéndole el hombro hasta dejarle la marca de los dientes. Sentí cada chorro saliendo con rabia, mezclándose con lo del otro adentro de ella. Ella me cerró las piernas alrededor de la cintura para que no me moviera, exprimiéndome hasta la última gota.
Cuando salí, la polla me chorreaba una mezcla blanquecina de los dos hombres. Daniela metió la mano entre sus piernas, se recogió un poco de esa mezcla con dos dedos y se la llevó a la boca sin dejar de mirarme. Después ya había vuelto a ser la prima dulce de la que me había enamorado a los quince años, aquel verano interminable en la casa del lago.
—Ahora sé que me amas de verdad —murmuró acariciándome la mejilla—. Pero entiende una cosa: si yo tengo que compartirte con esa otra, tú vas a compartirme con Tomás. Hasta que decidas hacer las cosas bien.
—¿De qué hablas?
Levantó la mano izquierda y movió el dedo anular en el aire, sin decir una palabra.
—Pídemelo, idiota. Hazme tu mujer en serio. Es lo que planeamos desde el primer año. Ya está, es la hora. Si no, voy a seguir viéndome con Tomás y voy a dejar que termine adentro mío todas las veces. Al fin y al cabo, ante todo el mundo, él es mi novio.
Tragué saliva. Daniela hablaba en serio. No había gesto irónico en su cara. Yo no había terminado la facultad, ni siquiera había encarado los exámenes finales, y, lo más complicado, lo que sentía por Camila no se iba a desarmar con un anillo en otra mano.
Me prometí que iba a tomarme unos días para pensarlo y que, mientras tanto, seguiría disfrutando de los dos cuerpos por separado. Y, si la suerte me sonreía, alguna vez al mismo tiempo.