Acepté el trío que mi amante me propuso esa tarde
Como ya conté en la primera entrega, mantengo una relación paralela con Mateo, el carnicero del mercado que queda a tres calles de mi edificio. Él tiene veintiséis años y yo cumplí cuarenta hace unos meses. Llevamos casi medio año viéndonos cada vez que mi marido se va a trabajar. Mateo es alto, de hombros anchos, con un piercing plateado en la lengua y una polla que la primera vez me asustó por su tamaño.
En nuestra cita anterior, mientras fumábamos un cigarrillo después de follar sobre la alfombra del salón, me contó algo que me dejó pensando varios días. Le había hablado de lo nuestro a Bruno, su hermano menor, de veinte años. Y Bruno, lejos de escandalizarse, se había excitado tanto con el relato que le había pedido formar parte de la próxima cita.
—Yo le dije que tú decidías —me explicó Mateo, pasándome el cigarrillo—. Si te incomoda, ni hablamos del tema. Pero a mí me parece que podría estar muy bien.
Estuve tres días dándole vueltas. Llevo catorce años casada con Tomás y, aunque lo quiero como el primer día, en la cama soy bastante más viciosa de lo que él imagina. Nunca había estado con dos hombres al mismo tiempo. Tenía cuarenta años, una excelente conexión con mi amante y la oportunidad de tachar algo grande de mi lista. Acepté.
Fijamos la cita para el miércoles siguiente, entre las cuatro y las seis de la tarde. Tomás nunca llega antes de las ocho. Me sobraba margen para limpiar todo rastro antes de que él pusiera la llave en la puerta.
***
Esa mañana fui a depilarme entera al centro de estética de la avenida. A la vuelta pasé por la farmacia y compré una caja nueva de anticonceptivos. Llevo dos meses tomándolas otra vez, justamente para poder seguir follando sin condón con Mateo. Almorcé poco, dormí media hora de siesta y me metí en la ducha.
Me puse un pantalón corto blanco que me marcaba el culo, una camiseta rosa semitransparente sin sostén y unas zapatillas de lona sin medias. Las bragas las dejé en el cajón. En el dormitorio abrí la cama matrimonial donde unas horas después dormiría con mi marido, bajé la persiana hasta el tope y reemplacé las dos lamparitas de las mesillas de noche por focos rojos que había comprado especialmente para la ocasión. La habitación quedó con un clima de prostíbulo de mala muerte. Sonreí frente al espejo.
En el salón puse la cubitera, dos botellas de Coca-Cola, una de J&B casi entera y tres vasos altos sobre la mesa baja. Encendí un cigarrillo, agarré una revista vieja y esperé.
***
A las cuatro y dos sonó el portero. La voz de Mateo en el telefonillo me erizó la piel. Apreté el botón de la puerta de calle y me asomé a la mirilla a esperar el ascensor. Cuando se abrió y vi salir a los dos juntos, abrí sin que tuvieran que tocar el timbre y delatarnos frente a los vecinos.
Mateo entró primero, con la sonrisa que ya conocía bien y la camiseta negra ajustada de siempre dibujándole cada músculo del pecho. Detrás venía Bruno, mucho más bajo, flaco, con la cara todavía algo marcada por el acné y unos ojos enormes que no sabían dónde mirar. Llevaba puesta una sudadera gris que le quedaba grande y una mochila colgada de un hombro, como si volviera del instituto.
—¿Quieres beber algo? —le pregunté, apoyándole una mano en el brazo.
Bruno tragó saliva y asintió. Los hice pasar al salón y les serví. Estuvimos un buen rato conversando, calentándonos despacio. Mateo le contó al hermano, sin pudor, algunas cosas que solíamos hacer. Que se la chupaba durante minutos enteros sin sacármela ni un segundo. Que me gustaba que me la metieran en el culo despacio. Que la única vez que él se había corrido por dentro yo había gritado de una manera que se acordaba todavía. Bruno escuchaba con el vaso pegado a la boca, sin atreverse ni a beber ni a hablar. La forma en que el bulto de su pantalón se iba marcando contó toda la historia.
Cuando me cansé de la antesala, dejé el vaso sobre la mesa y les pedí que me siguieran al dormitorio.
***
La luz roja les arrancó un silbido a los dos. Bruno se quedó pegado a la puerta, sin saber qué hacer. Mateo fue directo a la cama, se sacó la camiseta y se desabrochó el pantalón. Lo miré de reojo: el pecho, los hombros, la línea de pelo que bajaba desde el ombligo. Después me giré hacia el chico.
—Ven —le dije.
Se acercó. Le agarré las manos y se las llevé a la cintura de mi pantalón corto. Bruno entendió. Me lo bajó tan despacio que pensé que se iba a quedar de rodillas para siempre. Después le saqué yo la sudadera, la camiseta de debajo, los vaqueros. Cuando le bajé el bóxer negro, su polla saltó hacia arriba como un resorte. No era la de Mateo, pero era buena, gruesa, mucho más grande que la de mi marido. Sentí cómo se me humedecía el coño de sólo mirarla.
Mateo se acercó por detrás, me corrió el pelo y me besó el cuello mientras me amasaba las tetas. Bruno, todavía rígido por los nervios, me miraba a los ojos sin animarse a tocarme. Le agarré la polla con una mano, la de Mateo con la otra, y empecé a masturbarlos al mismo tiempo. La lengua de Mateo se hundía en la mía y el piercing me raspaba el paladar. Cuando se apartó a respirar, fui yo la que le agarré la nuca a Bruno y lo besé en la boca.
Al chico le tembló todo el cuerpo. Y como si recién en ese momento se hubiera dado permiso, bajó una mano y me tocó entre las piernas con una habilidad que no le habría imaginado nunca. Dos dedos finos, pacientes, buscando el ritmo correcto, encontrándolo. Pensé que Bruno había practicado con alguna novia más de la cuenta.
***
—Túmbate boca arriba —le dijo Mateo a su hermano.
Bruno obedeció. Me coloqué encima de él, a horcajadas, y guié su polla con la mano hasta acomodarla en mi entrada. Estaba tan mojada que entró entera del primer empujón. Bruno gimió como si fuera la primera vez que follaba en su vida. Tal vez lo era. Me incliné hacia adelante para besarle la boca y dejarle las tetas cerca de la cara. Detrás de mí escuché a Mateo escupir en la mano y untarse despacio. Después sentí su polla apoyada en mi otro agujero.
—¿Estás lista? —me preguntó al oído.
—Métela —contesté contra los labios de Bruno.
Mateo me la metió en el culo milímetro a milímetro, esperando a que el ano se le acomodara. Cuando estuvo entero adentro, los dos empezaron a moverse a la vez, en sentidos contrarios. La primera embestida coordinada me hizo clavar las uñas en los hombros del chico. La segunda me arrancó un gemido que la boca de Bruno tapó justo a tiempo.
Los dos follaban con un ritmo que parecía ensayado. Cuando uno entraba, el otro salía. Cuando uno empujaba, el otro retrocedía. Mi cuerpo entero era un péndulo entre dos pollas. En menos de dos minutos me corrí por primera vez. Bruno me ahogó el grito con un beso largo, y se lo agradecí, porque del otro lado del pasillo vive un matrimonio de jubilados que se entera de todo lo que pasa en este rellano.
***
Los chicos tuvieron que parar un rato, empapados de sudor. Aprovechamos para cambiar de posición. Me tumbé yo boca arriba en el centro del colchón, abrí las piernas y le hice un gesto a Mateo para que se metiera entre ellas. Cuando me la clavó hasta el fondo, le pasé las corvas sobre los hombros para abrirme todo lo que pudiera. Mateo conoce esa posición de memoria. La adora.
Bruno, mientras tanto, se sentó sobre mi estómago y me apoyó la polla entre las tetas. Le agarré una en cada mano y se las apreté contra el rabo. Cuando el glande apareció cerca de mi boca, lo recibí con la lengua. La cubana le sacó al chico el primer suspiro fuerte de la tarde. Sentí que se le tensaba todo el cuerpo y que el sudor le caía desde la frente hasta mi pelo. Era largo, Bruno. Más largo que Tomás, con el que esta posición nunca había funcionado del todo.
Mateo empujaba con un ritmo seco y profundo, cuidando de no aplastarme las rodillas contra el pecho. Cuando me corrí por segunda vez, casi al mismo tiempo Bruno me apretó la cabeza contra él y me llenó la boca de un chorro caliente y espeso. Tragué sin pensarlo. No quería interrumpir nada. La polla de Mateo estalló dentro de mí segundos después, inundándome de semen, y el orgasmo que me siguió fue uno de los más largos que había tenido en mi vida.
***
Bruno se desplomó a mi lado y me besó la boca todavía con su propio sabor dentro. No se asqueó. Al contrario, su lengua exploró todo lo que la mía le ofrecía como si fuera él el que se hubiera corrido en otra parte. Mateo se dejó caer al otro costado y los tres nos quedamos en silencio, escuchando nuestras respiraciones.
Encendí un único cigarrillo y se lo pasé al chico. Bruno fumó tres caladas y se lo pasó a su hermano. El humo subía despacio hacia el techo, recortado por la luz roja. Tenía los pies de los dos pegados a los míos. Sentí el olor un poco fuerte de las zapatillas de Bruno, que se las había quitado recién, y por algún motivo me volvió a calentar.
Me corrí hacia los pies de la cama, me tumbé en sentido contrario y empecé a lamerles las plantas a los dos. Mateo se rio. Bruno se quedó quieto, sorprendido. Les pasé la lengua entre los dedos, los chupé uno por uno, sin prisa. Mientras tanto, las manos de ambos jugaban en mi culo y en mi coño, dos pares de dedos curiosos que ya no necesitaban indicaciones.
***
Cuando volví hacia la cabecera, las dos pollas estaban duras otra vez. Esta vez le tocó a Bruno empezar. Se metió entre mis piernas y la encajó con más confianza que la primera vez. Mateo me acercó la suya a la boca y se la chupé profunda mientras me follaban. Le mordí los muslos, le pasé la lengua por los huevos, le hice todo lo que sé hacer. Después de un buen rato, Bruno se salió, vino hasta mi cara y se vació en mi boca por segunda vez. Mateo aprovechó el hueco de abajo y volvió a entrarme. Me golpeó el fondo varias veces antes de quemarme las entrañas con otra carga.
Cuando miré el reloj eran las seis y media. Habíamos pasado media hora de lo planeado. Nos metimos los tres en la ducha, y todavía bajo el agua Mateo me agarró por la cintura y me apoyó contra los azulejos para chuparme las tetas un poco más. Bruno se reía nervioso, secándose con una toalla.
Antes de las siete los acompañé hasta la puerta. Mateo me dio un beso largo. Bruno me dio uno más corto pero más apretado, y se fue sin mirar atrás. Cuando cerré, me quedaba el tiempo justo para ventilar el dormitorio, cambiar los focos, lavar los vasos del salón y vestirme decente para recibir a mi marido.
Esa noche, por suerte, Tomás llegó agotado del trabajo. Cenamos en silencio, vimos un rato la televisión y se quedó dormido en el sofá. Lo desperté con un beso en la frente, lo llevé a la cama y me acosté pegada a su espalda.
Antes de cerrar los ojos pensé que quizás, la próxima vez, le pidiera a Mateo que invitara a otro amigo.