Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La carta que le escribí a mi amante una madrugada

Hernán, llevo despierta desde las cinco. Te escribo desde la cama, con la cabeza todavía oliendo a tu colonia y el cuerpo recordando lo que hiciste anoche. Soy una mujer de cincuenta y siete años escribiéndole a su amante de sesenta y dos como una adolescente, y no me importa.

Dormí delicioso. Como hacía años que no dormía. Me desperté con la sonrisa pegada en la cara y releí dos veces lo que me mandaste tú al volver a casa. Me hizo llorar de pura felicidad. No por la culpa, sino porque a esta edad ya no creía que existiera una persona capaz de mirarme con esos ojos tuyos y decirme las cosas que me dices.

Te quiero contar lo que pienso ahora mismo, en orden, porque si te lo digo por teléfono se me va a trabar la voz y me voy a poner a llorar otra vez.

***

Lo primero: ya no llevo la cuenta de los orgasmos. Me parece de mal gusto contarlos, como si estuviera midiendo algo que no se mide. Solo sé que cada vez que tus dedos encuentran ese punto exacto dentro de mí, el que ningún otro hombre encontró nunca, me olvido del día de la semana, del mundo y de mi propio nombre.

Lo segundo: tus dedos y tu sexo se parecen más de lo que tú crees. Cuando me tomas por detrás, en cuatro, y tus testículos golpean despacito mi clítoris mientras tu pene toca el mismo punto al que llegan tus dedos, el cuerpo entero se me hincha en una espiral que no termina en un orgasmo, sino en varios encadenados. Y después siento cómo palpita tu pene al venirte adentro, y mi sexo le responde latiendo igual, como un eco que tarda en apagarse. Eso es tocar el cielo. Yo nunca lo había tocado.

***

Lo tercero, y esto te va a hacer reír: creo que mis hormonas se han trastornado. Si no estuviera operada, te juro que ya me habrías embarazado. Llevo semanas mojada sin tocarme. Una humedad limpia, viscosa, transparente, como la que tenía a los veintitantos en los días fértiles del mes. Mi cuerpo se piensa joven cuando piensa en ti.

Me masturbé anoche, ya tarde, con tu foto abierta en la pantalla del teléfono, y aun así me quedé con ganas. Con esa frustración de saber que mis dedos no alcanzan donde alcanzas tú.

Después me dormí. Y soñé contigo.

***

En el sueño venías de madrugada, te metías bajo las sábanas y me abrías la blusa con la boca antes de que terminara de despertar. Me lamías los pezones despacio, me los apretabas con los labios, y entre lengüetazo y lengüetazo me decías al oído cosas que no me atrevo a repetirte. Me decías que mi clítoris te volvía loco. Y bajabas.

Bajabas a comerme con esa paciencia que tienes, esa paciencia que no tiene ningún hombre de tu edad, ni de ninguna otra. Me jalabas el clítoris con los labios, me lo apretabas, me dabas vueltas con la lengua en círculos lentos. Yo me arqueaba en la cama gritando que no, que ya no, que me cogieras de una vez, y tú no me hacías caso. Seguías devorándome como si te estuvieras alimentando.

—Más, mía, más —me decías—. Vente entera.

Y vino el primero, y el segundo, y otro detrás. Tu lengua adentro, tus dedos adentro, y tu sexo durísimo apretado contra mi muslo, esperándome. Yo te pedía que me lo metieras, y en lugar de meterlo donde lo pedía, lo deslizaste por detrás. Me dolió. Te lo dije, y tú seguiste despacio. Te excitaba lo prohibido. Decías que ese culo era tuyo, que era tuyo, y a mí me daba vergüenza decirte que sí, pero te decía que sí.

Te viniste ahí dentro gritando, y mi sexo, sin que nadie lo tocara, se vino al mismo tiempo. Me desperté con los dedos puestos entre las piernas y el camisón empapado. Y eso, Hernán, fue solo un sueño. Imagínate lo que me haces cuando estás aquí de verdad.

***

Te voy a confesar otra cosa, que no te dije anoche porque me dio pudor.

Cuando me besas, tengo la sensación de que tu lengua me está penetrando. Sé que suena exagerado, pero es así. Cuando te chupo la lengua, es como si te chupara el sexo, y a veces tengo que parar porque mi mente se dispara y empiezo a sentir cosas en el cuerpo que no corresponden a un simple beso. Una vez, mientras me besabas en el sillón del comedor, tuve un orgasmo pequeñito, contenido, mordiéndote el labio. Tú lo notaste y seguiste con más fuerza. Te diste cuenta de todo, y por eso te pones así de intenso. Te gusta saber lo que provocas.

Me gustó muchísimo cuando me pusiste aceite de coco en la espalda anoche. Tus manos resbalando por mis hombros, bajando hasta las nalgas, fue la puerta que abrió todo. Cuando rozaste con un dedo la entrada de mi sexo, ya no había vuelta atrás. Yo era tu hembra. Quería ser tu perra. Quería sentir tu peso encima del mío, tu olor, tu sudor, todo.

***

Cuando entraste, lo hiciste tan despacio que me dieron ganas de llorar. Sentí cada centímetro como si fuera el primero. No me lavé después porque quería que tu semen se quedara dentro de mí, absorberlo, como si mi cuerpo pudiera quedarse con algo tuyo más allá del recuerdo.

Llámame ridícula. Una mujer de cincuenta y siete años pensando en absorber el semen de un amante como si fuera vitamina. Pero lo siento así. Y no me voy a censurar contigo.

Eres mi cabrón cogelón. Te lo grito mientras me coges y te lo seguiré gritando hasta que se me acabe el aire. Eres el primer hombre que me hace sentir mujer completa. No es un cumplido bonito para inflarte el ego. Es un dato. Y lo más raro es que no es solo el sexo: es la forma en que me miras antes de empezar, como si me estuvieras descubriendo cada vez.

***

Anoche, cuando me pusiste boca abajo en la posición que tanto te gusta y empezaste a moverte con esa cadencia tuya, sentí venir un orgasmo enorme. Te lo dije: «espera, no, no». Tú no me hiciste caso, pensaste «cuál no», y seguiste como si yo hubiera dicho «más, más». Acertaste. Yo ya no podía parar lo que se venía. Estalló uno tremendo, larguísimo, y detrás de él dos pequeños, y me quedé temblando boca abajo sin poder cerrar las piernas.

Y entonces pasó eso que todavía me da vergüenza contarte.

Sentí que se me venía otra vez, distinto. Una sensación rara, como ganas de orinar pero más intensa. Quise pararlo, apreté el suelo pélvico, pero el orgasmo me ganó y salió un chorro. Te mojé los testículos, la pierna, la cama, tu pene entero. Cumplí sin querer aquella fantasía tuya que me confesaste en el restaurante hace dos semanas.

No me lo eches en cara. Fue un accidente. Aunque, si te digo la verdad, fue uno de los orgasmos más fuertes de mi vida y ya no sé si quiero que no vuelva a pasar.

***

Ahora paso a esa pregunta que me hiciste antes de irte. La pregunta tonta que te tengo que contestar en serio porque te quedaste con la duda.

Me preguntaste si tu sexo era pequeño. Si había tenido otros mejores.

Hernán, te voy a responder con honestidad, porque te lo mereces.

El primero, mi exmarido, tenía el sexo más fino. Una vez le hice sexo oral y me cabía entero en la boca. Eso te dice el tamaño.

El segundo, aquel hombre con el que tuve la aventura cuando trabajaba en la inmobiliaria, nunca me dejó tocárselo. Nunca supe bien qué tamaño tenía. Sospecho que parecido al primero, por lo rápido que terminaba.

El tercero, un muchacho que conocí en un viaje a Mérida, lo tenía corto pero grueso. Y peludísimo. Tan peludo que parecía un champiñón asomándose entre la maleza. No hicimos nada al final. Me dio risa y se me bajaron las ganas. Ese no cuenta.

El cuarto fue el peor. Tardaba más en ponerse el preservativo que en venirse. Y todavía tuvo la cara de salirme con que era culpa mía por estar muy caliente. «Tu sexo está demasiado caliente, no aguanto», me dijo. Le respondí que se cogiera a una muerta para que estuviera fría. Ese tampoco cuenta.

El quinto eres tú.

Cuando te conocí y me diste ese primer beso en el bar de Coyoacán, pensé: «si coge como besa, estoy perdida». Y no me equivoqué. La primera vez que te vi desnudo y vi tu sexo erecto, me reí sola de la alegría. No era pequeño, Hernán. No es pequeño. Es del tamaño exacto de mi vagina, llega justo hasta el final, toca algo dentro de mí que ningún otro hombre tocó. Cuando entras, siento que me llenas entera. Cuando te veo duro en una foto, se me sale una cara de tonta enamorada que no puedo controlar.

No me interesa ningún otro pene. Sabes por qué. Porque solo el tuyo me ha hecho venirme. No una vez. Tantas que dejé de contarlas, ya te lo dije al principio de esta carta.

***

Ahora mismo, mientras te escribo esto, tengo la mano metida entre las piernas. Te lo confieso sin filtros. Tengo el clítoris parado y mi sexo está mojado como si me acabaras de tocar tú. No puedo parar. Estoy mirando aquella foto que te robé del teléfono, esa donde sales sin camiseta apoyado en la balaustrada del hotel de Veracruz, y le mando besos a tu sexo de mentira.

Me estoy viniendo. Ahora mismo. Ahhh.

Ya está.

***

Una última cosa, y te dejo en paz para que trabajes.

Eres un hombre guapo, Hernán. Mucho. No te das cuenta porque eres modesto, pero las mujeres te miran. A la señora del local donde dejas las entregas se le caen los calzones cada vez que entras, no me lo niegues. La he visto. Se le ilumina la cara entera. Y a mí me da un orgullo absurdo, porque sé que esa boca y esas manos son mías, no de ella.

Tengo al mejor novio, al mejor amigo, al mejor amante y al mejor cabrón cogelón. Y lo más importante, lo que me hace sonreír mientras te escribo esto sentada en la cama:

Ese sexo es mío.

Voy a guardar el teléfono antes de venirme otra vez y no terminar nunca esta carta. Vente esta noche, por favor. No me hagas esperar. Ya estoy lista.

Tuya, Lorena.

Valora este relato

Comentarios (3)

GabyMdz

Me quede sin palabras. Que forma tan bonita de contar algo tan prohibido.

Nando_Baires

Por favor continua con esto!! quede enganchado y con ganas de saber como respondio el

SofiaMR

Me recordo tanto a una situacion que yo vivi hace unos años. Esa mezcla de culpa y deseo que describes... increible como lo capturaste.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.